“Las riberas del río” de Rafael Moreno Casarrubios

Texto leído en la presentación del libro, Feria del Libro de Lima, julio de 2009

Hace años, cuando trabajaba para el Fondo de Cultura Económica en el Perú, el poeta Arturo Corcuera me presentó a un escritor peruano recién llegado de Sidney, Australia, después de largos años de ausencia. En aquel primer encuentro, Rafael Moreno me obsequió uno de los últimos ejemplares que quedaban de su novela La tristeza según San Antonio, editada por Campodónico, con la propuesta de volver a ponerla en circulación a través del Fondo.

La leí de inmediato y encontré en ella a un escritor capaz de mirar por detrás de la realidad, entregando a sus lectores una visión de la Lima de los años 80 y 90 llena de humor pero, al mismo tiempo, incisiva, aguda, inteligente. Mucho más que las locas aventuras de un grupo de universitarios recién egresados, hallaba en La tristeza según San Antonio, claves que hasta hoy me han sido útiles en la interpretación de esta realidad peruana a la que me he incorporado.

Circunstancias que no es necesario detallar, impideron que lleváramos aquella estupenda novela al catálogo del Fondo de Cultura Económica, y me dejaron permanentemente en deuda con este sorprendente autor. Por esos días, el fondo editorial de la universidad católica, publicaba su segunda novela, La salud de I-Tanggi, en la que Moreno recuperaba algunos rasgos de Roger, el personaje principal de La tristeza…, demostrando que era capaz de hacerlo crecer en el papel, como el autor había crecido detrás de la obra. En esta segunda novela, Moreno se mostraba más cauto en el uso del lenguaje y de recursos como el humor y la ironía, que ahora se volvían mucho más finos; mostraba un conocimiento más profundo de la condición humana y alcanzaba, además, una narrativa más limpia, económica, certera, librada ya de las influencias que se hubiesen podido detectar en su obra previa. Pronto (antes de su efímera vuelta a Australia y su regreso definitivo a Lima), editorial Norma entregaría una tercera novela: El diario de Susy Scott, aparentemente menor en comparación con las dos primeras, pero más madura aún que ellas, especialmente en lo relacionado con la construcción psicológica de sus personajes que parecían querer salir del libro.

La mirada descuidada de la crítica establecida, del canon local, ha dejado pasar la producción de Moreno sin mayor reconocimiento. Ni periodistas, ni especialistas o críticos se dieron a la tarea de releer las novelas anteriores al publicarse las subsiguientes; no se dieron cuenta del proceso de maduración de un escritor que es a la vez docente y que ha tenido la oportunidad de enfrentar con éxito al público más difícil posible: los adolescentes y jóvenes que han cruzado por sus innumerables aulas. Pero la crítica suele ponerle atención al “cojudo de la clase”, como dice Rafael en uno de los geniales fragmentos de Las riberas del río, y no a los que saben contar las historias. Guiar nuestra atención literaria por lo que aparece en los diarios equivale a abandonar la mejor literatura. Es común que los grandes premios literarios o la atención de las grandes editoriales, las que son capaces de vender millones de ejemplares de una espantosa literatura solo a través de inversión en publicidad, es común, repito, que caigan sobre los autores equivocados. Y Rafael Moreno es ejemplo de este recurrente error.

Basta hojear Las riberas del río para darnos cuenta de esto. Y dijo “hojear” con pleno fundamento, pues es un libro que se deja leer por cualquier parte, a saltos, por momentos, dejándonos ejercer lo que Daniel Pennac definió como “Los derechos del lector”: tengo derecho a no leer; tengo derecho a saltarme páginas; tengo derecho a no terminar un libro…

En este pequeño libro que la Universidad Ricardo Palma ha tenido el buen tino de publicar, Rafael Moreno nos muestra el duro proceso de maduración por el que ha transitado, pero lo hace con la entereza y el desenfado que lo caracteriza como persona. No se duele de los avatares por los que ha pasado, en los que no han faltado la pena, el dolor o la tristeza, sino que los incorpora a un proceso de reflexión cada vez más profundo, más sistemático, más lúcido. Entre una obra de ficción y otra; entre una madurez dedicada a la enseñanza con la responsabilidad y la seriedad que a veces les falta a nuestros académicos, Rafael comenzó a poner por escrito sus reflexiones, ingresando a un género maravilloso por sus capacidades literarias e incluso filosóficas, género que no es común entre el común de los autores hispanohablantes.

El aforismo, el silogismo aislado, el ensayo breve, la reflexión puesta en blanco y negro, ha sido un género bien explotado por la literatura centroeuropea y asumido con éxito por ciertos autores de la Europa occidental (aunque, en gran medida, el acceso a los fragmentos de un Camus o un Canetti ha sido póstumo y ha venido de la exploración editorial en los cuadernos íntimos de estos autores). Destaca como un obelisco el hiperlúcido rumano Cioran, cuya obra se escribió en francés en el exilio y que ha provocado en filósofos españoles como Fernando Savater una reflexión sobre este género, aunque no necesariamente su ejercicio.

En el otro extremo, el nuestro, quizás sea Ribeyro el gran explorador de la reflexión puesta en texto breve; el hecho de que sus prosas hayan adoptado el calificativo de “apátridas” denuncia claramente el lugar que ocupa el género para nosotros: apátridas porque eran textos que no cabían en otra clasificación literaria a nuestro alcance. Un ejemplo son los geniales Último Round y La vuelta al día en ochenta mundos de Cortázar, que siguen siendo “curiosidades” del cronopio para la mirada de los miles de “famas” que pueblan diarios, revistas y academias.

Los textos que nos entrega Moreno en Las riberas del río heredan ambas corrientes y apuntan hacia el establecimiento de esta forma de decir entre nosotros. Acostumbrados como estamos a las novelas larguísimas y a los ensayos interminables, Moreno nos propone una serie de ideas sueltas que, al final, cobran un sentido unitario: crecemos, aprendemos, maduramos y esto tiene que tener un valor para nuestra obra y para nuestros lectores.

Alguien dijo que se escriben libros largos por falta de tiempo para recortarlos. Hoy nos toca agradecer a Rafael Moreno por haberse dado el tiempo de escribir con brevedad, de escribir sobre todo, sobre cualquier cosa, con la mirada corrosiva y la honestidad que lo caracterizan y que, en ocasiones, le han ganado más de un disgusto entre los hipócritas que viven buscando guardar las formas en lugar de buscar una verdad.

Ojalá que el proceso de redacción de estas ideas no concluya con esta publicación, y que pronto podamos disfrutar más de las miradas de Moreno sobre nosotros mismos.

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