Ecologistas y ecología

La ecología es una ciencia, quienes la practican son los ecólogos, biólogos o científicos de otras disciplinas especializados en la investigación de las relaciones entre los diversos componentes de los sistemas que comparten seres vivos y elementos inorgánicos. El ecologismo, en cambio, es una ideología, creen en ella los ecologistas. Como todas las ideologías, el ecologismo presenta un discurso casi siempre coherente en el que la imagen del mundo aparece como armoniosa, donde la naturaleza parece ser una fuerza “buena” que siempre tiene razón en todo lo que hace, y donde el ser humano representa la disfunción que pone en crisis ese equilibrio. Tiene bases en la ciencia de la ecología, pero como buena ideología, toma de ella aquello que resulta necesario para mantener su armonía y su coherencia internas e ignora u omite aquello que tiende a desequilibrar sus aseveraciones.

La ecología, por su parte, como todas las ciencias, es producto del proceso de investigación y contrastación metódico, y se construye sobre dudas y contradicciones entre perspectivas de investigación mientras trata de explicar los procesos y las relaciones entre diversos elementos de la naturaleza, incluidos los sociales y humanos. En la ciencia ecológica, por tanto, caben el conflicto, la contradicción y la apertura a aceptar las incoherencias interpretativas entre perspectivas que, a su vez, motivan el avance del conocimiento.

Lejos de esta multidisciplinariedad, el ecologismo opta por acercarse cada vez más al misticismo a través de aceptación de las visiones “holísticas”. Así, abre paso a la mezcla entre conocimientos con bases científicas parciales y postulados provenientes de distintas formas de esoterismo.

 

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[ Los activistas de Green Peace, en un caso muy sonado, invadieron el área intangible de las líneas de Nasca para dar a conocer su mensaje, afectando patrimonio de la humanidad. ]

 

La ecología genera una o muchas posiciones críticas, tanto hacia los discursos que confluyen en ella como hacia las políticas regionales, nacionales y globales que afectan procesos específicos. Como ciencia, puede guiar la acción política para el establecimiento de estrategias de desarrollo o protección. Si la conservación de determinados recursos es deseable para una comunidad específica, la ciencia puede determinar los elementos que intervienen en la existencia de esos recursos y recomendar estrategias que ayuden a mantenerlos o a modificarlos dentro de ciertos límites, a diferencia del ecologismo, que asume un moral, frecuentemente fundamentada en magia y misticismo, en lo que entiende como espiritualidad, y recoge cosmovisiones locales, las mezcla con otras orientales o de donde más le plazca, las fundamenta con aquellas bases científicas que le son convenientes y determina modos de proceder que son básicamente religiosos, y por tanto, sujetos de imposición entre sus seguidores, y objetos de desaprobación entre sus adversarios.

Un ejemplo muy común en nuestros días y nuestros entornos es el asunto del vegetarianismo y el veganismo, una moralidad que determina comportamientos sociales con bases pseudocientíficas que rara vez cuentan con sustento en la prueba empírica de la investigación científica. La metafísica zen que trasluce detrás del veganismo lleva a sus creyentes a condenar como si fueran criminales a quienes consumen productos de origen animal, así sean las únicas opciones alimentarias a su alcance. De más está comentar el mercado y la lógica de consumo elitista y especializada que el veganismo construye, pues para los veganos, en su certeza de superioridad, esta no existe.

Más importantes que esta polémica son las que tienen que ver con la producción de alimentos a gran escala en un contexto de carencia global (la ideología de la abundancia que hoy en día enarbolan algunos “comunitaristas” es tan falsa como decir que no hay guerras ni hambrunas en el planeta). De ahí que la condena que hacen los ecologistas del uso de fertilizantes, pesticidas, y más aún, de organismos genéticamente modificados o transgénicos, aunque esté fundada en ciertos descubrimientos de la ciencia, es más una cuestión de fe, un dogma “conservacionista” (y por lo tanto conservador). El debate sobre estos temas debería abrirse y desarrollarse más ampliamente para poder eliminar los elementos míticos y místicos de la polémica, tanto como aquellos que blanden la fe ciega ante el desarrollo tecnológico (nada es menos científico que la fe, especialmente cuando esta es ciega).

Si hasta el Vaticano se suma a la pseudoreligión ecologista (encícilica Laudato Si’), algo hay que preguntanos. Así que ya sabes, si te sientes “ecologista”, no eres muy diferente a un creyente acrítico de cualquier dogma religioso. Estás lejos de ser un científico y tu perspectiva de las cosas dista de ser la verdad. Para la ciencia no hay verdad: hay un proceso de conocimiento que se deja contradecir permanentemente para conocer el mundo.

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El gran día de campo, veinte años después

El gran día de campoEl 1° de enero de 1994, siendo presidente de México, por la vía del fraude, Carlos Salinas de Gortari, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Era una noticia feliz para quienes se beneficiarían de ese acuerdo desventajoso y peligroso. Pero la madrugada del nuevo año despertó con otro acontecimiento, uno inesperado, que brindaría claridad sobre el descontento que habitaba México, no sólo ante la puesta en marcha de ese tratado comercial de las cúpulas y las elites —diseñado para hacer feliz a una clase media sin memoria y sin pensamiento pero con algunos pesos en el bolsillo—, sino como denuncia de muchos otros equívocos que desde tiempo atrás (¿desde cuándo?) venían haciendo víctimas en la población trabajadora, indígena y campesina del país.

Un grupo de campesinos armados —muchos de ellos con rifles de palo—, en su mayoría indígenas tseltales de los altos y las selvas de Chiapas, tomaría aquella madrugada tres ciudades de ese estado, incluyendo la señorial San Cristóbal de las Casas, antigua capital colonial, y desde ahí daría nombre y espacio a un conflicto que no se ha resuelto veinte años después. Un conflicto armado con escasas batallas y mínimas bajas de ambos lados; una guerra que desde entonces se ha peleado en el plano de la información, el pensamiento y la organización social, pero guerra al fin, con dos ejércitos: el “constitucional”, y el beligerante Ejército Zapatista de Liberación Nacional —“guerrilla” o “grupo armado” para la prensa y el gobierno—.

Ocho meses más tarde, después de un primer momento de diálogo entre el gobierno y los zapatistas (envuelto en escándalo y cotilleo de la transición presidencial priísta), después de la firma de los Acuerdos de San Andrés que el gobierno no cumpliría, después del Cordón de la Paz y del asesinato del candidato presidencial del PRI por oscuras manos que permanecen incógnitas, el EZLN convocó a una Convención Nacional Democrática, que se llevaría a cabo durante la primera semana de agosto, en dos etapas: primero en San Cristóbal de Las Casas, y después en un lugar de la selva Lacandona preparado por los zapatistas para ese gran evento, bautizado “Aguascalientes” en memoria de la ciudad en donde se redactó la Constitución de 1917.

Fueron llamadas a esta convención todas las organizaciones sociales democráticas y progresistas de la nación; partidos políticos, grupos de estudiantes y artistas, sindicatos, uniones y colectivos sociales que compartían ideales e ideas con los lejanos indígenas levantados y que, hasta cierto punto, aceptaban su liderazgo en la lucha de una izquierda que aún buscaba un lugar sólido desde el cual actuar contra el avance arrollador y poderoso de la derecha, el neoliberalismo y la hipocresía gobernantes.

Después de un periodo en el que se realizaron asambleas por todas partes, cerca de seis mil personas se acreditaron para asistir a la Convención Nacional Democrática en calidad de delegados de organizaciones sociales, más los que pudimos acreditarnos como invitados y observadores o como periodistas. Ésta es una crónica de ese momento enclavado en una coyuntura política que al final no fue aprovechada. Hoy México perdió la guerra, la oportunidad y hasta el deseo que se representaba en aquel esfuerzo enloquecido. La llamada transición democrática que parecía iniciarse seis años después mostró pronto ser continuidad, hoy lo sufrimos.

Los años en México parecen ser la medida de la derrota. No hace mucho se celebraron cien de una Revolución traicionada. Hoy, desde un exilio voluntario en el Perú (tan parecido a México, tan igualmente equivocado), rememoro veinte años de otra derrota volviendo a publicar —como lo hice hace diez años— esta crónica, algo extensa, de un acontecimiento que me tocó presenciar y que me dejó marcado. Conmemoro las dos décadas transcurridas desde aquellos días en que la izquierda mexicana, casi unida, estuvo a punto de ser la cabeza de una transformación que hoy parece imposible. Aunque sea solo para recordar todo lo que quisimos hacer y no hicimos, la esperanza que dejamos morir.

Hace diez años, conmemorando una década de los hechos narrados, publiqué esta crónica en una versión que entonces me pareció necesario corregir (que se puede leer en Scribd y que incluye una presentación en la que está basado este post). Hoy devuelvo la versión original, sin modificar nada de lo que veinte años atrás escribí de un golpe, impulsado aún por lo que acababa de vivir y, quizá, por el vigor de mis treinta años de entonces. Espero que la disfrutes, lector, y que te ayude, como a mí, a recordar que hace veinte años estuvimos cerca, muy cerca, de cambiar el rumbo de la historia.

Descarga en PDF| Lectura en  Scribd

Aunque he incluido algunas de las fotos que tomé durante la Convención en el PDF, pondré más adelante la serie completa en Flickr o Facebook.