Último adiós a Enrique Maza

Quique por RochaMi tío Enrique murió hace poco más de un mes. Se fue el jesuita crítico y rebelde, el escritor, el pilar que fue del periodismo libre, inteligente y asediado del México de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Como a las nueve y media de la noche del 23 de diciembre de 2015, el padre Carlos, encargado de la casa de reposo de los jesuitas en Coyoacán, llamaba a mi mamá para decirle que Enrique tenía una fuerte dificultad para seguir respirando. Fuimos a verlo, mi mamá, mi papá y yo que por suerte o casualidad estaba en la ciudad de México para acompañarlo. A eso de las 10:45, con 86 años de haber visto la primera luz —¡en El Paso, Texas!—, después de sufrir durante sus últimos años de un agresivo Alzheimer, el segundo hijo de Carmen y Carlos vivía su último momento.

Suerte, casualidad. Estar en México de vacaciones y poder verlo por última vez. Todavía tuve la desidia de no visitarlo el domingo anterior por querer hacer otras cosas, pensando, “lo puedo ir a ver después”. Esa noche iba a ser la última oportunidad. Me fui con mis papás a verlo y lo encontramos dando su último esfuerzo por permanecer aquí. La fortuna. O esa vaga y vanidosa sensación de que habrá querido esperarme —en el fondo, una esperanza—. Llegamos a su lado, le platicamos, le dijimos bromas, de esas bromas como las suyas siempre inteligentes que nunca nunca se aprovecharon de escarnios ni discriminaciones como gatillos de la risa fácil. “No te vas, compai, seguramente porque allá a donde vas ha de haber algunos que no quieres ver”, le decíamos mientras él batallaba con el aire que ya no quería entrar en su cuerpo ni con la ayuda de la máquina de oxígeno. No te vas, seguramente, porque te falta todavía una denuncia que hacer; porque no has terminado de desenmascarar a los poderosos y sus injusticias. Es una tarea que nunca se acaba, me enseñó, y que por eso mismo se tiene que seguir haciendo. No te vas porque queda mucho que escarbar para encontrar esa verdad evasiva con la que te empeñaste siempre.

No te preocupes, compai, vete tranquilo, le decía yo en silencio. Yo me quedo para seguir tu ejemplo como pueda, para hacer honor a tus enseñanzas, que son las del amor y la libertad sin restricciones y sin límites, como creo que lo he venido haciendo —flaqueando a veces—, desde que me enseñaste ese camino sin pedirme jamás que lo siguiera. Me quedo para que tu esfuerzo, tu corazón, tu compromiso con la verdad y la justicia, con el amor, sigan desenganchando las cadenas con las que quieren siempre encerrarlos. Yo aquí seguiré caminando por tu camino.

* * *

Enrique Maza fue un portento de trabajo, de investigación, de erudición y pensamiento. Fue uno de los más importantes pensadores del catolicismo crítico latinoamericano del siglo XX y del arranque del XXI. Junto con su primo Julio Scherer, Enrique demostró que existe el modo, a base de trabajo y sin concesión al cansancio, de hacerle frente a la mentira, a la hipocresía, a la injusticia. Su muerte provocó rápidos artículos y testimonios —la edición de Proceso que siguió a su muerte, por ejemplo, en cuya portada colocaron una no muy buena foto suya— que destacaron su trayectoria desde la Buena Prensa hasta su retiro de Proceso y la publicación de sus últimos libros. Pero pocos de esos textos hicieron un reconocimiento pleno, un agradecimiento silencioso al hombre que fue, más que la obra que dejó; una de las lecciones suyas que siempre se olvidan. Me lo dijo un día en Cuernavaca: “quien busca la trascendencia se la niega a sí mismo. Sólo la alcanza quien encara la verdad sin importarle el crédito”.

Para Enrique, la verdad no podía estar atada a ningún otro interés que a sí misma. Y la vía para buscarla, porque es inalcanzable, es el amor, el pensamiento apasionado, siempre alerta y dedicado a la búsqueda de su encarnación última. El amor, la libertad y la búsqueda de la verdad que son el espíritu de ese dios en el que Enrique creía y al que le brindó su vida. Nunca en voz de ningún periodista, de ningún teólogo, de ningún filósofo fue más cierta la máxima de Jesús que es alma de su Compañía, como lo fue en la vida y la obra de Enrique Maza: “La verdad nos hará libres”.

Por mi parte, no tengo sino agradecimiento para mi compai, como él me decía desde que me bautizó, un par de años después de ordenarse, en la época en que ya formado como periodista, comenzaba a escribir en Excélsior. Enrique Maza me formó en un proceso que ha durado 51 años hasta hoy: desde el día en que nací hasta ese momento en que nos despedimos. Y va a seguir siendo así. A partir de que aprendí a hablar y a caminar, la imagen poderosa y firme de mi tío Quique me acompaña. Las risas destempladas que me provocaba cuando estrechaba mi manita de niño y la agitaba zangoloteándome todo. Las sonrisas cómplices que nos sacaba cuando hacía rabiar a mi abuela en la mesa familiar de cada sábado con su preguntas tipo “¿De qué vamos a comer cadáver hoy?” o, cuando la abuela le preguntaba si quería más y él le contestaba juguetón “No, gracias, ya me llené”. “¡Niño! Así no se dice, ¡es de mala educación! Se dice estoy satisfecho”, se quejaba mi abuela y él seguía: “Pero no estoy satisfecho, yo seguiría comiendo, estoy lleno; la capacidad humana es limitada”.

En esas comidas, durante la sobremesa, Enrique nos contaba con esa forma suya de narrar —su voz a la vez suave y profunda— llena de suspenso y dramatismo, su dicción sin muletillas, fluida como un río, lo que estaba por salir en Excélsior o en Proceso. Teníamos la primicia de su boca y yo aprendía así, siendo apenas un niño, a reconocer los huecos de nuestra sociedad en los que se agazapaba la injusticia, la pobreza, la traición, el despojo, la crueldad, el odio. Aprendí —¡tan temprano!— de sus palabras a desconfiar de los políticos, de los poderes globales que apenas tomaban forma, de las tantas caras de la riqueza y la corrupción que se construían sobre la pobreza y el sufrimiento de los más. Cada sábado, de su voz, aprendí a conocer a mi tierra y a su gente. Luego, cuando ya era casi un universitario con vagas y fantasiosas ideas de izquierda, empecé a acercarme más a él y a aprender lo que más profundamente me ha formado como sociólogo, como escritor, como músico, como persona.

En la convalecencia de una de sus cirugías, a principios de los ochenta —yo tendría 18 ó 19; él 52, la edad que tengo yo ahora— nos fuimos Quique y yo durante varios días, a la casa de mi tío Xavier en Cuernavaca, para que él descansara y yo le ayudara manejando y en lo que hiciera falta. Ese fue el curso intensivo más importante de mi vida: de historia universal y mexicana, de historia del arte, de sociología y comunicación, de política y cine y música. Una semana decisiva en mi vida de la mano de Enrique, que me brindó su erudición y sus pasiones como ofrece el agua un manantial. Me hizo conocer el cine de Kubrick, las sinfonías de Shostakovich y las suites de Stravinsky, la razón por la que las pinturas de Van Gogh parecen moverse contando historias, el valor de las vanguardias latinoamericanas y las razones por las que la obra de Octavio Paz tenía que ser leída con cautela y cierta desconfianza. Esos días aprendí lecciones que hoy sigo transmitiendo a mis alumnos seguro de su verdad, su utilidad y su belleza.

Fue en gran medida gracias a la influencia de Quique que estudié sociología. Gracias a él sucedió que se me diera, aunque sea así de deficientemente, por escribir. Si mi oficio son los libros, en el fondo de todos los libros que he editado está ese par de ocasiones en que, siendo un niño pequeño que no alcanzaba a caminar tan rápido como Quique y mi papá, me llevó a conocer las galeras de Excélsior, a mirar la rotativa y maravillarme con el linotipo. Ahí detrás están las discusiones con la abuela sobre usos del lenguaje que me dieron más formación que todos los años de escuela. Más tarde me llevó a sumergirme en los archivos de Proceso y me enseñó a investigar, a buscar y construir la información y el texto que nos acercarían a la verdad sin llevarnos nunca a ella porque eso es imposible; es un trabajo que no puede terminar.

Ahora que se ha ido entiendo todo lo que le debo. Y le debo todo. No es casualidad que uno de mis hijos lleve su nombre, a la vez como un homenaje y una esperanza. Como no fue, quizá, casualidad —voy a permitirme creer ese juego de la vanidad que me hace sentir que fui importante para él— que la noche cuando estaba por partir, resistiera hasta que llegamos a su lado mi papá, mi mamá y yo, para sostener su mano por última vez, para acariciar su frente por última vez y, mientras me apretaba la mano suavemente con sus dedos cansados, verlo, sentirlo exhalar la última bocanada de aire coyoacanense. Ahí, con él, de su mano, estuvimos en representación de su querida Blanca, de mis primos, de mis hermanas —Adriana llegó casi inmediatamente—, de los amigos que lo conocieron, de los desconocidos que lo admiraron, de los políticos y los jerarcas eclesiásticos que lo temieron, de los oprimidos que hallaron esperanza en sus palabras, de mis hijos y mis sobrinos y de todos aquellos que tienen un minuto más, una sonrisa, un motivo de lucha porque Enrique Maza, periodista, jesuita, poeta, narrador infatigable, escritor inagotable, entrañable amigo, nos los dio con amor, con el amor que predicó toda su vida.

No fue casualidad, creo. Creo que me esperó, que quiso esperarme, que quería darme la oportunidad de despedirme de él, a mí que me alejé tanto en otro país y que lo vi apenas dos veces desde que se inició el proceso de su olvido involuntario. Esperó a que viniera de Lima a estrechar su mano y a ser —¡qué responsabilidad!— como un representante de tantos de nosotros. Y también, claro, me esperó para recordarme que la tarea que él me enseñó está bien lejos de haber terminado.

¡Hombre al agua!

El río Cañete

El río Cañete

Un punto en una línea sinuosa. El río serpentea entre imponentes murallas de desierto, secas, brillantes, doradas, filosas, altísimas. Más que un valle, es una cañada donde surge el verde a los costados del agua como milagro entre las rocas. Entre los valles andinos de la costa del Pacífico, el del río Cañete es espectacular: la verde culebra que desciende vertiginosa con la cola colgada de un glaciar, el cuerpo-oasis advirtiendo a las montañas que se aparten y las fauces abiertas en una especie de delta que se extiende ante el océano, produciendo la más rica agricultura de este desierto.

Entre viñedos, cañaverales, lucumares y maizales, el río y su valle de quinientos metros de ancho da luz a una vida imposible en el desierto. Los campos de cultivo y las casas se amontonan uno al lado de la otra y los poblados apenas alcanzan a tener una calle o ninguna, y nunca una plaza porque no hay lugar en su delgadez para nada que sea cuadrado o circular. El río desciende veloz; el caudal se crea por la sumatoria de la angosta cañada, la cercanía de las montañas que alcanzan cinco mil metros de altitud ahí nomás, la exagerada inclinación. Un  kilómetro río arriba equivale a cien metros más sobre el nivel del mar. El caudal con las aguas de las cumbres se precipita en violentos rápidos que pueden surcarse en botes de goma y que son la fama de Lunahuaná; más que su pisco puro de uvina, más que su arrope —el jugo de las uvas concentrado a punto de miel—, más que los voraces insectos que arremeten todo el día y dejan picaduras que siguen dando materia para rascar una semana después, y sus truchas y sus camarones de agua dulce; es el vértigo de los rápidos lo que atrae visitantes todo el año. Especialmente en enero y febrero, cuando el caudal es más violento.

Abordamos el bote en el embarcadero de Lunahuaná —si se le puede llamar así a ese playón de cantos rodados— después de que los remeros que organizan la actividad nos vistieran con apretados chalecos salvavidas y no tan apretados cascos de plástico. Algunos de nosotros estábamos nerviosos; nunca habíamos hecho canotaje en rápidos. Nos dieron a escoger dos rutas: la “tranquila”, río abajo, y la más “pesada”, río arriba. Elegimos la pesada. “Río, matagente”, cantan los Cimarrones en mi memoria mientras pregunto al piloto cuántos pasajeros se le caen en promedio por viaje. Casi nunca se cae nadie, dice, pero sonríe de un lado o echa una mirada a su compañero y no le creo, pero no importa, vamos ahí. Abordamos, pues, el bote. Me pongo adelante, pero el piloto me ve los brazos cortos y me pide que pase un lugar para atrás. Somos seis remeros (cinco hombres, una mujer) y el experto timonel que irá gritando ¡adelante!, ¡Alto!, ¡Atrás!, como únicas indicaciones a lo largo de la vertiginosa bajada sobre las aguas convulsas del río Cañete.

El primer rápido, remolino, hueco, nos baña por completo y brinda la prueba de por qué había que ir sin teléfonos ni cámaras ni sandalias ni nada más que el cuerpo propio. De mi lado, un temblor, un golpe del río, me hace entender que no sabré por dónde vendrá la ola que me sacará de la embarcación. Pasamos más rápidos; el bote avanza, pero de repente la proa está mirando río arriba; el timonel da indicaciones y remamos para volver al curso. El chico que nos sigue, como apoyo de seguridad, en un kayak, hace su show de volteretas. Nos estamos divirtiendo como nunca; estamos viviendo la fuerza del agua en su camino raudo hacia el mar.

Al dar la vuelta al meandro en el que tendríamos que sentir temor porque las aguas nos llevan demasiado cerca de la orilla sembrada de caña, las indicaciones del timonel se vuelven confusas y los remeros perdemos el ritmo, chocan los remos justo en el momento en que el bote cae en un hueco del agua. Es de goma; se dobla hacia adentro y, al volverse a abrir, como por un resorte, salimos despedidos seis de los siete tripulantes, incluido el timonel. Pero no nos dimos cuenta.

Por un segundo pensé que yo había sido el único hombre al agua. Por un segundo todo es oscuro y agua en los pulmones. Un segundo que se alarga, elástico como el bote en el que comenzó. Un segundo en el que algo me oprime la cabeza y no me deja salir a respirar. Será el bote sobre mí, una roca, otro compañero. No, es el agua, es solo el agua y es un segundo, por largo que parezca. Pronto asomo la cabeza al sol. El río me está arrastrando con una fuerza redoblada si la comparo con lo que sentía cuando iba a bordo. No he soltado mi remo, aún lo llevo en la mano y, al salir a la sperficie, contento de comprobar que, milagrosamente llevo aun los lentes puestos, veo a Sara cerca de mí, con la expresión del pánico en su rostro —no sabe nadar, dijo—. Le extiendo el remo que no alcanza; le extiendo palabras de calma que no escucha, pero entiendo que al verme se tranquiliza. Entonces recuerdo la “posición de seguridad” que explicó el timonel. El cuerpo mirando río abajo, las piernas elevadas. Si las piedras han de golpear tu humanidad, que sea en los glúteos. Viene a mi memoria otra canción “In the rapids”, de Genesis. Así, le doy la espalda a Sara, no puedo hacer otra cosa; ya los chicos en kayak irán a buscarla pronto. El río me arrastra; he recuperado la calma y ahora solo me dejo llevar. Por uno o dos minutos, soy presa del caudal del río Cañete, pero no tengo miedo: “When you’re racing in the rapids, there’s only one way, that’s to ride”. Lo disfruto. Es de una frescura y una fuerza abrazadoras. Que me lleve a donde quiera, que me lleve, que me arrastre el río.

Pero mi viaje alucinado termina pronto, nada más dejarme llevar, he alcanzado al bote, que ya ha recuperado a tres de los tripulantes. Extiendo el remo, Ángel lo hala, me acerca y me toma de las hombreras del chaleco para echarme dentro. Ahora somos cuatro y solo queda recuperar a los demás. Sara ha sido rescatada por el otro bote; Jaime se quedó prendido de un cañaveral en la orilla, tendremos que esperarlo mientras nos alcanza caminando descalzo entre yuyos y piedras. Alex aparece poco después acompañado de uno de los remeros en kayak. Pronto todos estamos a salvo y terminamos de surcar los rápidos hasta desembarcar en un playón del anexo Paullo, donde se encuentra nuestro hotel.

Lunahuaná, el río Cañete y la sensación loca de ser arrastrado por la fuerza de sus aguas.

Un adiós

Conversé con él en pocas ocasiones durante los siete u ocho años que lo conocí. El último año o año y medio ya no lo vi. Teresa evitaba invitarnos a su casa; él prefería no ver a nadie (o no permitir que lo vieran). La última vez que lo vi fue de casualidad. Iba en bicicleta por la avenida Pardo y me crucé con Martín que empujaba a su padre en una silla de ruedas. Martín alzó la mano para saludarme, pero dudo que Raimon se diera cuenta de mi paso. Quizás Martín le comentó, aunque él es de tan pocas palabras como su padre.

Años atrás, cuando comencé a trabajar con Teresa en el proyecto LEISA (Low External Imput Sustainable Agriculture), sobre difusión de conocimientos agroecológicos y de desarrollo sostenible para la pequeña agricultura en América Latina, empecé a visitar su departamento de Miraflores, apenas a unas cuadras de mi casa. Las conversaciones con Raimon versaban sobre política, sobre arte, sobre desarrollo y estrategias democráticas de lograrlo. Bastaban unas cuantas parrafadas en su cerrado acento catalán con peruanismos para darte cuenta de que estabas ante una inteligencia admirable. Era de una claridad política que ya no se ve en ninguna parte (apenas, quizá, comenzó a vislumbrarse entre los “indignados” del 2011, pero él mismo los veía con escepticismo, según me contaba Teresa).

En realidad fue —y espero que siga siendo— a través de Teresa que lo conocí más. Trabajar con esta mujer que bordea los 70 años y mantiene una energía de adolescente, es también mantener una conversación permanente sobre los temas más importantes de la actualidad política, de la teoría y la filosofía, del desarrollo científico, de la cultura, y especialmente de las opciones de organización que tienen los pobres del mundo para defenderse del capitalismo estúpido. Y en la conversación de Teresa, Raimon, su compañero durante medio siglo, está siempre presente. Me he enterado por ella —pues él jamás hablaría de sí mismo, de su trayectoria, de sus trabajos y creaciones— de cómo se conocieron durante el viaje que Teresa hizo a Europa, siendo ella una jovencita de “buena familia” limeña y él un anarquista catalán, republicano, exiliado en Escandinavia por el franquismo. Las anécdotas de Raimon vuelan todo el tiempo entre las palabras de Teresa. Ayer mismo, mientras velábamos su cuerpo en el último adiós, alrededor del cajón sobre el que yacían carísimas coronas de flores enviadas por quienes no saben que Raimon habría preferido una despedida sin flores ni aspavientos ni tristezas, Teresa me contaba de cuando, siendo montañista, Raimon solía quedarse a medio metro de la cumbre para no poner bandera alguna. Durante los días que pasó en el hospital después de una agresiva radioterapia, lo cuidó una enfermera religiosa que le informaba que Jesucristo había muerto por nosotros. “Yo lo hubiera preferido vivo”, contestó Raimon.

Sabio como pocos, este hombre tenía pocos libros. Unos cuantos antiguos sobre arte, otros menos viejos sobre política (es evidente su interés en el estudio de la composición de las tiranías), y destacados, los dos tomos de El capital. Elisenda, su hija, cuenta que su última alegría fue saber que Anonymous había hackeado al Vaticano.

Ayer le dijimos adiós a Raimon. Pero sé que seguiré admirándolo en la conversación de Teresa, en la que su presencia nunca faltará. El aprendizaje que he obtenido de esta pareja inigualable supera cualquier universidad. Sobre todo si por ella entendemos a los centros comerciales de la información cuadriculada en que se han convertido las universidades (y estoy seguro de que Raimon estaría de acuerdo conmigo en esta idea).