Lima la inagotable

Publicado originalmente en ¡Diablogs! el 8 de octubre de 2009

Plaza Mayor de Lima

El centro de Lima suda una vitalidad impresionante. No solo por los miles de personas que caminan por sus veredas sino por una oferta semiinformal, simbólica y material que supera las posibilidades de cualquier imaginación.

Los vendedores ambulantes se confunden con los comercios establecidos desvaneciendo la frontera que tendría que separarlos. Los establecimientos sacan sus tiendas a las veredas mientras los ambulantes van estableciéndose en quicios y resquicios por todas partes. Se ofrece cualquier cosa. Desde los huevos de codorniz cocidos hasta el pastel de choclo, los tamales, las humitas, los panes con pollo o con cualquier otra cosa; provocadoras yucas fritas, un platito de plástico con papa amarilla y salsa huancaína. Se puede probar al Perú entero en una vereda de la avenida Abancay.

Y entre los innumerales comestibles, la imaginación no abarca lo que se puede encontrar. Absolutamente cualquier cosa: conectores eléctricos y transformadores para aparatos extintos, adornitos de todos los materiales existentes, y de procedencias mucho más variadas que la omnipresente China. Contrabando y productos bamba; toda la piratería posible –libros, discos, películas, software, ropa–, y todo ahí para adquirirlo a cambio de un par de monedas, que es lo que un limeño promedio se puede permitir al caminar por el centro.

Algunos años atrás, Carlos Monsiváis vino a Lima y me tocó acompañarlo en algunas de sus actividades. Me hizo el comentario: “pocas ciudades en el mundo tienen la vitalidad de Lima”, y me pidió pasear por la avenida Abancay, hasta salir hacia el Paseo de la República por detrás del edificio majestuoso, autoritario del poder judicial, para llegar al centro comercial Polvos Azules, donde nos quedamos un buen rato curioseando.

En un puesto de la calle que ofrecía grandes cantidades de películas piratas, Monsiváis se detuvo y levantó un DVD del Chavo del 8. Lo compró y confesó que nunca antes había visto la hiperfamosa serie; adversario de ella en su momento estelar e indiferente al reconocimiento intelectual que se le otorgó más recientemente. En Lima se sintió lo suficientemente alejado como para acercarse al producto mediático desde una perspectiva tan ajena como la de un peruano.

No sé a qué conclusiones habrá llegado al verlo, pero el momento de su compra era como para un reportaje sobre el gran cronista y sus desvaríos.

También probó, más que los ceviches sofisticados de los restaurantes de moda a donde lo llevaron sus anfitriones de la Universidad Católica, el auténtico y popular pollo a la brasa peruano, que no tiene igual en el mundo, y que se empacó Monsiváis con un apetito digno de un niño después de un partido de fútbol.

Los comentarios de este cronista de lo imposible me pusieron sobre aviso acerca de las maravillas que esconde Lima –o más bien, que muestra sin pudor ni cuidado–. Ya desde mi llegada había sentido la familiaridad del caos urbano, con sus 9 millones de habitantes (siempre he creído que más de dos millones son megalópolis y las dimensiones se confunden) y sus conflictos interjerárquicos, pero la opinión de Monsiváis me hizo poner más atención. Hoy, cada vez que voy al centro, a Breña o a La Victoria, voy con los sentidos bien abiertos, dispuesto a dejarme consumir por su vitalidad.

Algunas de las impresiones he podido fotografiar: están en álbumes en facebook y flickr.