Las mil maravillas

Publicado originalmente en ¡Diablogs! en agosto de 2008

El Castillo de Chichén Itzá

El Castillo de Chichén Itzá

Pululan campañas nacionales en busca de las “maravillas” naturales, arqueológicas, arquitectónicas, que en muchos países del mundo tratan de emular la muy rentable campaña de las “nuevas 7 maravillas” del mundo.

Esa campaña fue lanzada por un multimillonario suizo que encontró el medio para ampliar su ya grande fortuna. La forma que tuvo la campaña permitió engordar otras grandes fortunas que son cualquier cosa menos peruanas o chinas o mexicanas o griegas. Fue una campaña comercial totalmente carente de fundamentos históricos, arqueológicos, científicos ni técnicos. No hubo siquiera una razón que explira cómo fue posible poner en la misma estantería a la Opera de Sidney, a Machu Picchu, a la estauta de la Libertad y al castillo de Chichén Itzá.

La campaña fue solo por internet. No incluyó mecanismos que permitieran votar a quienes carecen de acceso a este medio, que siguen siendo mayoría abrumadora en el mundo. La decisión de cuáles son las 7 maravillas fue, por tanto, parcial y básicamente de los habitantes de los países del “Norte”. Por más que en México y Perú, quienes tenemos acceso a internet nos dedicáramos a votar todo el día hasta el día de la “premiación”, seguíamos siendo minoría (contemos: si un 5% de los mexicanos votaba por Chichén, seguían siendo más votos que un 20% de los peruanos votando por Machu Picchu. No hablemos de los chinos). La votación se decidió en USA y en la comunidad europea.

Pero estas razones sólo indican que se trataba de un juego, y nada de malo tiene jugar; al contrario, habla de que tenemos salud mental. En realidad, este juego tuvo consecuencias sociales, físicas y económicas que afectan negativamente al patrimonio humano que fue “elegido”. El desarrollo turístico de los países sede de estas maravillas, casi todos en posición desigual ante la mundialización, debería ser rigurosamente planificado, y el desarrollo del conocimiento histórico y arqueológico cuidadosamente protegido. La campaña de las 7 maravillas internáuticas tiene un impacto desastroso en muchos de los sitios que “concursaron”, quizá sin haberlo solicitado. Isla de Pascua, por ejemplo, calculaba que el crecimiento del turismo rebasará contundentemente la capacidad local de atención, incluso quedando en octavo o vigésimo lugar. Las visitas sin control no sólo amenazan la integridad de los restos arqueológicos de la isla, sino su equilibrio ecológico y la de por sí débil situación de los nativos isleños. El castillo de Chichén Itzá (México) ya viene sufriendo, desde años atrás, un problema que los arqueólogos llaman “erosión humana”, tan grave, que está afectando incluso la razón por la cual esta pirámide es famosa: cada equinoccio, el sol proyecta una sombra que “se mueve”, dando la impresión de que el dios Kukulkán (serpiente emplumada) “baja” del cielo a la tierra, y que se fundamenta en un trazo arquitectónico guiado astronómicamente. En el costado sur del Castillo, el dios ya no baja. Machu Picchu también es víctima de esta forma de erosión y la campaña de las 7 ha acelerado este proceso, mucho más grave que los famosos puentes que la municipalidad quiso construir, lo cual fue evitado por gestiones del Instituto Nacional de Cultura.

Las autoridades egipcias solicitaron a la campaña suiza que las pirámides de Giza fueran retiradas de la votación, y conminó también al gobierno portugués, cómplice de este crimen (que ganó millones porque la “premiación” fue en Lisboa), a que desistiera del plan de ponerlas en un sello postal.

Los arqueólogos mexicanos llamaron la atención sobre el tema con un argumento muy razonable: Chichén ya había sido declarado “patrimonio de la humanidad” por la UNESCO, ¿qué otro título o reconocimiento requiere el sitio –aparte de la obligación de protegerlo–? Creo que este argumento valía para Machu Picchu, que también es patrimonio de la humanidad. Los nativos de Isla de Pascua rechazaron que sus ancestros fueran convertidos en objeto de la comercialización y marketing turístico. Otras voces se levantaron pero fue demasiado tarde. El daño está hecho y se multiplica en versiones locales, exhacerbado de nacionalismo y ambición de divisas. Desarrollo a toda costa, no hemos aprendido nada.

A mí, en lo particular, me parece que esta acción votante es disparada por un nacionalismo chauvinista que no acaba de entender que la presencia de vestigios culturales de la antigüedad en los territorios que hoy delimitan las fronteras arbitrarias que nos separan, es una casualidad. En 1847, Yucatán, donde se asienta el candidato mexicano de “las 7”, estuvo a punto de independizarse de México, motivado por el separatismo Texano detrás del que se solapaban los intereses estadounidenses. De haberse concretado ese movimiento, el candidato no sería mexicano y los mexicanos no estarían tan orgullosos y atareados votando la iniciativa suiza. Cualquier casualidad histórica podría haber hecho que Machu Picchu fuera hoy chilena, boliviana o brasileña, y los peruanos no estarían tan atareados y orgullosos votando la iniciativa del multimillonario suizo. Chichén no es mexicana; es maya, y el territorio que otrora fuera maya hoy es mexicano, guatemalteco, salvadoreño, beliceño y hondureño. Machu Picchu no es peruano, es inca. Lo que otrora fuera inca, hoy es peruano, boliviano, ecuatoriano, chileno y hasta argentino.

Por el chauvinista sentimiento nacionalista, por vernos en la lista del suizo, estamos corriendo el riesgo de perder patrimonio histórico que no es nuestro sino de la humanidad. Yo sigo sin poder explicarme cómo podemos estar tan orgullosos de los mayas y los incas y al mismo tiempo ser tan sistemáticos en despojar a los tzeltales y los quechuas, auténticos herederos de esas culturas ancestrales.