El conejo en el banquete de los leones

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[“León devorando a un conejo”, Éugene Delacroix]

Recibí por correo electrónico una amable invitación de un empleado del “área de prensa e imagen” de la Cámara Peruana del Libro para participar como ponente en un “conversatorio” (esa palabra, ay) titulado “¿Es necesario un estado editor?”. La actividad, que realizará en la Feria del Libro Ricardo Palma, se inserta dentro de la “campaña” “Perú, un país de lectores: por una política nacional del libro y la lectura” que esta institución emprende ahora (más bien es nombre nuevo para la misma campaña en la que está empeñada desde hace años, incluso cuando el Perú tuvo una política nacional del libro y la lectura).

Por supuesto que agradezco la deferencia, pero me llaman la atención varias cosas de esta invitación, empezando por el título de la actividad, que lleva la respuesta incorporada en la pregunta: “¿es necesario?” (pudo haber sido, por ejemplo, “análisis de la actividad editorial del Estado” o “perspectivas” de lo mismo). Me llama la atención también que me inviten a mí que no soy un especialista en el tema ni una personalidad reconocida en el ámbito, si bien he tenido que ver con él en distintos momentos de mi vida (sosteniendo siempre, claro está, la obligación del Estado de intervenir en cualquier ámbito que sea necesario para garantizar el derecho a la educación y al acceso a la información).

También me sorprende que sea la CPL quien me invita a hablar sobre este tema, siendo una institución que no ha dejado de combatir la actividad editorial del Estado porque representa “competencia desleal” ─así dicen ellos─ para los empresarios agremiados bajo su sombra. Me parece una trampa que la CPL busque al “enemigo” para dar la impresión de que está abierta al debate; me llama la atencón porque me invita a mí, un ilustre desconocido, en lugar de a algún funcionario de algún área del gobierno involucrada con la actividad editorial del Estado, y si lo ha hecho, la invitación que recibí no me lo informa.

La CPL, aunque mediante propaganda y publicidad se ha convertido en referente sui generis de diversos temas relacionados con la educación y la cultura, existe para representar los intereses de (algunos, la mayoría, los más poderosos) editores y libreros. Calculo que parte de su “campaña por una política nacional del libro y la lectura” incluye la prohibición expresa a la actividad editorial del Estado y su obligación de “ceder” a los empresarios del libro los recursos que pudiera destinar al área. Por ello, me parece que esta invitación que me hace la CPL es como decirle a un conejo “te invito a un banquete de leones para que desarrolles el tema de por qué los leones no deben almorzar conejos”, y todos los leones muy democráticos y dispuestos a debatir con su entremés. Quieren, tan simpáticos, que me ponga de blanco para recibir los tiros contra una perspectiva que aparece como simplemente ilógica al interior del dogma neoliberal con el que todos ellos están de acuerdo por obra de algo aún más fuerte que un principio explícito, algo que raya en el habitus como lo entendiera Bourdieu.

Si la invitación viniera de una institución que no tuviera tan evidentemente comprometidos sus intereses con los empresarios que la CPL representa, si fuera para una serie de charlas con maestros, o para un coloquio con instituciones académicas, educativas, de investigación y de desarrollo social, iría entusiasmado por el espacio de discusión abierto y con la certeza de que parte de los participantes encontraría plausibles los argumentos a favor no solo de la actividad editorial del Estado, sino a favor de la eliminación de todos los límites inventados para impedir que alguien acceda a la información, cualquiera que sea ese alguien y cualquiera que sea la información. Pero ir a hablar de la actividad editorial del Estado en un “conversatorio” de la CPL, sin saber quiénes son los otros participantes, ante un público acrítico y afín a las tesis de la CPL, en la fiesta de la CPL, me parece no sólo estúpido sino también inútil. Pero antes de negarme le pedí al remitente que me aclarara cuatro cosas: “1. No siendo un especialista en el tema al que me convoca ni una personalidad reconocida en el sector, ¿por qué yo? 2. ¿Cómo se articula el conversatorio al que me invita con la campaña que menciona en su correo? (no quisiera formar parte de una campaña que desconozco y con la que podría no estar de acuerdo). 3. ¿Con qué otros ponentes compartiría dicho conversatorio? y ¿qué acciones de sistematización, seguimiento y difusión se realizarán después? 4. Por último, pero no menos importante, ¿a cuánto ascienden los honorarios que la CPL me ofrece por mi trabajo?” Hace tres días que envié mis preguntas y, como no he recibido respuesta, me he decidido a publicar esta entrada.

La CPL ha hecho de la producción de los empresarios que agremia ─parte de la cual son libros y entre los cuales la tajada más importante es la del oneroso libro escolar, de texto y “plan lector”, cuya lógica hace de la educación rehén de estas empresas─ un símbolo de la vieja falacia aquella de que la educación trae desarrollo. Así, mientras hace lobby, se inventa pretextos para que sus empresarios engorden billeteras mientras abandona a los editores independientes (el elemento más importante, único efectivo, de la política del libro en el Perú ha sido la exoneración de impuestos), se ha vestido con el traje de “promotora de la lectura” que la ha convertido en referente cultural local. ¡Una agrupación de dueños de empresas! Si desde su entender se organizan acciones orientadas a mejorar la visualidad de la lectura en el imaginario colectivo, es en tanto estrategia de mercado para cumplir con su cometido oficial (legal, institucional), que es el de velar por los intereses (comerciales) de sus agremiados. Todos sabemos que al gran editor y al librero no le preocupa esencialmente que un libro se lea, excepto si prueba que esto acarrea más consumidores (de ahí su apoyo a los simpáticos booktubers; gracias a Mariana Castro por ponerme en la pista de este fenómeno); su labor termina con el libro vendido. Lo que haga con él el consumidor ya no es su problema, siempre que no se trate de copiarlo para, a su vez, redistribuirlo; ahí sí, la CPL desencadenará toda la fuerza legal y judicial a su alcance. La CPL y los editores que representa son incluso incapaces de distinguir la reproducción que hacen otros empresarios, los “piratas”, para lucrar con ella, de la que hacen los usuarios, los verdaderos lectores, para facilitar a alguien más el acceso al conocimiento. Para la CPL todo es piratería, incluso la actividad editorial del Estado.

Sería urgente que fuéramos capaces de desvincular de la CPL la idea de que “trabaja para nosotros” los lectores, los consumidores, los ciudadanos de a pie. No existe en el mundo una cámara de empresarios, una agrupación oficial de capitalistas, que haga semejante cosa. Sería urgente que pudiéramos desconectar nuestros intereses como lectores, como individuos libres e independientes, de los intereses de los empresarios del libro. Mientras creamos que queremos lo mismo que la CPL nos pide que queramos (que les exoneren los impuestos bajo el falso pretexto de que esto reduce el precio que tenemos que pagar por leer), seremos incapaces de ver el conflicto que yace entre sus intereses y los nuestros. Ellos quieren dinero, nosotros queremos acceso a la información. Y mientras el profit, la ganancia, el plusvalor (que ya sabemos de donde viene) se aparezca como un derecho (el de la libre empresa), el derecho a la información, que es un derecho humano, tenderá a ser visto como un delito. En la lucha del poderoso contra el débil, este artilugio es central: mi interés particular y doméstico se convierte, por arte de magia ideológica, en el derecho de todos. Y te friegas, compras lo que te venda, al precio que yo decida. Si no estás de acuerdo y decides reclamar tu derecho de acceder aquí y ahora a la información, a toda la información, y de garantizar a otros ese derecho, eres un terrorista, como me llamó una vez un funcionario de la CPL en facebook, cuando escribí algo por el estilo. Todo es terrorismo fuera de sus límites, y sus límites, como corresponde a todo aquello que se mueve según la dinámica del capital, tienden a extenderse infinitamente.

No, no aceptaré su invitación. No si me dejan en el silencio luego de plantearles mis dudas. Y mucho menos cuando la hacen sin ofrecerme honorarios, dando por sentado que trabajo gratis. Tan establecido como el dogma de la libre empresa y la no intervención del Estado en la economía está en ellos el de suponer que los conferencistas e investigadores libres no comemos, no pagamos alquiler ni colegiaturas, y por tanto no tenemos necesidad de cobrar por nuestro trabajo. Entiendo que estén acostumbrados a la vanidad y el hambre de foro que tienen los escritores y que les lleva a aceptar agradecidos cualquier espacio en el que puedan mostrar sus solemnes rostros, pero no es mi caso.

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Hipótesis para demostrar falacias en torno al “derecho de propiedad intelectual”

pirataSigue la gran industria de la “cultura” y la “información” aduciendo que las copias no autorizadas de sus productos representan pérdidas. Sabemos que es mentira y manipulación, pero ellos siguen esgrimiendo el argumento porque intimida, especialmente en una sociedad tan convencida de que el “crecimiento” económico de las empresas nos llevará al desarrollo.

Entonces se hace necesario demostrar, con números, como les gusta a ellos, que se trata de un engaño. Su tesis es que cada ejemplar no autorizado, cada copia “ilegal” de un libro, una película, una serie de TV, un disco, una prenda de ropa o un programa de computadora que los consumidores compran (a un precio accesible, por cierto) u obtienen sin pagarlo (ya sea que lo descarguen de internet o se los regale un amigo), representa más que un artículo no vendido, un robo y por tanto una pérdida económica específica.

Para mostrar la falacia habría que realizar simplemente una encuesta a los consumidores. Previa muestra representativa, ir a los lugares donde se comercializan los artículos “ilegales” y preguntarle a cada comprador si habría comprado el original de no tener el pirata a disposición. Y sacar cuentas, así de sencillo.

Para el caso de Lima, mis hipótesis son que en su mayoría no habría compra si no existiera la opción pirata. Con sus asegunes en función del tipo de producto. Cabría esperar que para el software, incluyendo juegos, un 50% de los compradores dijeran que sí habrían comprado el original, por lo que la idea de pérdida estaría más justificada, aunque siempre sería menor, pues el consumidor compraría una opción comercial más económica; por ejemplo, si un estudiante necesita Photoshop, en el mercado pirata adquiere la Suite Adobe completa, pero si no existiera, sería solo este programa aislado, y cabe señalar que si el conocimiento del software libre estuviera más extendido, las descargas legales de software como GIMP, Inkscape, Audacity o LibreOffice, e incluso el uso de sistemas operativos Linux, aumentarían exponencialmente y el porcentaje de pérdidas reales de la industria sería aún menor. Es difícil convencer a alguien acostumbrado a Photoshop de que puede hacer las mismas cosas con GIMP, que la destreza está en el usuario y no en el programa. Peor aún cuando se trata de sustituir el horroroso Word-Excel-Power Point, que han establecido sus formatos de archivo como estándares globales…

Quizás en cuanto a prendas de ropa o artículos de tocador, el porcentaje sería también alto, la gente compraría originales si no hubiese piratas hasta en un 60%, quizás. Pero para películas, series de TV, libros y discos de música, la falacia estaría más que demostrada: mi cálculo es que solo un 15% o menos de los compradores de películas y música piratas adquirirían un original si no hubiese “ilegal”. Y las peores noticias seguramente serían para la industria editorial, ¿quién diablos, entre quienes compran un Coelho de la calle, quiere un original? ¡Que vaya y se lea solo!

Desbaratar las mafias de lo ilegal es necesario, pero las condiciones que determinan la legalidad del acceso a la información deben cambiar. Y los niveles de crecimiento, enriquecimiento, monopolización y mentira de las grandes corporaciones de medios, definitivamente son criminales cuando hablamos de acceso y democracia porque los niegan, los ocultan, los impiden, los cierran. Ojalá alguna de esas encuestadoras que pululan por ahí se decidiera a hacer este ejercicio. Yo les ayudaría con mucho gusto en el diseño del “instrumento”.

La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

El tráfico de influencias como costumbre

Circuito Mágico del Agua

Circuito Mágico del Agua

Los padres de familia del colegio de mis hijos, por correo electrónico, nos proponen realizar actividades extraescolares como visitar museos, y entre ellas mencionan un “museo interactivo” y el “paseo del agua”, el parque limeño de las fuentes con luces y chorros manejados por computadora, verdadero antihomenaje a nuestro seco desierto que de eso precisamente carece: de fuentes de agua. La iniciativa es muy buena. Hagamos el paseo de las lluvias artificiales, ya que está ahí, y vayamos, cómo no, al museo interactivo, una iniciativa de caracter privado en donde el visitante experimenta directamente con las exhibiciones y obtiene resultados que generan aprendizajes científicos concretos.

Pero lo que me lleva a escribir esta nota es la respuesta de una de las madres a la cadena de correo, que decía más o menos así: “Puedo ayudar con lo del parque de las aguas y en lo del Museo Metropolitano, ya que [nombre de su hija] es nieta de la Alcaldesa de Lima y ella estará feliz de recibirnos…”. Plaf, pensé. No sólo llegó así la propuesta de traficar influencias para el solaz de nuestros hijos, sino que la señora confundió el museo interactivo, del que seguramente no tendrá noticia, con el flamante Museo Metropolitano de Lima, exhibición auspiciada por la municipalidad que pone en escena, a través de pantallas de 360° y otros trucos tecnológicos, la historia “oficial” de la ciudad, que no es precisamente interactivo como los museos de ciencia sino más bien espectacular y vistoso: si bien va más allá de exhibir objetos con un letrerito de “no tocar”, sigue siendo mera exhibición, comunicación unidireccional.

Que también se realice la visita al nuevo museo municipal. Pero, ¿será que esos espacios son sólo demagogia periodística y que en realidad no se pueden visitar sin la anuencia de la autoridad? (“Ícono de la ciudad y símbolo indiscutible de la recuperación de los espacios públicos de Lima”, dice el sitio en internet sobre el Circuito Mágico del Agua). No, pues. Son museos, parques, espacios públicos. Todos tenemos derecho de asistir a ellos pagando módicas sumas, precios al alcance de casi cualquier persona. Todos esos espacios cuentan con procedimientos organizativos y logísticos institucionales para coordinar visitas de grupos y colegios. A ellos se puede asistir simplemente apareciendo ante sus puertas en horario de servicio, pagando lo que cueste y ya. Era absolutamente innecesaria una intervención así, por mucho que una de las chicas del grupo fuera nieta de la alcaldesa. Eso mismo podría haber sido razón de peso para seguir los procedimientos normales, algo parecido a lo de “predicar con el ejemplo”. Me dio risa la aparición del influyentismo en un tema tan anodino. Pero así somos, pensé. Y esperé que quedara ahí la cosa, que se echara en saco roto la intervención que proponía un trato especial para nuestros hijos que no son sino niños normales que no requieren tratamientos distintos a los que se da a cualquier otro niño.

Pero no quedó ahí. Al día siguiente, la misma madre de familia arremete de nuevo por el correo con copia de la “respuesta de la alcaldesa sobre los espacios solicitados” (en mayúsculas para enfatizar el trato preferente que su amable intervención nos ha grangeado). Efectivamente, la titular del gobierno de Lima brindaría su apoyo para organizar las visitas en cuestión, haciendo una clara diferencia entre los niños del salón de clases de su nieta y el resto de los niños de Lima. La representante de los discursos de inclusión y democracia, igualdad y acceso, cedía inmediatamente, y en apariencia sin mayor reflexión, a la solicitud de un privilegio por parentesco. Estas cosas dan tanto qué pensar: es terrible que no podamos superar la acción discrecional ni siquiera para lo que tiene que ver con la formación de los niños. Buen ejemplo les damos si les conseguimos un trato preferencial sin razón alguna, sólo porque una de sus compañeras es nieta del gobernante en turno. Exactamente lo mismo que cuando el borracho detenido por el agente de tránsito trata de sacárselo de encima con la amenaza de “no sabes con quién te estás metiendo” porque es hijo de congresista o algo así. Eso es tráfico de influencias y, por ende, corrupción.

Generosidad de la cultura, crueldad de los mercados

Mi mamá volvía a casa cualquier sábado por la mañana con nuevos discos de Georges Moustaki o de Paco Ibáñez, sus favoritos en la década de 1970. Mientras mirábamos en la carátula al barbudo grecofrancés o al entonces flaco anarquista republicano, le preguntábamos a dónde había ido y ella respondía con una clara expresión de satisfacción, “A Margolín”. Eso era para nosotros buena noticia porque quería decir que había pasado también por la pastelería El Globo (lejos aún de convertirse en un corporativo panurbano) y que en la cocina había una bolsa de papel llena de polvorones y garibaldis. Nosotros nos íbamos a masticar el mejor pan dulce posible, mientras mi papá abría los discos nuevos frotando el borde del celofán con una franela hasta que esta cedía y procedía, inmediatamente, a grabar en caséts la primerísima reproducción del vinilo “porque así duran para siempre y no se rayan”, decía. Y escuchábamos a Moustaki declarar el estado de felicidad permanente y a Ibáñez disparar palabras cargadas de futuro.

Pero mamá no nos llevaba a Margolín. Era cosa de grandes, una tienda muy exclusiva y algo elegante, en la que todo estaba muy cuidado y los niños traviesos amenazaban con alterar el orden fabuloso de la cultura que desde ahí se distribuía con una generosidad sin barreras. Recuerdo alguna de esas mediatardes, esperando en el coche a que mamá saliera de Margolín con algún regalo para el cumpleaños de la tía Mariu o el tío Xavier. Desde el coche, las vitrinas de Margolín (o las de la librería El Ágora, otro símbolo del consumo cultural familiar en aquellos años), eran un misterio para mí.

Pasarían años hasta que por fin la visité, después de la adolescencia, del brazo del tío Enrique, melómano irremediable que sólo en Margolín podía saciar su inagotable necesidad de música. Yo tendría diecisiete años cuando, después de una de las tremendas cirugías que tuvieron que hacerle, el médico le recetó una semana de reposo casi total. Le prohibieron manejar, así que la familia decidió que durante mis vacaciones podría servirle de chofer y nos fuimos Enrique y yo a pasar una semana en la casa de Cuernavaca del tío Xavier, pero antes me pidió que nos detuviéramos en Margolín y compró varios discos mientras me explicaba la diferencia entre la naturalidad de Brahms y los celos de Bruckner. Los ojos se me iban por los estantes repletos de discos nunca antes vistos. Esa semana en Cuernavaca fue mi iniciación a la música clásica (más allá de lo que escuchaba en casa gracias a mi papá: básicamente musica para piano de Beethoven, Chopin, Debussy y Ravel), con los vinilos que habíamos comprado en Sala Margolín antes de salir a la carretera. Enrique me hizo escuchar el Zarathustra de Richard Strauss y me enseñó a aborrecer a Johan hijo. Me describió las razones por las cuales no le gustaba el barroco, y me contó la maldición según la cual, después de Beethoven, ningún compositor alcanzaría la gloria de una décima sinfonía. Después me hizo entender que no existen maldiciones de ningún tipo, haciéndome escuchar la fabulosa sinfonía 11, “1905”, de Shostakovich, mientras me explicaba cómo este atormentado compositor soviético había logrado conciliar su necesidad de expresión vanguardista con la severa censura estalinista en las sinfonías 5, 6 y, especialmente, la 7, “Leningrado”.

A partir de entonces, la Sala Margolín se convirtió en mi propio referente de lo grandioso, y la visitaría con frecuencia aunque fuera solamente para mirar las novedades.

Por la tarde de un 24 de diciembre, a mediados de la década de 1980, Enrique llegó a la casa de la abuela cargando una gran bolsa con más de diez discos nuevos en ella. Había pasado por Margolín antes de ir a la cena de Navidad, y había encontrado una rarísima remesa de discos de liturgia eslava y ortodoxa. Había pasado más de una hora seleccionando los que se llevaría. Por fin se acercó a la caja y el mismo dueño de casa, que estaba por cerrar ya la tienda, le hizo la abultada cuenta. Entonces Enrique metió la mano al bolsillo del pantalón y se dio cuenta de que había olvidado la billetera. Ni efectivo ni tarjetas de crédito ni chequera ni nada. Enrojeció de vergüenza y también de rabia, pues viajaría fuera de la ciudad al día siguiente y correría el riesgo de perder la oportunidad de adquirir todas esas joyas. El dueño de casa sonrió, cerró la caja registradora, tomó los diez discos, más otro par que Enrique había decidido no llevar, los metió a la bolsa y se los entregó. “Es un regalo. Feliz Navidad”.

Con esa misma generosidad, los propietarios y trabajadores de la Sala Margolín podían orientar a sus clientes en la tradición más hospitalaria de la discoteca o la librería. Ir a esa tienda era como asistir a un museo: entre la mirada propia y la información institucional, salías de ahí sabiendo más e ignorando más, como acicate para plantearte nuevas preguntas y volver y volver para tratar de responderlas. Es por eso que leer la noticia del inminente cierre de Sala Margolín en la ciudad de México, provoca una sensación de luto. Como si el corazón que anima a ese barrio lleno de simbolismo que es la colonia Roma, dejara de latir. O peor aún, como si fuera asesinado por la crueldad de los nuevos mercados, de las grandes superficies, de las inhospitalarias cadenas y la pérdida de diversidad en el gusto.