Nuevos universos de la lectura: creación cultural y los límites de su desarrollo

Ponencia presentada en el I Encuentro de Arte Relacional Perú-Colombia. Lima, agosto de 2012

Alumnos haciendo blogs para reportar sus tareas…
#GradoCeroDeLaEscrturaDosPuntoCero.
Tuit de @apisanty

lectorLa supremacía del libro como vehículo cultural ha sido una alternativa, entre muchas otras, hacia la cual se ha orientado la sociedad occidental moderna, condicionada por diversos modelos de organización entre los que priman el mercado y la lógica industrial (pero también la primacía del pensamiento científico y el “progreso” tecnológico). A partir de la aparición de la imprenta en el siglo XV y su consolidación en el XVI, justo en el momento (y como una de sus características) en que se establece el mercado y se dispara la industrialización, la modernidad de Occidente abrazará esta innovación y la tomará como vehículo de establecimiento de cambios culturales que recién hacia finales del siglo XX comienzan a resquebrajarse.

Las ventajas históricas, los cambios sociales de los que el libro es vehículo están a la vista. En primer lugar, y probablemente de la mayor importancia, es un canal de democratización de la cultura. Pasarían siglos para que las habilidades de la lectura y la escritura estuvieran al alcance de todos o la mayoría de los miembros de la sociedad, al menos en teoría o en la voluntad política, pero el aprendizaje de la lectura permitiría una ampliación de conocimientos (de acceso a los conocimientos) como nunca antes había existido. Es así que el libro se constituye en un pilar de la democracia, de los “gobiernos del pueblo”, de las revoluciones liberales. Leer se convertiría pronto en poder, y cuanto más amplia fuera la difusión de esta extraordinaria capacidad, más accesible sería el gobierno para las masas. Como ejemplo, la universalización de la lectura sería, es todavía, un ideal de emancipación que crecerá en las repúblicas americanas independizadas de la corona española. Cuando los conflictos entre élites herederas del poder colonial se reducen por fin, la voluntad de alfabetización general crece, aunque será hasta el siglo XX que esta voluntad cobrará forma. Las cruzadas alfabetizadoras posteriores a la revolución en México se proclaman como una apuesta por el desarrollo democrático basado en la instrucción pública, y la instrucción pública crecerá casi esclava del medio “libro”.

Nadie se atrevería hoy a negar la importancia de este triunfo de la historia. Nadie aboga hoy por una superación del libro como vehículo de la democracia, del conocimiento. La capacidad de lectura, de comprensión de textos (junto a la de realizar operaciones matemáticas), es el espejo del desarrollo material y espiritual de un país. Cuando los informes PISA de la OCDE nos colocan en lugares bajos de su índice de lectura y comprensión matemática, sabemos que hemos fallado como sociedad. O al menos, que la envergadura de nuestros retos es aún titánica. La prensa organiza enormes escándalos al respecto (que pronto son olvidados frente al siguiente escándalo mediático), y surgen adalides de la lectura, casi siempre ligados con la industria editorial cuyas expectativas de ganancia se ven azuzadas por estas noticias, con mágicos planes para resolver el problema gigantesco que es una responsabilidad fallida de las instituciones del Estado. El objetivo es desarrollarnos como sociedad lectora. De lograr este objetivo, seremos, como por arte de magia, de magia escrita, sociedades avanzadas. Como si la pobreza pudiera resolverse, realmente, como nos han hecho creer, con lectura. Pero esta es otra historia –Ende dixit que tiene que ver con la forma en que nuestras sociedades organizan la producción, el hábitat y los recursos materiales disponibles; basta ver nuestras ciudades, que concentran el 70% de las poblaciones nacionales dedicadas al consumo, contra el 30% rural que produce los alimentos que consumimos, etcétera.

Antes de esta modernidad, antes de esta “civilización del libro”, la cultura había sido transmitida por otras vías, privilegiadamente la oral y la visual. Más de cinco mil años de historia humana, milenios de progreso, evolución y desarrollo, vivieron sin escritura o con un manejo extremadamente elitista (desde el 3 500 a. C.) de la escritura. En todos los centros de origen de la civilización humana se desarrollaron formas de registro “escrito” que estaban al alcance solamente de iniciados: sacerdotes, gobernantes, élites. La comunicación de conocimientos hacia el resto de las capas sociales en cada civilización se desarrollaba a través de una amalgama de recursos orales y gráficos, dentro de un espacio más o menos ritual.

Ahí están los registros rupestres de las primeras manifestaciones humanas de la cultura: el dibujo en la caverna a través del cual el grupo agradece el resultado de la cacería o pide a los dioses porque sea positivo. Nos queda ese registro para conocer rasgos aislados de las primeras culturas humanas; nos dice algo de sus creencias y sus formas de organización pero no nos indica nada a propósito de la posibilidad de un lenguaje articulado, y por supuesto, nada sobre una escritura, sobre un uso simbólico llevado más lejos en la abstracción.

En cada una de las civilizaciones premodernas, el lenguaje escrito tendrá un papel críptico; será modelo de lo que se le oculta a la masa. A ella, se le alimentará con arquitectura, con escultura, con pintura y poesía oral; con música. Las artes todas, aún sin generar el aura de valor económico y el sistema de prestigios que hoy las envuelve, trabajarán conjuntamente para generar la cohesión del grupo y mantener el orden de la producción. La sociedad se organizará alrededor de esta ritualización de lo que perciben los sentidos, manteniéndose unido en un solo cuerpo significativo.

Así, la civilización egipcia contará su modo de vivir en frescos y bajorrelieves, gracias a los cuales conocemos la importancia del trigo, el pan y el vino en la supervivencia de su civilización. Los griegos traerán imágenes de su grandeza en los dibujos de sus cerámicas mucho antes de que se escriban las historias y filosofías de la era de Pericles. Los romanos, que construirán su imperio sobre el crisol de mil culturas incomunicables entre sí, narrarán su épica esculpida en piedra, como la historia de Trajano labrada en espiral en la columna que lleva su nombre en Roma. Cada una de estas civilizaciones dominará a sus conquistados y afianzará su poder sobre los pilares de estos medios y una arquitectura de lo grandioso: pirámides egipcias, mayas, mochicas o kmher; columnas, obeliscos, arcos triunfantes, templos, palacios, castillos; y en todos ellos, siempre, la imagen como vía de afianzamiento de lo que cada poder específico necesitaba enfatizar entre sus súbditos. De la vida cotidiana al sacrificio sangriento, todo pintado en murales y vuelto a la vida mediante el acercamiento ritual. Espacios, historias, además, en las que no es común conocer el nombre de los artistas, de los creadores. Ni el arquitecto de la catedral gótica, ni el pintor del fresco maya, ni el escultor del bajorrelieve egipcio tienen nombre. Son creaciones colectivas, son, para nosotros, obra de “esa cultura” en general. Si bien llegan a nosotros ciertos nombres, son a veces solamente símbolos: así como se impone la lectura de la Biblia como obra de Dios mismo (siéndolo de generaciones de escritores), nos llega la Ilíada como obra de un Homero que, hoy sabemos, representa a un conjunto de autores que escribieron y reescribieron esas historias durante un lapso de tiempo más largo que la vida de un hombre. O Las mil y una noche; o los vitrales de Notre Dame, el Popol Vuh, los Vedas, el I Ching, los rostros de los reyes de Angkor. Son todas ellas, obras colectivas. Son todas ellas, obras en que la imagen cuenta historias a pueblos que no saben leer los lenguajes crípticos de sus iniciados, de sus privilegiados.

Este ritmo de la comunicación humana se interrumpirá en el siglo XV, en Europa, con la imprenta. Esa Europa que a partir de exactamente esos mismos años iniciará su expansión global, de la que nuestro tiempo es clímax (y quizá, probablemente, punto de inflexión hacia el siguiente espacio del tiempo humano).

El invento de Gutemberg, del que él mismo no vio réditos, se encargó de masificar el ingreso a la cultura de los iniciados: generó la democrática expectativa de acceso universal a la cultura y por eso mismo debe ser reconocido. La era industrial lleva aparejada la idea de democracia moderna: el derecho de todos a todo, el derecho humano. Pero no es casual que en paralelo a la aparición del libro como objeto cultural privilegiado –y de la literatura como discurso–, se haya constituido el autor que antes no figuraba en el centro de la producción cultural. No es casual tampoco que uno de los productos más poderosos de estas transformaciones tomara la forma legal: el derecho de autor (o derecho de copia en la tradición anglosajona), mediante el cual se reorientó toda la reflexión política sobre la cultura, anteponiendo la individualidad del creador a los derechos colectivos.

En el libro se ve representado, de manera total, el conjunto de relaciones que habría de producir la modernidad (la economía de mercado, el régimen de “propiedad” sobre los bienes culturales, la producción industrial, la separación de la creación y el consumo, y la conversión de este último en un simple sistema de absorción pasiva de lo que el sistema ofrece). Para dar forma a las posibilidades de democratización de la cultura, el libro, la imprenta, sucumben al modelo comercial y crean en poco tiempo una industria que pronto reclamará la protección del Estado. El libro es un producto del mercado para el mercado; su difusión tiene que conocer los límites que impone su rentabilidad. Nadie podrá copiar aquella publicación que ya ha sido sancionada por el rey o el Congreso; será delito que el libro realice su potencialidad. Y en ese esquema nos desenvolvemos hoy cuando aplaudimos las acciones legales en contra de la llamada “piratería”, cuando nos vanagloriamos de la destrucción de libros “incautados”, cuando aceptamos esta estrategia de difusión cultural como modelo de negocio. El espacio de la cultura tiene que ser redefinido: exactamente igual que tenemos que redefinir el espacio urbano para rescatarlo de las fauces de la gasolina y los motores que nos han reducido la vereda para caminar; igual que tenemos que redefinir nuestras prioridades como sociedad cuando nos debatimos entre el elgua o el oro; cuando dudamos entre el alimento nutritivo y la chatarra; cuando pensamos en el calentamiento global.

La voluntad democrática que le dio vida al libro no muere con él. Una serie de innovaciones tecnológicas de la mayor relevancia se suceden durante la segunda mitad del siglo XX para que amanezcamos al XXI dentro del espacio digital. Las generaciones nacidas entre la última década del siglo XX y el día de hoy son nativas digitales, y en este sentido representan la vitalidad de un nuevo espacio cultural. Nunca la tecnología, como hoy, representó mayores posibilidades de acceso a la cultura; nunca como hoy, la lectura en tanto habilidad adquirida gracias a la modernidad, se vio alimentada tan intensamente por la imagen. Nunca como hoy, y esto es quizás lo más importante, la lectura se hizo paralela a su contraparte: la escritura. Más allá: el consumo cultural audiovisual unidireccional de la era de la TV, es hoy una capacidad de creación gracias a las herramientas de interacción que el espacio digital pone en nuestras manos. Internet, la WWW, las llamadas redes sociales, las capacidades de interacción e intercambio P2P devuelven de tal manera la capacidad creadora a la gente de la mano de la imagen como medio de comunicación privilegiado, que podemos hablar del cierre del “paréntesis Gutemberg”. El dominio de la imprenta y su avatar económico, la industria editorial, está por sucumbir ante el impulso de la recombinación de texto, imagen, movimiento y capacidad creativa de la gente que las herramientas digitales nos han traído.

La responsabilidad de los creadores en este contexto consiste en capitalizar en bien de las grandes mayorías estas capacidades. En cierto sentido, se trata de apurar el derrumbe del sistema de prestigios basado en el mercado, extendiendo la capacidad creadora de la gente, recuperando la voluntad de autodeterminación. El momento es de crisis no solo de la industria editorial y el libro como objeto fundamental del crecimiento de la cultura, sino también de las otras artes anquilosadas en su espacio (la sala de conciertos, la galería y el museo, el teatro); el momento rquiere que tengamos el valor de asistir a la caída, también, de los géneros culturales como los conocemos. Es posible, por ejemplo, que la novela como género literario tenga que retirarse para dar paso a nuevas formas de expresión que sean más colectivas. Así como la red social nos ha permitido autodotarnos de contenido cotidiano, logrando hacer a un lado la preeminencia del diario como informativo unidireccional, así nos vemos obligados a dar paso a nuevas formas de creación literaria: formas más colectivas, interactivas y visuales. Estamos ante la frontera de una nueva manera de contar. En esta frontera, el autor, su prestigio, la fama misma como recompensa de la creación, tiene que ceder ante el diálogo multicreativo, ante la obra no acabada capaz de generar respuesta y recreación por parte de estos nuevos lectores/autores a los que poco a poco veremos inventando nuevos géneros y olvidando, inexorablemente, la estructura enferma del modelo precedente.

Un ejemplo destacado de esta movilización hacia la interactividad, la imagen y la construcción colectiva de significado se ha dado desde la década de 1990, quizá antes, en un espacio que poco tenía que ver entonces con las tecnologías digitales, aunque hoy se apoya en ellas de una forma novedosa: la museografía de la ciencia. El museo fue, desde el siglo XIX, una especie de templo del saber orientado a la exhibición unidireccional de las rarezas y excentricidades que Occidente encontraba al paso de su expansionismo. Pronto se dividiría en dos, por un lado en el museo de historia y arte, destinado a exhibir lo más sagrado de la creación humana tanto como a afianzar las identidades forzadas del nacionalismo; por el otro en el museo de ciencias, orientado a dar a conocer, a divulgar el conocimiento técnico-científico conforme este se iba desarrollando.

Pero como espacios de simple exhibición, ambos tipos de museo se fosilizaron en su unidireccionalidad. Los muséografos entonces, especialmente los científicos, preocupados por las visitas cada vez menos numerosas a sus templos del saber, comenzaron a pensar en formas interactivas de divulgar el conocmiento. ¿Por qué no ver el proceso de generación de la electricidad en acción? ¿Por qué no llamar la atención de los estudiantes y el público mediante la posibilidad de experimentar directamente con sustancias, máquinas y laboratorios? En muchos casos, como el del Exploratorium de San Francisco o el museo de la ciencia de Tokio, los científicos y los divulgadores se han aliado con artistas plásticos para que sean ellos quienes diseñen las exhibiciones interactivas, creando un sistema de residencias artísticas en el cual el artista encuentra un medio de vida y el museo un medio de divulgación como nunca se había visto. En muchos casos estas estrategias tienen un espejo en internet y permiten trascender también el espacio museográfico para invadir el doméstico, el escolar e incluso el móvil.

La capacidad social para autobastecerse de contenidos enfrenta un ejército de abogados y leyes que protegen el derecho de hacer dinero con las obras culturales. Un ejemplo reciente es lo sucedido con el videojuego desarrollado por un conjunto de programadores argentinos vinculados al movimiento del software libre basado en el extraordinario personaje del cómic de Héctor Oesterheld, El eternauta. Un cómic símbolo de la resistencia civil contra la dictadura militar en aquel país por cuanto fue vehículo de las ideas democráticas de su autor, quien terminó siendo desaparecido por la propia dictadura y muerto probablemente en 1978, sin que sus restos ni las circunstancias de su muerte se hallan conocido hasta nuestros días. El desarrollo del videojuego de El Eternauta ha tenido que interrumpirse bajo demanda por derechos de autor de los nietos del autor. ¿Estaría Oesterheld de acuerdo con este proceder? Probablemente no. Pero en nuestra sociedad hemos otorgado a los productos de la cultura el mismo valor que a los objetos de uso cotidiano. El hecho mismo de que el derecho de copia caduque después de pasada determinada cantidad de años de la muerte del autor traduce la necesidad de contar con un patrimonio cultural social por encima de los intereses de los individuos y, sin embargo, en todas partes el lobby mediático busca extender esos plazos cada vez más. ¿Qué será de nosotros como sociedad cuando, para extender el acceso al Quijote, tengamos que pagar derechos a unos improbables decendientes de Cervantes o a los agentes que se hagan con sus derechos?

Esta pregunta es relevante porque en el marco de las herramientas digitales con las que hoy contamos, la posibilidad de refuncionalizar cada producto cultural del pasado, para revivirlo, significa reutilizarlo y modificarlo, como hace el DJ con los discos de vinil con que mezcla su propia re-creación.

En resumen, desde finales del siglo pasado asistimos a una crisis de los modelos culturales tal y como los hemos conocido durante los últimos 500 años. El libro como símbolo de esa era empieza a deshojarse y el autor como sacerdote de la ritualidad del modernismo se desvanece ante una verdadera democracia cultural en potencia. Habrá aún décadas de estira y afloja: la industria cultural corporativa internacional, aquella a la que pertenecen los grandes medios audioviduales y de prensa, se ha adueñado del mundo editorial y gastará fortunas enormes para defender el derecho de copia y limitar el acceso a la información, como ha sucedido con el ejemplo del lobby de la industria del espectáculo estadounidense y el cierre de la plataforma Megaupload, entre muchos otros ejemplos. La posibilidad de acrecentar la democratización cultural está en manos de los artistas que decidan escapar al sistema de privilegios, premios, fama y regalías, y se pongan al lado de los maestros que decidan empoderar a sus alumnos salvándolos de esas trampas. Enseñar a leer en el mundo de la “escritura dos punto cero” es, al mismo tiempo, enseñar a crear, a autodotarnos de contenido, a regenerar nuestra cultura desde nuestras propias necesidades y capacidades.

Vendrá un día en que el acceso a la cultura sea un derecho humano. Y esto será un triunfo sobre las trampas del llamado “derecho de propiedad intelectual”. Entonces conocerán un nuevo espacio de desarrollo, más libre y colectivo, los géneros artísticos, literarios, musicales, anquilosados en sistemas de prestigios y presos en fronteras que los curadores y editores nos impiden cruzar. No a otra cosa se refería Gabriel García Márquez en cierto congreso de la lengua española, cuando hablaba de la probale caducidad de la ortografía. Efectivamente, la ortografía, como forma anquilosada de mantener la cohesión de un discurso cuyo dogma de orden mantienen ciertas instituciones, tendrá que, eventualmente, desaparecer.

Las imágenes que acompañaron la lectura de esta ponencia se pueden ver aquí.

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