Rarezas del sindicalismo en el Perú

Publicado originalmente en ¡Diablogs! el 5 de mayo de 2010

Esta mañana, alrededor de 40 empleados de la tienda de departamentos Ripley hacían un plantón a la entrada de su centro laboral; sostenían grandes pancartas en las que manifestaban sus demandas, y, con tambores y pitos hacían una bulla capaz de apagar los altavoces con reguetón del aparador que anunciaba, detrás de ellos, regalos para el día la madre.

Es una imagen que me calienta el día. Tiene energía. Tiene esperanza. Plantea la obligación de solidarizarse en una ciudad en la que cualquier protesta callejera es automáticamente condenada a formar parte de la enciclopedia de lo inaceptable, lo intolerable. Desde que vivo en esta ciudad, no he leído, visto ni oído jamás una noticia sobre movilizaciones sociales en la que el medio que la publica no las desapruebe. Es, desde el punto de vista de la prensa y la opinión pública, “lo que no se hace”. Una maliciosa operación ideológica tiende a convertir cualquier disidencia, cualquier protesta en un lastre para el desarrollo nacional. Se vería con muy buenos ojos la suspensión de los derechos de los trabajadores, en un país que cuenta con una de las más avanzadas legislaciones laborales, pero que simplemente no se aplica.

La protesta de los trabajadores de Ripley es significativa, además, porque surge de una de las instituciones paradigmáticas de la posmodernidad: la tienda de departamentos, el palacio del consumo, el lugar a donde vamos para poder producirnos a nosotros mismos como la mercancía que la sociedad quiere que seamos, como dice Zigmunt Bauman en su Vida de consumo; el lugar donde cualquier agrupación, cualquier colectivo social, pierde el sentido frente a la necesidad imperiosa de individualización que nos acosa.

Sin dejar nunca de condenarlo, se suele ver con cierto grado de normalidad un bloqueo de mineros artesanales en Arequipa o una protesta de comuneros en la selva (se ve con la misma normalidad la represión desatada contra estos movimientos, de la que resultan siempre saldos rojos); como si lo normal fuera eso, aplastar el disenso con el uso de la fuerza pública legítima. Una protesta de cajeras, demostradoras, empacadores de una tienda, se ve con una desaprobación inusitada. Me detuve a sacarles unas fotos y su primera reacción fue de detenerme: para ellos, yo estaba documentándolos para criticarlos o denunciarlos. Me acerqué, les di palabras de aliento y pregunté por los motivos de la movilización, apuntando que mi intención era ayudar a difundir las condiciones inhumanas en las que trabajan. Porque trabajan jornadas de 12 horas. Porque no les reconocen tiempos extra. Porque los obligan a firmar contratos ladrones. Porque les pagan salarios de hambre. Porque los despiden sin liquidarlos al cumplir contratos “de prueba”. Porque, simple, llanamente, los explotan.

Esa situación es nacional. Apenas un 30% de los trabajadores en el Perú tienen un empleo fijo. En su mayoría cumplen horas extra; en su mayoría están fuera de cualquier revisión salarial anual; en su mayoría, aceptan esas condiciones calladamente porque el desempleo es peor. Y porque, en su mayoría, especialmente los trabajadores de pequeñas y medianas empresas, no tienen una organización que los represente, que defienda sus intereses, y esto se da en un clima de condena generalizada a lo que debería ser un derecho: el de asociación y dignificación del trabajo.

Lo más probable es que esta manifestación de hoy en la mañana desaparezca sin dejar rastro. Los despedidos se quedarán en la calle y serán sustituidos por una nueva oelada de jovencitos agradecidos por pasar a formar parte de tan representativa institución, y a su vez, serán despedidos y sustituidos cuando venza su contrato. Los más, preferirán la calle que la acción sindical como la de esta mañana, llevada a cabo por verdaderos valientes.

Vaya mundo de cabeza.