“Formol” de Carla Faesler: que el mundo se encienda de nuevo

“La vida habrá de resolverse hoyo mañana”. Carla Faesler, Formol

Formol-Home_0La distancia —y la desidia— me ha impedido conocer la poesía de Carla Faesler, faceta de su trayectoria por la que optó tiempo después de que coincidimos en la universidad. En aquel entonces ella estudiaba ciencias políticas y yo estaba recién egresado de sociología. Era constante la sorpresa ante sus comentarios, sus críticas y análisis, sus lecturas de las lecturas, bastante complejas, que hacíamos en los seminarios de Germán Plasencia. Confieso que, cuando me enteré por la prensa de que Carla había empezado a publicar poesía, me sorprendí de que no hubiera seguido un camino más cercano a la profesión universitaria, pero supuse que era un desarrollo natural para una mente compleja como la suya, e incluso sentí cierta identificación pues yo también me había alejado del “oficio de sociólogo”; componía canciones y tocaba en bandas de jazz y rock, había incursionado en la labor editorial y de comunicación y escribía cuentos. Formol, la novela que Carla acaba de publicar, es una constatación, una afirmación, quizá en negativo, de todo ese proceso de desarrollo y crecimiento que va desde la filosofía, la historia y la ciencia social que aprendimos juntos y se desenreda en el lenguaje, en la poesía y, ahora, en la voluntad de contar una historia significativa, me atrevería a decir central en el proceso mexicano de problematización de identidades, pérdida y sustitución de sentidos y aniquilación de esperanzas y de injerencias personales y colectivas en el diseño del futuro. La narración, en pocas páginas, abarca quinientos años de la historia de México sin perder nada de lo esencial, en una mirada que sintetiza enriqueciendo, como lo hace la poesía mejor que ningún otro discurso/recurso. El objeto de la novela (quizás el que más resalta entre muchos) es la historia de los disfuerzos que se suceden en el territorio y la cultura mexicanos, durante quinientos años, por reelaborar el sentido de lo que precariamente podemos llamar nación, país, cultura, civilización o patria, simbolizado, o mejor dicho, conservado en la forma de un corazón, de una víscera producto del emblemático último sacrificio humano azteca en el momento de la conquista. La historia de este enigma es rastreada no linealmente por una niña a la que vemos crecer y convertirse en mujer alrededor de su influjo, atada a él y obligándola a enlazar con él a quienes la rodean. La interpretación, al mismo tiempo descubrimiento y reconstrucción, de la historia de México se realiza a saltos: Larca, la niña personaje central del relato —inversión del nombre de la autora—, crece y gana conciencia hasta responsabilizarse del fabuloso hallazgo y durante este proceso la historia del país se va develando a través de la narración de los acontecimientos que permiten la conservación del corazón en el tiempo: desde su enterramiento en las nieves del Iztaccíhuatl hasta el momento en que Larca y su padre deciden dejar que la historia continúe más allá del libro. No quiero decir mucho sobre la historia porque mi intención no es ahorrar ni estropear su lectura a quienes pasen por esta reseña, sino al contrario, provocarlos a acometer el libro de Carla. Sin embargo, sin riesgo de spoil, quiero subrayar la polifonía de recursos entre narrativos y poéticos que pueblan la obra (el descubrimiento poético al servicio de una narrativa insólita, dije por ahí en un tuit) y permiten construir un conjunto de lecturas, ninguna definitiva, a través de la complejidad de las imágenes y los usos, sin faltar la interpolación de poemas entre un punto de vista y otro. La nota que escribe Febe, madre de Larca, “Estudio para marido sonoro”, en la que la relación del hombre y el espacio se convierte en partitura con toda la codificación del sonido que esto implica (y que he decidido usar como texto en mi curso de didáctica de la apreciación musical en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú). El anónimo (¿quizás es Darío, el enamorado de Larca?) hablante joven que se queja del coloniaje y el poscoloniaje en airado discurso oral, muy #yosoy132, lleno de wes, bros y cabrones. Los capítulos que irrumpen en la línea de la lectura numerados con un cero porque, quizá, su lugar en la historia es impreciso o es antes o nunca. La incorporación en la historia de —o de la historia a— ciertos cánones de la literatura y el arte mexicanos: de Nezahualcóyotl y los tlacuilos de Sahagún a Bernal Díaz y Sor Juana; del Dr. Atl a Elizondo a Glantz, todo subrayado, sostenido por la tradición en decadencia de los graniceros de Nexapa que pierden el oficio proporcionalmente con la tasa de reducción de los glaciares. Un par de páginas (172-174), en mi lectura particular, quedan como reto, invitación o urgencia de volver a México, de terminar quizás la ausencia que llamo autoexilio en esta Lima tan parecida, tan sin corazón: cuando las miradas vueltas una sola de Larca y Celso, su padre, al pensar que han perdido el corazón, diseccionan la ciudad de México a vuelo de filoscopio y devuelven un caos que se hace añorar en las grietas del concreto enmohecido de las banquetas de la colonia Roma. En un largo diálogo, muy al principio del relato, Celso confiesa lo que no sabe a Larca, que acaba de cumplir diecinueve años; lo que significa quizás ese músculo macilento que pervive en un frasco de formol sobre la repisa del librero: “—Que este corazón habrá de permitir que el sol siga su curso. ”—¿Que el mundo no se extinga? ”—Que el mundo no se extinga. ”—Que se encienda de nuevo. ”—Que se encienda de nuevo.” Con su experimentalidad, su polifonía, su atrevimiento lingüístico, su empujar los límites de la narrativa y la novela, su reavivar la literatura para preguntarnos lo relevante en medio de tanto fárrago que se publica, con su tema insoslayable —que el mundo se encienda de nuevo—, Carla Faesler nos trae Formol para darle forma escrita a nuestras sospechas, a nuestros miedos y, tal vez, a alguna esperanza. Nota bibliográfica: Carla Faesler, Formol, Tusquets Editores, colección Andanzas. Primera edición: México, junio de 2014, 192 páginas.

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La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

“Un arte”, poema de Elizabeth Bishop

La revista El malpensante publica en su más reciente número (128) un poema extraordinario de Elizabeth Bishop que me ha acompañado desde que Patricia Rivas lo tradujo y lo leyó a sus amigos, durante una temporada en que esta gran actriz mexicana se dedicó a rescatar obras de creadoras signadas por la tragedia o la locura, a mediados de los 90. Sin embargo, al leer la traducción publicada en El malpensante, el poema parece perder impacto. Prefiero la traducción de Patricia Rivas, reproducida aquí (con alguna pequeña intervención de mi parte):

 

Un arte

El arte de perder no es difícil de dominar;
muchas cosas parecen estar llenas de la intención
de ser perdidas, pero su pérdida no es una tragedia.

Perder algo cada día. Aceptar el aturdimiento
de perder las llaves de la puerta, la hora mal pasada.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Entonces, practica perdiendo cada vez más, perdiendo rápidamente
lugares y nombres, y lo que era importante para tí en un viaje.
Nada de esto provocará una tragedia.

Perdí el reloj de mi madre, y además, la última o penúltima
de las tres casas que más amaba se fueron.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades, adorables y vastas.
Algunos reinos que tuve, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no ha sido una tragedia.

Hasta perderte a ti (la voz burlona, el gesto que amo),
no podría mentir.
Es evidente que el arte de perder no es difícil de dominar,
aunque pudiera parecer (¡escríbelo!) una tragedia.