¿Piedritas en el zapato?

Amaneció el martes 13 de febrero con la intención planteada. Si el lunes a las seis ya estaba trabajando, hoy abrí el ojo a las ocho y con dolor de cabeza. La computadora de Magaly no arracó y fue tan grave que tuve que instalar windows otra maldita vez. Mientras trabajaba en la otra máquina, como a las nueve y media, Magaly me llamó desde el patio. Estaba lavando el carro. Yo primero no le contesté pero ella siguió gritando, hasta que bajé. Una piedrita del rascacielos que están levantando al lado de mi humilde segundo piso, cayó justo en el centro del parabrisas de nuestro carro, imprimiéndole una estrella de rajaduras, una de las cuales inmediatamente comenzó a extenderse hacia arriba, amenazando con partir el cristal en dos.

Puta madre. Salí llevando la piedrita de grava y concreto, y hasta con huellas de arcilla de ladrillo. En el parque estaba el serenazgo vigilando. Le pedí que me acompañara a quejarme del “accidente” con el encargado de la obra, y él muy buena gente, me respaldó. Toqué la puerta provisional, que en cualquier momento se le cae encima a alguien, para que nadie abriera. Amenacé, muy valentón, con darle el empujón que le hacía falta para venirse abajo y por fin se asomó un albañil. Yo aparentaba estar furioso. En realidad no lo estaba, pero debe ser por instinto. Avanzó, rato después, el encargado y entreabrió. Le expliqué, mostrándole claramente el guijarro, lo que había sucedido. Él negó que pudiese haber caído del edificio en obra negra, porque “ya nadie está trabajando de ese lado”. “¡Entonces nos están bombardeando las cuculíes!”, le grité, ya riéndome, y lo invité a ver el carro, que seguía guardado justo en el lugar donde mis hijos suelen jugar futbol y andar en bicicleta. Blancos perfectos para las palomas asesinas.

El hombre siguió negando, hasta que por fin llegó la autoridad, que el solidario serenazgo del parque había llamado por radio. Los oficiales tomaron los datos de todo el asunto y asentaron el parte policial, la denuncia que habría de obrar en nuestras manos en caso de que la hipótesis favorecida fuera la de los pájaros bombarderos.

Yo me fui a trabajar y Magaly siguió el altercado, argumentando pacientemente lo obvio del origen de la piedrita. La denuncia constó y cada cual se fue a su casa. Más tarde, por teléfono y por skype, Magaly me fue poniendo al tanto del desarrollo de las circunstancias. Apareció la arquitecta de la obra y desapareció el encargado que había fungido de parte en el altercado. Muy a tiempo se había ido por su menú y, con el cambio de turno ya no iba a regresar. Y ella no estaba enterada de nada, no sabía nada. Tan no sabía nada que se le ocurrió un camión de alguna otra construcción, que habría pasado a gran velocidad, y sin detenerse en el rompemuelles que está justo delante de mi casa, habría soltado la piedrita. Ésta habría volado los tres metros de largo, entre la pista y la cochera, y los dos y tanto de alto del portón, y habría tenido la velocidad necesaria para ocasionar semejante desperfecto en el vidrio (para entonces la rajadura ya había subido por todo el cristal y había dado una vuelta en u, yendo de regreso hacia abajo y dibujando una hermosa media luna).

La mujer siguió negando, y Magaly volvió a hacerles ver lo obvio. Al principio molesta, se dio cuenta de que eso le daba pretexto a la experimentada pantera rubia, para defenderse acusándonos de agresión. Entonces Magaly se serenó y planteó el arreglo: ustedes me pagan el cristalazo y aquí no ha pasado nada. “Pagamos el cincuenta por ciento de la reparación”, negoció todavía la gorda, asumiendo por fin, aunque tácitamente su responsabilidad, y Magaly le recordó que estaríamos dispuestos a ir a las más lejanas instancias de la ley y que contábamos con una legión de testigos, carajo. Hasta que por fin aceptó que buscáramos cada quien un presupuesto y el carro se repararía con la mejor orpción económica.