Claxon

Publicado originalmente en ¡Diablogs! el 4 de abril de 2010

Esta mañana, como todas, salí a buscar mi taxi en la esquina de Avenida del Ejército y la calle Manuel Tovar. Hace un par de meses pusieron ahí, por fin, un semáforo. Antes de la existencia del semáforo, cruzar Avenida del Ejército era una aventura peligrosa, un auténtico deporte de alto riesgo, especialmente si lo intentabas con niños enmochilados rumbo a la escuela. Pero desde que pusieron los postes con sus tres universales luces de colores, uno simplemente debe esperar a que les pongan la luz roja a los que vienen por la avenida, a que terminen de pasársela los tres o cuatro que, necesariamente, se tienen que zurrar en ella, y entonces puede uno cruzar sin demasiado peligro.

Hoy, sin embargo, el conductor de un carro nuevo y elegante que salía de la gasolinería que está al otro lado de la avenida, decidió que no tenía por qué dar la vuelta a la manzana, si ahí nomás, frente a él, estaba el cruce. Así que salió de la gasolinería, se metió en sentido contrario sobre Manuel Tovar y cruzó, a las malas, la Avenida del Ejército, interrumpiendo su tránsito intenso que en ese momento contaba con la luz verde. Así, sin complejos, sin prejuicios, sin pensarlo dos veces.

Los justificados bocinazos contra este cínico conductor no se hicieron esperar. Un estruendoso concierto de bip-bips, tatatás, tirulirus y uiuius decoró la huída del señor que no podía esperar, mientras todos lo mirábamos, anonadados e indignados, continuar feliz y libre su camino hacia Barranco.

Los que circulaban por la avenida y no pudieron cruzar la calle Manuel Tovar por culpa del animal, teniendo el verde derecho a hacerlo, se dieron con que una vez pasada la infracción impune, la luz cambió a ámbar y casi de inmediato a rojo. Se la pasaron los tres de rigor y el resto tuvo que esperar. Fue mi momento para cruzar la avenida y colocarme en la esquina de la parada de combis, donde cada día espero el taxi para irme a la oficina.

Durante todo este proceso, breve desde el punto de vista del reloj pero eterno desde el de los interesados, el concierto de bocinazos no se detuvo. Apenas aminoró: los que lograron pasar dejaron de tocar los suyos y los que asumieron la luz roja, un poco después, también cedieron.

Había tres taxis en línea buscando pasajero. Aprovechando que estaban detenidos por la luz roja, consulté al primero, que no sabía muy bien dónde quedaba mi destino, así que demoró en decirme su presupuesto. Resultó demasiado caro y me dirigí al segundo. Mientras me acercaba, la luz cambió a verde. Instantáneamente se volvió a escuchar un claxon, fuerte, insistente, poderoso; me di cuenta de que era uno de los más destacados solistas durante el concierto de unos minutos atrás, y esta vez estaba dirigido precisamente a mí, que en ese momento dejaba pasar al segundo taxi pues el chofer no deseaba ir a San Isidro (así es en Lima, el servicio público que brindan los taxistas depende, primero, de si están de humor para darlo).

El claxon solista pertenecía a una fabulosa Jeep enorme, negra, brillante, y lo tocaba virtuosamente y con decisión una señora de mediana edad, con grandes lentes oscuros, que consideraba que su derecho a pasar inmediatamente, ya violentado antes por el loco del altercado, era nuevamente cercenado por el estúpido con mochila que no se decidía a subirse a un taxi.

Como la luz había cambiado, yo no hice ademán de detener al tercer taxista, pero él me había visto dejar pasar a los dos que estaban delante, así que se detuvo frente a mí para ofrecerme el servicio. No estoy seguro de si debí dejarlo pasar o no; desconozco si existe en el nuevo Regalmento de Tránsito de Lima un artículo que prohíba expresamente a un peatón hacer la parada a un taxi o combi durante la duración de la luz verde de una avenida. Intuyo que no, que al esperar a un taxi en un paradero autorizado, yo estaba en mi derecho de detenerlo sin importar si la luz era de un color o de otro. Pero, a través de su potente claxon, la señora de la Jeep sonaba como alguien que tiene el derecho de paso por encima de todos los demás.

Debo haber tardado no más de treinta segundos en plantearle al taxista mi destino, aceptar su propuesta económica sin regatear y abordar el auto por la puerta trasera. Durante ese tiempo, el claxon de la señora no descansó. La luz volvió a cambiar a ambar. El taxista esperó porque delante de él se había metido una combi y estaba subiendo pasajeros. La combi se pasó la luz roja y se fue, pero mi taxista, ya conmigo a bordo, se tuvo que esperar. Todo esto entre los tata-tatáta de la elegante señora indignadísima porque, carajo, todos esos pobres cholos de a pie no la dejaban llegar a donde seguramente hacía rato la esperaban (¿qué otra razón que estar tarde podría tener alguien para comportarse así, con tanta furia y tanto bocinazo?)

Los primeros segundos de esta nueva luz roja fueron todavía acompañados por la indignación sonora de la dama. Por fin su serenata se detuvo al asumir que habría que esperar hasta que el semáforo cambiara nuevamente, para recomenzar en el instante exacto en que el verde nos volvía a favorecer.

Debo admitir que reprimí las ganas de decirle al taxista que no avanzara solo para joder a la tía. Ya solamente voltee para dedicarle una expresión de burla, pero mi chofer, probablemente nervioso por la presión, avanzó de inmediato y se dio un terrible banquetazo al dar la vuelta a la derecha sobre Manuel Tovar, siguiendo mis indicaciones sobre la mejor ruta a San Isidro.

La furibunda señora de la Jeep siguió de frente con el claxon activo. Todavía alcancé a escuchar un par de notas más dirigidas a quién sabe qué nueva injusticia que se atravesaba en su camino, para llegar al final a su cita con amigas en el café San Antonio, donde todas le dirían lo elegante y distinguida que es, con su vida ejemplar, su camioneta prepotente, sus grandes lentes oscuros de diseñador ocultando el odio con que mira a esos cholos que caminan, suben y bajan de esas combis y taxis llenos de frases, calcomanías y colguijes, e interrumpen su camino con su fealdad y su huachafería, obligándola a llegar tarde.

Ah, el tránsito en Lima. Cada día, una aventura digna de ser contada.

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Una respuesta a “Claxon

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