Hipótesis para demostrar falacias en torno al “derecho de propiedad intelectual”

pirataSigue la gran industria de la “cultura” y la “información” aduciendo que las copias no autorizadas de sus productos representan pérdidas. Sabemos que es mentira y manipulación, pero ellos siguen esgrimiendo el argumento porque intimida, especialmente en una sociedad tan convencida de que el “crecimiento” económico de las empresas nos llevará al desarrollo.

Entonces se hace necesario demostrar, con números, como les gusta a ellos, que se trata de un engaño. Su tesis es que cada ejemplar no autorizado, cada copia “ilegal” de un libro, una película, una serie de TV, un disco, una prenda de ropa o un programa de computadora que los consumidores compran (a un precio accesible, por cierto) u obtienen sin pagarlo (ya sea que lo descarguen de internet o se los regale un amigo), representa más que un artículo no vendido, un robo y por tanto una pérdida económica específica.

Para mostrar la falacia habría que realizar simplemente una encuesta a los consumidores. Previa muestra representativa, ir a los lugares donde se comercializan los artículos “ilegales” y preguntarle a cada comprador si habría comprado el original de no tener el pirata a disposición. Y sacar cuentas, así de sencillo.

Para el caso de Lima, mis hipótesis son que en su mayoría no habría compra si no existiera la opción pirata. Con sus asegunes en función del tipo de producto. Cabría esperar que para el software, incluyendo juegos, un 50% de los compradores dijeran que sí habrían comprado el original, por lo que la idea de pérdida estaría más justificada, aunque siempre sería menor, pues el consumidor compraría una opción comercial más económica; por ejemplo, si un estudiante necesita Photoshop, en el mercado pirata adquiere la Suite Adobe completa, pero si no existiera, sería solo este programa aislado, y cabe señalar que si el conocimiento del software libre estuviera más extendido, las descargas legales de software como GIMP, Inkscape, Audacity o LibreOffice, e incluso el uso de sistemas operativos Linux, aumentarían exponencialmente y el porcentaje de pérdidas reales de la industria sería aún menor. Es difícil convencer a alguien acostumbrado a Photoshop de que puede hacer las mismas cosas con GIMP, que la destreza está en el usuario y no en el programa. Peor aún cuando se trata de sustituir el horroroso Word-Excel-Power Point, que han establecido sus formatos de archivo como estándares globales…

Quizás en cuanto a prendas de ropa o artículos de tocador, el porcentaje sería también alto, la gente compraría originales si no hubiese piratas hasta en un 60%, quizás. Pero para películas, series de TV, libros y discos de música, la falacia estaría más que demostrada: mi cálculo es que solo un 15% o menos de los compradores de películas y música piratas adquirirían un original si no hubiese “ilegal”. Y las peores noticias seguramente serían para la industria editorial, ¿quién diablos, entre quienes compran un Coelho de la calle, quiere un original? ¡Que vaya y se lea solo!

Desbaratar las mafias de lo ilegal es necesario, pero las condiciones que determinan la legalidad del acceso a la información deben cambiar. Y los niveles de crecimiento, enriquecimiento, monopolización y mentira de las grandes corporaciones de medios, definitivamente son criminales cuando hablamos de acceso y democracia porque los niegan, los ocultan, los impiden, los cierran. Ojalá alguna de esas encuestadoras que pululan por ahí se decidiera a hacer este ejercicio. Yo les ayudaría con mucho gusto en el diseño del “instrumento”.

El gran día de campo, veinte años después

El gran día de campoEl 1° de enero de 1994, siendo presidente de México, por la vía del fraude, Carlos Salinas de Gortari, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Era una noticia feliz para quienes se beneficiarían de ese acuerdo desventajoso y peligroso. Pero la madrugada del nuevo año despertó con otro acontecimiento, uno inesperado, que brindaría claridad sobre el descontento que habitaba México, no sólo ante la puesta en marcha de ese tratado comercial de las cúpulas y las elites —diseñado para hacer feliz a una clase media sin memoria y sin pensamiento pero con algunos pesos en el bolsillo—, sino como denuncia de muchos otros equívocos que desde tiempo atrás (¿desde cuándo?) venían haciendo víctimas en la población trabajadora, indígena y campesina del país.

Un grupo de campesinos armados —muchos de ellos con rifles de palo—, en su mayoría indígenas tseltales de los altos y las selvas de Chiapas, tomaría aquella madrugada tres ciudades de ese estado, incluyendo la señorial San Cristóbal de las Casas, antigua capital colonial, y desde ahí daría nombre y espacio a un conflicto que no se ha resuelto veinte años después. Un conflicto armado con escasas batallas y mínimas bajas de ambos lados; una guerra que desde entonces se ha peleado en el plano de la información, el pensamiento y la organización social, pero guerra al fin, con dos ejércitos: el “constitucional”, y el beligerante Ejército Zapatista de Liberación Nacional —“guerrilla” o “grupo armado” para la prensa y el gobierno—.

Ocho meses más tarde, después de un primer momento de diálogo entre el gobierno y los zapatistas (envuelto en escándalo y cotilleo de la transición presidencial priísta), después de la firma de los Acuerdos de San Andrés que el gobierno no cumpliría, después del Cordón de la Paz y del asesinato del candidato presidencial del PRI por oscuras manos que permanecen incógnitas, el EZLN convocó a una Convención Nacional Democrática, que se llevaría a cabo durante la primera semana de agosto, en dos etapas: primero en San Cristóbal de Las Casas, y después en un lugar de la selva Lacandona preparado por los zapatistas para ese gran evento, bautizado “Aguascalientes” en memoria de la ciudad en donde se redactó la Constitución de 1917.

Fueron llamadas a esta convención todas las organizaciones sociales democráticas y progresistas de la nación; partidos políticos, grupos de estudiantes y artistas, sindicatos, uniones y colectivos sociales que compartían ideales e ideas con los lejanos indígenas levantados y que, hasta cierto punto, aceptaban su liderazgo en la lucha de una izquierda que aún buscaba un lugar sólido desde el cual actuar contra el avance arrollador y poderoso de la derecha, el neoliberalismo y la hipocresía gobernantes.

Después de un periodo en el que se realizaron asambleas por todas partes, cerca de seis mil personas se acreditaron para asistir a la Convención Nacional Democrática en calidad de delegados de organizaciones sociales, más los que pudimos acreditarnos como invitados y observadores o como periodistas. Ésta es una crónica de ese momento enclavado en una coyuntura política que al final no fue aprovechada. Hoy México perdió la guerra, la oportunidad y hasta el deseo que se representaba en aquel esfuerzo enloquecido. La llamada transición democrática que parecía iniciarse seis años después mostró pronto ser continuidad, hoy lo sufrimos.

Los años en México parecen ser la medida de la derrota. No hace mucho se celebraron cien de una Revolución traicionada. Hoy, desde un exilio voluntario en el Perú (tan parecido a México, tan igualmente equivocado), rememoro veinte años de otra derrota volviendo a publicar —como lo hice hace diez años— esta crónica, algo extensa, de un acontecimiento que me tocó presenciar y que me dejó marcado. Conmemoro las dos décadas transcurridas desde aquellos días en que la izquierda mexicana, casi unida, estuvo a punto de ser la cabeza de una transformación que hoy parece imposible. Aunque sea solo para recordar todo lo que quisimos hacer y no hicimos, la esperanza que dejamos morir.

Hace diez años, conmemorando una década de los hechos narrados, publiqué esta crónica en una versión que entonces me pareció necesario corregir (que se puede leer en Scribd y que incluye una presentación en la que está basado este post). Hoy devuelvo la versión original, sin modificar nada de lo que veinte años atrás escribí de un golpe, impulsado aún por lo que acababa de vivir y, quizá, por el vigor de mis treinta años de entonces. Espero que la disfrutes, lector, y que te ayude, como a mí, a recordar que hace veinte años estuvimos cerca, muy cerca, de cambiar el rumbo de la historia.

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Aunque he incluido algunas de las fotos que tomé durante la Convención en el PDF, pondré más adelante la serie completa en Flickr o Facebook.

“Pérdidas por piratería”: una enorme farsa de nuestro tiempo

codigocuadros

Los empresarios de la cultura nos están convenciendo de que usar o consumir sus productos sin su autorización representa pérdidas para sus negocios. Llamar “pérdida económica” al producto no vendido, aunque haya sido “consumido” de alguna manera, es una farsa, una mentira. Editores, productores de cine y música y desarrolladores de software han visto crecer sus ventas incesantemente durante décadas y décadas; desde que sus industrias quedaron establecidas en el modelo que hoy se ensañan en proteger con lobbys, leyes y mentiras que buscan convertir al estado en su cómplice a través de una forma de chantaje. La supuesta “fuga” comercial que acusan lastimeramente cuando ven que sus productos se copian y redistribuyen por canales que no les pertenecen, que no han diseñado ellos mismos, es independiente de una forma de hacer negocios que de cualquier manera crece (lo que ha disminuido es el ritmo en el que crece). Es como si una ambición infinita buscara sustento legal para satisfacer su insaciable sed de dinero. Si usted leyó tal novela en un formato que yo no produje, usted leyó criminalmente; si el software con el que escribe no generó un campanazo en mi máquina registradora, su texto es ilegítimo; si usted vio mi película a través de un canal que yo no controlo, usted me ha robado.

Es increíble que esta portentosa farsa, este engaño flagrante, se esté estableciendo entre nosotros como verdad. Y lo es porque oculta su fuente hasta desaparecerla: el derecho de acceder a la información, a la cultura, al producto de la creación humana, que debería ser tan universal como el que tenemos a la vida, a la salud y a la alimentación. Es hipócrita la organización del discurso de los estados cuando dicen que se deben resolver todos los problemas con educación, pero son incapaces de establecer una estructura adecuada para que la educación se realice, el acceso masivo de todas las personas a los productos de la cultura y a las herramientas para la creación. ¿De qué educación hablan si los recursos con los que esta debe realizarse son de acceso restringido y costo excesivo y, en último análisis, están destinados a enriquecer monopolios?

Suena estridente el coro de plañideras de los arcaicos empresarios (monopolios de medios, protectores de prestigios, miembros de elites “creadoras”) cuyo modelo de negocios, del que somos rehenes, se basa en alejar y obstaculizar el acceso a la cultura, a la información y a la creación de todos (y aun así insisten en que es a eso a lo que se dedican, a engrandecer nuestras secas vidas con sus edificantes productos). Lograrán quizás convencernos de que leer un libro, por el medio a nuestro alcance, nos convierte en ladrones.

Evitarán que sepamos que obligarlos a adecuarse a los medios de distribución contemporáneos es la forma adecuada para acabar con los negocios paralelos de copia y redistribución cuya creación ellos mismos auspician pues es una imitación de su propia estrategia fundada en la readecuación de los productos al poder adquisitivo de poblaciones alejadas pero interesadas en la producción cultural. Monopolios y piratas son dos caras de una misma moneda.

Evitarán que sepamos esto porque adecuarse al nuevo ritmo de creación y distribución significa para ellos la debacle. Porque habrá cada vez más creadores y menos consumidores; porque la rentabilidad de los negocios culturales será mucho más pequeña, más de medida humana, y no construirá prestigios, fantasías y estrellatos; no pagará limusinas y alfombras rojas, ni construirá rascacielos ni jets privados; será de a pie, será remix y colectiva; más terrestre, cercana y accesible.

Evitarán que lo sepamos para poder seguir sosteniendo un mecanismo enfermo y limitado de creatividad basada en productos construidos por el dictado del consumo. En este proceso, convencernos de que leer, mirar, usar y mezclar, como podamos, como queramos, libremente, es un crimen y merece penas, y se entiende como un cálculo que cuenta como perdido el valor de lo que nunca se produjo.

La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

Un cuento de ciclistas

Ciclovía del malecón

Ciclovía del malecón

Pepe se levanta sin despertador a las 5:30 am. Se lava la cara, se pone su ropa de trabajo: el pantalón y la camisa de lona, los zapatos bajos, el cinturón de cuero. Mete las botas de hule a la bolsa donde pondrá también sus herramientas, y se sienta ante la mesita junto a la cama de una plaza en la que aún duerme su esposa. Ha puesto a calentar un poco de agua en la olla sobre la hornilla eléctrica para hacer un café soluble con el que acompañará el pedazo de pan que queda de ayer. Al terminar su desayuno besa a su esposa que ya abre los ojos y sale del cuarto de madera, cartón y lámina que alquilan, anexo a una casa derruida en La Perla, desde donde camina hasta el cobertizo en que guarda su bicicleta y sus herramientas. Ajusta la podadora, le pone combustible de una lata que está al costado, recordando cuando, no hace mucho, tenía que cargar la cortadora mecánica, mucho más pesada y estorbosa. Esta nueva podadora motorizada (desbrozadora-desmalezadora, decía el manual) ha sido la mejor inversión de su vida. El combustible es barato y los alambres flexibles que al girar cortan parejo el pasto, sólo debe cambiarlos cada tres meses. Cuando la podadora mecánica se oxidó y se rompió, el cambio de las hojas hubiese costado tanto como costó la nueva. La ajusta a la parrilla trasera de la bicicleta junto con el resto de las herramientas y monta rumbo a la avenida La Paz, desde donde cruzará San Miguel, Magdalena y san Isidro, doce kilómetros hasta Miraflores, para empezar a trabajar antes de las 8 de la mañana en los pocos jardines que quedan en las casas que rodean el óvalo de las calles Madrid y Bolognesi, sustituidas rápidamente por modernos edificios de departamentos en los que el trabajo (y la ganancia) se reduce al mantenimiento de unas cuantas jardineras.

El despertador electrónico de Diego suena a las 6:30. Da un par de manotazos a la mesita de noche antes de localizar el botón que lo apagará por diez minutos. Durante ese tiempo, hasta que el aparato vuelva a sonar, va ahuyentando la modorra. A las 6:40 por fin se levanta, tratando de no despertar a su esposa, aunque sabe que también ha escuchado el despertador. Camina hasta la cocina, al otro extremo del departamento y, en el trayecto, al cruzar la sala y el comedor, echa un vistazo al balcón desde donde se ve que la neblina del día anterior se ha despejado y hoy el Pacífico llena la vista. En la cocina, abre el refrigerador y saca una botella de jugo de naranja que anuncia la ausencia de conservadores en la etiqueta. Prefiere no sacar un vaso y bebe directamente de la botella tres tragos largos. Vuelve a la habitación, donde su esposa ya está despierta aunque sigue en la cama. Se dan los buenos días sonriendo. Diego se dirige al baño, orina, se lava la cara y las manos, entra al vestidor. Toma el culotte de licra negra que está encima de un montón de prendas similares (demasiado calor para el thermodress, piensa) y un maillot del mismo material pero en tonos vivos naranjas y amarillos: todo el mundo sabe que al andar en bici hay que hacerse ver con colores llamativos, por seguridad. Se pone unas medias con punta y talón reforzados y las zapatillas de andar en bici. Luego instala el iPhone en su brazo, con el que controlará el pulso, el ritmo, la velocidad y la distancia y va hacia la puerta del ascensor. Baja los once pisos y entra a la zona del estacionamiento que la administración ha destinado para bicicletas y motocicletas. Abre el candado de su casillero y saca los guantes y el casco nuevo (lo ha comprado recién ayer en la tienda de bicicletas de Av. Santa Cruz, en San Isidro). Piensa que tal vez, el viejo casco se lo podría regalar al portero, pero no sabe si usa bicicleta. Hace unas cuantas flexiones para precalentar los músculos y toma la bicicleta de ruta, colocada entre la de montaña y la de paseo de Alejandra. Hace sonar el timbre eléctrico que ha instalado en la bici para que el portero le abra la puerta del garage y sale sin preocuparse por cerrarla. Son las 7 en punto.

Pepe circula ya por la Avenida del Ejército, a la altura del deportivo de Miraflores, donde virará para seguir por el malecón de La Marina. A paso tranquilo, la vieja bicicleta y su tripulante se confunden con el oscuro asfalto, el jardinero transita casi invisible, dejando que autos y combis lo pasen rosando, sin inmutarse, porque sabe que al mantenerse a menos de medio metro de la acera les permitirá abrirse y rebasarlo en un segundo. Desde siempre, aprendió que se circula por la calzada (los peatones en las aceras son más impredecibles que los autos, sobre todo ahora que caminan con audífonos y absortos en las pantallitas de sus teléfonos) y en la dirección del tránsito; nunca en sentido contrario porque es más peligroso, los automovilistas tienen menos tiempo para esquivar al estorboso ciclista. El despintado cuadro de la bicicleta sin piñones múltiples que en la rueda delantera aún conserva los antiguos frenos accionados por un sistema de tubitos metálicos, ha ido tomando ese color, al igual que los rayos y los aros, cuyo ocre oxidado los ha oscurecido hasta confundirlos con la llanta. El mismo Pepe, con la ropa oscura de trabajo, parece no notarse entre el tráfico que a esa hora empieza a aumentar. Al llegar al malecón decide subirse por fin a la acera donde hace un par de años el alcalde mandó pintar un carril, primero verde, ahora rojo, exclusivo para ciclistas. No suele hacerlo; está tan acostumbrado a circular por la calzada, que por lo general la prefiere. La ciclovía del malecón no es muy respetada por los montones de corredores matutinos que pasan por ahí a esas horas, pero hoy demasiados carros han tomado el malecón (quizá hay algún cierre en la avenida del Ejército), así que sube a la acera y sigue su camino cargando en la parrilla trasera los diez o doce kilos de sus herramientas de trabajo; falta apenas un par de kilómetros para llegar a su destino.

Diego decide tomar la ciclovía del malecón desde su inicio, en el puente Villena. Para llegar ahí cruza una cuadra de la avenida Bolognesi en sentido contrario, por la acera. Escucha una sirena avisando que se abrirá un portón eléctrico adelante; baja de la vereda y ve venir un bus por la avenida, pero con un rápido movimiento deja atrás la puerta amenazante y sube de nuevo a la acera esquivando al bus. Piensa en esos choferes que no tienen respeto por nada y son capaces de pasarle a cualquiera por encima. Ha planeado dar dos vueltas a la ciclovía, del puente al deportivo y de regreso, lo que sumará poco más de diez kilómetros. Calcula que le tomará 40 minutos; quisiera dedicarle más tiempo al ejercicio, pero sólo así llegará a casa con tiempo para ducharse, vestirse y desayunar, e irse temprano a la oficina en San Isidro por si hay demasiado tráfico. Fuera de los corredores matutinos, aún no hay mucha gente. Es una delicia pedalear con seguridad gracias a esa oportuna idea del alcalde para incentivar el uso de la bicicleta. Comienza a acelerar, hay que sudar para que valga la pena. Mueve la perilla de los cambios para endurecer el pedaleo y ganar velocidad; pronto está en el faro, si sigue a ese ritmo quizá tenga suficiente tiempo para dar la tercera vuelta. Hace sonar su timbre al rodear la curva de las canchas de tenis, cuyas rejas impiden ver si viene alguien en sentido contrario, para avisar que va a pasar. Hay corredores pero no invaden la ciclovía, de todos modos acciona brevemente el mecanismo trasero de frenos de disco de la bici, por si acaso; pasa la segunda curva y vuelve a acelerar. Casi sin sentirlo ha pasado el skate park y ha llegado al parque María Reiche. Piensa que si hubiera sacado la bici de montaña podría haber bajado por el jardín para hacer un poco más de esfuerzo, sobre todo en la subida; lo hará mañana, ahora sigue veloz por el carril rojo de las bicicletas, pintado en la acera del malecón.

Al llegar a las canchas deportivas que anuncian su proximidad con el deportivo, ve que dos mujeres caminan sobre el carril rojo en el mismo sentido que él. A lo lejos, otro ciclista, oscuro, se aproxima en sentido contrario. Diego toca su timbre, pero las mujeres no lo escuchan o no lo reconocen, o no se esperan que haya algún tipo de peligro. No quiere reducir la velocidad, está haciendo un buen esfuerzo, pronto está casi encima de ellas, siente un fuerte enojo por la invasión de que es objeto la ciclovía y grita enérgicamente “¡Ciclovía! ¡Salgan de la ciclovía!”, cuando ya está casi encima de ellas. La reacción de las mujeres es indecisa, se detienen, no aciertan a hacerse a un lado y obligan a Diego a aplicar con fuerza los frenos de disco al mismo tiempo que vira a la izquierda. Casi se cae al pasarlas. Reclama con rabia a las mujeres por invadir el carril exclusivo para las bicicletas y piensa en lo estúpida e ignorante que puede ser la gente. Ellas, sorprendidas, solo sonríen nerviosamente, cuando descubren que ahora hay que aplicar las mismas precauciones en la acera que en los cruces y las calles.

Pepe ha visto todo desde lejos. Cuando llega a las canchas ve que el ciclista con casco y polo de colores, en la bici brillante, sigue mirando hacia atrás y haciendo señas. Aprovecha el terraplén del espacio de estacionamiento de las canchas para cruzar frente a él y volver a la calzada, evitándolo. Diego pasa a su lado sin mirarlo y llega por fin al deportivo, da la vuelta y emprende el regreso ya sin ganas de completar las dos vueltas que había planeado. Vuelve a cruzarse con las mujeres que no lo ven porque están sentadas, de espaldas a él, de frente al mar, en una de las bancas del parque. Quiere volver a decirles algo pero, ¿ya para qué? Acelera y rebasa a Pepe sin mirarlo. Pepe sigue pedaleando con su ritmo lento y firme y ve a Diego de colores alejarse sobre la roja ciclovía pintada en la acera.

“La gente no aprende a vivir civilizadamente”, le dice a Alejandra cuando entra al departamento del piso 11. “Invaden la ciclovía sin importarles nada, carajo. Casi me rompo la cabeza por culpa de dos estúpidas…”. Se mete al baño y poco después sale, anudándose la corbata, a compartir con Alejandra lo que ha preparado la empleada para el desayuno. Luego vuelve a bajar los once pisos en el ascensor, y sale del estacionamiento en su camioneta 4×4 sin mirar si tiene vía libre. Escucha el claxonazo de un taxista que pasa a toda velocidad y frena abruptamente. Entonces ve a Pepe que está encadenando su bici a un poste y descargando las herramientas con que podará los arbustos de la jardinera que adorna el edificio donde vive Diego. No se reconocen, ¿cómo podrían? Diego enciende la radio y escucha las noticias durante los treinta minutos que tarda en recorrer los cinco kilómetros y medio que lo separan de su oficina en la zona corporativa de San Isidro; hay un tráfico espantoso. Ni siquiera se le ocurre pensar que haría menos tiempo si se fuera al trabajo en bicicleta.

¡Hombre al agua!

El río Cañete

El río Cañete

Un punto en una línea sinuosa. El río serpentea entre imponentes murallas de desierto, secas, brillantes, doradas, filosas, altísimas. Más que un valle, es una cañada donde surge el verde a los costados del agua como milagro entre las rocas. Entre los valles andinos de la costa del Pacífico, el del río Cañete es espectacular: la verde culebra que desciende vertiginosa con la cola colgada de un glaciar, el cuerpo-oasis advirtiendo a las montañas que se aparten y las fauces abiertas en una especie de delta que se extiende ante el océano, produciendo la más rica agricultura de este desierto.

Entre viñedos, cañaverales, lucumares y maizales, el río y su valle de quinientos metros de ancho da luz a una vida imposible en el desierto. Los campos de cultivo y las casas se amontonan uno al lado de la otra y los poblados apenas alcanzan a tener una calle o ninguna, y nunca una plaza porque no hay lugar en su delgadez para nada que sea cuadrado o circular. El río desciende veloz; el caudal se crea por la sumatoria de la angosta cañada, la cercanía de las montañas que alcanzan cinco mil metros de altitud ahí nomás, la exagerada inclinación. Un  kilómetro río arriba equivale a cien metros más sobre el nivel del mar. El caudal con las aguas de las cumbres se precipita en violentos rápidos que pueden surcarse en botes de goma y que son la fama de Lunahuaná; más que su pisco puro de uvina, más que su arrope —el jugo de las uvas concentrado a punto de miel—, más que los voraces insectos que arremeten todo el día y dejan picaduras que siguen dando materia para rascar una semana después, y sus truchas y sus camarones de agua dulce; es el vértigo de los rápidos lo que atrae visitantes todo el año. Especialmente en enero y febrero, cuando el caudal es más violento.

Abordamos el bote en el embarcadero de Lunahuaná —si se le puede llamar así a ese playón de cantos rodados— después de que los remeros que organizan la actividad nos vistieran con apretados chalecos salvavidas y no tan apretados cascos de plástico. Algunos de nosotros estábamos nerviosos; nunca habíamos hecho canotaje en rápidos. Nos dieron a escoger dos rutas: la “tranquila”, río abajo, y la más “pesada”, río arriba. Elegimos la pesada. “Río, matagente”, cantan los Cimarrones en mi memoria mientras pregunto al piloto cuántos pasajeros se le caen en promedio por viaje. Casi nunca se cae nadie, dice, pero sonríe de un lado o echa una mirada a su compañero y no le creo, pero no importa, vamos ahí. Abordamos, pues, el bote. Me pongo adelante, pero el piloto me ve los brazos cortos y me pide que pase un lugar para atrás. Somos seis remeros (cinco hombres, una mujer) y el experto timonel que irá gritando ¡adelante!, ¡Alto!, ¡Atrás!, como únicas indicaciones a lo largo de la vertiginosa bajada sobre las aguas convulsas del río Cañete.

El primer rápido, remolino, hueco, nos baña por completo y brinda la prueba de por qué había que ir sin teléfonos ni cámaras ni sandalias ni nada más que el cuerpo propio. De mi lado, un temblor, un golpe del río, me hace entender que no sabré por dónde vendrá la ola que me sacará de la embarcación. Pasamos más rápidos; el bote avanza, pero de repente la proa está mirando río arriba; el timonel da indicaciones y remamos para volver al curso. El chico que nos sigue, como apoyo de seguridad, en un kayak, hace su show de volteretas. Nos estamos divirtiendo como nunca; estamos viviendo la fuerza del agua en su camino raudo hacia el mar.

Al dar la vuelta al meandro en el que tendríamos que sentir temor porque las aguas nos llevan demasiado cerca de la orilla sembrada de caña, las indicaciones del timonel se vuelven confusas y los remeros perdemos el ritmo, chocan los remos justo en el momento en que el bote cae en un hueco del agua. Es de goma; se dobla hacia adentro y, al volverse a abrir, como por un resorte, salimos despedidos seis de los siete tripulantes, incluido el timonel. Pero no nos dimos cuenta.

Por un segundo pensé que yo había sido el único hombre al agua. Por un segundo todo es oscuro y agua en los pulmones. Un segundo que se alarga, elástico como el bote en el que comenzó. Un segundo en el que algo me oprime la cabeza y no me deja salir a respirar. Será el bote sobre mí, una roca, otro compañero. No, es el agua, es solo el agua y es un segundo, por largo que parezca. Pronto asomo la cabeza al sol. El río me está arrastrando con una fuerza redoblada si la comparo con lo que sentía cuando iba a bordo. No he soltado mi remo, aún lo llevo en la mano y, al salir a la sperficie, contento de comprobar que, milagrosamente llevo aun los lentes puestos, veo a Sara cerca de mí, con la expresión del pánico en su rostro —no sabe nadar, dijo—. Le extiendo el remo que no alcanza; le extiendo palabras de calma que no escucha, pero entiendo que al verme se tranquiliza. Entonces recuerdo la “posición de seguridad” que explicó el timonel. El cuerpo mirando río abajo, las piernas elevadas. Si las piedras han de golpear tu humanidad, que sea en los glúteos. Viene a mi memoria otra canción “In the rapids”, de Genesis. Así, le doy la espalda a Sara, no puedo hacer otra cosa; ya los chicos en kayak irán a buscarla pronto. El río me arrastra; he recuperado la calma y ahora solo me dejo llevar. Por uno o dos minutos, soy presa del caudal del río Cañete, pero no tengo miedo: “When you’re racing in the rapids, there’s only one way, that’s to ride”. Lo disfruto. Es de una frescura y una fuerza abrazadoras. Que me lleve a donde quiera, que me lleve, que me arrastre el río.

Pero mi viaje alucinado termina pronto, nada más dejarme llevar, he alcanzado al bote, que ya ha recuperado a tres de los tripulantes. Extiendo el remo, Ángel lo hala, me acerca y me toma de las hombreras del chaleco para echarme dentro. Ahora somos cuatro y solo queda recuperar a los demás. Sara ha sido rescatada por el otro bote; Jaime se quedó prendido de un cañaveral en la orilla, tendremos que esperarlo mientras nos alcanza caminando descalzo entre yuyos y piedras. Alex aparece poco después acompañado de uno de los remeros en kayak. Pronto todos estamos a salvo y terminamos de surcar los rápidos hasta desembarcar en un playón del anexo Paullo, donde se encuentra nuestro hotel.

Lunahuaná, el río Cañete y la sensación loca de ser arrastrado por la fuerza de sus aguas.

Presentación de “Cuentos de mal dormir”

"Cuentos de mal dormir", por Carlos Maza

“Cuentos de mal dormir”, por Carlos Maza

Cuentos de mal dormir de Carlos Maza
Presentación: lunes 23 de julio de 2012, 20:15 hrs
Con Eduardo González Viaña y Juan Manuel Chávez
Sala Clorinda Matto de Turner, FIL Lima
Parque de los Próceres, Jesús María

Sandro Bossio es un escritor peruano que, además de desarrollar una interesante narrativa, dirige la colección Ágora de Editorial San Marcos, una editorial peruana independiente exitosa, lo que no es poco en un país en el que el magro mercado editorial está monopolizado por un par de corporativos extranjeros como Santillana y Planeta.

Hace exactamente un año, la colección, que se había iniciado con la novela La fauna de la noche del propio Bossio (experiencia a partir de la cual el autor se convirtió en editor), publicó su segundo título: Gritos en silencio, la primera novela dirigida a un público adulto de la extraordinaria y prolífica escritora infantil Isabel Córdova Rosas. Tuve el gusto de participar en la presentación de ese libro que toca el tema de la violencia y el terrorismo de las décadas de 1980 y 1990 peruanas, por primera vez desde una mirada que rescata con crudeza el sufrimiento y la acción de las mujeres durante el espantoso y largo conflicto (el registro de esa presentación se puede ver en http://youtu.be/PQHlIADk9fchttp://youtu.be/eNaRfnQsUg8).

Por esos días, también, me puse a desempolvar cuentos que había escrito durante la década de 1990 en México, justo antes de emigrar al Perú. Aunque habían sido rechazados por algunos editores a los que me acerqué en México, los cuentos pasaron la prueba de la relectura y decidí volver a buscarles sitio en un libro. Dos grandes amigos, estupendos escritores, aceptaron leerlos y comentarlos: Eduardo González Viaña me dio consejos valiosísimos desde su experiencia inagotable, y Juan Manuel Chávez envió inmediatamente los textos a dos editores. A David Abanto, de Norma, le gustaron, pero declinó porque era justo el momento en que Norma decidía cerrar ciertas líneas editoriales, entre ellas las de literatura y no ficción,. Sin embargo, su negativa era esperanzadora, acompañada del elogio a alguno de los cuentos. El otro editor, Sandro Bossio, aceptó la propuesta de incluir el libro en la colección Ágora, en la que ahora aparece como tercer título.

Vamos a presentar por fin estos Cuentos de mal dormir que arrastro desde México. Los vamos a presentar en Lima, en la Feria Internacional del Libro el próximo lunes 23 de julio, a las 8:15 pm, y con el apoyo y la compañía de esos mismos dos amigos que tanto significaron en la posibilidad de por fin publicarlos: Juan Manuel Chávez y Eduardo González Viaña, quien además de leer, comentar y aceptar la invitación a presentar el libro, escribió en su contrapotada una opinión que me establece una meta de la que me siento, sinceramente, incapaz: “Va a resultar difícil dormir luego de leer estos relatos. La evocación del interminable terror mexicano se convierte para el resto de los latinoamericanos en una advertencia que suena a profecía. Las historias son violentas y absorbentes. Carlos Maza es un narrador épico. Alguna vez se le llamará historiador de la condición humana”.

Va la invitación a los lectores de este blog, si están en Lima, a asistir a la presentación (Sala Clorinda Matto de Turner, FIL Lima, Parque de los Próceres, Jesús María, lunes 23 de julio, 8:15 pm).