Breve semblanza telúrica personal

Roble

[Edificio El Roble, vacío durante veinte años]

I. México, D.F., 1985

Tenía 21 años en septiembre de 1985. Estudiaba segundo año de sociología en la universidad Iberoamericana, cuando aún estaba en la colonia Campestre Churubusco, conformada por “gallineros” de lámina y tablarroca que se instalaron provisionalmente luego de que el sismo de 1979 tumbara los edificios de aulas. Me preparaba para ir a clases aquel miércoles 19 de septiembre. El espejo del botiquín del baño, entreabierto para evitar el reflejo de la ventana, empezó su vaivén y terminó por cerrarse. “!Temblor!”, gritó mi mamá que veía la célebre transmisión del noticiero de Televisa, con una nerviosa Lourdes Guerrero luchando por mantener la calma hasta que la señal se fue por la caída de las antenas de la transmisora.

Vivíamos en Ciudad Satélite, lejano suburbio ajeno a los estragos telúricos por estar asentado en el terreno sólido de los llanos al noroeste de la ciudad de México. Hasta ese día, los temblores no me asustaban y hasta me parecían divertidos; me daba coraje cuando no los sentía. No tenían el efecto instantáneo que tienen hoy, el shot de adrenalina y angustia que te vacía el pecho. El frío de miedo.

Mi papá contaba entre risas una anécdota sobre el temblor de 1957, aquel en el que se cayó el Ángel: él y sus hermanos se levantaron de la cama y fueron a ver a la abuela que, del susto, estaba perdida entre las sábanas y no encontraba la forma de salir de la cama. En su disco Mi barrio, Chava Flores, compadre de mi papá, parodiaba al funcionario corrupto de todos los tiempos con un diálogo dramáticamente cómico situado a la mañana siguiente de aquel temblor (cito de memoria) “¡Licenciado, licenciado! ¡Se cayó el Ángel, licenciado!”, decía un burócrata al teléfono; “¿Cómo que se cayó el Ángel? ¿Y de qué lado se cayó?”, preguntaba el jefe; “¡Del lado derecho, licenciado!”, y el funcionario se lamentaba: “¡Virgen santa! ¡Mis gladiolas!”.

Mi mamá, por su lado, destacaba orgullosa que el único edificio de la Ibero que no había colapsado en marzo de 1979 (yo tenía 14 años entonces; la misma edad que tiene hoy mi hijo mayor), la biblioteca (falso: tampoco se vino abajo el de laboratorios, que se convertiría en oficinas de los departamentos académicos, mientras la biblioteca incólume le daba hospedaje a la rectoría), había sido construido por el consorcio de ingenieros para el que trabajaba como secretaria y recepcionista. Su oficina estaba en Reforma, justo frente al cine Roble, ese enorme bloque de concreto y cristal que después de aquel temblor quedaría condenado para siempre al silencio. Su acera, acordonada, fue durante años símbolo —uno que quizá nadie quiso ver con claridad—del riesgo sísmico de la ciudad de México: “no camines por ahí”, me decía mi mamá, cuando, para hacer tiempo en lo que daba su hora de salida, yo paseaba por aquellas calles de las colonias Juárez, Tabacalera y San Rafael que se habían convertido un poco en mi barrio. Pero, contra todo pronóstico, el cine Roble, con su marquesina rota y silente, se mantuvo en esa verticalidad precaria después de 1985; muchos años más tarde sería finalmente demolido para albergar a otro símbolo de nuestra destrucción: el Senado de la República.

Salí de casa sin sospechar la magnitud del daño. Frívolo, banal, no encendí el radio de mi viejo VolksWagen. Fue el tráfico mucho más pesado que de costumbre, lo que me dio indicios de que algo andaba mal. A medio camino recogí a Marco, mi compañero, que traía noticias frescas. Opinaba que no deberíamos seguir hasta Churubusco, que había que ir a Tlatelolco a empezar a levantar piedras y escombros como ya tantos de nosotros estaban haciendo. Yo quise seguir hasta la universidad pensando en que ahí podríamos organizar un albergue y centro de acopio. Otros de mis compañeros habían pensado lo mismo y, cuando llegamos a la universidad nos encontramos con que las autoridades se habían negado a abrir sus puertas para canalizar nuestra solidaridad. En el forcejeo tumbamos la malla ciclónica que rodeaba al edificio, pero nada de eso parecía estar ayudando a vivir a las víctimas, así que volvimos a abordar el VW y nos fuimos hacia el centro.

En los alrededores del edificio Nuevo León, una enfermera voluntaria nos aplicó la vacuna contra el tétano, nos dio tapabocas —y el consejo de remojar un algodón en vinagre y meterlo dentro como ayuda desinfectante—, y nos puso en la fila de los relevos para sacar escombros a mano. Ahí estuvimos hasta la tarde; luego, intentando aproximarnos nuevamente a Churubusco, fuimos a la avenida Chapultepec, donde pudimos colaborar en la búsqueda de más sobrevivientes. Ya anochecía cuando llegamos nuevamente a la Ibero a comprobar que nuestra escuela no se decidía a hacer algo por la ciudad; representantes estudiantiles y autoridades perdían el tiempo en discusiones mientras la ciudad derrumbada empezaba a renacer de las cenizas de su épica solidaridad.

Decidimos ir a la Cruz Roja de Polanco y ahí pasamos los siguientes días sin descansar ni un segundo. Me tocó apoyar el acopio y clasificación de medicamentos, para lo que recibí una capacitación instantánea de una farmacéutica: los medicamentos caducos, allá; los antibióticos acá, los analgésicos aquí, y así. En minutos sabía distinguir medicinas y lo que hacían; recitar posologías, advertir reacciones secundarias y armar botiquines de emergencia para despacharlos o llevarlos a donde hacían falta según los avisos de quienes iban y venían trayendo noticias. No había teléfonos móviles y, por supuesto, no había redes sociales que apoyaran la difusión de la información. Pusimos el VW al servicio de la ciudad. Con una cruz roja pintada con plumón sobre cartulina blanca lo disfrazamos de vehículo para la asistencia y llevamos botiquines, bidones de Electropura (aún no se imponía el agua embotellada) y tortas a las calles de López, en el centro; a la colonia Morelos, a Tepito y a Peralvillo, a Tlateloco y a la Roma. El más terrible de aquellos viajes fue el traslado de un paquete de bolsas negras para cadáveres que se necesitaba en el estadio de béisbol del Seguro Social, entonces convertido en improvisada y masiva morgue. No olvidaré jamás el olor de la muerte que nos penetró, cruzando tapabocas y vinagres, al ingresar al túnel de aquel lugar, hoy convertido en un nuevo templo del consumo.

El viernes 21, la más fuerte de las réplicas del sismo nos encontró en el estacionamiento que la Cruz Roja había habilitado como centro de acopio. El pánico fue instantáneo; todos corrimos hacia cualquier lugar, como el enjambre de avispas que se desmembra al ser destruido el panal. Pero muchos volvimos de inmediato; la tarea no estaba completa y seguimos trabajando.

Aunque éramos estudiantes de sociología, no podíamos ver todavía lo que estaba pasando, Sabíamos que la ciudad respiraba gracias a quienes habían desatado sus fuerzas en el voluntariado y el brigadeo; sabíamos que el gobierno no alcanzaba a reaccionar aunque para el viernes 21 los militares ya patrullaban la ciudad (e impedían el paso de las ayudas ciudadanas). La reacción del sistema político fue muy lenta, como sabemos, y al menos en su primera etapa no se orientó al alivio de la tragedia sino a impedir que quienes nos habíamos apropiado de las calles nos apropiáramos también de una voluntad transformadora que cabalgara sobre la crisis hacia la libertad.

A la semana siguiente, la Ibero por fin pareció despertar. Las autoridades no permitieron que se instalara un albergue para damnificados pero sí dejaron que los estudiantes organizaran un centro de acopio. Como experto en medicamentos, a partir del lunes 24 me sumé a la sección de botiquines del centro de acopio de la Ibero y ahí me quedé durante las tres semanas siguientes. Poco a poco las cosas fueron retornando a la “normalidad” (¿qué puede ser normal después de eso?). Nuestros maestros empezaron a explicar el espontáneo surgimiento de ese impulso de vida que fuimos los jóvenes de 1985, pero nosotros, algunos de nosotros, seguimos en la brigada por semanas. No parecía que retrocediera la necesidad de nuestras manos. Para desactivar nuestras acciones, la universidad ofreció que el tiempo que habíamos dedicado valiera como servicio social. Nos negamos y seguimos ahí por algunos días más.

Trabajábamos día y noche. Tomábamos descansos de una o dos horas, por lo general dormidos en el asiento trasero del VW, y volvíamos al trabajo. Hacíamos rápidas visitas a casa de algún compañero para darnos un baño y volver al centro de acopio. Recuerdo que en algún momento se sumó como voluntaria una chica del barrio que no era estudiante de la universidad. Recuerdo que trabajamos mano con mano, hombro con hombro en la sección de medicamentos y que, al paso de los días, al hacerse menos imperiosa la prisa y la necesidad, tomamos algún receso nocturno juntos, abrazados. Nunca nos dijimos nuestros nombres y un buen día ella ya no apareció. Había sido un fantasma del amor desbordado que brotaba de la ciudad de México.

Casi un mes después del terremoto, con los precarios planes de reconstrucción del gobierno a media marcha y la presencia amenazante de los militares en las calles; con los teléfonos públicos que seguirían dando servicio gratuito por años y con una experiencia de vida y muerte que se volvería indeleble, como lo serían los cientos de edificios marcados que ya nadie volvería a habitar pero que permanecerían ahí como mensajeros del desastre —como el viejo cine Roble—, volvimos a las aulas y a la rutina. Olvidé instantáneamente todo lo que sabía de farmacéutica; hoy no sabría decir para qué sirve una aspirina. Y aprendí que éramos la sociedad civil (sus jóvenes) y que, por un momento, por unos días, frente al dolor de la muerte, habíamos sido el verdadero Estado.

Por unos días, por unos minutos quizá, nos habíamos hecho con el poder.

 

II. Ciudad de México, 1999

Estaba a un mes de cumplir 35 años en junio de 1999. Acababa de haber sido rechazada mi solicitud de beca al Fonca para escribir una novela y trabajaba como editor y reportero de la página en internet del Gobierno del Distrito Federal, en el piso 11 de un edificio de 14 en Izazaga, centro, justo frente al Claustro de Sor Juana. Tenía pánico a los temblores pero eso no había sido obstáculo para ofrecerme como voluntario de protección civil de nuestro piso. Nos capacitaron en primeros auxilios y como facilitadores de evacuación; nos dieron un chaleco anaranjado, un casco, un silbato y una linterna que colgaban de la mampara que separaba mi “caballeriza” de las otras.

La alarma sísmica sonó oportuna; me puse casco y chaleco, hice sonar el silbato y corrí a abrir la puerta de las escaleras de emergencia mientras, tratando de aparentar una calma que en realidad no tenía, llamaba a mis compañeras y compañeros a salir en calma pero rapidito. Excepto por algún burócrata testarudo que se negó a hacerlo y cuyo destino hubiera sido mi responsabilidad de haber sido fatal, la evacuación de mi piso (ya habíamos hecho simulacros) fue rápida y efectiva. Cuando llegamos al suelo ¿firme? el temblor, que afectó duramente a la ciudad de Puebla, estaba en su momento más fuerte. Estábamos a salvo. Lo habíamos logrado.

Por fortuna no sucedió nada que lamentar. Después de presentar un rápido informe de la evacuación (con denuncia del burócrata suicida incluida), me enteré por Icq, el programa de mensajería que se usaba en el internet de aquel entonces, de que mis seres queridos estaban bien; mi amiga (y vecina) Patricia, me dijo por ahí que nuestro viejo edificio en el borde entre la Condesa y la Roma, en la avenida Veracruz, casi esquina con Mazatlán, había resistido y que mi perra Lua había ladrado un poco pero ya estaba tranquila. Me fui a casa a pie rememorando los lugares donde 1985 había dejado su marca terrible.

 

III. Miraflores, Lima, 2007

A los pocos meses de haber emigrado, en diciembre de 2001, Lima me contó sus temblores. Eran distintos a los de la ciudad de México. Aquí parecían ser más breves pero daban a la palabra “trepidatorio” un sentido mucho más claro: como si la tierra saltara, como si se encendiera un vibrador gigante en sus entrañas.

Tenía 43 años en agosto de 2007 y dos hijos de tres y cuatro años de edad. Vivíamos en un edificio de dos pisos en Miraflores, frente al mar. Pasadas las seis y media de la tarde (en pleno invierno austral, totalmente de noche) comenzó el temblor más fuerte que había sentido en mi vida; más que el de 1985. Ahora les tenía pánico a los sismos, pero era un chilango sobreviviente del 85; sabía qué hacer. En el momento en que comenzó el movimiento, mis hijos jugaban frente a la computadora. Tomé uno en cada brazo, le chiflé a Lua y le grité a Magaly, la mamá de mis hijos, para que salieran conmigo, y evacuamos el edificio. No paré hasta estar en el parquecito de a la vuelta y evité por intuición acercarme a los jardines del malecón; siempre me han dado nervios sus acantilados arcillosos porque temo que un día se desmoronarán. Aún temblaba cuando llegamos a la calle y, al chocar, las varillas del edificio en construcción de enfrente sacaban unos chispazos horribles. También pude ver ese destello de energía que se produce con los sismos en las ciudades.

Fuimos los primeros en ponernos a salvo en el parque. Poco a poco fueron saliendo los vecinos y ya no nos sentimos solos. Pasó sin pasar a mayores en Miraflores. La televisión e internet trajeron las noticias de la devastación en Pisco e Ica (y de los daños en la Lima pobre, la de las casonas de quincha y adobe). Mi fuero interno se preocupó de inmediato por la organización del apoyo, pero estaba solo en eso; nadie, al menos en Miraflores, se organizaría para acopiar, refugiar, alimentar, consolar.

Más tarde, días después, algunos de mis alumnos en la universidad —otra vez, jesuita— participarían en algunas acciones de ayuda en Pisco y Chincha coordinadas desde arriba por agencias católicas de caridad con espíritu misionero. Del mismo modo en que, año tras año, el Perú recurre a la caridad de sus católicos para enfrentar los estragos del “friaje” en el invierno serrano (el envío de mantas, ropa y alimentos), en lugar de trabajar para que las poblaciones locales estén preparadas para enfrentar un fenómeno tan recurrente que no se puede suponer que no sucederá. No hubo más espacio de participación que el donativo a una cuenta. Hoy, los habitantes de esos lugares, que ya eran damnificados antes del terremoto de 2007, siguen siendo damnificados permanentes.

 

IV. Santiago de Chile, 2010

Tenía 45 años en febrero de 2010 (apenas un mes después del terremoto que devastó Haití) y el destino o la casualidad quisieron que estuviera en Santiago de Chile el día del terremoto; esta vez sí, el más fuerte que he sentido en mi vida (el octavo más fuerte registrado por la humanidad, según Wikipedia). Había ido allá como coordinador del pequeño contingente de escritores, escritoras y agentes de animación a la lectura peruanos que asistía a un congreso de literatura infantil y juvenil organizado por la editorial española para la que trabajaba entonces. Habíamos llegado el día anterior; el encuentro se había inaugurado, y aquel sábado lo habíamos pasado entre conferencias y talleres. A medio día todos los asistentes al congreso, quizá doscientas personas o más, nos habíamos tomado una foto de grupo en las escalinatas del hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Por la noche, los editores de las distintas filiales latinoamericanas de la editorial nos habíamos ido a tomar un trago a algún lugar de la ciudad, así que me acosté cerca de la media noche con un par de vinos en el cuerpo, sin preocuparme por el grupo peruano del que era responsable.

En la habitación del tercer piso del hotel San Francisco, desperté sin razón alguna un par de minutos antes de que comenzara el sismo: me agarró despierto; tuve esa suerte. Había encendido un cigarro que apagué casi sin fumar en cuanto comenzó el movimiento. Las botellas promocionales de vino que estaban sobre una mesa se cayeron, los cuadros se vinieron abajo, los cajones fueron escupidos por el armario, las lámparas de los burós fueron a dar una a la cama, la otra al suelo. Me puse rápidamente un pantalón, salí de la habitación, descalzo, tropezando y chocando contra las paredes por la fuerza con que el movimiento me lanzaba contra ellas. Escuché un estruendo y alcancé a ver de reojo cómo caía el plafón del baño sobre la tina.

El pasillo estaba lleno de lo que me pareció que era humo. Pensé que esta vez no la iba a contar. A mi paso salió de su habitación una de las funcionarias españolas de la editorial, en camisón, en pánico, corriendo hacia el lado opuesto de la escalera. Tuve que retroceder para alcanzarla, tomarla de la mano e indicarle que teníamos que bajar por el lugar de donde parecía provenir el humo. Avanzamos hacia allá; otras dos personas se nos unieron. Cuando terminamos de bajar los tres pisos, el movimiento parecía amainar. Guié a las personas que me acompañaban hasta el camellón de la avenida O’Higgins. Lo que me había parecido humo era solo polvo de concreto que se había desprendido al moverse asimétricamente los dos cuerpos independientes pero pegados del edificio.

Algunas personas habían llegado a la calle antes que nosotros; poco a poco se sumaban los demás. En parte porque el contingente mexicano del congreso era de los más grandes, la mayoría de quienes salieron primero eran mexicanos. Pero todos sabemos también por qué.

Si bien muchas personas perdieron la vida en Santiago, especialmente en los barrios pobres, como para recordar que la tragedia tiene color político, la ciudad resistió esos 8,8 grados Richter. Es una ciudad a prueba de sismos; como debería ser México, como debería ser Lima. Tampoco aquí vi lo que un sismo representa para un chilango. El gobierno chileno respondió con celeridad, especialmente en las áreas del sur donde los daños fueron mayores; de sismo y tsunami.

El aeropuerto de Santiago, afectado por el sismo, cerró sin perspectivas de reanudar su servicio en breve. El congreso de literatura se suspendió. No había mucho qué hacer, no había brigadas que formar ni recursos que acopiar. Los amigos chilenos nos atendieron hasta hacernos sentir seguros, pero aun así, los congresistas ya no quisieron volver a sus habitaciones y armamos un divertido campamento en el lobby del hotel.

Pasé el domingo caminando por Santiago con Jorge Eslava, queridísimo amigo y uno de los escritores de mi contingente peruano. Vimos cristales rotos, mamposterías desprendidas, piedras desmoronadas, pero nada más. Excepto por las escalinatas del Museo de Arte Contemporáneo, donde nos habíamos tomado la foto el día anterior, que se habían venido completamente abajo.

El resto fue un compás de espera. No podríamos regresar en vuelo comercial a Lima, así que fui a la terminal de autobuses a buscar pasajes para mi contingente de seis o siete personas, pero mientras yo estaba ahí, Jorge había establecido contacto con la embajada del Perú —el propio Alan García, entonces presidente y amo absoluto de la más brutal demagogia había aterrizado en Santiago llevando dos aviones de ayuda—, y podríamos regresar en uno de los aviones de carga de la policía peruana. Los argentinos emprendieron el regreso hacia Córdoba por tierra y se llevaron a los españoles que volarían de regreso a Europa desde Buenos Aires. Colombia y Brasil pronto enviaron medios para repatriar a sus escritores y especialistas en lectura; los mexicanos, encabezados por Juan Villoro, se quedaron ahí varados, sin apoyo de nuestra nulidad de gobierno por no sé cuántos días más. En alguna entrevista televisada, Villoro mencionó mi caso como ejemplo de la ausencia de gobierno de nuestro país: “el único mexicano que ha podido salir de aquí ¡vive en Perú!”. Pero otros habían llegado a ayudar; en el aeropuerto me crucé —y experimenté un raro sentimiento de orgullo— con los Topos, los heroicos rescatistas mexicanos.

Aunque Alan mandó ayuda a Chile, las noticias de Lima tenían incluso un corte ¿humorístico?: ante la alerta de tsunami, la gente atiborró los malecones de Miraflores para ver llegar la gran ola desde los acantilados.

 

V. Desde Miraflores, Lima: CDMX, 2017

Tengo 53 años y sigo en Lima. El martes 19 de septiembre había pasado la mañana trabajando en la edición de un libro de cálculo. Soy pésimo para la matemática, así que esta labor exige el cien por ciento de mi atención, lo que significa que desde que inició el fatídico día me abstuve de ver la tele, oír el radio y abrir internet. Había intercambiado temprano algunos mensajes de texto con Michelle, por eso cuando poco después de medio día llegó su pregunta, “¿Tus papás están bien?”, no me podía imaginar el contexto que la provocaba y le respondí, tonto e iluso, sobre lo bien que llevaban sus ochenta y tantos años. Cuando me explicó lo sucedido y empecé a leer las noticias y los tuits, el mundo se me vino abajo y un hueco me invadió el pecho. El hueco del dolor que se agranda con la impotencia de la distancia.

Gracias al despertador aviso de Michelle me comuniqué, después de varios intentos, con mi mamá y mis hermanas por Whatsapp. Estaban bien, pero mi papá, de 84 años, había pasado el terremoto solo en su departamento, un sexto piso en la colonia Condesa. Una semana atrás, cuando sintieron el sismo de Chiapas que dejó serios daños en el Istmo y el sureste, mi papá no había querido evacuar el edificio. Ahora no sabíamos nada de él; por su sordera hace tiempo que dejó de contestar teléfonos. También por Whatsapp, conté esto a un grupo de amigos, mis compañeros de la primaria, hermanos y hermanas de toda la vida, literalmente. Ahí vi la siguiente muestra de esa respuesta que parece caracterizar a los mexicanos ante la catástrofe: uno de ellos, Enrique, me preguntó la dirección exacta y pidió a alguien que fuera a buscar a mi papá. Al mismo tiempo en que mi mamá por fin me avisaba que los vecinos habían acudido en su ayuda, Enrique me enviaba una foto de papá a salvo, fuera del edificio aunque visiblemente asustado. No se sabe aún si su edificio podrá ser salvado. Más tarde, mamá me contó que el viejo simplemente se había arrodillado junto a una columna y había esperado el final del sismo. O lo que tuviera que suceder. Me envió después las fotos que había tomado: su departamento muy afectado mostraba los muebles volteados por todas partes; ni un cuadro permaneció en su clavo, el refrigerador “caminó” hasta el fregadero y chocó con él. Luego, las grietas en los muros exteriores del edificio; algunas de ellas del tipo “peligroso”.

Desde esta distancia he acudido a la solidaridad que nuevamente han encarnado los jóvenes mexicanos, 32 años después de aquella experiencia que me cambió para siempre. Ya en Santiago, en 2010 había tenido la oportunidad de ver el comportamiento de las redes sociales en un caso de desastre. Había empezado a usar Twitter un año antes y, durante el compás de espera en Santiago, había podido aportar información a mi timeline que es básicamente mexicano. Esta vez, desde esta distancia, desde esta impotencia, y al lado de otros mexicanos y mexicanas que, como yo, optaron por la migración o el autoexilio, sólo pude tratar de ser hub cuidadoso de informaciones, dador de ánimo virtual a quien lo necesite y testigo asombrado del milagro que nuevamente y de forma tan similar —y a la vez tan nueva, tan mejor— sucede en las calles de mi ciudad, de mi barrio; en esos símbolos personales que representan para mí “ser mexicano” (soy radicalmente antinacionalista, así que estos sentimientos me confunden porque no los puedo ni quiero evitar pero tampoco puedo explicarlos). ¿Qué podría hacer? Sólo aportar, desde mi celular, cualquier cosa que pudiera ayudar a las víctimas, pero también a esas legiones de jóvenes que han salido a salvar vidas en el país que se ha hecho famoso por sus inexplicables y violentas muertes.

Porque esto es México y ojalá lo sea aún mañana, y la semana, el mes, el año, la década, el siglo que vienen: este cúmulo de diferencias que se vuelven energía de vida si la muerte acecha. Ojalá no suelten lo que han asido. Ojalá no se dejen quitar la solidaridad para convertirla en política por quienes gobiernan indignamente y manejan de modo espurio una realidad —mucho más que un pueblo, mucho más que una economía, una nación o una patria— que los excede infinitamente. Esa que somos nosotros.

Si algo en mi favor puedo decir, aun a riesgo de que sea mentira, de que se trate de algo que me digo para justificar mi apatía, es que nunca, desde el 19 de septiembre de 1985 hasta hoy, me dejé llevar por la vida comodina y clasemediera que quizá debí haber tenido. Que rechacé lo que me lastimaba y lastimaba a otros aunque fuera lo que hubiera tenido que hacer, lo que correspondía. En mi escala, pequeñísima y marginal, he querido seguir siendo siempre ese estudiante de sociología de 21 años de edad entregado a reconstruir y aquilatar la vida. Claro que me veo ridículo, con el pelo largo lleno de canas, con la ropa desarreglada y rota sobre este cuerpo que se avejenta, aunque se aferre a la juventud pedaleando una bicicleta o haciendo música con sus hijos. Es sólo que quiero estar con ustedes, jóvenes mexicanos; aprender de ustedes, apoyar su gesta, ser ustedes y sentirme menos inútil.

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Alfredo Gutiérrez y sus preguntas postelúricas, 1985

Tan grande ha sido la fuerza desatada sobre este hogar lacustre, [que la Muerte salió a festejar a los suyos]. “¡Que mueran los vivos!”, gritó, y se levantó víctima de un nuevo nacimiento.
Alfredo Gutiérrez Gómez, 1985

Solidaridad ante el sismo

[cartón de Rocha, La Jornada, 20/09/17]

Cito de memoria en el epígrafe la notita fotocopiada en una tira de papel y pegada por ahí por el maestro más entrañable que tuve en mi vida. No era exactamente así; he perdido el original y sólo de eso me acuerdo; lo que está entre corchetes lo he inventado sabiendo que traiciono la genialidad de Alfredo, su agudeza y su penetrante humor negro.

En su libro Deslimitación se conserva un par de textos en los que Alfredo abordó las impresiones que nos surgían a todos pero que él veía con mayor claridad (siempre disfrazada de duda y pregunta; ese era su método), luego del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Eran los días en que, fuera de las aulas y la currícula, nos reuníamos en los ESI (Encuentros con la Sociología Informal) para cuestionar la rigidez de nuestra “disciplina”, para darle la vuelta, para hacer “sociología sobre las rodillas”, abriendo sus limitadas fronteras a través del arte, la risa —y el llanto—, y las lúcidas ocurrencias del pensamiento alfrediano, el mismo que pronto entraría en contacto con la perspectiva de la complejidad de Edgar Morin, de la que se volvió emisario, agigantándola.

Como intento de aportar —ay, desde tan lejos; con mis propios padres entre quienes no pueden volver a su casa porque no se sabe si colapsará— de hacer algo junto al movimiento solidario que en estos momentos se traslada incansable de escombro en escombro, celebrando la vida, transcribo a continuación esos textos de Alfredo con las lágrimas memoriosas de haber estado ahí, con él, luego de haber trabajado un mes sin descanso, casi sin sueño, en los rescates y las provisiones. Transcribo y comparto las reflexiones de mi profesor porque tienen pistas importantísimas para nosotros, ahora que nuestra ciudad vuelve a verse arrasada por la naturaleza telúrica de su emplazamiento y se repara gracias a la casi extrahumana naturaleza de sus corazones entregados al rescate y el salvamento; al abrazo, al amor, a la vida. Pronto, dentro de algunos días, quizá ya ahora mismo, estaremos tratando de responder preguntas similares a las que Alfredo se hacía y nos hacía treinta y dos años atrás.

 


Los jóvenes y la tierra: 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

El temblor de 1985 devolvió el derecho de circulación sin sospechas al México mayoritario de la capital. Los jóvenes salieron de las catacumbas urbanas, de las casas de los pobres y de las mansiones de los ricos, y ejercieron su derecho a actuar sin etiquetas ideológicas ni membretes de clase. Se encontraron en la calle y bajo las banderas desgarradas de la destrucción; se dieron la mano y cruzaron las miradas por encima de quienes los separan y distinguen en los tiempos del tedio y la rutinización citadina; fuera del control de sus patrocinadores y administradores, de sus persecutores y represores, formaron un ensayo de sociedad de esas que sólo muy de vez en cuando asoman sus cimas ideales y utópicas, dejando a los realismos adultos en calidad de simples parajes desangelados, y convirtiendo en caricaturas grotescas a las burocracias y demás especialistas en chupar el tuétano y las energías a la sociedad.

No faltaron los que salieron a proclamar en sus periódicos y medios al alcance, que había nacido la nueva sociedad, el nuevo hombre y el nuevo México. Hubo otros desconfiados y más ariscos que sólo nos atrevimos a identificar a la sociedad de siempre, manifestada ahora con mayor espontaneidad y a través de muchos de sus mejores miembros, pero llena de sus rasgos más familiares, humanos y mexicanos: nuevos liderazgos, zonas de influencia, discursos, poses, poderes, abusos y manipulaciones; al lado de sacrificio, generosidad, colaboración, gestión renovada, iniciativas frescas, ideas diferentes y acuerdos útiles; todo esto y más, pero sin tutelas de oficinas, permisos, uniformados y héroes oficializados. El dolor se vivió más de cerca y se resolvió en carne viva, en la de muchos y en la de todos; no hubo por lo pronto quien capitalizara en su favor las voluntades libremente expresadas, las ganas que corrieron en su cauce natural. Este momento duró un parpadeo para los que aman su propia prueba de ser y compartir, y una eternidad para quienes se encargaron de controlar y aprovechar esos desprendimientos y juvenilizaciones sociales.

La sociedad no se descubrió a sí misma, ni alcanzó conciencia alguna de sus posibilidades autogestivas o de su inteligencia organizativa; no se encontró a sí misma como frente a una desconocida, no hubo revelación de algo que no hubiera estado siempre ahí, dispuesto a la sobrevivencia y la salvación mutua. Sólo que entonces lo hizo juntándose unos con otros, víctimas del miedo y la inseguridad, pero también como actores de la fuerza y la esperanza.

Era la misma sociedad que logró sobrevivir durante décadas a gobernantes y funcionarios, dirigentes y demagogos públicos y privados; a sus decisiones erróneas, a sus malos cálculos y peores artes; a sus abusos, discriminaciones y despojos. A esas habilidades para sobrepasar la desgracia económica, el fraude y el engaño político, la ineptitud administrativa, la ineficiencia y la rapiña institucional, sólo se agregó la emergencia del extremo peligro y del mayúsculo mal. La sociedad se desempeñó como lo que ya era, pero al margen y por sobre sus instituciones y representantes. Hubo momentos de purificación institucional, de descontaminación social que a veces pasan por el trance de las desgracias y otras por el éxtasis de la fiesta.

Después, los jóvenes fueron devueltos a sus estacionamientos, reclusorios, vecindades, rutas y horarios; sus expectativas y destinos fueron prronto recortados y alineados a la euforia de la construcción diaria de la vida propia y ajena. Se terminó la aventura y se impuso el nuevo orden.

El Estado de la sociedad y la Sociedad del Estado —la sociedad de los de arriba— recobraron su lugar y volvieron a ocuparse de esa tarea cada vez más frecuente y pesada de “recobrar la credibilidad”, tarea costosa y odiosa, si las hay, sabiendo todos lo que somos y lo que fuimos, obligando a los demás a tragarse la nueva versión, siempre adornada, de los que gobiernan nuestros pasos por la tierra, con nuestra cansada anuencia y nuestras privadas resistencias.

 


El segundo texto está relacionado con la preocupación por los límites de nuestra disciplina, la sociología, a la luz de la imposibilidad de explicar el milagro desatado por el terremoto; milagro que hoy vive una nueva encarnación, multiplicado por las redes sociales y las formas en que nos comunicamos, que en aquel entonces no existían:

 


El encuentro postelúrico: ESI, 26 de octubre de 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

Al pie de una invitación redactada con trazo inestable aparecía una florecita solitaria, de esas que, de tan inermes, vuelven a prender aun y si todo se ha venido abajo por enésima vez; representaba a nuestro México, este que suele resurgir de sus cenizas con tal frecuencia que nadie reparaba ya en su heroicidad sobreviviente, atribuyéndole estos milagros a los gobiernos e institucionees que nos salvan. Hasta que vino el temblor…

Al lado de esa tesonera y frágil plantita, una antigua leyenda: “mientras dure el mundo, no acabará la gloria de México Tenochtitlan”.

A las 9:00 de la mañana se leería la lista de nuestros ausentes, porque hubo algunos que ya no podrían acompañar los experimentos sabatinos. La tierra del México central se había movido demasiado y las construcciones, muchas de ellas edificaciones públicas, hijas de la corrupción que aún no reventaba, no resistieron la violencia natural, inocente, ni la humana, impune.

A las 12:00 nos tocaría entrar en un ejercicio de sociología informal, a la vez doloroso y aleccionador. Pero “el descubrimiento” nos alcanzó desde días antes. La fuerza pedagógica del desastre se nos había ofrecido sin pedirla. Ahí estaba la realidad no solicitada, la entrevista no contestada, sólo un griterío y un mutismo innombrables tratando de salir de nosotros y de los que se habían quedado abandonados ante las ruinas. No era necesario, por lo pronto, el investigador de lo humano; la gente se mostraba de por sí en lo que era y en lo que no alcanzaba a ser. Las limitaciones y las posibilidades se habían manifestado.

Los públicos y los privados mostraron sus adentros sin que nadie se los solicitara. Todos aparecimos, de pronto, expuestos, abiertos. El autoconocimiento de los defeños, una sociedad entre otras, no descansó, se agudizó y profundizó cuando todos estábamos a flor de piel, desnudados y exhibidos por la desgracia; a la ciencia, en cambio, le correspondía otro papel. Guardó prudentemente sus herramientas para no preguntar lo obvio. Observó y observó para no olvidar y hacer de su memoria ciencia, para después; aunque no todos fuimos buenos científicos.

Muchas hipótesis se dejaron comprobar dócilmente y sin mayores esfuerzos; una de ellas se confirmó sin agravios ni reclamos: el conocimiento (en alguna de sus formas) y el conocimiento científico pueden coexistir y completarse, tan simple como eeso. Otra, increíblemente olvidada: la sociedad existe, esa otra sociedad que no es el Estado, las clases sociales o los sujetos históricos, que no es la burocracia pública ni la famosa organización privada. Una tercera realidad apareció de entre las sombras intelectuales de su negación y las cenizas ideológicas de su anonimato, en medio del olvido y la desconceptualización general: la realidad toda, a pesar de las tipificaciones, selecciones y divisiones. La transubjetividad y la interaccionalidad abiertamente militantes desbordaron a la idea y a sus encargados.

Sí, teníamos enfrente lo que buscábamos, entre cuyas filas muchos de nosotros nos formábamos casi sin querer. Nos hallamos ahí. ¡Encuentro altamente enseñante! No programado ni pagado.

Descubrimos que la accidentalidad es materia pertinente a los intentos informales del conocer. El hecho único, la eventualidad, no puede quedar fuera de nuestra agenda de interrogantes y asombros. El caos se había impreso en las páginas de unos cuadernos deshabituados a registrarlo; burló las barreras de los textos y los índices de los programas. Nos arrojó varios años adelante de nuestras pisadas anteriores. Muchos descubrimos después que llegaría cualquier día en las ediciones foráneas del nuevo pensamiento. Nosotros, sin méritos ganados, lo vislumbramos desarmado en la cuna desgraciada de los hechos que nadie propuso en la víspera, porque la ciencia no sabe lo que va a pasar mañana, la política no tiene por qué adelantarse a los hechos y la religión aguarda lo que no puede impedir. Sólo el dolor duele oportunamente, cuando nadie lo quiere; y —dicen— “sólo el dolor sabe lo que de otro modo nunca se sabría…” ¿Qué habremos aprendido los mexicanos en esos días?

El ejercicio que teníamos programado realizar se llamaba “¡Agárrenlo entre todos!” (violencia interdisciplinar del quinto grado). Era un “taller efímero” y para participar se nos pedía que escribiéramos en una cuartilla, sobre las rodillas de preferencia, algo relacionado con los siguientes puntos:

1. Todas las ciencias que se ocupan del ser humano tienen un campo común de conocimiento (nosotros y ellos); sin embargo, la especialización entra en la realidad común en formas separadas por la profesionalización del conocimiento.

2. ¿Has sentido alguna vez que hay explicaciones que tu carrera o sus materias no alcanzan a dar acerca de algún hecho o fenómeno humano?

3. ¿Habrás experimentado en alguna ocasión la sensación de haber topado con los límites de tu formación profesional, más allá de los cuales otras disciplinas (quizá, ¿cómo saberlo?) podrían avanzar más y completar lo que tú sabes o lo que tu carrera y sus recursos permiten captar?

4. ¿En torno a qué hechos crees tú que otras disciplinas (y cuáles disciplinas) pueden completar o dar luz a lo que tu carrera ha alcanzado a eexplicar e interpretar de esa misma realidad que, se supone, a todos nos ocupa?

5. ¿En dónde o en qué tema o problemas buscarías la colaboración de los practicantes de otras ciencias y en dónde crees que tu carrera podría dar o ampliar la respuesta que las otras ciencias dan a un hecho humano?

Podríamos aprovechar las desgracias recientemente acontecidas para preguntarnos ¿cómo y de qué modo nuestro pasado individual, nuestra biografía, nos ha condicionado para vivir y conceptualizar de cierta manera el comportamiento social desatado ante ese fenómeno? ¿Cómo y de qué modo nuestra profesión nos permite captar cierta perspectiva, dimensión o valor en tales comportamientos sociales ante el desastre? ¿De qué forma nuestra posición social o la función que desempeñamos en estos días también marca y condiciona la versión que nos hacemos de los hechos?

 


alfredo-deslimit

Alfredo Gutiérrez Gómez era un observador como nunca tuvieron las ciencias sociales. Sus preguntas —para él, “la respuesta es el rico de la inteligencia; preguntar es oficio de pobres”— nunca perdieron actualidad: hay que seguirlas haciendo, sobre todo ahora que quizá podamos extender este espontáneo y autoorganizado amor por la vida con que la ciudad de México, telúrica, responde a la tectónica catástrofe.

Fuente: Alfredo Gutiérrez Gómez, Deslimitación. El otro conocimiento y la sociología informal. Plaza y Valdés / UIA, México, 1996. “El encuentro postelúrico…” pp. 141-144; “Los jóvenes y la tierra…” pp. 330-332.

Último adiós a Enrique Maza

Quique por RochaMi tío Enrique murió hace poco más de un mes. Se fue el jesuita crítico y rebelde, el escritor, el pilar que fue del periodismo libre, inteligente y asediado del México de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Como a las nueve y media de la noche del 23 de diciembre de 2015, el padre Carlos, encargado de la casa de reposo de los jesuitas en Coyoacán, llamaba a mi mamá para decirle que Enrique tenía una fuerte dificultad para seguir respirando. Fuimos a verlo, mi mamá, mi papá y yo que por suerte o casualidad estaba en la ciudad de México para acompañarlo. A eso de las 10:45, con 86 años de haber visto la primera luz —¡en El Paso, Texas!—, después de sufrir durante sus últimos años de un agresivo Alzheimer, el segundo hijo de Carmen y Carlos vivía su último momento.

Suerte, casualidad. Estar en México de vacaciones y poder verlo por última vez. Todavía tuve la desidia de no visitarlo el domingo anterior por querer hacer otras cosas, pensando, “lo puedo ir a ver después”. Esa noche iba a ser la última oportunidad. Me fui con mis papás a verlo y lo encontramos dando su último esfuerzo por permanecer aquí. La fortuna. O esa vaga y vanidosa sensación de que habrá querido esperarme —en el fondo, una esperanza—. Llegamos a su lado, le platicamos, le dijimos bromas, de esas bromas como las suyas siempre inteligentes que nunca nunca se aprovecharon de escarnios ni discriminaciones como gatillos de la risa fácil. “No te vas, compai, seguramente porque allá a donde vas ha de haber algunos que no quieres ver”, le decíamos mientras él batallaba con el aire que ya no quería entrar en su cuerpo ni con la ayuda de la máquina de oxígeno. No te vas, seguramente, porque te falta todavía una denuncia que hacer; porque no has terminado de desenmascarar a los poderosos y sus injusticias. Es una tarea que nunca se acaba, me enseñó, y que por eso mismo se tiene que seguir haciendo. No te vas porque queda mucho que escarbar para encontrar esa verdad evasiva con la que te empeñaste siempre.

No te preocupes, compai, vete tranquilo, le decía yo en silencio. Yo me quedo para seguir tu ejemplo como pueda, para hacer honor a tus enseñanzas, que son las del amor y la libertad sin restricciones y sin límites, como creo que lo he venido haciendo —flaqueando a veces—, desde que me enseñaste ese camino sin pedirme jamás que lo siguiera. Me quedo para que tu esfuerzo, tu corazón, tu compromiso con la verdad y la justicia, con el amor, sigan desenganchando las cadenas con las que quieren siempre encerrarlos. Yo aquí seguiré caminando por tu camino.

* * *

Enrique Maza fue un portento de trabajo, de investigación, de erudición y pensamiento. Fue uno de los más importantes pensadores del catolicismo crítico latinoamericano del siglo XX y del arranque del XXI. Junto con su primo Julio Scherer, Enrique demostró que existe el modo, a base de trabajo y sin concesión al cansancio, de hacerle frente a la mentira, a la hipocresía, a la injusticia. Su muerte provocó rápidos artículos y testimonios —la edición de Proceso que siguió a su muerte, por ejemplo, en cuya portada colocaron una no muy buena foto suya— que destacaron su trayectoria desde la Buena Prensa hasta su retiro de Proceso y la publicación de sus últimos libros. Pero pocos de esos textos hicieron un reconocimiento pleno, un agradecimiento silencioso al hombre que fue, más que la obra que dejó; una de las lecciones suyas que siempre se olvidan. Me lo dijo un día en Cuernavaca: “quien busca la trascendencia se la niega a sí mismo. Sólo la alcanza quien encara la verdad sin importarle el crédito”.

Para Enrique, la verdad no podía estar atada a ningún otro interés que a sí misma. Y la vía para buscarla, porque es inalcanzable, es el amor, el pensamiento apasionado, siempre alerta y dedicado a la búsqueda de su encarnación última. El amor, la libertad y la búsqueda de la verdad que son el espíritu de ese dios en el que Enrique creía y al que le brindó su vida. Nunca en voz de ningún periodista, de ningún teólogo, de ningún filósofo fue más cierta la máxima de Jesús que es alma de su Compañía, como lo fue en la vida y la obra de Enrique Maza: “La verdad nos hará libres”.

Por mi parte, no tengo sino agradecimiento para mi compai, como él me decía desde que me bautizó, un par de años después de ordenarse, en la época en que ya formado como periodista, comenzaba a escribir en Excélsior. Enrique Maza me formó en un proceso que ha durado 51 años hasta hoy: desde el día en que nací hasta ese momento en que nos despedimos. Y va a seguir siendo así. A partir de que aprendí a hablar y a caminar, la imagen poderosa y firme de mi tío Quique me acompaña. Las risas destempladas que me provocaba cuando estrechaba mi manita de niño y la agitaba zangoloteándome todo. Las sonrisas cómplices que nos sacaba cuando hacía rabiar a mi abuela en la mesa familiar de cada sábado con su preguntas tipo “¿De qué vamos a comer cadáver hoy?” o, cuando la abuela le preguntaba si quería más y él le contestaba juguetón “No, gracias, ya me llené”. “¡Niño! Así no se dice, ¡es de mala educación! Se dice estoy satisfecho”, se quejaba mi abuela y él seguía: “Pero no estoy satisfecho, yo seguiría comiendo, estoy lleno; la capacidad humana es limitada”.

En esas comidas, durante la sobremesa, Enrique nos contaba con esa forma suya de narrar —su voz a la vez suave y profunda— llena de suspenso y dramatismo, su dicción sin muletillas, fluida como un río, lo que estaba por salir en Excélsior o en Proceso. Teníamos la primicia de su boca y yo aprendía así, siendo apenas un niño, a reconocer los huecos de nuestra sociedad en los que se agazapaba la injusticia, la pobreza, la traición, el despojo, la crueldad, el odio. Aprendí —¡tan temprano!— de sus palabras a desconfiar de los políticos, de los poderes globales que apenas tomaban forma, de las tantas caras de la riqueza y la corrupción que se construían sobre la pobreza y el sufrimiento de los más. Cada sábado, de su voz, aprendí a conocer a mi tierra y a su gente. Luego, cuando ya era casi un universitario con vagas y fantasiosas ideas de izquierda, empecé a acercarme más a él y a aprender lo que más profundamente me ha formado como sociólogo, como escritor, como músico, como persona.

En la convalecencia de una de sus cirugías, a principios de los ochenta —yo tendría 18 ó 19; él 52, la edad que tengo yo ahora— nos fuimos Quique y yo durante varios días, a la casa de mi tío Xavier en Cuernavaca, para que él descansara y yo le ayudara manejando y en lo que hiciera falta. Ese fue el curso intensivo más importante de mi vida: de historia universal y mexicana, de historia del arte, de sociología y comunicación, de política y cine y música. Una semana decisiva en mi vida de la mano de Enrique, que me brindó su erudición y sus pasiones como ofrece el agua un manantial. Me hizo conocer el cine de Kubrick, las sinfonías de Shostakovich y las suites de Stravinsky, la razón por la que las pinturas de Van Gogh parecen moverse contando historias, el valor de las vanguardias latinoamericanas y las razones por las que la obra de Octavio Paz tenía que ser leída con cautela y cierta desconfianza. Esos días aprendí lecciones que hoy sigo transmitiendo a mis alumnos seguro de su verdad, su utilidad y su belleza.

Fue en gran medida gracias a la influencia de Quique que estudié sociología. Gracias a él sucedió que se me diera, aunque sea así de deficientemente, por escribir. Si mi oficio son los libros, en el fondo de todos los libros que he editado está ese par de ocasiones en que, siendo un niño pequeño que no alcanzaba a caminar tan rápido como Quique y mi papá, me llevó a conocer las galeras de Excélsior, a mirar la rotativa y maravillarme con el linotipo. Ahí detrás están las discusiones con la abuela sobre usos del lenguaje que me dieron más formación que todos los años de escuela. Más tarde me llevó a sumergirme en los archivos de Proceso y me enseñó a investigar, a buscar y construir la información y el texto que nos acercarían a la verdad sin llevarnos nunca a ella porque eso es imposible; es un trabajo que no puede terminar.

Ahora que se ha ido entiendo todo lo que le debo. Y le debo todo. No es casualidad que uno de mis hijos lleve su nombre, a la vez como un homenaje y una esperanza. Como no fue, quizá, casualidad —voy a permitirme creer ese juego de la vanidad que me hace sentir que fui importante para él— que la noche cuando estaba por partir, resistiera hasta que llegamos a su lado mi papá, mi mamá y yo, para sostener su mano por última vez, para acariciar su frente por última vez y, mientras me apretaba la mano suavemente con sus dedos cansados, verlo, sentirlo exhalar la última bocanada de aire coyoacanense. Ahí, con él, de su mano, estuvimos en representación de su querida Blanca, de mis primos, de mis hermanas —Adriana llegó casi inmediatamente—, de los amigos que lo conocieron, de los desconocidos que lo admiraron, de los políticos y los jerarcas eclesiásticos que lo temieron, de los oprimidos que hallaron esperanza en sus palabras, de mis hijos y mis sobrinos y de todos aquellos que tienen un minuto más, una sonrisa, un motivo de lucha porque Enrique Maza, periodista, jesuita, poeta, narrador infatigable, escritor inagotable, entrañable amigo, nos los dio con amor, con el amor que predicó toda su vida.

No fue casualidad, creo. Creo que me esperó, que quiso esperarme, que quería darme la oportunidad de despedirme de él, a mí que me alejé tanto en otro país y que lo vi apenas dos veces desde que se inició el proceso de su olvido involuntario. Esperó a que viniera de Lima a estrechar su mano y a ser —¡qué responsabilidad!— como un representante de tantos de nosotros. Y también, claro, me esperó para recordarme que la tarea que él me enseñó está bien lejos de haber terminado.

¡Hombre al agua!

El río Cañete

El río Cañete

Un punto en una línea sinuosa. El río serpentea entre imponentes murallas de desierto, secas, brillantes, doradas, filosas, altísimas. Más que un valle, es una cañada donde surge el verde a los costados del agua como milagro entre las rocas. Entre los valles andinos de la costa del Pacífico, el del río Cañete es espectacular: la verde culebra que desciende vertiginosa con la cola colgada de un glaciar, el cuerpo-oasis advirtiendo a las montañas que se aparten y las fauces abiertas en una especie de delta que se extiende ante el océano, produciendo la más rica agricultura de este desierto.

Entre viñedos, cañaverales, lucumares y maizales, el río y su valle de quinientos metros de ancho da luz a una vida imposible en el desierto. Los campos de cultivo y las casas se amontonan uno al lado de la otra y los poblados apenas alcanzan a tener una calle o ninguna, y nunca una plaza porque no hay lugar en su delgadez para nada que sea cuadrado o circular. El río desciende veloz; el caudal se crea por la sumatoria de la angosta cañada, la cercanía de las montañas que alcanzan cinco mil metros de altitud ahí nomás, la exagerada inclinación. Un  kilómetro río arriba equivale a cien metros más sobre el nivel del mar. El caudal con las aguas de las cumbres se precipita en violentos rápidos que pueden surcarse en botes de goma y que son la fama de Lunahuaná; más que su pisco puro de uvina, más que su arrope —el jugo de las uvas concentrado a punto de miel—, más que los voraces insectos que arremeten todo el día y dejan picaduras que siguen dando materia para rascar una semana después, y sus truchas y sus camarones de agua dulce; es el vértigo de los rápidos lo que atrae visitantes todo el año. Especialmente en enero y febrero, cuando el caudal es más violento.

Abordamos el bote en el embarcadero de Lunahuaná —si se le puede llamar así a ese playón de cantos rodados— después de que los remeros que organizan la actividad nos vistieran con apretados chalecos salvavidas y no tan apretados cascos de plástico. Algunos de nosotros estábamos nerviosos; nunca habíamos hecho canotaje en rápidos. Nos dieron a escoger dos rutas: la “tranquila”, río abajo, y la más “pesada”, río arriba. Elegimos la pesada. “Río, matagente”, cantan los Cimarrones en mi memoria mientras pregunto al piloto cuántos pasajeros se le caen en promedio por viaje. Casi nunca se cae nadie, dice, pero sonríe de un lado o echa una mirada a su compañero y no le creo, pero no importa, vamos ahí. Abordamos, pues, el bote. Me pongo adelante, pero el piloto me ve los brazos cortos y me pide que pase un lugar para atrás. Somos seis remeros (cinco hombres, una mujer) y el experto timonel que irá gritando ¡adelante!, ¡Alto!, ¡Atrás!, como únicas indicaciones a lo largo de la vertiginosa bajada sobre las aguas convulsas del río Cañete.

El primer rápido, remolino, hueco, nos baña por completo y brinda la prueba de por qué había que ir sin teléfonos ni cámaras ni sandalias ni nada más que el cuerpo propio. De mi lado, un temblor, un golpe del río, me hace entender que no sabré por dónde vendrá la ola que me sacará de la embarcación. Pasamos más rápidos; el bote avanza, pero de repente la proa está mirando río arriba; el timonel da indicaciones y remamos para volver al curso. El chico que nos sigue, como apoyo de seguridad, en un kayak, hace su show de volteretas. Nos estamos divirtiendo como nunca; estamos viviendo la fuerza del agua en su camino raudo hacia el mar.

Al dar la vuelta al meandro en el que tendríamos que sentir temor porque las aguas nos llevan demasiado cerca de la orilla sembrada de caña, las indicaciones del timonel se vuelven confusas y los remeros perdemos el ritmo, chocan los remos justo en el momento en que el bote cae en un hueco del agua. Es de goma; se dobla hacia adentro y, al volverse a abrir, como por un resorte, salimos despedidos seis de los siete tripulantes, incluido el timonel. Pero no nos dimos cuenta.

Por un segundo pensé que yo había sido el único hombre al agua. Por un segundo todo es oscuro y agua en los pulmones. Un segundo que se alarga, elástico como el bote en el que comenzó. Un segundo en el que algo me oprime la cabeza y no me deja salir a respirar. Será el bote sobre mí, una roca, otro compañero. No, es el agua, es solo el agua y es un segundo, por largo que parezca. Pronto asomo la cabeza al sol. El río me está arrastrando con una fuerza redoblada si la comparo con lo que sentía cuando iba a bordo. No he soltado mi remo, aún lo llevo en la mano y, al salir a la sperficie, contento de comprobar que, milagrosamente llevo aun los lentes puestos, veo a Sara cerca de mí, con la expresión del pánico en su rostro —no sabe nadar, dijo—. Le extiendo el remo que no alcanza; le extiendo palabras de calma que no escucha, pero entiendo que al verme se tranquiliza. Entonces recuerdo la “posición de seguridad” que explicó el timonel. El cuerpo mirando río abajo, las piernas elevadas. Si las piedras han de golpear tu humanidad, que sea en los glúteos. Viene a mi memoria otra canción “In the rapids”, de Genesis. Así, le doy la espalda a Sara, no puedo hacer otra cosa; ya los chicos en kayak irán a buscarla pronto. El río me arrastra; he recuperado la calma y ahora solo me dejo llevar. Por uno o dos minutos, soy presa del caudal del río Cañete, pero no tengo miedo: “When you’re racing in the rapids, there’s only one way, that’s to ride”. Lo disfruto. Es de una frescura y una fuerza abrazadoras. Que me lleve a donde quiera, que me lleve, que me arrastre el río.

Pero mi viaje alucinado termina pronto, nada más dejarme llevar, he alcanzado al bote, que ya ha recuperado a tres de los tripulantes. Extiendo el remo, Ángel lo hala, me acerca y me toma de las hombreras del chaleco para echarme dentro. Ahora somos cuatro y solo queda recuperar a los demás. Sara ha sido rescatada por el otro bote; Jaime se quedó prendido de un cañaveral en la orilla, tendremos que esperarlo mientras nos alcanza caminando descalzo entre yuyos y piedras. Alex aparece poco después acompañado de uno de los remeros en kayak. Pronto todos estamos a salvo y terminamos de surcar los rápidos hasta desembarcar en un playón del anexo Paullo, donde se encuentra nuestro hotel.

Lunahuaná, el río Cañete y la sensación loca de ser arrastrado por la fuerza de sus aguas.

“Un arte”, poema de Elizabeth Bishop

La revista El malpensante publica en su más reciente número (128) un poema extraordinario de Elizabeth Bishop que me ha acompañado desde que Patricia Rivas lo tradujo y lo leyó a sus amigos, durante una temporada en que esta gran actriz mexicana se dedicó a rescatar obras de creadoras signadas por la tragedia o la locura, a mediados de los 90. Sin embargo, al leer la traducción publicada en El malpensante, el poema parece perder impacto. Prefiero la traducción de Patricia Rivas, reproducida aquí (con alguna pequeña intervención de mi parte):

 

Un arte

El arte de perder no es difícil de dominar;
muchas cosas parecen estar llenas de la intención
de ser perdidas, pero su pérdida no es una tragedia.

Perder algo cada día. Aceptar el aturdimiento
de perder las llaves de la puerta, la hora mal pasada.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Entonces, practica perdiendo cada vez más, perdiendo rápidamente
lugares y nombres, y lo que era importante para tí en un viaje.
Nada de esto provocará una tragedia.

Perdí el reloj de mi madre, y además, la última o penúltima
de las tres casas que más amaba se fueron.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades, adorables y vastas.
Algunos reinos que tuve, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no ha sido una tragedia.

Hasta perderte a ti (la voz burlona, el gesto que amo),
no podría mentir.
Es evidente que el arte de perder no es difícil de dominar,
aunque pudiera parecer (¡escríbelo!) una tragedia.

En bici, por supuesto

Me acabo de dar cuenta de que llevo año y medio usando la bici como medio de transporte cotidiano en Lima y no había escrito nada al respecto. Hay una relación entre mi felicidad en dos ruedas y la falta de necesidad de escribir, supongo. Debe ser porque para mí, escribir es una afición de tiempo libre, y si tengo tiempo libre, me monto en la bici y paseo, aunque no haga falta porque todos mis tránsitos laborales los hago en bici.

Durante algunos años, entre 2004 y 2008, fui automovilista en Lima. Debe haber sido una de mis peores épocas a nivel de estrés y neurosis. Si manejas en el DF y crees que es el infierno, al llegar a Lima te das cuenta de que era sólo el primer círculo. Lima debe ser el cuarto o quinto, tomando en cuenta que probablemente sea peor manejar en Bangalore o en Jakarta.

Pero Lima tiene lo suyo. No sólo porque el reglamento de tránsito es muy limitado, lleno de vacíos (valga la simpática expresión) y asuntos sin resolver ni regular, sino porque, además, los conductores se lo pasan por debajo de olímpica manera. Cosas como, por ejemplo, el hecho de que en las avenidas de doble vía separadas por una berma o camellón del ancho que sea, el conductor que vira a la izquierda teniendo luz verde en la avenida, no tiene por qué respetar la luz roja de la calle a la cual va a ingresar. Se meterá, haciendo caso omiso del semáforo de esa calle, en el menor resquicio entre los automóviles que circulan por el carril contrario sin importarle si interrumpe el tránsito contrario; parecen decir “yo también tengo luz verde, y entre la mía y la tuya, tú te jodes”. ¿Esperar a que les pongan la luz verde a los de la calle que cruza? ¿En qué cabeza cabe semejante estupidez?

Otro ejemplo: sistemáticamente, el automovilista peruano, sea privado, taxista, chofer de combi, bus, camión o camioneta, considerará que la luz ámbar de los semáforos no es preventiva sino acelerativa. Y aplicando un criterio mínimo, que en segundos evalúa la cantidad de tránsito en las calles que cruzan las avenidas (o viceversa), cruzarán con luz roja entre uno y cinco autos cuando esta recién ha cambiado. Que se paren los idiotas, yo paso nomaś.

¿Vas a dar vuelta a la derecha en la próxima calle y circulas por el carril de la izquierda? No hay problema, te detienes, cierras el paso a los dos carriles y pasas. ¿Peatones, ciclistas? ¿Qué demonios es eso? Lo único que se ve son idiotas en dos piernas o dos ruedas que se tienen que esperar a que pase el mastodonte de acero o correr el riesgo de morir aplastados por él. Y claro, todo esto adornado con un concierto de bocinazos que haría temblar a John Cage.

En este contexto me desenvolví como conductor durante unos cuatro años. Tenía un lindo Peugot 406, viejito pero aguantador, y en él salía diariamente a la aventura automovilística. El humor se me agriaba inmediatamente y la mentadera de madres se me incorporaba como segunda naturaleza. Me aparecía un espíritu vengador cada vez que mi derecho a circular primero se veía afectado y a veces me costaba esfuerzo reprimir el deseo de asesinar al enemigo que invadía mi espacio. Durante ese tiempo, sobre todo al final, traté de observar las reglas con más rigor que mis colegas y me convertí en el gran nerd al volante. El idiota que no se pasa una luz ámbar. El absurdo que da el paso a una señora que cruza una avenida de la mano de su hijo. El inocente que no se mete en sentido contrario en cualquier calle. El atolondrado que soporta la parada de cuatro buses en el carril de la derecha porque va a virar en la siguiente calle, el tonto que busca estacionamiento hasta diez cuadras más allá del lugar de destino en lugar de, simplemente, pararse en doble fila y bajarse a hacer lo que tiene que hacer. Cuando algún limeño iba conmigo en el auto, tenía que soportar sus burlas y desesperación por mi necia obediencia a reglas que quién sabe si existían.

Pero el Peugot envejeció y cada vez era más caro repararlo, así que un buen día lo vendí y usé la plata para otras cosas: decidí no hacer el esfuerzo de comprar un nuevo auto. Nos acomodaríamos con las piernas, taxis y combis; a fin de cuentas todo nos queda cerca y bastaba con aumentar el cálculo de tiempo para los traslados para mantenernos puntuales en nuestras citas y compromisos. El taxi de la casa a la oficina no era más caro que el gasto en combustible del auto, y tenía la ventaja de que podía hacer la ruta conversando, si el taxista estaba de humor, o leyendo si no. Lo mismo el bus: la línea que tomaba inicia su recorrido a unas cuantas cuadras de mi casa, por lo que siempre encontraba asiento y leía, y me dejaba a unas diez cuadras de la oficina, dándome la oportunidad de caminar un poco antes de llegar. En todo caso era tiempo ganado que parecía perdido, y sobre todo, era la posibilidad de que alguien más se enfureciera y no yo.

Hasta que opté por volver a ser un trabajador independiente, renuncié a la mezquina empresa española y volví, gracias a la generosidad de los amigos y compañeros, a ETC Andes, la ONG con la que hoy colaboro en cosas que me parecen importantes y en un contexto muy agradable. A partir de septiembre de 2010 se acabaron para mí los horarios fijos, los jefes y los check-ins con tarjeta. Mis ingresos descendieron, sí, pero también lo hizo mi estrés y mi irritabilidad. En proporción, aumentó el tiempo pasado con mis hijos; por fin pude acompañarlos a sus entrenamientos de futbol y llevarlos al parque y jugar videojuegos con ellos. Y me dieron ganas de tener una bici otra vez.

De Miraflores a La Punta en bici

De Miraflores a La Punta en bici

La compré usada; muy barata, bastante caminada, pero es una buena bicicleta. Y empecé a usarla decidido a sacarle todo el provecho que pudiera. Al principio sólo la usaba para recorrer las nuevas (y absurdas) ciclovías del malecón de Miraflores, pintadas sobre la acera, pero rápidamente empecé a extender las distancias. Para diciembre de 2010, cuando ya el verano devolvía el sol y el calor a la ciudad, empecé a usarla para transportarme a citas y reuniones, donde fuera que estas se programaran. Recuperé la salud, la energía, la condición física y una deliciosa forma de bienestar psicológico debida al placer enorme de pedalear. Los sábados y los domingos empredía rutas largas por la ciudad, de hasta cuarenta kilómetros (lo sigo haciendo), y fui descubriendo que, de no ser por el peligroso tránsito motorizado, Lima es una ciudad que se presta como pocas a recorrerla en bicicleta.

Empecé a escribir este post sin saber que hoy es el “día mundial de la bicicleta”. Ahora que me entero a través de @el_tronc en tuiter, pues qué gusto. Por supuesto, en la prensa peruana, tan dada a aplaudir días del cebiche, el pisco o cualquier otra cosa, ni mención de la bicicleta. Pero aquí aprovecharemos el día para salir a pedalear cuando vuelvan los chicos del colegio. Prometo contar los avatares de ser un ciclista en Lima en otra ocasión, pues ahora ya me he extendido demasiado.

¡Diablogs!

Antes de abrir este blog, solía publicar mis diatribas en uno que se llamaba ¡Diablogs! y que se alojaba en un sitio que compartía con un amigo, el desaparecido malcanus.com. Cerramos malcanus porque nos costaba (no mucho, pero costaba) y porque poco a poco se han ido haciendo disponibles diversos servicios en línea que resuelven mejor lo que tratábamos de resolver con ese sitio. Pero la cuenta se cerró antes de que me acordara de hacer un respaldo de ¡Diablogs! y todo lo que había ahí se perdió en la soporosfera.

De cualquier modo, algunos de los posts de ese blog quedaron en mi disco duro y sería injusto si dijera que no les tengo cariño, así que, en aras de la memoria y de la permanencia de esos rollos en el espacio, los voy a publicar acá en forma de páginas. Algún lector despistado querrá, quizás, darles una vuelta. Disculpas a los pocos que alguna vez comentaron en los posts de ¡Diablogs!; sus ansiadas lanzas dialogantes no pudieron ser recuperadas.

El índice de esos viejos posts está aquí o en el menú de arriba a la derecha.