Último adiós a Enrique Maza

Quique por RochaMi tío Enrique murió hace poco más de un mes. Se fue el jesuita crítico y rebelde, el escritor, el pilar que fue del periodismo libre, inteligente y asediado del México de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Como a las nueve y media de la noche del 23 de diciembre de 2015, el padre Carlos, encargado de la casa de reposo de los jesuitas en Coyoacán, llamaba a mi mamá para decirle que Enrique tenía una fuerte dificultad para seguir respirando. Fuimos a verlo, mi mamá, mi papá y yo que por suerte o casualidad estaba en la ciudad de México para acompañarlo. A eso de las 10:45, con 86 años de haber visto la primera luz —¡en El Paso, Texas!—, después de sufrir durante sus últimos años de un agresivo Alzheimer, el segundo hijo de Carmen y Carlos vivía su último momento.

Suerte, casualidad. Estar en México de vacaciones y poder verlo por última vez. Todavía tuve la desidia de no visitarlo el domingo anterior por querer hacer otras cosas, pensando, “lo puedo ir a ver después”. Esa noche iba a ser la última oportunidad. Me fui con mis papás a verlo y lo encontramos dando su último esfuerzo por permanecer aquí. La fortuna. O esa vaga y vanidosa sensación de que habrá querido esperarme —en el fondo, una esperanza—. Llegamos a su lado, le platicamos, le dijimos bromas, de esas bromas como las suyas siempre inteligentes que nunca nunca se aprovecharon de escarnios ni discriminaciones como gatillos de la risa fácil. “No te vas, compai, seguramente porque allá a donde vas ha de haber algunos que no quieres ver”, le decíamos mientras él batallaba con el aire que ya no quería entrar en su cuerpo ni con la ayuda de la máquina de oxígeno. No te vas, seguramente, porque te falta todavía una denuncia que hacer; porque no has terminado de desenmascarar a los poderosos y sus injusticias. Es una tarea que nunca se acaba, me enseñó, y que por eso mismo se tiene que seguir haciendo. No te vas porque queda mucho que escarbar para encontrar esa verdad evasiva con la que te empeñaste siempre.

No te preocupes, compai, vete tranquilo, le decía yo en silencio. Yo me quedo para seguir tu ejemplo como pueda, para hacer honor a tus enseñanzas, que son las del amor y la libertad sin restricciones y sin límites, como creo que lo he venido haciendo —flaqueando a veces—, desde que me enseñaste ese camino sin pedirme jamás que lo siguiera. Me quedo para que tu esfuerzo, tu corazón, tu compromiso con la verdad y la justicia, con el amor, sigan desenganchando las cadenas con las que quieren siempre encerrarlos. Yo aquí seguiré caminando por tu camino.

* * *

Enrique Maza fue un portento de trabajo, de investigación, de erudición y pensamiento. Fue uno de los más importantes pensadores del catolicismo crítico latinoamericano del siglo XX y del arranque del XXI. Junto con su primo Julio Scherer, Enrique demostró que existe el modo, a base de trabajo y sin concesión al cansancio, de hacerle frente a la mentira, a la hipocresía, a la injusticia. Su muerte provocó rápidos artículos y testimonios —la edición de Proceso que siguió a su muerte, por ejemplo, en cuya portada colocaron una no muy buena foto suya— que destacaron su trayectoria desde la Buena Prensa hasta su retiro de Proceso y la publicación de sus últimos libros. Pero pocos de esos textos hicieron un reconocimiento pleno, un agradecimiento silencioso al hombre que fue, más que la obra que dejó; una de las lecciones suyas que siempre se olvidan. Me lo dijo un día en Cuernavaca: “quien busca la trascendencia se la niega a sí mismo. Sólo la alcanza quien encara la verdad sin importarle el crédito”.

Para Enrique, la verdad no podía estar atada a ningún otro interés que a sí misma. Y la vía para buscarla, porque es inalcanzable, es el amor, el pensamiento apasionado, siempre alerta y dedicado a la búsqueda de su encarnación última. El amor, la libertad y la búsqueda de la verdad que son el espíritu de ese dios en el que Enrique creía y al que le brindó su vida. Nunca en voz de ningún periodista, de ningún teólogo, de ningún filósofo fue más cierta la máxima de Jesús que es alma de su Compañía, como lo fue en la vida y la obra de Enrique Maza: “La verdad nos hará libres”.

Por mi parte, no tengo sino agradecimiento para mi compai, como él me decía desde que me bautizó, un par de años después de ordenarse, en la época en que ya formado como periodista, comenzaba a escribir en Excélsior. Enrique Maza me formó en un proceso que ha durado 51 años hasta hoy: desde el día en que nací hasta ese momento en que nos despedimos. Y va a seguir siendo así. A partir de que aprendí a hablar y a caminar, la imagen poderosa y firme de mi tío Quique me acompaña. Las risas destempladas que me provocaba cuando estrechaba mi manita de niño y la agitaba zangoloteándome todo. Las sonrisas cómplices que nos sacaba cuando hacía rabiar a mi abuela en la mesa familiar de cada sábado con su preguntas tipo “¿De qué vamos a comer cadáver hoy?” o, cuando la abuela le preguntaba si quería más y él le contestaba juguetón “No, gracias, ya me llené”. “¡Niño! Así no se dice, ¡es de mala educación! Se dice estoy satisfecho”, se quejaba mi abuela y él seguía: “Pero no estoy satisfecho, yo seguiría comiendo, estoy lleno; la capacidad humana es limitada”.

En esas comidas, durante la sobremesa, Enrique nos contaba con esa forma suya de narrar —su voz a la vez suave y profunda— llena de suspenso y dramatismo, su dicción sin muletillas, fluida como un río, lo que estaba por salir en Excélsior o en Proceso. Teníamos la primicia de su boca y yo aprendía así, siendo apenas un niño, a reconocer los huecos de nuestra sociedad en los que se agazapaba la injusticia, la pobreza, la traición, el despojo, la crueldad, el odio. Aprendí —¡tan temprano!— de sus palabras a desconfiar de los políticos, de los poderes globales que apenas tomaban forma, de las tantas caras de la riqueza y la corrupción que se construían sobre la pobreza y el sufrimiento de los más. Cada sábado, de su voz, aprendí a conocer a mi tierra y a su gente. Luego, cuando ya era casi un universitario con vagas y fantasiosas ideas de izquierda, empecé a acercarme más a él y a aprender lo que más profundamente me ha formado como sociólogo, como escritor, como músico, como persona.

En la convalecencia de una de sus cirugías, a principios de los ochenta —yo tendría 18 ó 19; él 52, la edad que tengo yo ahora— nos fuimos Quique y yo durante varios días, a la casa de mi tío Xavier en Cuernavaca, para que él descansara y yo le ayudara manejando y en lo que hiciera falta. Ese fue el curso intensivo más importante de mi vida: de historia universal y mexicana, de historia del arte, de sociología y comunicación, de política y cine y música. Una semana decisiva en mi vida de la mano de Enrique, que me brindó su erudición y sus pasiones como ofrece el agua un manantial. Me hizo conocer el cine de Kubrick, las sinfonías de Shostakovich y las suites de Stravinsky, la razón por la que las pinturas de Van Gogh parecen moverse contando historias, el valor de las vanguardias latinoamericanas y las razones por las que la obra de Octavio Paz tenía que ser leída con cautela y cierta desconfianza. Esos días aprendí lecciones que hoy sigo transmitiendo a mis alumnos seguro de su verdad, su utilidad y su belleza.

Fue en gran medida gracias a la influencia de Quique que estudié sociología. Gracias a él sucedió que se me diera, aunque sea así de deficientemente, por escribir. Si mi oficio son los libros, en el fondo de todos los libros que he editado está ese par de ocasiones en que, siendo un niño pequeño que no alcanzaba a caminar tan rápido como Quique y mi papá, me llevó a conocer las galeras de Excélsior, a mirar la rotativa y maravillarme con el linotipo. Ahí detrás están las discusiones con la abuela sobre usos del lenguaje que me dieron más formación que todos los años de escuela. Más tarde me llevó a sumergirme en los archivos de Proceso y me enseñó a investigar, a buscar y construir la información y el texto que nos acercarían a la verdad sin llevarnos nunca a ella porque eso es imposible; es un trabajo que no puede terminar.

Ahora que se ha ido entiendo todo lo que le debo. Y le debo todo. No es casualidad que uno de mis hijos lleve su nombre, a la vez como un homenaje y una esperanza. Como no fue, quizá, casualidad —voy a permitirme creer ese juego de la vanidad que me hace sentir que fui importante para él— que la noche cuando estaba por partir, resistiera hasta que llegamos a su lado mi papá, mi mamá y yo, para sostener su mano por última vez, para acariciar su frente por última vez y, mientras me apretaba la mano suavemente con sus dedos cansados, verlo, sentirlo exhalar la última bocanada de aire coyoacanense. Ahí, con él, de su mano, estuvimos en representación de su querida Blanca, de mis primos, de mis hermanas —Adriana llegó casi inmediatamente—, de los amigos que lo conocieron, de los desconocidos que lo admiraron, de los políticos y los jerarcas eclesiásticos que lo temieron, de los oprimidos que hallaron esperanza en sus palabras, de mis hijos y mis sobrinos y de todos aquellos que tienen un minuto más, una sonrisa, un motivo de lucha porque Enrique Maza, periodista, jesuita, poeta, narrador infatigable, escritor inagotable, entrañable amigo, nos los dio con amor, con el amor que predicó toda su vida.

No fue casualidad, creo. Creo que me esperó, que quiso esperarme, que quería darme la oportunidad de despedirme de él, a mí que me alejé tanto en otro país y que lo vi apenas dos veces desde que se inició el proceso de su olvido involuntario. Esperó a que viniera de Lima a estrechar su mano y a ser —¡qué responsabilidad!— como un representante de tantos de nosotros. Y también, claro, me esperó para recordarme que la tarea que él me enseñó está bien lejos de haber terminado.

¡Hombre al agua!

El río Cañete

El río Cañete

Un punto en una línea sinuosa. El río serpentea entre imponentes murallas de desierto, secas, brillantes, doradas, filosas, altísimas. Más que un valle, es una cañada donde surge el verde a los costados del agua como milagro entre las rocas. Entre los valles andinos de la costa del Pacífico, el del río Cañete es espectacular: la verde culebra que desciende vertiginosa con la cola colgada de un glaciar, el cuerpo-oasis advirtiendo a las montañas que se aparten y las fauces abiertas en una especie de delta que se extiende ante el océano, produciendo la más rica agricultura de este desierto.

Entre viñedos, cañaverales, lucumares y maizales, el río y su valle de quinientos metros de ancho da luz a una vida imposible en el desierto. Los campos de cultivo y las casas se amontonan uno al lado de la otra y los poblados apenas alcanzan a tener una calle o ninguna, y nunca una plaza porque no hay lugar en su delgadez para nada que sea cuadrado o circular. El río desciende veloz; el caudal se crea por la sumatoria de la angosta cañada, la cercanía de las montañas que alcanzan cinco mil metros de altitud ahí nomás, la exagerada inclinación. Un  kilómetro río arriba equivale a cien metros más sobre el nivel del mar. El caudal con las aguas de las cumbres se precipita en violentos rápidos que pueden surcarse en botes de goma y que son la fama de Lunahuaná; más que su pisco puro de uvina, más que su arrope —el jugo de las uvas concentrado a punto de miel—, más que los voraces insectos que arremeten todo el día y dejan picaduras que siguen dando materia para rascar una semana después, y sus truchas y sus camarones de agua dulce; es el vértigo de los rápidos lo que atrae visitantes todo el año. Especialmente en enero y febrero, cuando el caudal es más violento.

Abordamos el bote en el embarcadero de Lunahuaná —si se le puede llamar así a ese playón de cantos rodados— después de que los remeros que organizan la actividad nos vistieran con apretados chalecos salvavidas y no tan apretados cascos de plástico. Algunos de nosotros estábamos nerviosos; nunca habíamos hecho canotaje en rápidos. Nos dieron a escoger dos rutas: la “tranquila”, río abajo, y la más “pesada”, río arriba. Elegimos la pesada. “Río, matagente”, cantan los Cimarrones en mi memoria mientras pregunto al piloto cuántos pasajeros se le caen en promedio por viaje. Casi nunca se cae nadie, dice, pero sonríe de un lado o echa una mirada a su compañero y no le creo, pero no importa, vamos ahí. Abordamos, pues, el bote. Me pongo adelante, pero el piloto me ve los brazos cortos y me pide que pase un lugar para atrás. Somos seis remeros (cinco hombres, una mujer) y el experto timonel que irá gritando ¡adelante!, ¡Alto!, ¡Atrás!, como únicas indicaciones a lo largo de la vertiginosa bajada sobre las aguas convulsas del río Cañete.

El primer rápido, remolino, hueco, nos baña por completo y brinda la prueba de por qué había que ir sin teléfonos ni cámaras ni sandalias ni nada más que el cuerpo propio. De mi lado, un temblor, un golpe del río, me hace entender que no sabré por dónde vendrá la ola que me sacará de la embarcación. Pasamos más rápidos; el bote avanza, pero de repente la proa está mirando río arriba; el timonel da indicaciones y remamos para volver al curso. El chico que nos sigue, como apoyo de seguridad, en un kayak, hace su show de volteretas. Nos estamos divirtiendo como nunca; estamos viviendo la fuerza del agua en su camino raudo hacia el mar.

Al dar la vuelta al meandro en el que tendríamos que sentir temor porque las aguas nos llevan demasiado cerca de la orilla sembrada de caña, las indicaciones del timonel se vuelven confusas y los remeros perdemos el ritmo, chocan los remos justo en el momento en que el bote cae en un hueco del agua. Es de goma; se dobla hacia adentro y, al volverse a abrir, como por un resorte, salimos despedidos seis de los siete tripulantes, incluido el timonel. Pero no nos dimos cuenta.

Por un segundo pensé que yo había sido el único hombre al agua. Por un segundo todo es oscuro y agua en los pulmones. Un segundo que se alarga, elástico como el bote en el que comenzó. Un segundo en el que algo me oprime la cabeza y no me deja salir a respirar. Será el bote sobre mí, una roca, otro compañero. No, es el agua, es solo el agua y es un segundo, por largo que parezca. Pronto asomo la cabeza al sol. El río me está arrastrando con una fuerza redoblada si la comparo con lo que sentía cuando iba a bordo. No he soltado mi remo, aún lo llevo en la mano y, al salir a la sperficie, contento de comprobar que, milagrosamente llevo aun los lentes puestos, veo a Sara cerca de mí, con la expresión del pánico en su rostro —no sabe nadar, dijo—. Le extiendo el remo que no alcanza; le extiendo palabras de calma que no escucha, pero entiendo que al verme se tranquiliza. Entonces recuerdo la “posición de seguridad” que explicó el timonel. El cuerpo mirando río abajo, las piernas elevadas. Si las piedras han de golpear tu humanidad, que sea en los glúteos. Viene a mi memoria otra canción “In the rapids”, de Genesis. Así, le doy la espalda a Sara, no puedo hacer otra cosa; ya los chicos en kayak irán a buscarla pronto. El río me arrastra; he recuperado la calma y ahora solo me dejo llevar. Por uno o dos minutos, soy presa del caudal del río Cañete, pero no tengo miedo: “When you’re racing in the rapids, there’s only one way, that’s to ride”. Lo disfruto. Es de una frescura y una fuerza abrazadoras. Que me lleve a donde quiera, que me lleve, que me arrastre el río.

Pero mi viaje alucinado termina pronto, nada más dejarme llevar, he alcanzado al bote, que ya ha recuperado a tres de los tripulantes. Extiendo el remo, Ángel lo hala, me acerca y me toma de las hombreras del chaleco para echarme dentro. Ahora somos cuatro y solo queda recuperar a los demás. Sara ha sido rescatada por el otro bote; Jaime se quedó prendido de un cañaveral en la orilla, tendremos que esperarlo mientras nos alcanza caminando descalzo entre yuyos y piedras. Alex aparece poco después acompañado de uno de los remeros en kayak. Pronto todos estamos a salvo y terminamos de surcar los rápidos hasta desembarcar en un playón del anexo Paullo, donde se encuentra nuestro hotel.

Lunahuaná, el río Cañete y la sensación loca de ser arrastrado por la fuerza de sus aguas.

“Un arte”, poema de Elizabeth Bishop

La revista El malpensante publica en su más reciente número (128) un poema extraordinario de Elizabeth Bishop que me ha acompañado desde que Patricia Rivas lo tradujo y lo leyó a sus amigos, durante una temporada en que esta gran actriz mexicana se dedicó a rescatar obras de creadoras signadas por la tragedia o la locura, a mediados de los 90. Sin embargo, al leer la traducción publicada en El malpensante, el poema parece perder impacto. Prefiero la traducción de Patricia Rivas, reproducida aquí (con alguna pequeña intervención de mi parte):

 

Un arte

El arte de perder no es difícil de dominar;
muchas cosas parecen estar llenas de la intención
de ser perdidas, pero su pérdida no es una tragedia.

Perder algo cada día. Aceptar el aturdimiento
de perder las llaves de la puerta, la hora mal pasada.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Entonces, practica perdiendo cada vez más, perdiendo rápidamente
lugares y nombres, y lo que era importante para tí en un viaje.
Nada de esto provocará una tragedia.

Perdí el reloj de mi madre, y además, la última o penúltima
de las tres casas que más amaba se fueron.
El arte de perder no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades, adorables y vastas.
Algunos reinos que tuve, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no ha sido una tragedia.

Hasta perderte a ti (la voz burlona, el gesto que amo),
no podría mentir.
Es evidente que el arte de perder no es difícil de dominar,
aunque pudiera parecer (¡escríbelo!) una tragedia.

En bici, por supuesto

Me acabo de dar cuenta de que llevo año y medio usando la bici como medio de transporte cotidiano en Lima y no había escrito nada al respecto. Hay una relación entre mi felicidad en dos ruedas y la falta de necesidad de escribir, supongo. Debe ser porque para mí, escribir es una afición de tiempo libre, y si tengo tiempo libre, me monto en la bici y paseo, aunque no haga falta porque todos mis tránsitos laborales los hago en bici.

Durante algunos años, entre 2004 y 2008, fui automovilista en Lima. Debe haber sido una de mis peores épocas a nivel de estrés y neurosis. Si manejas en el DF y crees que es el infierno, al llegar a Lima te das cuenta de que era sólo el primer círculo. Lima debe ser el cuarto o quinto, tomando en cuenta que probablemente sea peor manejar en Bangalore o en Jakarta.

Pero Lima tiene lo suyo. No sólo porque el reglamento de tránsito es muy limitado, lleno de vacíos (valga la simpática expresión) y asuntos sin resolver ni regular, sino porque, además, los conductores se lo pasan por debajo de olímpica manera. Cosas como, por ejemplo, el hecho de que en las avenidas de doble vía separadas por una berma o camellón del ancho que sea, el conductor que vira a la izquierda teniendo luz verde en la avenida, no tiene por qué respetar la luz roja de la calle a la cual va a ingresar. Se meterá, haciendo caso omiso del semáforo de esa calle, en el menor resquicio entre los automóviles que circulan por el carril contrario sin importarle si interrumpe el tránsito contrario; parecen decir “yo también tengo luz verde, y entre la mía y la tuya, tú te jodes”. ¿Esperar a que les pongan la luz verde a los de la calle que cruza? ¿En qué cabeza cabe semejante estupidez?

Otro ejemplo: sistemáticamente, el automovilista peruano, sea privado, taxista, chofer de combi, bus, camión o camioneta, considerará que la luz ámbar de los semáforos no es preventiva sino acelerativa. Y aplicando un criterio mínimo, que en segundos evalúa la cantidad de tránsito en las calles que cruzan las avenidas (o viceversa), cruzarán con luz roja entre uno y cinco autos cuando esta recién ha cambiado. Que se paren los idiotas, yo paso nomaś.

¿Vas a dar vuelta a la derecha en la próxima calle y circulas por el carril de la izquierda? No hay problema, te detienes, cierras el paso a los dos carriles y pasas. ¿Peatones, ciclistas? ¿Qué demonios es eso? Lo único que se ve son idiotas en dos piernas o dos ruedas que se tienen que esperar a que pase el mastodonte de acero o correr el riesgo de morir aplastados por él. Y claro, todo esto adornado con un concierto de bocinazos que haría temblar a John Cage.

En este contexto me desenvolví como conductor durante unos cuatro años. Tenía un lindo Peugot 406, viejito pero aguantador, y en él salía diariamente a la aventura automovilística. El humor se me agriaba inmediatamente y la mentadera de madres se me incorporaba como segunda naturaleza. Me aparecía un espíritu vengador cada vez que mi derecho a circular primero se veía afectado y a veces me costaba esfuerzo reprimir el deseo de asesinar al enemigo que invadía mi espacio. Durante ese tiempo, sobre todo al final, traté de observar las reglas con más rigor que mis colegas y me convertí en el gran nerd al volante. El idiota que no se pasa una luz ámbar. El absurdo que da el paso a una señora que cruza una avenida de la mano de su hijo. El inocente que no se mete en sentido contrario en cualquier calle. El atolondrado que soporta la parada de cuatro buses en el carril de la derecha porque va a virar en la siguiente calle, el tonto que busca estacionamiento hasta diez cuadras más allá del lugar de destino en lugar de, simplemente, pararse en doble fila y bajarse a hacer lo que tiene que hacer. Cuando algún limeño iba conmigo en el auto, tenía que soportar sus burlas y desesperación por mi necia obediencia a reglas que quién sabe si existían.

Pero el Peugot envejeció y cada vez era más caro repararlo, así que un buen día lo vendí y usé la plata para otras cosas: decidí no hacer el esfuerzo de comprar un nuevo auto. Nos acomodaríamos con las piernas, taxis y combis; a fin de cuentas todo nos queda cerca y bastaba con aumentar el cálculo de tiempo para los traslados para mantenernos puntuales en nuestras citas y compromisos. El taxi de la casa a la oficina no era más caro que el gasto en combustible del auto, y tenía la ventaja de que podía hacer la ruta conversando, si el taxista estaba de humor, o leyendo si no. Lo mismo el bus: la línea que tomaba inicia su recorrido a unas cuantas cuadras de mi casa, por lo que siempre encontraba asiento y leía, y me dejaba a unas diez cuadras de la oficina, dándome la oportunidad de caminar un poco antes de llegar. En todo caso era tiempo ganado que parecía perdido, y sobre todo, era la posibilidad de que alguien más se enfureciera y no yo.

Hasta que opté por volver a ser un trabajador independiente, renuncié a la mezquina empresa española y volví, gracias a la generosidad de los amigos y compañeros, a ETC Andes, la ONG con la que hoy colaboro en cosas que me parecen importantes y en un contexto muy agradable. A partir de septiembre de 2010 se acabaron para mí los horarios fijos, los jefes y los check-ins con tarjeta. Mis ingresos descendieron, sí, pero también lo hizo mi estrés y mi irritabilidad. En proporción, aumentó el tiempo pasado con mis hijos; por fin pude acompañarlos a sus entrenamientos de futbol y llevarlos al parque y jugar videojuegos con ellos. Y me dieron ganas de tener una bici otra vez.

De Miraflores a La Punta en bici

De Miraflores a La Punta en bici

La compré usada; muy barata, bastante caminada, pero es una buena bicicleta. Y empecé a usarla decidido a sacarle todo el provecho que pudiera. Al principio sólo la usaba para recorrer las nuevas (y absurdas) ciclovías del malecón de Miraflores, pintadas sobre la acera, pero rápidamente empecé a extender las distancias. Para diciembre de 2010, cuando ya el verano devolvía el sol y el calor a la ciudad, empecé a usarla para transportarme a citas y reuniones, donde fuera que estas se programaran. Recuperé la salud, la energía, la condición física y una deliciosa forma de bienestar psicológico debida al placer enorme de pedalear. Los sábados y los domingos empredía rutas largas por la ciudad, de hasta cuarenta kilómetros (lo sigo haciendo), y fui descubriendo que, de no ser por el peligroso tránsito motorizado, Lima es una ciudad que se presta como pocas a recorrerla en bicicleta.

Empecé a escribir este post sin saber que hoy es el “día mundial de la bicicleta”. Ahora que me entero a través de @el_tronc en tuiter, pues qué gusto. Por supuesto, en la prensa peruana, tan dada a aplaudir días del cebiche, el pisco o cualquier otra cosa, ni mención de la bicicleta. Pero aquí aprovecharemos el día para salir a pedalear cuando vuelvan los chicos del colegio. Prometo contar los avatares de ser un ciclista en Lima en otra ocasión, pues ahora ya me he extendido demasiado.

¡Diablogs!

Antes de abrir este blog, solía publicar mis diatribas en uno que se llamaba ¡Diablogs! y que se alojaba en un sitio que compartía con un amigo, el desaparecido malcanus.com. Cerramos malcanus porque nos costaba (no mucho, pero costaba) y porque poco a poco se han ido haciendo disponibles diversos servicios en línea que resuelven mejor lo que tratábamos de resolver con ese sitio. Pero la cuenta se cerró antes de que me acordara de hacer un respaldo de ¡Diablogs! y todo lo que había ahí se perdió en la soporosfera.

De cualquier modo, algunos de los posts de ese blog quedaron en mi disco duro y sería injusto si dijera que no les tengo cariño, así que, en aras de la memoria y de la permanencia de esos rollos en el espacio, los voy a publicar acá en forma de páginas. Algún lector despistado querrá, quizás, darles una vuelta. Disculpas a los pocos que alguna vez comentaron en los posts de ¡Diablogs!; sus ansiadas lanzas dialogantes no pudieron ser recuperadas.

El índice de esos viejos posts está aquí o en el menú de arriba a la derecha.

Patinar

De niños patinábamos con esos armatrostes de fierro enganchados a los zapatos. Tenían en la parte de atrás una correa para ajustarlos al tobillo y adelante unas cuñas que debían sujetar la saliente de la zuela del zapato. Pero cuando empezamos a usar tenis, las cuñas se empeñaban en salirse y nosotros en rodar por el suelo. El otro problema era que las ruedas eran siempre del mismo metal y, si bien tenían algo de agarre sobre el pavimento negro, se resbalaban como hielos sobre las planchas de concreto de las banquetas y calles de la colonia. Total que vivíamos raspados y caídos (ni pensar siquiera en usar cascos o rodilleras; esas eran para el futbol y solo las usaban los “blandos”). En ocasiones, para evitar el desenganche de las cuñas delanteras, amarrábamos el patín al zapato con mecate, aunque pronto se aflojaba y terminaba enredado entre las ruedas, con nosotros de vuelta en el piso. Especialmente si no apretábamos bien la tuerca central que unía las partes trasera y delantera del patín permitiendo alargarlo o encogerlo para ajustarlo al tamaño del zapato.

Un día, un amigo llegó con unos patines nuevos que, además de traer ya correas de cuero incorporadas para sustituir las cuñas (y que, de paso, le permitían patinar en tenis), tenían unas fabulosas ruedas negras de caucho, más anchas que las de metal, menos ruidosas y con un agarre que nunca habíamos visto. Pero no los prestaba; de por sí le ganábamos las carreras con nuestros pies de lata si no se desarmaban en el esfuerzo.

Por esa época, en los años setenta, se empezaron a poner de moda las pistas de patinaje, donde alquilaban patines de bota y ruedas de caucho que eran una delicia. Pero no había dónde comprarlos. Más tarde, por fin, pude tener mis patines de bota. Me los traje de Estados Unidos, cuando hice aquel viaje a casa de mi tía que vivía en Carolina del Norte. Me traje también una patineta, pero lo mío fueron siempre los patines. Con aquellos botines azules era el campeón de los torneos callejeros de hockey. Recorrí Ciudad Satélite entera sobre esas ruedas. Pronto el botón de freno que tenían al frente se desgastó hasta desaparecer.

Entonces vino la pista de hielo de Skatorama y fui de los primeros en visitarla. Me convertí en asiduo, y hubiera sido visitante diario si no hibiera sido tan caro. Un día compré mis propios patines de hockey que, aunque distaban de ser unos Bauer, eran mejores que los rentados y tenían más filo, con el que me encantaba hacer aquellos derrapes locos y “sacar hielo” para bañar a alguien. Llegué a ser un buen patinador y fue también la falta de plata lo que me impidió formar parte de un equipo de hockey, pues la complicada parafernalia de protección era inalcanzable y no la proporcionaba el grupo.

Pero después la fiebre pasó. No sé dónde perdí los patines de ruedas. Los de hielo se oxidaron guardados en el ropero y la costumbre de patinar se fue. Para siempre. Cuando aparecieron los patines de ruedas en línea me dieron ganas de probarlos. He visto desde mi balcón en Miraflores cómo aumentan cada día los patinadores, cómo crece la moda. Por fin, el domingo pasado fui con mis hijos al puesto de patinadores que se pone los domingos en la Avenida Arequipa y alquilamos patines para ellos y para mí. Descubrí que no había perdido la habilidad y logramos iniciar a los chicos en el patinaje con cierto éxito, pero a mí no me gustó la experiencia. A los pocos minutos ya tenía adoloridas las espinillas y la incomodidad era grande. No. Entre los deportes de mi niñez, me quedo con mi bicicleta, que desde hace dos años me ha devuelto la salud, la energía y la posibilidad de prescindir de los transportes motorizados en esta ciudad que se deja pedalear de verdad. Además, como todas las modas, la del patinaje va acompañada de un feo esnobismo y actitudes de exclusión a quien no la comparte y de bullying a quien se inicia. Nada atractivo el asunto.

Un adiós

Conversé con él en pocas ocasiones durante los siete u ocho años que lo conocí. El último año o año y medio ya no lo vi. Teresa evitaba invitarnos a su casa; él prefería no ver a nadie (o no permitir que lo vieran). La última vez que lo vi fue de casualidad. Iba en bicicleta por la avenida Pardo y me crucé con Martín que empujaba a su padre en una silla de ruedas. Martín alzó la mano para saludarme, pero dudo que Raimon se diera cuenta de mi paso. Quizás Martín le comentó, aunque él es de tan pocas palabras como su padre.

Años atrás, cuando comencé a trabajar con Teresa en el proyecto LEISA (Low External Imput Sustainable Agriculture), sobre difusión de conocimientos agroecológicos y de desarrollo sostenible para la pequeña agricultura en América Latina, empecé a visitar su departamento de Miraflores, apenas a unas cuadras de mi casa. Las conversaciones con Raimon versaban sobre política, sobre arte, sobre desarrollo y estrategias democráticas de lograrlo. Bastaban unas cuantas parrafadas en su cerrado acento catalán con peruanismos para darte cuenta de que estabas ante una inteligencia admirable. Era de una claridad política que ya no se ve en ninguna parte (apenas, quizá, comenzó a vislumbrarse entre los “indignados” del 2011, pero él mismo los veía con escepticismo, según me contaba Teresa).

En realidad fue —y espero que siga siendo— a través de Teresa que lo conocí más. Trabajar con esta mujer que bordea los 70 años y mantiene una energía de adolescente, es también mantener una conversación permanente sobre los temas más importantes de la actualidad política, de la teoría y la filosofía, del desarrollo científico, de la cultura, y especialmente de las opciones de organización que tienen los pobres del mundo para defenderse del capitalismo estúpido. Y en la conversación de Teresa, Raimon, su compañero durante medio siglo, está siempre presente. Me he enterado por ella —pues él jamás hablaría de sí mismo, de su trayectoria, de sus trabajos y creaciones— de cómo se conocieron durante el viaje que Teresa hizo a Europa, siendo ella una jovencita de “buena familia” limeña y él un anarquista catalán, republicano, exiliado en Escandinavia por el franquismo. Las anécdotas de Raimon vuelan todo el tiempo entre las palabras de Teresa. Ayer mismo, mientras velábamos su cuerpo en el último adiós, alrededor del cajón sobre el que yacían carísimas coronas de flores enviadas por quienes no saben que Raimon habría preferido una despedida sin flores ni aspavientos ni tristezas, Teresa me contaba de cuando, siendo montañista, Raimon solía quedarse a medio metro de la cumbre para no poner bandera alguna. Durante los días que pasó en el hospital después de una agresiva radioterapia, lo cuidó una enfermera religiosa que le informaba que Jesucristo había muerto por nosotros. “Yo lo hubiera preferido vivo”, contestó Raimon.

Sabio como pocos, este hombre tenía pocos libros. Unos cuantos antiguos sobre arte, otros menos viejos sobre política (es evidente su interés en el estudio de la composición de las tiranías), y destacados, los dos tomos de El capital. Elisenda, su hija, cuenta que su última alegría fue saber que Anonymous había hackeado al Vaticano.

Ayer le dijimos adiós a Raimon. Pero sé que seguiré admirándolo en la conversación de Teresa, en la que su presencia nunca faltará. El aprendizaje que he obtenido de esta pareja inigualable supera cualquier universidad. Sobre todo si por ella entendemos a los centros comerciales de la información cuadriculada en que se han convertido las universidades (y estoy seguro de que Raimon estaría de acuerdo conmigo en esta idea).