Moby Dick o el monopolio

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Grabado de Rockwell Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

De chico leí una adaptación en cómic de Moby Dick que se incorporó naturalmente a mi universo aventurero ya entonces poblado por Verne, Dumas y Salgari. El fantástico cachalote asesino y el obsesionado y oscuro capitán Ahab (“Ajab” escribía el traductor español de la adaptación) me desvelaban superando incluso las tormentas que el Corsario Negro había tenido que capear en sus asedios a Maracaibo, pero mis héroes eran Ishmael, el joven narrador que emprendía la aventura hacia lo desconocido y su exótico amigo —así lo presentaba Melville; no podía ser de otro modo a mediados del siglo XIX— el arponero polinesio Queequeg, que a pesar de ser un caníbal mostraba las cualidades más profundas del hombre solidario. Pero después de esa lectura infantil no volví nunca a la portentosa novela de Melville, postergando indefinidamente una lectura que desde chico sabía que debía completar aun cuando no me imaginaba siquiera la riqueza histórica, zoológica, filosófica, antropológica y hasta teológica que el adaptador había decidido ahorrarle a los jóvenes lectores de aquella novela gráfica de los años 70, en la que solo habia quedado “la acción”.

Pasaron cuarenta años. Mi curiosidad por Moby Dick fue renaciendo en Lima —una de las ciudades que aparecen en las anécdotas balleneras de la novela—, cuando internet permitió el acceso a la versión original ya libre de ese obstáculo para el conocimiento que llaman “derechos de autor”. Pero no lograba adentrarme en ella por la dificultad de un inglés lleno de términos y figuras complicadas que, además, tenía que leer en pantalla. Soy lector incansable de ebooks en kindles, tablets y computadoras, pero sigo prefiriendo los papeles encuadernados aunque cuesten más. Y Moby Dick se merecía ese tratamiento. Aun así no conseguía una edición impresa en su idioma original y prefería esquivar las ediciones populares españolas, tipo bolsillo aunque no cupieran en ninguno, más que nada por mi aguda desconfianza hacia los anquilosados traductores españoles que invaden bibliotecas y librerías latinoamericanas como si fuera su natural derecho.

Un día, en la librería El Virrey de Miraflores, encontré un fabuloso y enorme volumen en tapa dura de Moby Dick publicado por una editorial que yo suponía mexicana, Sexto Piso. El precio me pareció excesivo y lo tuve que dejar. Algunas semanas después, días antes de que iniciara la Feria Internacional del Libro de Lima, ese negocio disfrazado de cultura, un conjunto de editores independientes realizaron una “antiferia” en un local del centro de Lima. Entre las mesas de ediciones libres y contestatarias, no siempre con ofertas muy interesantes, había una de la librería El Virrey que había decidido solidarizarse con esa iniciativa alternativa, y en su mesa estaba el volumen de Moby Dick de Sexto Piso con un descuento sustancial que me decidió a comprarlo. Volví a casa feliz cargando el tabique que apenas cabía en mi mochila y empecé a leerlo de inmediato. “Nueva traducción”, decía, y presumía además las ilustraciones de un connotado artista mexicano.

“Llamadme Ismael”, comenzaba. ¿Qué? ¿“Llamadme”? Y la “h” de Ishmael, ¿dónde estaba? Mi sorpresa fue casi indignación cuando confirmé que el autor de la “nueva traducción” era español y que la edición había sido hecha de aquel lado del Atlántico. Confirmé que la medida del éxito para un editor latinoamericano es convertirse en español y que la colonización sempiterna cuenta con cómplices idiotas y felices de este lado. Entonces decidí leer el tabique al alimón con el original que ofrece gratuitamente el proyecto Gutenberg. La experiencia fue gratificante porque la traducción, deficientísima, me ayudó a entender lo que mi inglés limitado me oscurecía. Pero la indignación respecto a la edición en español de Sexto Piso crecía página tras página. Deficientísima, repito. Llena de errores de interpretación y salidas fáciles para la sólida complejidad de la inteligencia melvilleana, por no hablar de los errores gramaticales que se repiten cada cuatro o cinco páginas (¿editor?, ahí no hubo un editor) y las innumerables erratas que la ensuciaban por todas partes (corrector tampoco hubo).

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Portada de una edición rusa de 1968

El colmo quizás, fueron las ilustraciones. Sexto Piso contrató para el efecto a un artista premiado y reconocido que solo atinó a dibujar un personaje en el que se representaban todos; es decir, todos los personajes dibujados eran iguales, como retratos de Modigliani que han sido opacados por la ceniza de un incendio. Todo era oscuro, en una novela que es titánica por sus explosiones de color y visualidad. Había perdonado la carátula, en la que aparecía un estilizado Pequod sobre una gran ballena franca o azul aunque el tema central es la caza de cachalotes, bichos muy diferentes a esas ballenas dóciles que Ishmael no se cansa de despreciar a nombre de la industria ballenera de la primera mitad del siglo XIX. Lo más trágico de la experiencia visual en este librote (tal vez no más trágica que la literaria) no era la uniformidad de su ocre ausencia de color sino la aberrante decisión de no dibujar al personaje principal, al gigantesco cachalote blanco que Ahab persigue alrededor del planeta para irse con él al fondo del Pacífico. ¿En qué cabeza cabe? ¿Es así como Sexto Piso, la colonizada empresa mexicana transformada en española se acerca al más fabuloso Leviatán de todos los tiempos? ¿Así entienden la eufemística máxima de que la ilustración sugiera imágenes al lector? ¡¿Cómo puede un artista perderse la oportunidad de dibujar a Moby Dick?! Lo que me quedó al final es una especie de profundo desencanto de mi lectura de Moby Dick en español y la monición de que no, no he leído aún, como debiera, ese imprescindible cimiento de la literatura moderna. Habré de hacerlo alguna vez cuando pueda echarle mano a una buena edición estadounidense, completa e ilustrada (ojalá sea la ilustrada por Kent en 1930), de un libro al que los editores españoles le han escamoteado hasta el título —Moby Dick; Or, The Whale— durante un siglo y medio.

Estaría de más comentar las inconsistencias del traductor —que aporta notas al pie para aclarar lo que no es necesario y deja pasar lo que sí habría hecho falta—, y las negligencias del editor. Esta versión de Moby Dick en español no aporta nada nuevo respecto a las anteriores. Comparé algunos párrafos de la edición de Sexto Piso con alguna otra, anterior, también española, y no encontré ninguna diferencia significativa, nada que justificara hacerla otra vez. Excepto, claro está, las razones comerciales: el texto de Melville ya es de todos nosotros, ha sido devuelto al dominio público, al que pertenecen y le son robadas por los “derechos”, todas las obras de la inteligencia (también las tanto más numerosas de la estupidez) humana, y por lo tanto cualquier editor, cualquier persona, es libre de imprimir y vender lo impreso en el mercado. No así las traducciones que siguen tan celosamente guardadas bajo la llave de la falacia esa de la “propiedad intelectual”. La negligente Sexto Piso prefirió, entonces, pagar a un nuevo traductor (tan malo que seguramente es muy barato) que pagar los “derechos” de una traducción anterior. O quizá no quisieron “vendérselos” (“licenciárselos” diría la metáfora jurídica); quizá ni siquiera lo intentó (sin duda las traducciones anteriores siguen a la venta). Mercenarios comerciales, con comportamiento de minera, encuentran una veta explotable en aquellos clásicos que han tenido la “mala suerte” de “caer” en el dominio público, y lo demás es profit. (Yo pagué por el ejemplar, debí haberlo robado).

Moby Dick; Or, The Whale fue publicada en 1851. Su lenguaje, sin ser inglés antiguo, es difícil aun para el lector común de habla inglesa; es viejo, lleno de aliteraciones y fórmulas lingüísticas que “ya no se usan”, por lo que para un lector latinoamericano, los modos arcaicos que pueblan el español peninsular le quedan bien, son tolerables. “Llamadme” en lugar de “Llámame”, “fuisteis” en lugar de “fueron” y así, nos suenan a viejo, así que quizá las dejamos pasar en una novela del siglo antepasado. No así las traducciones de literatura contemporánea. Basta echar un ojo a cualquier edición de Anagrama de la obra de Bukowski para no querer volver a leerlo nunca más. Entre follones, pijas y coños, da la impresión de que el autor es como una especie de profeta bíblico (hasta la Biblia nos han traducido los españoles) poseído por Lucifer, con lo que perdemos la obra original en el laberinto del lenguaje que la traiciona letra por letra. Hace un par de años, cuando salió la más reciente novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah, leí el primer capítulo en su idioma original que su editor regaló como promoción. Estaba a punto de comprar la versión para Kindle cuando encontré la traducción en una librería y la compré. Espantosa experiencia para tan buena novela. Lo mismo me había pasado antes, por ejemplo, con libros de un autor que me fascina, Paul Auster. Alguien me regaló ediciones en inglés de su Leviathan y su New York Trilogy, y después de leerlas juré no volver a tocar una traducción de su obra mientras fuera hecha en España. Es algo que puedo hacer con la literatura escrita en inglés porque lo entiendo, y en ciertos casos en francés, que con dificultad mastico. Pero en cualquier otro idioma estoy fregado: a leer gilipollas (miento; prefiero leer traducciones al inglés siempre que puedo).

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Otro grabado de Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

Es un asunto de monopolios, mercados y colonización. Aunque parezca el mismo idioma, lo que hablamos en Latinoamérica tiene cada vez menos que ver con lo que hablan en España. Esto es clarísimo para las industrias cinematográfica y televisiva: nadie iría al cine si los doblajes y, en menor medida quizá, los subtitulados fueran hechos en España. Cuando compras una película reciente en el mercado pirata de Lima, en ocasiones los vándalos que las distribuyen han retirado la banda sonora original y dejado el doblaje ibérico: o la quitas, si es cualquier cosa, o a regañadientes te soplas los suspirados diálogos en español de España si es muy buena. ¿Han escuchado la voz de Homero Simpson en doblaje epañol? ¡Pierde toda su personalidad! (si ellos perciben lo mismo con los doblajes mexicanos, están en su absoluto derecho y razón; jamás pretenderíamos imponérselos). La industria ha entendido bien este problema y “cede derechos” de manera regional, de modo que las versiones son distintas en España, Argentina, México, Colombia. Los doblajes mexicanos solían distribuirse en buena parte de Latinoamérica presentando el mismo problema hasta que las empresas mismas de doblaje comenzaron a hacer versiones diferentes para el “mercado” mexicano y para el latinoamericano, aunque por ejemplo, al público peruano suele caerle muy simpático un doblaje mexicano mientras le aburre y disgusta uno español.

La industria editorial no debería ser diferente. La figura de cesión de derechos exclusivos para el “área idiomática de lengua española” debe desaparecer. Es una práctica monopólica y colonial que está detrás de la incapacidad que experimentan los sectores editoriales independientes latinoamericanos para crecer y desarrollarse. Su extremo está en que los salvajes monopolios españoles adquieren los derechos para traducir y distribuir en todo el continente americano, y además ¡en los idiomas de sus propias autonomías! Acabarán por restringir la posibilidad misma de que traduzcamos la literatura extranjera al quechua, al mixteco o al maya (idiomas que deberíamos aprender para alcanzar la descolonización que aún no tenemos). Los editores independientes y los traductores latinoamericanos deben organizarse en federaciones que sean capaces de presionar, por ejemplo en Frankfurt y otras ferias internacionales donde se negocian derechos, para que los editores de lenguas no españolas eviten entregar derechos idiomáticos (para un idioma supuestamente homogéneo que no es tal) exclusivos y globales. De este modo, para un libro escrito en alemán, en chino o en árabe habría traducciones que serían adecuadas regionalmente (como los doblajes de las películas) y que además competirían entre sí fortaleciendo las industrias editoriales locales y restringiendo el alcance de los monopolios españoles, último bastión de nuestra colonización, lucha aún pendiente por nuestra independencia.

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“Formol” de Carla Faesler: que el mundo se encienda de nuevo

“La vida habrá de resolverse hoyo mañana”. Carla Faesler, Formol

Formol-Home_0La distancia —y la desidia— me ha impedido conocer la poesía de Carla Faesler, faceta de su trayectoria por la que optó tiempo después de que coincidimos en la universidad. En aquel entonces ella estudiaba ciencias políticas y yo estaba recién egresado de sociología. Era constante la sorpresa ante sus comentarios, sus críticas y análisis, sus lecturas de las lecturas, bastante complejas, que hacíamos en los seminarios de Germán Plasencia. Confieso que, cuando me enteré por la prensa de que Carla había empezado a publicar poesía, me sorprendí de que no hubiera seguido un camino más cercano a la profesión universitaria, pero supuse que era un desarrollo natural para una mente compleja como la suya, e incluso sentí cierta identificación pues yo también me había alejado del “oficio de sociólogo”; componía canciones y tocaba en bandas de jazz y rock, había incursionado en la labor editorial y de comunicación y escribía cuentos. Formol, la novela que Carla acaba de publicar, es una constatación, una afirmación, quizá en negativo, de todo ese proceso de desarrollo y crecimiento que va desde la filosofía, la historia y la ciencia social que aprendimos juntos y se desenreda en el lenguaje, en la poesía y, ahora, en la voluntad de contar una historia significativa, me atrevería a decir central en el proceso mexicano de problematización de identidades, pérdida y sustitución de sentidos y aniquilación de esperanzas y de injerencias personales y colectivas en el diseño del futuro. La narración, en pocas páginas, abarca quinientos años de la historia de México sin perder nada de lo esencial, en una mirada que sintetiza enriqueciendo, como lo hace la poesía mejor que ningún otro discurso/recurso. El objeto de la novela (quizás el que más resalta entre muchos) es la historia de los disfuerzos que se suceden en el territorio y la cultura mexicanos, durante quinientos años, por reelaborar el sentido de lo que precariamente podemos llamar nación, país, cultura, civilización o patria, simbolizado, o mejor dicho, conservado en la forma de un corazón, de una víscera producto del emblemático último sacrificio humano azteca en el momento de la conquista. La historia de este enigma es rastreada no linealmente por una niña a la que vemos crecer y convertirse en mujer alrededor de su influjo, atada a él y obligándola a enlazar con él a quienes la rodean. La interpretación, al mismo tiempo descubrimiento y reconstrucción, de la historia de México se realiza a saltos: Larca, la niña personaje central del relato —inversión del nombre de la autora—, crece y gana conciencia hasta responsabilizarse del fabuloso hallazgo y durante este proceso la historia del país se va develando a través de la narración de los acontecimientos que permiten la conservación del corazón en el tiempo: desde su enterramiento en las nieves del Iztaccíhuatl hasta el momento en que Larca y su padre deciden dejar que la historia continúe más allá del libro. No quiero decir mucho sobre la historia porque mi intención no es ahorrar ni estropear su lectura a quienes pasen por esta reseña, sino al contrario, provocarlos a acometer el libro de Carla. Sin embargo, sin riesgo de spoil, quiero subrayar la polifonía de recursos entre narrativos y poéticos que pueblan la obra (el descubrimiento poético al servicio de una narrativa insólita, dije por ahí en un tuit) y permiten construir un conjunto de lecturas, ninguna definitiva, a través de la complejidad de las imágenes y los usos, sin faltar la interpolación de poemas entre un punto de vista y otro. La nota que escribe Febe, madre de Larca, “Estudio para marido sonoro”, en la que la relación del hombre y el espacio se convierte en partitura con toda la codificación del sonido que esto implica (y que he decidido usar como texto en mi curso de didáctica de la apreciación musical en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú). El anónimo (¿quizás es Darío, el enamorado de Larca?) hablante joven que se queja del coloniaje y el poscoloniaje en airado discurso oral, muy #yosoy132, lleno de wes, bros y cabrones. Los capítulos que irrumpen en la línea de la lectura numerados con un cero porque, quizá, su lugar en la historia es impreciso o es antes o nunca. La incorporación en la historia de —o de la historia a— ciertos cánones de la literatura y el arte mexicanos: de Nezahualcóyotl y los tlacuilos de Sahagún a Bernal Díaz y Sor Juana; del Dr. Atl a Elizondo a Glantz, todo subrayado, sostenido por la tradición en decadencia de los graniceros de Nexapa que pierden el oficio proporcionalmente con la tasa de reducción de los glaciares. Un par de páginas (172-174), en mi lectura particular, quedan como reto, invitación o urgencia de volver a México, de terminar quizás la ausencia que llamo autoexilio en esta Lima tan parecida, tan sin corazón: cuando las miradas vueltas una sola de Larca y Celso, su padre, al pensar que han perdido el corazón, diseccionan la ciudad de México a vuelo de filoscopio y devuelven un caos que se hace añorar en las grietas del concreto enmohecido de las banquetas de la colonia Roma. En un largo diálogo, muy al principio del relato, Celso confiesa lo que no sabe a Larca, que acaba de cumplir diecinueve años; lo que significa quizás ese músculo macilento que pervive en un frasco de formol sobre la repisa del librero: “—Que este corazón habrá de permitir que el sol siga su curso. ”—¿Que el mundo no se extinga? ”—Que el mundo no se extinga. ”—Que se encienda de nuevo. ”—Que se encienda de nuevo.” Con su experimentalidad, su polifonía, su atrevimiento lingüístico, su empujar los límites de la narrativa y la novela, su reavivar la literatura para preguntarnos lo relevante en medio de tanto fárrago que se publica, con su tema insoslayable —que el mundo se encienda de nuevo—, Carla Faesler nos trae Formol para darle forma escrita a nuestras sospechas, a nuestros miedos y, tal vez, a alguna esperanza. Nota bibliográfica: Carla Faesler, Formol, Tusquets Editores, colección Andanzas. Primera edición: México, junio de 2014, 192 páginas.

La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

Presentación de “Cuentos de mal dormir”

"Cuentos de mal dormir", por Carlos Maza

“Cuentos de mal dormir”, por Carlos Maza

Cuentos de mal dormir de Carlos Maza
Presentación: lunes 23 de julio de 2012, 20:15 hrs
Con Eduardo González Viaña y Juan Manuel Chávez
Sala Clorinda Matto de Turner, FIL Lima
Parque de los Próceres, Jesús María

Sandro Bossio es un escritor peruano que, además de desarrollar una interesante narrativa, dirige la colección Ágora de Editorial San Marcos, una editorial peruana independiente exitosa, lo que no es poco en un país en el que el magro mercado editorial está monopolizado por un par de corporativos extranjeros como Santillana y Planeta.

Hace exactamente un año, la colección, que se había iniciado con la novela La fauna de la noche del propio Bossio (experiencia a partir de la cual el autor se convirtió en editor), publicó su segundo título: Gritos en silencio, la primera novela dirigida a un público adulto de la extraordinaria y prolífica escritora infantil Isabel Córdova Rosas. Tuve el gusto de participar en la presentación de ese libro que toca el tema de la violencia y el terrorismo de las décadas de 1980 y 1990 peruanas, por primera vez desde una mirada que rescata con crudeza el sufrimiento y la acción de las mujeres durante el espantoso y largo conflicto (el registro de esa presentación se puede ver en http://youtu.be/PQHlIADk9fchttp://youtu.be/eNaRfnQsUg8).

Por esos días, también, me puse a desempolvar cuentos que había escrito durante la década de 1990 en México, justo antes de emigrar al Perú. Aunque habían sido rechazados por algunos editores a los que me acerqué en México, los cuentos pasaron la prueba de la relectura y decidí volver a buscarles sitio en un libro. Dos grandes amigos, estupendos escritores, aceptaron leerlos y comentarlos: Eduardo González Viaña me dio consejos valiosísimos desde su experiencia inagotable, y Juan Manuel Chávez envió inmediatamente los textos a dos editores. A David Abanto, de Norma, le gustaron, pero declinó porque era justo el momento en que Norma decidía cerrar ciertas líneas editoriales, entre ellas las de literatura y no ficción,. Sin embargo, su negativa era esperanzadora, acompañada del elogio a alguno de los cuentos. El otro editor, Sandro Bossio, aceptó la propuesta de incluir el libro en la colección Ágora, en la que ahora aparece como tercer título.

Vamos a presentar por fin estos Cuentos de mal dormir que arrastro desde México. Los vamos a presentar en Lima, en la Feria Internacional del Libro el próximo lunes 23 de julio, a las 8:15 pm, y con el apoyo y la compañía de esos mismos dos amigos que tanto significaron en la posibilidad de por fin publicarlos: Juan Manuel Chávez y Eduardo González Viaña, quien además de leer, comentar y aceptar la invitación a presentar el libro, escribió en su contrapotada una opinión que me establece una meta de la que me siento, sinceramente, incapaz: “Va a resultar difícil dormir luego de leer estos relatos. La evocación del interminable terror mexicano se convierte para el resto de los latinoamericanos en una advertencia que suena a profecía. Las historias son violentas y absorbentes. Carlos Maza es un narrador épico. Alguna vez se le llamará historiador de la condición humana”.

Va la invitación a los lectores de este blog, si están en Lima, a asistir a la presentación (Sala Clorinda Matto de Turner, FIL Lima, Parque de los Próceres, Jesús María, lunes 23 de julio, 8:15 pm).