Túpac Amaru en Miraflores

El Túpac Amaru de Cherman

El Túpac Amaru de Cherman

Publicado originalmente en ¡Diablogs! el 24 de julio de 2010

Miraflores, Lima, lunes 19 de julio, por la tarde-noche, a media cuadra del malecón. Hay un despliegue de patrullas, serenos y policías frente a un edificio nuevo, de esos que el boom inmobiliario construye por todo el malecón y cuyos precios solamente pueden ser alcanzados por potentados. Los acompañan varios periodistas, pero los guardianes del orden no autorizan a los informadores a sacar sus aparatos para fotografiar y grabar el “delito” que los congrega ahí. Se trata de una bandera del Perú tendida en un balcón del edificio (normal en el mes patrio: en cada casa ondea la bicolor). Al centro, sobre la franja blanca, la bandera del crimen lleva estampado el rostro de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II; uno de los más importantes héroes del panteón histórico del Perú, que a fines del siglo XVIII encabezó una revolución emancipadora contra la autoridad colonial (culminada con su derrota y una cruel ejecución del líder), y se convirtió en verdadero precursor de la independencia latinoamericana aun antes de que los criollos de toda Hispanoamérica empezaran a pensar en su posibilidad.

El retrato de Túpac Amaru II en la delictuosa bandera no es, sin embargo, ninguno de los que se conocen por los libros de historia del Perú; tampoco es el que utilizó el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) como distintivo, sino una versión reciente, elaborada por el diseñador gráfico Cherman (Germán Kino Ganoza), que está muy de moda entre los hipsters de la ciudad, y que forma parte de su comercialísima serie de retratos pop de personajes de la historia y la cultura peruanas. Lo que destaca en este Túpac Amaru II, es la intensidad del rojo sangre que le llena el rostro. Pero esta muestra de nuestro esnobismo cultural asusta a vecinos, policías y periodistas por igual (bueno, a estos últimos no los asusta, solo les promete buenas ventas). Como se parece demasiado a la bandera del MRTA (que alcanzó fama mundial con el secuestro de la embajada del Japón en 1996), los ultraconservadores vecinos de Miraflores denuncian la presencia de emerretistas en su barrio, algo que es posible en el clima paranoico generado por la reciente liberación de famosos presos por terrorismo que han cumplido sus condenas conforme a la ley. (En realidad, ha pasado apenas una década desde el final de la guerra interna en el Perú; las huellas están frescas, las heridas abiertas, el miedo agazapado detrás del desconcierto que nos “moderniza”.)

Resulta que el propietario del flamante departamento del que cuelga la ilegal efigie de Túpac Amaru II es un publicista amigo del diseñador Cherman. Y resulta también que no es por suponerlo subversivo o miembro del grupo terrorista que se le llama la atención desde el punto de vista policial, sino porque existe una ley que prohíbe la modificación de los símbolos patrios. El publicista tiene que ir a declarar, lleva abogado, pide disculpas, descuelga la bandera, argumenta que no conocía la disposición legal que prohíbe la modificación de los símbolos patrios, que él solo estaba homenajeando al Perú a través de ese héroe, y no pretendía desatar ninguna amenaza, ni nada parecido. La prensa, sin embargo, explota el escándalo.

La bandera del MRTA

La bandera del MRTA

En el estilo peruano de informar hay una editorialización permanente, y con excepciones muy contadas, esta transmisión de opinión, que forma tendencia, es extremadamente conservadora. Un ejemplo reciente (que influye en el caso de nuestra bandera tupacamarista) es el de Lori Berenson, estadounidense involucrada con el MRTA, que en 1996 fue acusada de traición a la patria y condenada a cadena perpetua después de un juicio militar, bajo la dictadura fujimorista. El gobierno de transición de Valentín Paniagua, en 2000, le otorgó a Berenson un juicio civil, que la encontró culpable de colaboración con el grupo guerrillero, y redujo su condena a veinte años. Ha cumplido quince, y su buen comportamiento le ha otorgado libertad condicional, obligada a permanecer en el Perú, y con posibilidad de ser deportada antes del cumplimiento de su tiempo. Al salir de prisión, Berenson se trasladó a Miraflores, los vecinos reclamaron porque se sintieron amenazados y la prensa explotó el escándalo provocando una ola de noticias y comentarios sobre los peligros de la liberación de los terrucos, sobre la cara negativa de la amnistía, y sobre todos esos temas que hasta hoy impiden que la “reconciliación” nacional sea un hecho.

Con ese cariz de opinión, la prensa abordó el caso de la bandera de Cherman. Escándalo, cuestionamiento a la labor del artista, provocación de la injusta atención vecinal y policial sobre “esa gente” que se pone las camisetas que hace Cherman y vuelta al conservadurismo y la intolerancia. El eco en el artista, en el publicista acusado, en el sector de izquierda de clase media acomodada (la izquierda caviar), fue de denuncia contra la intolerancia: “Es como si en Miraflores se diera, este, un… un ajusticiamiento, ¿manyas?”, dijo el artista al ser entrevistado, mientras que el periodista Álvarez Rodrich no dudó en calificar el caso como uno de “macartismo”). El publicista, a través de su abogado, después de pedir las disculpas referidas, se justificó diciendo que esa imagen se ha presentado públicamente hasta en la Cancillería, en exposición oficial del artista que la creó; se quejó de la intolerancia de los vecinos. En el perfil de Cherman en Facebook había comentarios que exigían al artista y al publicista que no pidieran disculpas, que ejercieran el derecho de libre expresión. En la entrevista vinculada renglones arriba, Cherman se quejó hasta con el MRTA por arrebatarnos la efigie del héroe y comenzó una lucha heróica (mediáticamente heróica) en la que incluso reclama que se le reconozcan “más de veinte años de trabajo por la cultura”. Y la izquierda caviar tiene un nuevo héroe contra la intolerancia y contra la falta de profesionalismo de la prensa, producido, precisamente, por los comentarios irresponsables de los periodistas que cubrieron el caso, y que no podrían ser más idiotas (para muestra, este video de un canal de TV, reproducido en el portal de El Comercio). Todo eso está muy bien; habla al menos de la existencia de un sector de la sociedad peruana, cultivado, preparado y que piensa de una manera más o menos democrática, más o menos incluyente, más o menos tolerante.

Sin embargo hay un factor que no deja de inquietar. El retrato de Túpac Amaru II de Cherman es bueno y el rescate del héroe como símbolo, que lo libre también de su rigidez despolitizada en el texto oficial de historia, necesario. Pero puesto en una tela rectangular, sobre una franja blanca entre dos franjas rojas, verticales, no solo lo hace políticamente significativo, lo hace también ilegal. Independientemente de sus implicaciones atavistas o reaccionarias, hay una ley y una reglamentación que lo prohíben expresamente y que marcan pena de cárcel, de hasta cuatro años, a quien la infrinja. Así de simple. Y las leyes, cuando no estamos de acuerdo con ellas, se deben discutir democráticamente. En el congreso hay representantes, por los que se ha votado, y a los que se debe exigir que representen este tipo de intereses ciudadanos; ése es su trabajo. Mientras esto sucede, mientras se discute el valor de los símbolos patrios y la forma adecuada de honrarlos o dejar de hacerlo, la ley se debería respetar. El llamado a violar las leyes, por obtusas que sean, a defender la bandera de Túpac Amaru en el balcón de Miraflores, no es la vía democrática. Aconsejado por el abogado, el publicista pide disculpas para safarse de un proceso que tendría que llevarlo a prisión, porque así está escrito en el artículo 134 del Código Penal. Y por supuesto, no se trata de un luchador social ni de un líder político, ni, mucho menos, de un subversivo. La cárcel no está en su perspectiva. En su perspectiva está su departamento de lujo en el malecón de Miraflores, su próximo cliente, su nueva capaña publicitaria.

Si bien el Perú, como México, no es un país en el que la gente sea conciente de sus leyes, me sorprende que un publicista desconozca una ley que afecta directamente la materia de su trabajo. Y, si la conoce, ahí hay una violación consciente de una norma, y después una mentira ante las autoridades. Hay un gran nivel de irresponsabilidad entre todos aquellos que generan información para la ciudadanía, de izquierda, de derecha; publicistas, artistas, periodistas por igual, y esto no ayuda a resolver el clima de intolerancia que nos envuelve. La tarea de revisar las normas que regulan nuestra convivencia, ¿no debería abordarse de otra forma?