“Todo lo llevo en el canto”, de Omar Camino

Texto leído en la presentación del libro el 3 de agosto de 2013

Omar Camino (foto: Mhaira Moreno)

Omar Camino (foto: Mhaira Moreno)

Cualquier cosa que se diga sobre el amanecer de la cultura –del lenguaje, de la representación, de la inteligencia– es pura especulación. Si el trazo precedió al signo, si el andar a la danza, si el reverberar de una cuerda es anterior a la música es algo que no podremos saber mientras sea imposible volver la mirada atrás en el tiempo. Pero en este vacío de nuestro conocimiento puede asentarse la hipótesis del primer sentido sólo porque sí, porque ignoramos cómo fue. En esta ignorancia inicial podemos fundar la tesis de que, antes de ser herramienta del interés, del poder y del miedo, la palabra fue en sí misma sentido, porque de su sorpresa, de la sorpresa del nombre y el nombrar, habrá nacido como canto. Del aullido al nombre, la canción. Del nombre a la supervivencia, el verso.

Cantar debe haber sido la estrategia de la memoria antes de su fijación en la escritura. Podemos casi asegurarlo cuando aprendemos que la tradición de pueblos sin escritura se estructura en cantos, en cantares, en canciones, y que en sus tonos y sus ritmos trasciende una generación para encarnarse en otra. No es casual, quizás, que en el libro primordial de la tradición judeocristiana, el aprendizaje del amor y las caricias esté plasmado como un cantar: el Cantar de los cantares. No es casual que hoy, en el siglo XXI tecnológico, global, terrible, sea aún la canción, la palabra cantada, el medio capaz de brindarnos la experiencia del amor, de la justicia y de la esperanza.

Pero en el transcurso de esta larga historia, un día, azuzada por la técnica que la llevó al papel, la palabra se alejó del canto. Impresa, se volvió arrogante y nos pidió silencio al contemplarla. Se desprendió de su propio tiempo, el tiempo de su propio decir, se despegó de sus voces múltiples y exigió pleitesía por quien la había registrado. Se llamó poesía; creó sacerdocios y pidió sacrificio por ellos: los autores, los poetas, los creadores que, separados de sus pueblos, alejaron la legitimidad de la palabra del conjunto de los mortales. Nuestro tiempo los mira con asombro, los admira mientras se encumbran, dueños de la capacidad de creación, sin darse cuenta de que han perdido la alternativa del canto, de la comunicación primera, del sentido que nos habría hecho humanos y que en muchos modos sigue vivo en un lenguaje que la elegancia de la literatura calificó desde entonces como vulgar.

Así la poesía se ha ido separando de la música, tal vez sin perderla del todo pero encriptándola en una complejidad intelectual que nos la aleja. Así los poetas y los críticos han ido alejando de nuestra imaginación el valor de la palabra cantada: no es poesía la canción, parecen decirnos; es apenas música hablada. La poesía tiene otro valor, se ha emancipado de la métrica y el ritmo, se ha liberado de la entonación y el canto. Y en paralelo, la música parece también alejarse de la palabra, valerse por sí misma, ser sin ella. En los intersticios de este doble proceso, una mala versión de la poesía que canta se nos incorpora desde la industria: los escritores de canciones de éxito en las grandes empresas de medios parecen decirnos que la banalidad es suficiente para satisfacer a las masas consumidoras. ¿Por qué tendrían que cantar poesía? Basta con que canten frases tontas sobre sentimientos superficiales, basta con que las repitan esta semana pues la próxima serán sustituidas por otras similares. Ante la canción mal hecha de la radio, la poesía incomprensible y arrogante del libro. ¿Y nosotros? Despojados.

Pero cada tanto aparece, como ave rara, como viento fresco, algún poeta que canta, algún músico que trabaja el lenguaje con fino cincel, algún creador que insiste en tallar la síntesis milenaria de la palabra y el sonido. Desde hace algunas décadas, en nuestro idioma nos ha dado por decirles a estos aventureros de la voz y la palabra “cantautores”, con lo que establecemos un espacio aparte de la poesía y aparte de la música, como si fuera necesario abrir, o cerrar más bien, una celda en la que se queden sin invadir el territorio tan establecido ya de los poetas y los compositores. Cantautores porque cantan las canciones que ellos mismos han escrito, pero también porque algo en nuestro sistema de prestigios literarios y artísticos nos pide no aceptar que se trata de poetas que, además de ser poetas, son también compositores que, además de ser compositores, cantan.

Poetas que cantan. Poetas que no ceden al temor de la rima, la métrica y el verso fijo. Poetas valerosos que se asoman al complejo endecasílabo, al octosílabo permanente y que no solo lo escriben sino que, además, nos lo regalan envuelto en música para que podamos cantarlo. Poetas totales como Manrique y el Arcipreste de Hita, reencarnados en ondas sonoras gracias a una guitarra, a un piano, a un tambor. Poetas como Silvio Rodríguez, Violeta Parra, Georges Brasens o Caetano Veloso; autores de canciones que representan la victoria de la palabra sobre el papel; el vuelo del sentido en alas de onda sonora.

A esta especie pertenece Omar Camino, que habiendo puesto ya en el aire la tersura de su voz, irrumpe hoy en el papel, en el libro impreso, con un ejemplo fresco y limpio, claro y contundente de esa poesía eterna que canta en la medida de sus sílabas, en la rítmica percusión de sus décimas, en la perfecta irregularidad de sus sonetos, convertidos en canales de su mirada sobre la ciudad, las cosas cotidianas, el amor, el olvido, la risa y el tiempo.

Hay que agradecerle a este poeta que canta la valiente decisión de publicar una parte de lo que lleva, siempre, en el canto, devolviendo a la canción su estatuto de poesía y recuperando para el verso la calidad musical de su más ancestral origen. Gracias a Omar, podemos hoy llevar en un libro, toda la fuerza de la música.

 

Texto publicado en la segunda solapa del libro:

La poesía es música hablada. Aun cuando la letra impresa la haya alejado de la voz; aun cuando su complejo avance hacia la significación metalingüística la haya separado de la métrica y la rima, la musicalidad es piedra angular de la creación poética. La canción ya era poesía desde su primera entonación, pero dos tendencias contemporáneas parecen conspirar para menospreciarla: la actitud intelectualizante de una poesía que se vuelve arrogante, por un lado, y por el otro el facilismo en que incurren los “letristas” de la canción popular que puebla los medios masivos de comunicación. Entre ambos procesos han llevado a que se vea a los escritores de canciones como creadores menores ante los poetas. Pero entre los escritores que aceptan el reto de la rima, y aún más entre los que son también músicos y cantores, la poesía se reencuentra con las notas para dar a luz un producto que en su integralidad es capaz de recuperar el lugar que se le escatima. Les dicen “cantautores” pero son poetas que cantan, que no se detienen en el papel y apuestan por el espacio sonoro. Este libro, estas décimas y sonetos de Omar Camino, son prueba fehaciente de ello: en los versos de Omar cohabitan el amor con la ironía y el pensamiento con el humor, amparados por la música y por la valiente intención de cobijarlos en una fórmula poética ancestral, que mantiene viva a la voz que canta, que realiza al poema.

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3 Respuestas a ““Todo lo llevo en el canto”, de Omar Camino

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