Género aparte (vicisitudes de editor)

Publicado originalmente en ¡Diablogs! el 12 de mayo de 2010

Hace algunos años, recién llegado yo al Perú, me presenté ante la directora del Fondo de Cultura Económica –que había venido a Lima a poner orden– como candidato al puesto de gerente de su filial peruana, que ella acababa de descabezar. La experiencia editorial que ya tenía y probablemente también mi entusiasmo, y el hecho de ser mexicano, y quizá un par de palabras de alguien que, en México, le había hablado bien de mí, me dejaron en el cargo. Lo ocupé durante poco más de dos años, con un sueldo de hambre y contra la coalición de los empleados que, con una o dos excepciones, simplemente no me querían ahí. Un sabotaje que contaré algún día.

El caso es que en esa posición, mientras trabajaba para hacerle un lugar de nuevo a la editorial, que estaba a la sazón de capa caída, con las finanzas quebradas por los excesos administrativos del priismo, con inventarios viejos, cargosos e inútiles, y con instalaciones que estaban a punto de desplomarse, pude conocer a un gran número de personalidades de la cultura, la literatura, la educación, la política y la empresa.

Pronto empezaron a visitarme muchos escritores, conocidos y por conocer, al tiempo que aprovechábamos la bella casona de Miraflores que ocupaba el Fondo para hacer exposiciones de arte, lanzamientos de libros, charlas, conferencias. Durante esos dos años leí decenas y decenas de manuscritos y, aunque solo llegué a publicar dos –por culpa del sabotaje que recordaba más arriba– intenté por muchos medios darle cauce a escritores que, según mi entender, tenían valor y podían competir con oportunidad en un mercado magro y dominado por las grandes transnacionales. Así se reeditó La tristeza según San Antonio, de Rafael Moreno, en Editorial San Marcos, siendo hasta hoy un éxito de ventas que se reimprime cada año; se publicó El mascarón de proa, estupenda colección de cuentos fantásticos de Pepe Güich, uno de los títulos fundadores del catálogo del exitosísimo Grupo Editorial Mesa Redonda, y salieron los estridentes ensayos de La novela andina. Tres manifiestos de Zeín Zorrilla, que se han extendido a través de Sarita Cartonera en edición artesanal y de la red en edición digital, y muchos otros libros (al grado que sigo evaluando fundar una agencia editorial).

Debo aclarar que no soy prejuicioso y que creo en la posibilidad de éxito de cualquier manuscrito. Nunca rechazo un manuscrito a priori y leo todos los que caen en mis manos (es, creo, la mayor responsabilidad de un editor). Un día, durante los que serían los últimos meses de mi gestión en el FCE, me visitó un escritor inédito que había llegado ahí sin mediación alguna. Con un voluminoso manuscrito bajo el brazo. Se trataba de un hombre maduro, casi completamente calvo (el pelo que le quedaba era blanco) y muy delgado, pero no viejo. Conversamos muy agradablemente por un rato y le prometí que leería su manuscrito aunque, dadas las circunstancias de la editorial en ese momento, lo más probable era que no pudiera publicarlo.

“No importa. Léelo y dime qué opinas”, pidió. Era lo primero que escribía en su vida, la cual había pasado de aventura en aventura, tan disparatadas como resultó ser su novela. Es un tipo, de verdad, medio loco. Su larga novela no está mal escrita, tiene una prosa fluida y contiene acá y allá verdaderas joyas humorísticas; hay anécdotas de morirse de la risa. Pero no tiene ni pies ni cabeza; es una especie de Ulises por casualidad, un Palinuro sin erudición, una gran broma sin argumento, sin historia. Pero tan divertida, como anecdotario de sus precarios personajes, que podría tener buenas ventas con algo de promoción.

Así que le propuse que se la ofreciera a una editorial muy chambeadora que no necesariamente ponía mucho cuidado en su catálogo y que incluía en él la figura de la “coedición autor-editor”. Es decir, le expliqué al escritor, que si este editor le ve un potencial claro a tu novela, la va a publicar por su cuenta, y si no lo ve, te propondrá que tú pagues la mitad de los costos y te hagas cargo de la comercialización de la mitad del tiraje. El escritor se mostró convencido, y así fue que lo puse en contacto con el editor. Recomendé su novela con esos valores que yo le había encontrado y ellos, al final, firmaron su contrato. Yo no obtuve más que la satisfacción de haber canalizado otro manuscrito a la fábrica de libros.

El libro se publicó (no me gustó mucho la carátula) y vino el momento del lanzamiento. El autor, muy movido, consiguió financiamiento para un evento de altos vuelos, en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad y, quizá porque yo había tenido comentarios positivos para la obra, quizá por agradecimiento a mi intervención en el proceso editorial, el autor me pidió que la presentara. Dije que sí, por supuesto, y como no quería sentirme solo ahí, le propuse que me dejara darle el libro a un amigo y si le gustaba, invitarlo a presentarlo también. Este amigo, un poeta, narrador y periodista cultural de polémico reconocimiento, aceptó amablemente el reto y dimos por fin a luz el mamotreto. Tan tán. Ahí se terminó la historia. Poco después dejé el FCE y dejé el mundillo literario (me fui al mundo de la edición ambientalista en una ONG), debo confesar que un poco asqueado de la vanidad de los autores y de la rapiña de los editores.

Hasta hace más o menos un mes. El escritor me dijo, ese día que llamó por teléfono, que había pasado todos estos años (casi seis) buscándome sin poder dar conmigo (es un iletrado digital; todo el mundo tiene mi correo electrónico). Por fin había conseguido mi nuevo número y necesitaba ver qué se podía hacer para resolver los problemas que tenía con su editor, sobre todo ahora que una editorial importante se interesaba por él. Que el libro no se había vendido para nada porque el editor no lo había distribuido; que no había impreso la cantidad de ejemplares acordada, que no le había entregado el número de ejemplares que le correspondían y que encima reclamaba el pago de un dinero por los costos de la edición. Pero, ¿no fue ese el acuerdo al que llegaron?, le preguntaba yo. Que no, que no fue ese. Ay, autor, pues qué mala fortuna, que horror que no hayan salido las cosas como esperabas, siendo tu libro tan divertido… Por cierto ¿has escrito esa secuela de la que me hablaste?…

El caso es que, como yo sigo teniendo amistad y proyectos con ese editor, acabé ofreciéndome, de nuevo, a averiguar qué pasaba. Fui a visitar al editor, le conté lo que me había dicho el escritor y le pedí que me permitiera ver el contrato que habían firmado. Me mostró, además, los movimientos de almacén del título, las ventas, muy escasas, que había logrado a través de sus propios canales de distribución y el stock que le quedaba. El contrato es definitivamente ventajoso; le permite al editor no responsabilizarse por la distribución ni la promoción, que corresponden al autor, y le permiten también no producir los libros que le tocan. Es decir, el costo de producción se calcula sobre dos mil ejemplares, pero se producen solamente mil, para ser entregados a este autor que tan urgentemente quiere ver su libro impreso. Obviamente, como coedición, el autor debe pagar esos ejemplares y venderlos por su cuenta. Así que al final, el editor no puso nada (porque no estaba en realidad comprometido a hacerlo) y el autor no pudo vender lo que puso. Y no pagó toda su parte, que es por lo cual el editor no suelta los ejemplares que le quedan y no libera los derechos del libro.

Horrible contrato, pero ahí está todo claro y está también la firma del autor, que debió haberlo pensado dos veces antes de firmar. Entonces regresé con él y le dije que la solución era que terminara de pagar su parte de los libros producidos para que el editor le diera el resto del tiraje y aceptara firmar una addenda de liberación de derechos. Con eso yo pensé que había cumplido con él y que no podía hacer nada más. Pero me sigue llamando. Me vuelve a preguntar, oye ¿y ya hablaste con él? ¿Cuándo vas a hablar con él? Hoy, por fin, harto de que suene el teléfono y vuelva a ser él, que no llama para saludar o para invitar una copa de vino, me decido a hablar fuerte y le digo que ya intervine hasta donde podía hacerlo; que yo no obtengo nada de todas estas gestiones (odio trabajar gratis y no soy su agente) y que él tiene un desacuerdo con el editor que tiene que resolver personalmente. “Pero tú me dijiste”. Pero tú, madres (pienso mientras hablo por teléfono)… Discúlpame, no puedo hacer nada más. No leí ese contrato antes de que lo firmaras; no supe cómo habían resuelto ustedes su edición y ya intervine hasta donde mi buena voluntad podía llegar. Habla tú con él.

Se le acabaron al autor las palabras amables, las preguntas por mi trabajo, por mi vida, por mis hijos. Se le acabaron las ganas de terminar, como siempre, nuestras conversaciones con un “a ver cuándo nos tomamos un café”. Vaya, ni siquiera se despidió. Ya lo veo, en el peor de los casos, contándole a los periodistas que pueda alcanzar cómo los editores lo han esquilmado, tanto el suyo como ese Carlos Maza, que lo ha puesto en las garras de maleantes y ahora se lava las manos.

Ay, los editores somos especie interesante, pero los autores, género aparte.