Moby Dick o el monopolio

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Grabado de Rockwell Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

De chico leí una adaptación en cómic de Moby Dick que se incorporó naturalmente a mi universo aventurero ya entonces poblado por Verne, Dumas y Salgari. El fantástico cachalote asesino y el obsesionado y oscuro capitán Ahab (“Ajab” escribía el traductor español de la adaptación) me desvelaban superando incluso las tormentas que el Corsario Negro había tenido que capear en sus asedios a Maracaibo, pero mis héroes eran Ishmael, el joven narrador que emprendía la aventura hacia lo desconocido y su exótico amigo —así lo presentaba Melville; no podía ser de otro modo a mediados del siglo XIX— el arponero polinesio Queequeg, que a pesar de ser un caníbal mostraba las cualidades más profundas del hombre solidario. Pero después de esa lectura infantil no volví nunca a la portentosa novela de Melville, postergando indefinidamente una lectura que desde chico sabía que debía completar aun cuando no me imaginaba siquiera la riqueza histórica, zoológica, filosófica, antropológica y hasta teológica que el adaptador había decidido ahorrarle a los jóvenes lectores de aquella novela gráfica de los años 70, en la que solo habia quedado “la acción”.

Pasaron cuarenta años. Mi curiosidad por Moby Dick fue renaciendo en Lima —una de las ciudades que aparecen en las anécdotas balleneras de la novela—, cuando internet permitió el acceso a la versión original ya libre de ese obstáculo para el conocimiento que llaman “derechos de autor”. Pero no lograba adentrarme en ella por la dificultad de un inglés lleno de términos y figuras complicadas que, además, tenía que leer en pantalla. Soy lector incansable de ebooks en kindles, tablets y computadoras, pero sigo prefiriendo los papeles encuadernados aunque cuesten más. Y Moby Dick se merecía ese tratamiento. Aun así no conseguía una edición impresa en su idioma original y prefería esquivar las ediciones populares españolas, tipo bolsillo aunque no cupieran en ninguno, más que nada por mi aguda desconfianza hacia los anquilosados traductores españoles que invaden bibliotecas y librerías latinoamericanas como si fuera su natural derecho.

Un día, en la librería El Virrey de Miraflores, encontré un fabuloso y enorme volumen en tapa dura de Moby Dick publicado por una editorial que yo suponía mexicana, Sexto Piso. El precio me pareció excesivo y lo tuve que dejar. Algunas semanas después, días antes de que iniciara la Feria Internacional del Libro de Lima, ese negocio disfrazado de cultura, un conjunto de editores independientes realizaron una “antiferia” en un local del centro de Lima. Entre las mesas de ediciones libres y contestatarias, no siempre con ofertas muy interesantes, había una de la librería El Virrey que había decidido solidarizarse con esa iniciativa alternativa, y en su mesa estaba el volumen de Moby Dick de Sexto Piso con un descuento sustancial que me decidió a comprarlo. Volví a casa feliz cargando el tabique que apenas cabía en mi mochila y empecé a leerlo de inmediato. “Nueva traducción”, decía, y presumía además las ilustraciones de un connotado artista mexicano.

“Llamadme Ismael”, comenzaba. ¿Qué? ¿“Llamadme”? Y la “h” de Ishmael, ¿dónde estaba? Mi sorpresa fue casi indignación cuando confirmé que el autor de la “nueva traducción” era español y que la edición había sido hecha de aquel lado del Atlántico. Confirmé que la medida del éxito para un editor latinoamericano es convertirse en español y que la colonización sempiterna cuenta con cómplices idiotas y felices de este lado. Entonces decidí leer el tabique al alimón con el original que ofrece gratuitamente el proyecto Gutenberg. La experiencia fue gratificante porque la traducción, deficientísima, me ayudó a entender lo que mi inglés limitado me oscurecía. Pero la indignación respecto a la edición en español de Sexto Piso crecía página tras página. Deficientísima, repito. Llena de errores de interpretación y salidas fáciles para la sólida complejidad de la inteligencia melvilleana, por no hablar de los errores gramaticales que se repiten cada cuatro o cinco páginas (¿editor?, ahí no hubo un editor) y las innumerables erratas que la ensuciaban por todas partes (corrector tampoco hubo).

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Portada de una edición rusa de 1968

El colmo quizás, fueron las ilustraciones. Sexto Piso contrató para el efecto a un artista premiado y reconocido que solo atinó a dibujar un personaje en el que se representaban todos; es decir, todos los personajes dibujados eran iguales, como retratos de Modigliani que han sido opacados por la ceniza de un incendio. Todo era oscuro, en una novela que es titánica por sus explosiones de color y visualidad. Había perdonado la carátula, en la que aparecía un estilizado Pequod sobre una gran ballena franca o azul aunque el tema central es la caza de cachalotes, bichos muy diferentes a esas ballenas dóciles que Ishmael no se cansa de despreciar a nombre de la industria ballenera de la primera mitad del siglo XIX. Lo más trágico de la experiencia visual en este librote (tal vez no más trágica que la literaria) no era la uniformidad de su ocre ausencia de color sino la aberrante decisión de no dibujar al personaje principal, al gigantesco cachalote blanco que Ahab persigue alrededor del planeta para irse con él al fondo del Pacífico. ¿En qué cabeza cabe? ¿Es así como Sexto Piso, la colonizada empresa mexicana transformada en española se acerca al más fabuloso Leviatán de todos los tiempos? ¿Así entienden la eufemística máxima de que la ilustración sugiera imágenes al lector? ¡¿Cómo puede un artista perderse la oportunidad de dibujar a Moby Dick?! Lo que me quedó al final es una especie de profundo desencanto de mi lectura de Moby Dick en español y la monición de que no, no he leído aún, como debiera, ese imprescindible cimiento de la literatura moderna. Habré de hacerlo alguna vez cuando pueda echarle mano a una buena edición estadounidense, completa e ilustrada (ojalá sea la ilustrada por Kent en 1930), de un libro al que los editores españoles le han escamoteado hasta el título —Moby Dick; Or, The Whale— durante un siglo y medio.

Estaría de más comentar las inconsistencias del traductor —que aporta notas al pie para aclarar lo que no es necesario y deja pasar lo que sí habría hecho falta—, y las negligencias del editor. Esta versión de Moby Dick en español no aporta nada nuevo respecto a las anteriores. Comparé algunos párrafos de la edición de Sexto Piso con alguna otra, anterior, también española, y no encontré ninguna diferencia significativa, nada que justificara hacerla otra vez. Excepto, claro está, las razones comerciales: el texto de Melville ya es de todos nosotros, ha sido devuelto al dominio público, al que pertenecen y le son robadas por los “derechos”, todas las obras de la inteligencia (también las tanto más numerosas de la estupidez) humana, y por lo tanto cualquier editor, cualquier persona, es libre de imprimir y vender lo impreso en el mercado. No así las traducciones que siguen tan celosamente guardadas bajo la llave de la falacia esa de la “propiedad intelectual”. La negligente Sexto Piso prefirió, entonces, pagar a un nuevo traductor (tan malo que seguramente es muy barato) que pagar los “derechos” de una traducción anterior. O quizá no quisieron “vendérselos” (“licenciárselos” diría la metáfora jurídica); quizá ni siquiera lo intentó (sin duda las traducciones anteriores siguen a la venta). Mercenarios comerciales, con comportamiento de minera, encuentran una veta explotable en aquellos clásicos que han tenido la “mala suerte” de “caer” en el dominio público, y lo demás es profit. (Yo pagué por el ejemplar, debí haberlo robado).

Moby Dick; Or, The Whale fue publicada en 1851. Su lenguaje, sin ser inglés antiguo, es difícil aun para el lector común de habla inglesa; es viejo, lleno de aliteraciones y fórmulas lingüísticas que “ya no se usan”, por lo que para un lector latinoamericano, los modos arcaicos que pueblan el español peninsular le quedan bien, son tolerables. “Llamadme” en lugar de “Llámame”, “fuisteis” en lugar de “fueron” y así, nos suenan a viejo, así que quizá las dejamos pasar en una novela del siglo antepasado. No así las traducciones de literatura contemporánea. Basta echar un ojo a cualquier edición de Anagrama de la obra de Bukowski para no querer volver a leerlo nunca más. Entre follones, pijas y coños, da la impresión de que el autor es como una especie de profeta bíblico (hasta la Biblia nos han traducido los españoles) poseído por Lucifer, con lo que perdemos la obra original en el laberinto del lenguaje que la traiciona letra por letra. Hace un par de años, cuando salió la más reciente novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah, leí el primer capítulo en su idioma original que su editor regaló como promoción. Estaba a punto de comprar la versión para Kindle cuando encontré la traducción en una librería y la compré. Espantosa experiencia para tan buena novela. Lo mismo me había pasado antes, por ejemplo, con libros de un autor que me fascina, Paul Auster. Alguien me regaló ediciones en inglés de su Leviathan y su New York Trilogy, y después de leerlas juré no volver a tocar una traducción de su obra mientras fuera hecha en España. Es algo que puedo hacer con la literatura escrita en inglés porque lo entiendo, y en ciertos casos en francés, que con dificultad mastico. Pero en cualquier otro idioma estoy fregado: a leer gilipollas (miento; prefiero leer traducciones al inglés siempre que puedo).

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Otro grabado de Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

Es un asunto de monopolios, mercados y colonización. Aunque parezca el mismo idioma, lo que hablamos en Latinoamérica tiene cada vez menos que ver con lo que hablan en España. Esto es clarísimo para las industrias cinematográfica y televisiva: nadie iría al cine si los doblajes y, en menor medida quizá, los subtitulados fueran hechos en España. Cuando compras una película reciente en el mercado pirata de Lima, en ocasiones los vándalos que las distribuyen han retirado la banda sonora original y dejado el doblaje ibérico: o la quitas, si es cualquier cosa, o a regañadientes te soplas los suspirados diálogos en español de España si es muy buena. ¿Han escuchado la voz de Homero Simpson en doblaje epañol? ¡Pierde toda su personalidad! (si ellos perciben lo mismo con los doblajes mexicanos, están en su absoluto derecho y razón; jamás pretenderíamos imponérselos). La industria ha entendido bien este problema y “cede derechos” de manera regional, de modo que las versiones son distintas en España, Argentina, México, Colombia. Los doblajes mexicanos solían distribuirse en buena parte de Latinoamérica presentando el mismo problema hasta que las empresas mismas de doblaje comenzaron a hacer versiones diferentes para el “mercado” mexicano y para el latinoamericano, aunque por ejemplo, al público peruano suele caerle muy simpático un doblaje mexicano mientras le aburre y disgusta uno español.

La industria editorial no debería ser diferente. La figura de cesión de derechos exclusivos para el “área idiomática de lengua española” debe desaparecer. Es una práctica monopólica y colonial que está detrás de la incapacidad que experimentan los sectores editoriales independientes latinoamericanos para crecer y desarrollarse. Su extremo está en que los salvajes monopolios españoles adquieren los derechos para traducir y distribuir en todo el continente americano, y además ¡en los idiomas de sus propias autonomías! Acabarán por restringir la posibilidad misma de que traduzcamos la literatura extranjera al quechua, al mixteco o al maya (idiomas que deberíamos aprender para alcanzar la descolonización que aún no tenemos). Los editores independientes y los traductores latinoamericanos deben organizarse en federaciones que sean capaces de presionar, por ejemplo en Frankfurt y otras ferias internacionales donde se negocian derechos, para que los editores de lenguas no españolas eviten entregar derechos idiomáticos (para un idioma supuestamente homogéneo que no es tal) exclusivos y globales. De este modo, para un libro escrito en alemán, en chino o en árabe habría traducciones que serían adecuadas regionalmente (como los doblajes de las películas) y que además competirían entre sí fortaleciendo las industrias editoriales locales y restringiendo el alcance de los monopolios españoles, último bastión de nuestra colonización, lucha aún pendiente por nuestra independencia.

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Hipótesis para demostrar falacias en torno al “derecho de propiedad intelectual”

pirataSigue la gran industria de la “cultura” y la “información” aduciendo que las copias no autorizadas de sus productos representan pérdidas. Sabemos que es mentira y manipulación, pero ellos siguen esgrimiendo el argumento porque intimida, especialmente en una sociedad tan convencida de que el “crecimiento” económico de las empresas nos llevará al desarrollo.

Entonces se hace necesario demostrar, con números, como les gusta a ellos, que se trata de un engaño. Su tesis es que cada ejemplar no autorizado, cada copia “ilegal” de un libro, una película, una serie de TV, un disco, una prenda de ropa o un programa de computadora que los consumidores compran (a un precio accesible, por cierto) u obtienen sin pagarlo (ya sea que lo descarguen de internet o se los regale un amigo), representa más que un artículo no vendido, un robo y por tanto una pérdida económica específica.

Para mostrar la falacia habría que realizar simplemente una encuesta a los consumidores. Previa muestra representativa, ir a los lugares donde se comercializan los artículos “ilegales” y preguntarle a cada comprador si habría comprado el original de no tener el pirata a disposición. Y sacar cuentas, así de sencillo.

Para el caso de Lima, mis hipótesis son que en su mayoría no habría compra si no existiera la opción pirata. Con sus asegunes en función del tipo de producto. Cabría esperar que para el software, incluyendo juegos, un 50% de los compradores dijeran que sí habrían comprado el original, por lo que la idea de pérdida estaría más justificada, aunque siempre sería menor, pues el consumidor compraría una opción comercial más económica; por ejemplo, si un estudiante necesita Photoshop, en el mercado pirata adquiere la Suite Adobe completa, pero si no existiera, sería solo este programa aislado, y cabe señalar que si el conocimiento del software libre estuviera más extendido, las descargas legales de software como GIMP, Inkscape, Audacity o LibreOffice, e incluso el uso de sistemas operativos Linux, aumentarían exponencialmente y el porcentaje de pérdidas reales de la industria sería aún menor. Es difícil convencer a alguien acostumbrado a Photoshop de que puede hacer las mismas cosas con GIMP, que la destreza está en el usuario y no en el programa. Peor aún cuando se trata de sustituir el horroroso Word-Excel-Power Point, que han establecido sus formatos de archivo como estándares globales…

Quizás en cuanto a prendas de ropa o artículos de tocador, el porcentaje sería también alto, la gente compraría originales si no hubiese piratas hasta en un 60%, quizás. Pero para películas, series de TV, libros y discos de música, la falacia estaría más que demostrada: mi cálculo es que solo un 15% o menos de los compradores de películas y música piratas adquirirían un original si no hubiese “ilegal”. Y las peores noticias seguramente serían para la industria editorial, ¿quién diablos, entre quienes compran un Coelho de la calle, quiere un original? ¡Que vaya y se lea solo!

Desbaratar las mafias de lo ilegal es necesario, pero las condiciones que determinan la legalidad del acceso a la información deben cambiar. Y los niveles de crecimiento, enriquecimiento, monopolización y mentira de las grandes corporaciones de medios, definitivamente son criminales cuando hablamos de acceso y democracia porque los niegan, los ocultan, los impiden, los cierran. Ojalá alguna de esas encuestadoras que pululan por ahí se decidiera a hacer este ejercicio. Yo les ayudaría con mucho gusto en el diseño del “instrumento”.

“Pérdidas por piratería”: una enorme farsa de nuestro tiempo

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Los empresarios de la cultura nos están convenciendo de que usar o consumir sus productos sin su autorización representa pérdidas para sus negocios. Llamar “pérdida económica” al producto no vendido, aunque haya sido “consumido” de alguna manera, es una farsa, una mentira. Editores, productores de cine y música y desarrolladores de software han visto crecer sus ventas incesantemente durante décadas y décadas; desde que sus industrias quedaron establecidas en el modelo que hoy se ensañan en proteger con lobbys, leyes y mentiras que buscan convertir al estado en su cómplice a través de una forma de chantaje. La supuesta “fuga” comercial que acusan lastimeramente cuando ven que sus productos se copian y redistribuyen por canales que no les pertenecen, que no han diseñado ellos mismos, es independiente de una forma de hacer negocios que de cualquier manera crece (lo que ha disminuido es el ritmo en el que crece). Es como si una ambición infinita buscara sustento legal para satisfacer su insaciable sed de dinero. Si usted leyó tal novela en un formato que yo no produje, usted leyó criminalmente; si el software con el que escribe no generó un campanazo en mi máquina registradora, su texto es ilegítimo; si usted vio mi película a través de un canal que yo no controlo, usted me ha robado.

Es increíble que esta portentosa farsa, este engaño flagrante, se esté estableciendo entre nosotros como verdad. Y lo es porque oculta su fuente hasta desaparecerla: el derecho de acceder a la información, a la cultura, al producto de la creación humana, que debería ser tan universal como el que tenemos a la vida, a la salud y a la alimentación. Es hipócrita la organización del discurso de los estados cuando dicen que se deben resolver todos los problemas con educación, pero son incapaces de establecer una estructura adecuada para que la educación se realice, el acceso masivo de todas las personas a los productos de la cultura y a las herramientas para la creación. ¿De qué educación hablan si los recursos con los que esta debe realizarse son de acceso restringido y costo excesivo y, en último análisis, están destinados a enriquecer monopolios?

Suena estridente el coro de plañideras de los arcaicos empresarios (monopolios de medios, protectores de prestigios, miembros de elites “creadoras”) cuyo modelo de negocios, del que somos rehenes, se basa en alejar y obstaculizar el acceso a la cultura, a la información y a la creación de todos (y aun así insisten en que es a eso a lo que se dedican, a engrandecer nuestras secas vidas con sus edificantes productos). Lograrán quizás convencernos de que leer un libro, por el medio a nuestro alcance, nos convierte en ladrones.

Evitarán que sepamos que obligarlos a adecuarse a los medios de distribución contemporáneos es la forma adecuada para acabar con los negocios paralelos de copia y redistribución cuya creación ellos mismos auspician pues es una imitación de su propia estrategia fundada en la readecuación de los productos al poder adquisitivo de poblaciones alejadas pero interesadas en la producción cultural. Monopolios y piratas son dos caras de una misma moneda.

Evitarán que sepamos esto porque adecuarse al nuevo ritmo de creación y distribución significa para ellos la debacle. Porque habrá cada vez más creadores y menos consumidores; porque la rentabilidad de los negocios culturales será mucho más pequeña, más de medida humana, y no construirá prestigios, fantasías y estrellatos; no pagará limusinas y alfombras rojas, ni construirá rascacielos ni jets privados; será de a pie, será remix y colectiva; más terrestre, cercana y accesible.

Evitarán que lo sepamos para poder seguir sosteniendo un mecanismo enfermo y limitado de creatividad basada en productos construidos por el dictado del consumo. En este proceso, convencernos de que leer, mirar, usar y mezclar, como podamos, como queramos, libremente, es un crimen y merece penas, y se entiende como un cálculo que cuenta como perdido el valor de lo que nunca se produjo.

La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

El tráfico de influencias como costumbre

Circuito Mágico del Agua

Circuito Mágico del Agua

Los padres de familia del colegio de mis hijos, por correo electrónico, nos proponen realizar actividades extraescolares como visitar museos, y entre ellas mencionan un “museo interactivo” y el “paseo del agua”, el parque limeño de las fuentes con luces y chorros manejados por computadora, verdadero antihomenaje a nuestro seco desierto que de eso precisamente carece: de fuentes de agua. La iniciativa es muy buena. Hagamos el paseo de las lluvias artificiales, ya que está ahí, y vayamos, cómo no, al museo interactivo, una iniciativa de caracter privado en donde el visitante experimenta directamente con las exhibiciones y obtiene resultados que generan aprendizajes científicos concretos.

Pero lo que me lleva a escribir esta nota es la respuesta de una de las madres a la cadena de correo, que decía más o menos así: “Puedo ayudar con lo del parque de las aguas y en lo del Museo Metropolitano, ya que [nombre de su hija] es nieta de la Alcaldesa de Lima y ella estará feliz de recibirnos…”. Plaf, pensé. No sólo llegó así la propuesta de traficar influencias para el solaz de nuestros hijos, sino que la señora confundió el museo interactivo, del que seguramente no tendrá noticia, con el flamante Museo Metropolitano de Lima, exhibición auspiciada por la municipalidad que pone en escena, a través de pantallas de 360° y otros trucos tecnológicos, la historia “oficial” de la ciudad, que no es precisamente interactivo como los museos de ciencia sino más bien espectacular y vistoso: si bien va más allá de exhibir objetos con un letrerito de “no tocar”, sigue siendo mera exhibición, comunicación unidireccional.

Que también se realice la visita al nuevo museo municipal. Pero, ¿será que esos espacios son sólo demagogia periodística y que en realidad no se pueden visitar sin la anuencia de la autoridad? (“Ícono de la ciudad y símbolo indiscutible de la recuperación de los espacios públicos de Lima”, dice el sitio en internet sobre el Circuito Mágico del Agua). No, pues. Son museos, parques, espacios públicos. Todos tenemos derecho de asistir a ellos pagando módicas sumas, precios al alcance de casi cualquier persona. Todos esos espacios cuentan con procedimientos organizativos y logísticos institucionales para coordinar visitas de grupos y colegios. A ellos se puede asistir simplemente apareciendo ante sus puertas en horario de servicio, pagando lo que cueste y ya. Era absolutamente innecesaria una intervención así, por mucho que una de las chicas del grupo fuera nieta de la alcaldesa. Eso mismo podría haber sido razón de peso para seguir los procedimientos normales, algo parecido a lo de “predicar con el ejemplo”. Me dio risa la aparición del influyentismo en un tema tan anodino. Pero así somos, pensé. Y esperé que quedara ahí la cosa, que se echara en saco roto la intervención que proponía un trato especial para nuestros hijos que no son sino niños normales que no requieren tratamientos distintos a los que se da a cualquier otro niño.

Pero no quedó ahí. Al día siguiente, la misma madre de familia arremete de nuevo por el correo con copia de la “respuesta de la alcaldesa sobre los espacios solicitados” (en mayúsculas para enfatizar el trato preferente que su amable intervención nos ha grangeado). Efectivamente, la titular del gobierno de Lima brindaría su apoyo para organizar las visitas en cuestión, haciendo una clara diferencia entre los niños del salón de clases de su nieta y el resto de los niños de Lima. La representante de los discursos de inclusión y democracia, igualdad y acceso, cedía inmediatamente, y en apariencia sin mayor reflexión, a la solicitud de un privilegio por parentesco. Estas cosas dan tanto qué pensar: es terrible que no podamos superar la acción discrecional ni siquiera para lo que tiene que ver con la formación de los niños. Buen ejemplo les damos si les conseguimos un trato preferencial sin razón alguna, sólo porque una de sus compañeras es nieta del gobernante en turno. Exactamente lo mismo que cuando el borracho detenido por el agente de tránsito trata de sacárselo de encima con la amenaza de “no sabes con quién te estás metiendo” porque es hijo de congresista o algo así. Eso es tráfico de influencias y, por ende, corrupción.

Generosidad de la cultura, crueldad de los mercados

Mi mamá volvía a casa cualquier sábado por la mañana con nuevos discos de Georges Moustaki o de Paco Ibáñez, sus favoritos en la década de 1970. Mientras mirábamos en la carátula al barbudo grecofrancés o al entonces flaco anarquista republicano, le preguntábamos a dónde había ido y ella respondía con una clara expresión de satisfacción, “A Margolín”. Eso era para nosotros buena noticia porque quería decir que había pasado también por la pastelería El Globo (lejos aún de convertirse en un corporativo panurbano) y que en la cocina había una bolsa de papel llena de polvorones y garibaldis. Nosotros nos íbamos a masticar el mejor pan dulce posible, mientras mi papá abría los discos nuevos frotando el borde del celofán con una franela hasta que esta cedía y procedía, inmediatamente, a grabar en caséts la primerísima reproducción del vinilo “porque así duran para siempre y no se rayan”, decía. Y escuchábamos a Moustaki declarar el estado de felicidad permanente y a Ibáñez disparar palabras cargadas de futuro.

Pero mamá no nos llevaba a Margolín. Era cosa de grandes, una tienda muy exclusiva y algo elegante, en la que todo estaba muy cuidado y los niños traviesos amenazaban con alterar el orden fabuloso de la cultura que desde ahí se distribuía con una generosidad sin barreras. Recuerdo alguna de esas mediatardes, esperando en el coche a que mamá saliera de Margolín con algún regalo para el cumpleaños de la tía Mariu o el tío Xavier. Desde el coche, las vitrinas de Margolín (o las de la librería El Ágora, otro símbolo del consumo cultural familiar en aquellos años), eran un misterio para mí.

Pasarían años hasta que por fin la visité, después de la adolescencia, del brazo del tío Enrique, melómano irremediable que sólo en Margolín podía saciar su inagotable necesidad de música. Yo tendría diecisiete años cuando, después de una de las tremendas cirugías que tuvieron que hacerle, el médico le recetó una semana de reposo casi total. Le prohibieron manejar, así que la familia decidió que durante mis vacaciones podría servirle de chofer y nos fuimos Enrique y yo a pasar una semana en la casa de Cuernavaca del tío Xavier, pero antes me pidió que nos detuviéramos en Margolín y compró varios discos mientras me explicaba la diferencia entre la naturalidad de Brahms y los celos de Bruckner. Los ojos se me iban por los estantes repletos de discos nunca antes vistos. Esa semana en Cuernavaca fue mi iniciación a la música clásica (más allá de lo que escuchaba en casa gracias a mi papá: básicamente musica para piano de Beethoven, Chopin, Debussy y Ravel), con los vinilos que habíamos comprado en Sala Margolín antes de salir a la carretera. Enrique me hizo escuchar el Zarathustra de Richard Strauss y me enseñó a aborrecer a Johan hijo. Me describió las razones por las cuales no le gustaba el barroco, y me contó la maldición según la cual, después de Beethoven, ningún compositor alcanzaría la gloria de una décima sinfonía. Después me hizo entender que no existen maldiciones de ningún tipo, haciéndome escuchar la fabulosa sinfonía 11, “1905”, de Shostakovich, mientras me explicaba cómo este atormentado compositor soviético había logrado conciliar su necesidad de expresión vanguardista con la severa censura estalinista en las sinfonías 5, 6 y, especialmente, la 7, “Leningrado”.

A partir de entonces, la Sala Margolín se convirtió en mi propio referente de lo grandioso, y la visitaría con frecuencia aunque fuera solamente para mirar las novedades.

Por la tarde de un 24 de diciembre, a mediados de la década de 1980, Enrique llegó a la casa de la abuela cargando una gran bolsa con más de diez discos nuevos en ella. Había pasado por Margolín antes de ir a la cena de Navidad, y había encontrado una rarísima remesa de discos de liturgia eslava y ortodoxa. Había pasado más de una hora seleccionando los que se llevaría. Por fin se acercó a la caja y el mismo dueño de casa, que estaba por cerrar ya la tienda, le hizo la abultada cuenta. Entonces Enrique metió la mano al bolsillo del pantalón y se dio cuenta de que había olvidado la billetera. Ni efectivo ni tarjetas de crédito ni chequera ni nada. Enrojeció de vergüenza y también de rabia, pues viajaría fuera de la ciudad al día siguiente y correría el riesgo de perder la oportunidad de adquirir todas esas joyas. El dueño de casa sonrió, cerró la caja registradora, tomó los diez discos, más otro par que Enrique había decidido no llevar, los metió a la bolsa y se los entregó. “Es un regalo. Feliz Navidad”.

Con esa misma generosidad, los propietarios y trabajadores de la Sala Margolín podían orientar a sus clientes en la tradición más hospitalaria de la discoteca o la librería. Ir a esa tienda era como asistir a un museo: entre la mirada propia y la información institucional, salías de ahí sabiendo más e ignorando más, como acicate para plantearte nuevas preguntas y volver y volver para tratar de responderlas. Es por eso que leer la noticia del inminente cierre de Sala Margolín en la ciudad de México, provoca una sensación de luto. Como si el corazón que anima a ese barrio lleno de simbolismo que es la colonia Roma, dejara de latir. O peor aún, como si fuera asesinado por la crueldad de los nuevos mercados, de las grandes superficies, de las inhospitalarias cadenas y la pérdida de diversidad en el gusto.