El conejo en el banquete de los leones

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[“León devorando a un conejo”, Éugene Delacroix]

Recibí por correo electrónico una amable invitación de un empleado del “área de prensa e imagen” de la Cámara Peruana del Libro para participar como ponente en un “conversatorio” (esa palabra, ay) titulado “¿Es necesario un estado editor?”. La actividad, que realizará en la Feria del Libro Ricardo Palma, se inserta dentro de la “campaña” “Perú, un país de lectores: por una política nacional del libro y la lectura” que esta institución emprende ahora (más bien es nombre nuevo para la misma campaña en la que está empeñada desde hace años, incluso cuando el Perú tuvo una política nacional del libro y la lectura).

Por supuesto que agradezco la deferencia, pero me llaman la atención varias cosas de esta invitación, empezando por el título de la actividad, que lleva la respuesta incorporada en la pregunta: “¿es necesario?” (pudo haber sido, por ejemplo, “análisis de la actividad editorial del Estado” o “perspectivas” de lo mismo). Me llama la atención también que me inviten a mí que no soy un especialista en el tema ni una personalidad reconocida en el ámbito, si bien he tenido que ver con él en distintos momentos de mi vida (sosteniendo siempre, claro está, la obligación del Estado de intervenir en cualquier ámbito que sea necesario para garantizar el derecho a la educación y al acceso a la información).

También me sorprende que sea la CPL quien me invita a hablar sobre este tema, siendo una institución que no ha dejado de combatir la actividad editorial del Estado porque representa “competencia desleal” ─así dicen ellos─ para los empresarios agremiados bajo su sombra. Me parece una trampa que la CPL busque al “enemigo” para dar la impresión de que está abierta al debate; me llama la atencón porque me invita a mí, un ilustre desconocido, en lugar de a algún funcionario de algún área del gobierno involucrada con la actividad editorial del Estado, y si lo ha hecho, la invitación que recibí no me lo informa.

La CPL, aunque mediante propaganda y publicidad se ha convertido en referente sui generis de diversos temas relacionados con la educación y la cultura, existe para representar los intereses de (algunos, la mayoría, los más poderosos) editores y libreros. Calculo que parte de su “campaña por una política nacional del libro y la lectura” incluye la prohibición expresa a la actividad editorial del Estado y su obligación de “ceder” a los empresarios del libro los recursos que pudiera destinar al área. Por ello, me parece que esta invitación que me hace la CPL es como decirle a un conejo “te invito a un banquete de leones para que desarrolles el tema de por qué los leones no deben almorzar conejos”, y todos los leones muy democráticos y dispuestos a debatir con su entremés. Quieren, tan simpáticos, que me ponga de blanco para recibir los tiros contra una perspectiva que aparece como simplemente ilógica al interior del dogma neoliberal con el que todos ellos están de acuerdo por obra de algo aún más fuerte que un principio explícito, algo que raya en el habitus como lo entendiera Bourdieu.

Si la invitación viniera de una institución que no tuviera tan evidentemente comprometidos sus intereses con los empresarios que la CPL representa, si fuera para una serie de charlas con maestros, o para un coloquio con instituciones académicas, educativas, de investigación y de desarrollo social, iría entusiasmado por el espacio de discusión abierto y con la certeza de que parte de los participantes encontraría plausibles los argumentos a favor no solo de la actividad editorial del Estado, sino a favor de la eliminación de todos los límites inventados para impedir que alguien acceda a la información, cualquiera que sea ese alguien y cualquiera que sea la información. Pero ir a hablar de la actividad editorial del Estado en un “conversatorio” de la CPL, sin saber quiénes son los otros participantes, ante un público acrítico y afín a las tesis de la CPL, en la fiesta de la CPL, me parece no sólo estúpido sino también inútil. Pero antes de negarme le pedí al remitente que me aclarara cuatro cosas: “1. No siendo un especialista en el tema al que me convoca ni una personalidad reconocida en el sector, ¿por qué yo? 2. ¿Cómo se articula el conversatorio al que me invita con la campaña que menciona en su correo? (no quisiera formar parte de una campaña que desconozco y con la que podría no estar de acuerdo). 3. ¿Con qué otros ponentes compartiría dicho conversatorio? y ¿qué acciones de sistematización, seguimiento y difusión se realizarán después? 4. Por último, pero no menos importante, ¿a cuánto ascienden los honorarios que la CPL me ofrece por mi trabajo?” Hace tres días que envié mis preguntas y, como no he recibido respuesta, me he decidido a publicar esta entrada.

La CPL ha hecho de la producción de los empresarios que agremia ─parte de la cual son libros y entre los cuales la tajada más importante es la del oneroso libro escolar, de texto y “plan lector”, cuya lógica hace de la educación rehén de estas empresas─ un símbolo de la vieja falacia aquella de que la educación trae desarrollo. Así, mientras hace lobby, se inventa pretextos para que sus empresarios engorden billeteras mientras abandona a los editores independientes (el elemento más importante, único efectivo, de la política del libro en el Perú ha sido la exoneración de impuestos), se ha vestido con el traje de “promotora de la lectura” que la ha convertido en referente cultural local. ¡Una agrupación de dueños de empresas! Si desde su entender se organizan acciones orientadas a mejorar la visualidad de la lectura en el imaginario colectivo, es en tanto estrategia de mercado para cumplir con su cometido oficial (legal, institucional), que es el de velar por los intereses (comerciales) de sus agremiados. Todos sabemos que al gran editor y al librero no le preocupa esencialmente que un libro se lea, excepto si prueba que esto acarrea más consumidores (de ahí su apoyo a los simpáticos booktubers; gracias a Mariana Castro por ponerme en la pista de este fenómeno); su labor termina con el libro vendido. Lo que haga con él el consumidor ya no es su problema, siempre que no se trate de copiarlo para, a su vez, redistribuirlo; ahí sí, la CPL desencadenará toda la fuerza legal y judicial a su alcance. La CPL y los editores que representa son incluso incapaces de distinguir la reproducción que hacen otros empresarios, los “piratas”, para lucrar con ella, de la que hacen los usuarios, los verdaderos lectores, para facilitar a alguien más el acceso al conocimiento. Para la CPL todo es piratería, incluso la actividad editorial del Estado.

Sería urgente que fuéramos capaces de desvincular de la CPL la idea de que “trabaja para nosotros” los lectores, los consumidores, los ciudadanos de a pie. No existe en el mundo una cámara de empresarios, una agrupación oficial de capitalistas, que haga semejante cosa. Sería urgente que pudiéramos desconectar nuestros intereses como lectores, como individuos libres e independientes, de los intereses de los empresarios del libro. Mientras creamos que queremos lo mismo que la CPL nos pide que queramos (que les exoneren los impuestos bajo el falso pretexto de que esto reduce el precio que tenemos que pagar por leer), seremos incapaces de ver el conflicto que yace entre sus intereses y los nuestros. Ellos quieren dinero, nosotros queremos acceso a la información. Y mientras el profit, la ganancia, el plusvalor (que ya sabemos de donde viene) se aparezca como un derecho (el de la libre empresa), el derecho a la información, que es un derecho humano, tenderá a ser visto como un delito. En la lucha del poderoso contra el débil, este artilugio es central: mi interés particular y doméstico se convierte, por arte de magia ideológica, en el derecho de todos. Y te friegas, compras lo que te venda, al precio que yo decida. Si no estás de acuerdo y decides reclamar tu derecho de acceder aquí y ahora a la información, a toda la información, y de garantizar a otros ese derecho, eres un terrorista, como me llamó una vez un funcionario de la CPL en facebook, cuando escribí algo por el estilo. Todo es terrorismo fuera de sus límites, y sus límites, como corresponde a todo aquello que se mueve según la dinámica del capital, tienden a extenderse infinitamente.

No, no aceptaré su invitación. No si me dejan en el silencio luego de plantearles mis dudas. Y mucho menos cuando la hacen sin ofrecerme honorarios, dando por sentado que trabajo gratis. Tan establecido como el dogma de la libre empresa y la no intervención del Estado en la economía está en ellos el de suponer que los conferencistas e investigadores libres no comemos, no pagamos alquiler ni colegiaturas, y por tanto no tenemos necesidad de cobrar por nuestro trabajo. Entiendo que estén acostumbrados a la vanidad y el hambre de foro que tienen los escritores y que les lleva a aceptar agradecidos cualquier espacio en el que puedan mostrar sus solemnes rostros, pero no es mi caso.

Moby Dick o el monopolio

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Grabado de Rockwell Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

De chico leí una adaptación en cómic de Moby Dick que se incorporó naturalmente a mi universo aventurero ya entonces poblado por Verne, Dumas y Salgari. El fantástico cachalote asesino y el obsesionado y oscuro capitán Ahab (“Ajab” escribía el traductor español de la adaptación) me desvelaban superando incluso las tormentas que el Corsario Negro había tenido que capear en sus asedios a Maracaibo, pero mis héroes eran Ishmael, el joven narrador que emprendía la aventura hacia lo desconocido y su exótico amigo —así lo presentaba Melville; no podía ser de otro modo a mediados del siglo XIX— el arponero polinesio Queequeg, que a pesar de ser un caníbal mostraba las cualidades más profundas del hombre solidario. Pero después de esa lectura infantil no volví nunca a la portentosa novela de Melville, postergando indefinidamente una lectura que desde chico sabía que debía completar aun cuando no me imaginaba siquiera la riqueza histórica, zoológica, filosófica, antropológica y hasta teológica que el adaptador había decidido ahorrarle a los jóvenes lectores de aquella novela gráfica de los años 70, en la que solo habia quedado “la acción”.

Pasaron cuarenta años. Mi curiosidad por Moby Dick fue renaciendo en Lima —una de las ciudades que aparecen en las anécdotas balleneras de la novela—, cuando internet permitió el acceso a la versión original ya libre de ese obstáculo para el conocimiento que llaman “derechos de autor”. Pero no lograba adentrarme en ella por la dificultad de un inglés lleno de términos y figuras complicadas que, además, tenía que leer en pantalla. Soy lector incansable de ebooks en kindles, tablets y computadoras, pero sigo prefiriendo los papeles encuadernados aunque cuesten más. Y Moby Dick se merecía ese tratamiento. Aun así no conseguía una edición impresa en su idioma original y prefería esquivar las ediciones populares españolas, tipo bolsillo aunque no cupieran en ninguno, más que nada por mi aguda desconfianza hacia los anquilosados traductores españoles que invaden bibliotecas y librerías latinoamericanas como si fuera su natural derecho.

Un día, en la librería El Virrey de Miraflores, encontré un fabuloso y enorme volumen en tapa dura de Moby Dick publicado por una editorial que yo suponía mexicana, Sexto Piso. El precio me pareció excesivo y lo tuve que dejar. Algunas semanas después, días antes de que iniciara la Feria Internacional del Libro de Lima, ese negocio disfrazado de cultura, un conjunto de editores independientes realizaron una “antiferia” en un local del centro de Lima. Entre las mesas de ediciones libres y contestatarias, no siempre con ofertas muy interesantes, había una de la librería El Virrey que había decidido solidarizarse con esa iniciativa alternativa, y en su mesa estaba el volumen de Moby Dick de Sexto Piso con un descuento sustancial que me decidió a comprarlo. Volví a casa feliz cargando el tabique que apenas cabía en mi mochila y empecé a leerlo de inmediato. “Nueva traducción”, decía, y presumía además las ilustraciones de un connotado artista mexicano.

“Llamadme Ismael”, comenzaba. ¿Qué? ¿“Llamadme”? Y la “h” de Ishmael, ¿dónde estaba? Mi sorpresa fue casi indignación cuando confirmé que el autor de la “nueva traducción” era español y que la edición había sido hecha de aquel lado del Atlántico. Confirmé que la medida del éxito para un editor latinoamericano es convertirse en español y que la colonización sempiterna cuenta con cómplices idiotas y felices de este lado. Entonces decidí leer el tabique al alimón con el original que ofrece gratuitamente el proyecto Gutenberg. La experiencia fue gratificante porque la traducción, deficientísima, me ayudó a entender lo que mi inglés limitado me oscurecía. Pero la indignación respecto a la edición en español de Sexto Piso crecía página tras página. Deficientísima, repito. Llena de errores de interpretación y salidas fáciles para la sólida complejidad de la inteligencia melvilleana, por no hablar de los errores gramaticales que se repiten cada cuatro o cinco páginas (¿editor?, ahí no hubo un editor) y las innumerables erratas que la ensuciaban por todas partes (corrector tampoco hubo).

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Portada de una edición rusa de 1968

El colmo quizás, fueron las ilustraciones. Sexto Piso contrató para el efecto a un artista premiado y reconocido que solo atinó a dibujar un personaje en el que se representaban todos; es decir, todos los personajes dibujados eran iguales, como retratos de Modigliani que han sido opacados por la ceniza de un incendio. Todo era oscuro, en una novela que es titánica por sus explosiones de color y visualidad. Había perdonado la carátula, en la que aparecía un estilizado Pequod sobre una gran ballena franca o azul aunque el tema central es la caza de cachalotes, bichos muy diferentes a esas ballenas dóciles que Ishmael no se cansa de despreciar a nombre de la industria ballenera de la primera mitad del siglo XIX. Lo más trágico de la experiencia visual en este librote (tal vez no más trágica que la literaria) no era la uniformidad de su ocre ausencia de color sino la aberrante decisión de no dibujar al personaje principal, al gigantesco cachalote blanco que Ahab persigue alrededor del planeta para irse con él al fondo del Pacífico. ¿En qué cabeza cabe? ¿Es así como Sexto Piso, la colonizada empresa mexicana transformada en española se acerca al más fabuloso Leviatán de todos los tiempos? ¿Así entienden la eufemística máxima de que la ilustración sugiera imágenes al lector? ¡¿Cómo puede un artista perderse la oportunidad de dibujar a Moby Dick?! Lo que me quedó al final es una especie de profundo desencanto de mi lectura de Moby Dick en español y la monición de que no, no he leído aún, como debiera, ese imprescindible cimiento de la literatura moderna. Habré de hacerlo alguna vez cuando pueda echarle mano a una buena edición estadounidense, completa e ilustrada (ojalá sea la ilustrada por Kent en 1930), de un libro al que los editores españoles le han escamoteado hasta el título —Moby Dick; Or, The Whale— durante un siglo y medio.

Estaría de más comentar las inconsistencias del traductor —que aporta notas al pie para aclarar lo que no es necesario y deja pasar lo que sí habría hecho falta—, y las negligencias del editor. Esta versión de Moby Dick en español no aporta nada nuevo respecto a las anteriores. Comparé algunos párrafos de la edición de Sexto Piso con alguna otra, anterior, también española, y no encontré ninguna diferencia significativa, nada que justificara hacerla otra vez. Excepto, claro está, las razones comerciales: el texto de Melville ya es de todos nosotros, ha sido devuelto al dominio público, al que pertenecen y le son robadas por los “derechos”, todas las obras de la inteligencia (también las tanto más numerosas de la estupidez) humana, y por lo tanto cualquier editor, cualquier persona, es libre de imprimir y vender lo impreso en el mercado. No así las traducciones que siguen tan celosamente guardadas bajo la llave de la falacia esa de la “propiedad intelectual”. La negligente Sexto Piso prefirió, entonces, pagar a un nuevo traductor (tan malo que seguramente es muy barato) que pagar los “derechos” de una traducción anterior. O quizá no quisieron “vendérselos” (“licenciárselos” diría la metáfora jurídica); quizá ni siquiera lo intentó (sin duda las traducciones anteriores siguen a la venta). Mercenarios comerciales, con comportamiento de minera, encuentran una veta explotable en aquellos clásicos que han tenido la “mala suerte” de “caer” en el dominio público, y lo demás es profit. (Yo pagué por el ejemplar, debí haberlo robado).

Moby Dick; Or, The Whale fue publicada en 1851. Su lenguaje, sin ser inglés antiguo, es difícil aun para el lector común de habla inglesa; es viejo, lleno de aliteraciones y fórmulas lingüísticas que “ya no se usan”, por lo que para un lector latinoamericano, los modos arcaicos que pueblan el español peninsular le quedan bien, son tolerables. “Llamadme” en lugar de “Llámame”, “fuisteis” en lugar de “fueron” y así, nos suenan a viejo, así que quizá las dejamos pasar en una novela del siglo antepasado. No así las traducciones de literatura contemporánea. Basta echar un ojo a cualquier edición de Anagrama de la obra de Bukowski para no querer volver a leerlo nunca más. Entre follones, pijas y coños, da la impresión de que el autor es como una especie de profeta bíblico (hasta la Biblia nos han traducido los españoles) poseído por Lucifer, con lo que perdemos la obra original en el laberinto del lenguaje que la traiciona letra por letra. Hace un par de años, cuando salió la más reciente novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah, leí el primer capítulo en su idioma original que su editor regaló como promoción. Estaba a punto de comprar la versión para Kindle cuando encontré la traducción en una librería y la compré. Espantosa experiencia para tan buena novela. Lo mismo me había pasado antes, por ejemplo, con libros de un autor que me fascina, Paul Auster. Alguien me regaló ediciones en inglés de su Leviathan y su New York Trilogy, y después de leerlas juré no volver a tocar una traducción de su obra mientras fuera hecha en España. Es algo que puedo hacer con la literatura escrita en inglés porque lo entiendo, y en ciertos casos en francés, que con dificultad mastico. Pero en cualquier otro idioma estoy fregado: a leer gilipollas (miento; prefiero leer traducciones al inglés siempre que puedo).

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Otro grabado de Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

Es un asunto de monopolios, mercados y colonización. Aunque parezca el mismo idioma, lo que hablamos en Latinoamérica tiene cada vez menos que ver con lo que hablan en España. Esto es clarísimo para las industrias cinematográfica y televisiva: nadie iría al cine si los doblajes y, en menor medida quizá, los subtitulados fueran hechos en España. Cuando compras una película reciente en el mercado pirata de Lima, en ocasiones los vándalos que las distribuyen han retirado la banda sonora original y dejado el doblaje ibérico: o la quitas, si es cualquier cosa, o a regañadientes te soplas los suspirados diálogos en español de España si es muy buena. ¿Han escuchado la voz de Homero Simpson en doblaje epañol? ¡Pierde toda su personalidad! (si ellos perciben lo mismo con los doblajes mexicanos, están en su absoluto derecho y razón; jamás pretenderíamos imponérselos). La industria ha entendido bien este problema y “cede derechos” de manera regional, de modo que las versiones son distintas en España, Argentina, México, Colombia. Los doblajes mexicanos solían distribuirse en buena parte de Latinoamérica presentando el mismo problema hasta que las empresas mismas de doblaje comenzaron a hacer versiones diferentes para el “mercado” mexicano y para el latinoamericano, aunque por ejemplo, al público peruano suele caerle muy simpático un doblaje mexicano mientras le aburre y disgusta uno español.

La industria editorial no debería ser diferente. La figura de cesión de derechos exclusivos para el “área idiomática de lengua española” debe desaparecer. Es una práctica monopólica y colonial que está detrás de la incapacidad que experimentan los sectores editoriales independientes latinoamericanos para crecer y desarrollarse. Su extremo está en que los salvajes monopolios españoles adquieren los derechos para traducir y distribuir en todo el continente americano, y además ¡en los idiomas de sus propias autonomías! Acabarán por restringir la posibilidad misma de que traduzcamos la literatura extranjera al quechua, al mixteco o al maya (idiomas que deberíamos aprender para alcanzar la descolonización que aún no tenemos). Los editores independientes y los traductores latinoamericanos deben organizarse en federaciones que sean capaces de presionar, por ejemplo en Frankfurt y otras ferias internacionales donde se negocian derechos, para que los editores de lenguas no españolas eviten entregar derechos idiomáticos (para un idioma supuestamente homogéneo que no es tal) exclusivos y globales. De este modo, para un libro escrito en alemán, en chino o en árabe habría traducciones que serían adecuadas regionalmente (como los doblajes de las películas) y que además competirían entre sí fortaleciendo las industrias editoriales locales y restringiendo el alcance de los monopolios españoles, último bastión de nuestra colonización, lucha aún pendiente por nuestra independencia.

Periodismo macho (misoginia entre paréntesis)

Otro ejemplo de misoginia entre paréntesis

Empecé a escribir estas notas durante el mundial de futbol, cuando la opinión pública puso atención en el grito colectivo de los hinchas mexicanos contra los arqueros rivales de su selección. Pero lo dejé pendiente por no querer incorporarme al coro de un debate que, de repente, me pareció inútil. Ahí se quedó el archivo, en el escritorio de la computadora, como tarea pendiente hasta ahora que un nuevo debate me hizo volver a abrirlo: el “reportaje” principal del último número de la revista Emeequis; un terrible ejemplo de cómo la ortopedia machista se cuela incluso en los textos de un periodismo que se pretende consciente y moderno. Así que aquí va, completado a la luz de estos nuevos hallazgos.

 

1.

“Para ti, Chino”, le dice un comentarista de la televisión peruana al otro cuando la cámara del estadio encuadra a una mujer joven entre las tribunas. No es la primera vez que estos periodistas deportivos encargados de cubrir el Mundial para la TV peruana (en exclusiva, lo que impide al espectador escuchar a otros periodistas) sueltan un chistecito machista y misógino, una forma mediatizada e indirecta de acoso sexual para una audiencia de millones, justamente en los días en que la municipalidad de Lima lucha contra el acoso sexual en los medios de transporte, pan de todos los días, infiltrando agentes de policía vestidas de civil para detenerlo. Pero, ¿cómo abatirlo si los líderes de opinión lo protagonizan, divertidos y campechanos, durante las transmisiones con más público del mundo?

La irresponsabilidad de estos periodistas tiene alcances insospechados. Uno de ellos, Eddie Fleischman, se volvió blanco de burlas de cierta parte del público, específicamente desde las redes sociales, que anotaba sus desatinadas frases y frecuentes gazapos para burlarse de ellas en la página de facebook “Fleischmaneadas”. Pero ante esta reacción del público, la respuesta de Fleischman, respetado periodista deportivo, fue avisar en tuiter que cometería más errores, ahora intencionales: “Estén bien atentos hoy, voy a cometer errores para q tomen nota y puedan vacilarse. Ojo, q no se les pase ninguno, ah!”, escribió para indicar que se enganchaba con sus bullies a través del ejercicio irresponsable de su deber como informador. La reportera Patricia Salinas lo registró en un artículo de la revista Caretas con el objetivo de defender al comentarista deportivo convertido en víctima de una parte de la audiencia. Sí, en Caretas, el semanario político por excelencia en el Perú, que con toda su importancia y trayectoria no ha podido superar la necesidad de incluir entre las últimas páginas de todas sus ediciones una “calata” (“encuerada” en el argot local) para el “deleite” macho.

El grito “¡Eeeeeeh putoooo!” que profería la fanaticada mexicana contra el arquero de Camerún, fue traducido por Fleischman para el televidente peruano como “¡Burrooo!”, entre risas de simpatía por la manifestación folclórica de la república hermana (“gemela”, habría dicho Miguel León Portilla en el discurso de recepción del doctorado honoris causa que le otorgó la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2003). Para estos periodistas el insulto en cuestión no es extraño ni extremo, ni queda claro si efectivamente son tan inocentes para no entender que lo que grita la tribuna es “puto” y no “burro” tomando en cuenta que en el Perú, “puto” tiene exactamente las mismas connotaciones que en México o si lo que hacen es censurar a la tribuna y autocensurarse, esperando que su audiencia sea tan estúpida como para no ver por sí misma que se trata de un insulto homofóbico, por lo demás muy natural en tierras incas.

Estos mismos periodistas pueden darse la oportunidad de usar expresiones misóginas (al “dedicarse” las imágenes de chicas en las tribunas) y racistas (al bromear sobre los nombres de jugadores de países donde se hablan idiomas diferentes o enfatizar la presencia de jugadores “de color oscuro” en alguna selección europea que sólo entienden como caracterizada por personas que no son “de color oscuro”). Comentaristas que ejercen su vocación machista cada cinco minutos cuando, en la emoción de una jugada peligrosa, subrayan su pobre narración con un sonoro “¡señores!”.

Porque en su visión de la vida y de su trabajo, su audiencia está conformada exclusivamente por señores. Si hay niños, niñas, señoras, jóvenes o ancianas entre el público que mira un partido del mundial, es irrelevante, accidental. Se habla para los señores porque solamente ellos importan, sólo ellos tienen algo qué decir, sólo ellos pueden comprender el deporte de los machos, el deporte de los “verdaderos” hombres, el deporte de los señores y, a partir de ahí, jugar a ofrecerse a las mujeres del público que la cámara, también machista, enfoca, o decidir mentir intencionalmente a su audiencia para “picar” a quienes los contradicen.

 

2.

Para muchos peruanos, como para muchos mexicanos (de hecho para la mayoría de ellos), la principal experiencia cultural es la televisión (si internet, específicamente facebook, hoy alimenta parte de su mundo simbólico, es a través y alrededor de la propia TV). De ella obtienen las claves para interpretar el mundo, de ella viene buena parte del universo simbólico que se les impone y al que retroalimentan con una complicidad que no se reconoce a sí misma. Complicidad compartida, por supuesto, con la prensa escrita, para la cual parece que sólo lo que aparece en la pantalla es noticia. Las acciones contra el machismo (y la misoginia, y las llamadas de atención sobre el feminicidio y la discriminación por opción sexual o por raza o por lo que sea…) que se toman desde las políticas públicas, no son nunca noticia; a lo más, notas de relleno. En las primeras y últimas planas de los diarios populares aparece siempre una imagen misógina y machista (modelos “mostrando sus atributos”) y las noticias son siempre sobre lo que dijo algún futbolista o una estrella de TV en el programa de ayer por la noche. Que una de las secciones periodísticas más vistas del Perú sea “Las malcriadas” del Trome, es solo un ejemplo.

Cabría esperar que la otra prensa, la que se dice seria, aunque sea muchísimo menos leída que la prensa popular (“chicha” en el Perú), estuviera exenta de estos vicios, pero ya vimos que no con el ejemplo de Caretas, una revista de referencia para la política en el Perú como lo es Proceso en México. Cabría esperar que los periodistas más profesionales, “conscientes y comprometidos” con el deber de informar imparcialmente a la sociedad, fueran capaces de analizar lo que escriben y detectar el lugar en el que se asientan los prejuicios de la ortosemiótica machista. Que fueran capaces de entender que el asesinato de una mujer, el feminicidio, no tiene sus causas en el comportamiento de la víctima ni en su forma de vestir ni en sus costumbres sexuales ni en sus adicciones ni en sus conflictos sentimentales o en el grado de “desintegración” de la familia de la que procede, o de descomposición social de su barrio. Que el feminicidio tiene su origen en las manos de un asesino para el que el valor de la vida de una mujer es irrelevante porque es un macho, señores.

 

3.

La misoginia y el machismo son monstruos de mil cabezas. Un nuevo ejemplo nos abofetea desde las páginas de una revista respetable, profesional, moderna y consciente, la revista mexicana Emeequis que, al verse obligada a responder ante las críticas de lectores que denuncian el machismo y la misoginia de su historia central en la edición de septiembre de 2014, nos dice que tiene una experiencia de ocho años (una barbaridad de tiempo, pues) durante los cuales no se ha cansado de denunciar el feminicidio, etcétera, etcétera, etcétera (de hecho enumera tópicos de los derechos humanos de la misma manera que un discurso de poĺitico del PRI: de memoria y según receta). Después de “agradecer los comentarios” nos dicen: “Lamentamos mucho que esa sea una de las lecturas que se desprenden del texto mencionado”. No sin habilidad, el editor aparece, por fin (porque no estuvo presente antes de cerrar la edición), para valerse de una pretendida polisemia que le permita asegurar que la lectura misógina es responsabilidad del lector, no del autor (un periodista profesional e independiente que ha recibido el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter, que no es alemán sino mexicano). Es decir, que soy yo el machista, el misógino porque soy yo el que ha dado esa interpretación al texto. Yo soy el culpable, en última instancia, porque mi parcial visión quiere justificar la “vida disoluta” de Sandra, la mujer asesinada que, como se desprende de la narración, sin duda merecía ese final. A diferencia del asesino, el pobre muchacho tan brillante y talentoso que vio su carrera truncada por culpa de esta mujer terrible a la que tuvo que asesinar asfixiándola, luego descuartizar, embolsar y repartir para esconderla y, finalmente, huir para salvarse de ser castigado por el crimen que con toda justicia ha cometido.

Yo soy el culpable de esta lectura porque dice Emeequis que hay otras y que la avalan ocho años de experiencia y compromiso.

Sin embargo, no hubo editor que viera “esa lectura” del artículo de portada en la revista. Y estoy seguro de que no hubo editor porque sería comprensible que un editor dejara pasar el artículo sin darse cuenta de su misoginia pero no, al menos, sin corregir los errores narrativos, sintácticos y hasta ortográficos del texto; no sin cuestionar al autor el uso de un recurso literario como el de las historias cruzadas a través del cual dota al asesino de dos identidades (ambas caracterizadas por su nobleza y carisma), y cuyo uso aleja al texto del reportaje y lo coloca definitivamente en el ámbito de la ficción. Querer pasar un texto de ficción, por más que esté fundamentado en hechos que realmente sucedieron, como periodismo es un error doloso, es engaño manifiesto.

No me dentendré a analizar detalles del texto porque ya lo ha hecho Catalina Ruiz-Navarro con admirable certeza. El texto con que comienza el artículo, probablemente no es del autor sino de esa ausencia que podemos suponer editor de Emeequis: Ya desde ahí el asesino es un chico “amable, educado, talentoso [que] se transformó en alguien que no era él” (¿un vampiro, un hombre lobo, un zombi, una víctima de posesión diabólica?), mientras que la víctima es apenas “un cuerpo sin vida” en el que este chico “que no era él”, “terminó por encajar un cuchillo”. Aun antes de esta introducción, en el título mismo impreso en la carátula de la revista, y por lo tanto entendido como argumento de venta, sabemos que se trataba de “El joven que tocaba el piano”, y como subtítulo, en letras más pequeñas (puesto, además, entre paréntesis, con lo que se minimiza doblemente el asunto central del artículo y se consigue un recurso gráfico y de estilo que mueve a la lectura desde el morbo), la frase “(y descuartizó a su novia)”. Inmediatamente después nos enteraremos de que Sandra no era “novia” del asesino, sino alguien con quien se encontraba por primera vez. “Novia” es, entonces, ficción, y es de la revista, no del articulista. Él, por su parte, en su descontrolada necesidad de escribir bonito, no atina a presentar a los captores del asesino como agentes policiales: son “¡hombres, unos hombres!” que, además, están maltratando al pobre chico como lo haría cualquier criminal en una escena típica de “levantón”. En este momento de la narración, la fiscal Claudia Cañizo es sólo “una mujer de jeans”; pasarán largos párrafos y una persistente confusión entre los dos personajes paralelos que son el mismo asesino para descubrir que se trata de la autoridad encargada del proceso criminal. El autor no se detendrá en su intento por dibujar la calidad de víctima del verdugo hasta el grado de mostrar que incluso su captora, la fiscal Cañizo, confiesa que le gustaría tener un hijo como él. Un asesino. Un feminicida.

 

4.

La indignación ante este artículo porque justifica, defiende y realiza una apología del feminicidio mediante un conjunto de recursos pseudoliterarios que tergiversan la posición del asesino y estereotipifican, desde prejuicios machistas profundamente arraigados, la de la víctima, provocó acciones de protesta. Muchos firmamos una carta que pide la retractación pública del autor (no el retiro del texto, como se dijo por ahí), una disculpa para la familia de Sandra Camacho y la capacitación de la plana editorial de Emeequis en temas de género y discriminación. Es lo menos; que se formen como editores periodísticos responsables y aprendan a detectar los prejuicios de sus autores que llevan a la distorisión de la realidad sobre la cual informan.

Pero es tan profundo el arraigo del machismo y la misoginia entre nosotros, que pronto se nos acusó, a los abajofirmantes de esta carta, de “minoría de linchadores” y de “histeriquitos” que quieren decidir “qué se publica en el país”. Otros, con brillo argumental superior al del autor del texto, aprovecharon para citar, por ejemplo, algún cuento misógino de Arreola e ironizar que tendríamos que pedir al FCE el retiro de sus ejemplares del mercado, con lo que no solo justifican la misoginia del texto Alejandro Sánchez González en Emeequis, sino que aplauden la ficcionalización de los hechos en un contexto periodístico y ponen la arrogancia pseudoliteraria del articulista a la altura de la maestría del clásico. Que nos importa el discurso, la forma de decir y no los hechos. ¡Censura!, dicen que queremos (mientras nos censuran). Y quizá tengan razón aunque pienso que lo que demandamos es responsabilidad periodística. Es demasiado pedir. Es imposible aunque parezca poco.

“Pérdidas por piratería”: una enorme farsa de nuestro tiempo

codigocuadros

Los empresarios de la cultura nos están convenciendo de que usar o consumir sus productos sin su autorización representa pérdidas para sus negocios. Llamar “pérdida económica” al producto no vendido, aunque haya sido “consumido” de alguna manera, es una farsa, una mentira. Editores, productores de cine y música y desarrolladores de software han visto crecer sus ventas incesantemente durante décadas y décadas; desde que sus industrias quedaron establecidas en el modelo que hoy se ensañan en proteger con lobbys, leyes y mentiras que buscan convertir al estado en su cómplice a través de una forma de chantaje. La supuesta “fuga” comercial que acusan lastimeramente cuando ven que sus productos se copian y redistribuyen por canales que no les pertenecen, que no han diseñado ellos mismos, es independiente de una forma de hacer negocios que de cualquier manera crece (lo que ha disminuido es el ritmo en el que crece). Es como si una ambición infinita buscara sustento legal para satisfacer su insaciable sed de dinero. Si usted leyó tal novela en un formato que yo no produje, usted leyó criminalmente; si el software con el que escribe no generó un campanazo en mi máquina registradora, su texto es ilegítimo; si usted vio mi película a través de un canal que yo no controlo, usted me ha robado.

Es increíble que esta portentosa farsa, este engaño flagrante, se esté estableciendo entre nosotros como verdad. Y lo es porque oculta su fuente hasta desaparecerla: el derecho de acceder a la información, a la cultura, al producto de la creación humana, que debería ser tan universal como el que tenemos a la vida, a la salud y a la alimentación. Es hipócrita la organización del discurso de los estados cuando dicen que se deben resolver todos los problemas con educación, pero son incapaces de establecer una estructura adecuada para que la educación se realice, el acceso masivo de todas las personas a los productos de la cultura y a las herramientas para la creación. ¿De qué educación hablan si los recursos con los que esta debe realizarse son de acceso restringido y costo excesivo y, en último análisis, están destinados a enriquecer monopolios?

Suena estridente el coro de plañideras de los arcaicos empresarios (monopolios de medios, protectores de prestigios, miembros de elites “creadoras”) cuyo modelo de negocios, del que somos rehenes, se basa en alejar y obstaculizar el acceso a la cultura, a la información y a la creación de todos (y aun así insisten en que es a eso a lo que se dedican, a engrandecer nuestras secas vidas con sus edificantes productos). Lograrán quizás convencernos de que leer un libro, por el medio a nuestro alcance, nos convierte en ladrones.

Evitarán que sepamos que obligarlos a adecuarse a los medios de distribución contemporáneos es la forma adecuada para acabar con los negocios paralelos de copia y redistribución cuya creación ellos mismos auspician pues es una imitación de su propia estrategia fundada en la readecuación de los productos al poder adquisitivo de poblaciones alejadas pero interesadas en la producción cultural. Monopolios y piratas son dos caras de una misma moneda.

Evitarán que sepamos esto porque adecuarse al nuevo ritmo de creación y distribución significa para ellos la debacle. Porque habrá cada vez más creadores y menos consumidores; porque la rentabilidad de los negocios culturales será mucho más pequeña, más de medida humana, y no construirá prestigios, fantasías y estrellatos; no pagará limusinas y alfombras rojas, ni construirá rascacielos ni jets privados; será de a pie, será remix y colectiva; más terrestre, cercana y accesible.

Evitarán que lo sepamos para poder seguir sosteniendo un mecanismo enfermo y limitado de creatividad basada en productos construidos por el dictado del consumo. En este proceso, convencernos de que leer, mirar, usar y mezclar, como podamos, como queramos, libremente, es un crimen y merece penas, y se entiende como un cálculo que cuenta como perdido el valor de lo que nunca se produjo.

La basura de la feria del libro de Lima y un librito para ayudar a limpiarla

No firmé la carta de protesta del 18 de julio de 2013 en la que un conjunto de escritores y personas ligadas al mundo literario y editorial se pronunciaban en contra de las desatinadas decisiones de la organización de la 18 Feria Internacional del Libro de Lima. No la firmé porque no la recibí pues no soy un escritor ni un artista ni un intelectual ligado a ese mundo; si lo fuera y la hubiese recibido, probablemente la hubiera firmado. Y como muchos de los abajofirmantes, hubiera hecho el ridículo firmando la protesta y después asistiendo solícito a la feria a presentar un libro, aunque fuera, como hizo Victoria Guerrero, en plan de performance, con pasamontañas y cartelitos alusivos y mal hechos, como reseñó Lima Gris. Triste actuación, deslucido y aislado acto el de Guerrero, que al final le hace el juego a la corrupción librera de la Cámara Peruana del Libro (CPL) y a la discrecionalidad con que su organización cultural, encabezada desde hace años por Doris Moromisato, reparte espacios de exhibición, micrófonos, salas de conferencia, horarios y homenajes a sus amigos. Cómplice como los escritores y artistas que firmaron la protesta y luego fueron a presentar sus libritos y a firmar autógrafos a los despistados y escasos lectores.

El mismo día en que circulaba la carta, la revista virtual El Hablador (una de las más interesantes del espectro cultural local) publicó un pronunciamiento en el que nuevos abajofirmantes cuestionaban a los abajofirmantes de la anterior por protestar y aun así asistir a eventos y presentaciones en la criticada feria. Los miembros de El Hablador prefirieron realizar un acto radical de boicot: no asistir, no hacerle el juego la organización mafiosa que es la CPL, porque “la protesta [de los escritores que firmaron la primera carta] queda reducida a un mero gesto bienpensante y vacío sin ningún efecto práctico más allá de la insignificante satisfacción personal de sentir que se actúa con corrección”. Decía El Hablador que “esta carta tan bien intencionada como inofensiva no sirve absolutamente de nada si no se le acompaña con el acto efectivo de cancelar TODAS las participaciones que los escritores firmantes tienen programadas en la Feria”.

La lectura de este pronunciamiento me dejó en medio de un complicado dilema: yo estaba programado para presentar el libro Todo lo llevo en el canto de Omar Camino, el sábado 3 de agosto. Y debí, quizás, comunicarme con Omar, con quien he entablado una agradable amistad que cruza por las letras pero crece con la música, para decirle algo así como “me honra que hayas pensado en mí para presentar tu libro, pero no puedo hacerlo, no puedo participar porque para ser consecuente con lo que pienso debo cancelar mi participación en cualquier evento de esta feria de la corrupción libresca”. No me atreví a hacerlo, no me atreví a dejar plantado a Omar. Y hubiera sido ridículo: no soy nadie y mi digno acto de protesta hubiera pasado hilarantemente desapercibido. Reduje mis opiniones sobre la feria a un par de comentarios ácidos en facebook o tuiter y a presionar “me gusta” y retuitear las opiniones de otros. Pensé en el largo proceso de edición del libro, durante el cual Omar y yo trabajamos cada uno de sus poemas, cada página, cada verso con delicadeza de joyero. Habíamos comenzado el proyecto a principios del año, muy lejos de los días en que se conocerían las desacertadas decisiones organizativas de Doris Moromisato y la CPL, y lo habíamos hecho pensando en que la publicación fuera puesta en circulación en ese evento, para aprovechar, como hace cualquier editor, la coyuntura librera, tan única en el contexto de pobreza cultural del Perú que la feria se convierte en el clímax de ventas de la industria y, para algunos editores que no alcanzan las corruptelas de los grandes y del gobierno, en la quincena de la cosecha, el día de mercado del que vivirán el resto del año porque no venderán más después.

Así que me presenté en la feria el sábado 3 de agosto solo para estar en ese evento. No habría asistido en absoluto si no hubiera tenido ese compromiso. Vi poco; compré un libro, comprobé la pobreza que desde hace tanto caracteriza a la feria de Lima, y presenté junto con Rafael Santa Cruz, Víctor Vimos y Omar, el libro de décimas tan cuidadosa y cariñosamente producido. No pude evitar hacer referencia a la corrupción que campea en el mundo del libro en el Perú, y me gané con eso, según me cuenta quien lo vio, la mirada de desaprobación de Rafael Santa Cruz (dicen que puso cara de “¿qué le pasa a este huevón?”). Pero tenía una razón para hacerlo: el libro de Omar es un ejemplo raro, una especie desconocida entre las que pueblan esta industria torcida del libro en el Perú. Aunque lo publica YTR Ediciones, no se trata de una editorial sino de la agencia que asesora a Omar en su carrera como músico y compositor, es decir, se trata de una edición de autor respaldada por un equipo de trabajo. Se trata también de un libro de poesía fuera de lo común: poesía ceñida a la dictadura del octosílabo y el endecasílabo, de la décima y el soneto; poesía que quiere volver al habla y al cantar de la gente, lo cual no deja de ser aventurado en una época en que la “gran” poesía se vuelve cada vez más críptica, que adopta el verso libre como un dogma, que prescinde cada vez más de su obligación de musicalidad.

Creo, a fin de cuentas, que en el contexto de corrupción en que se desenvuelven quienes producen libros en el Perú, y de tímida entrega a sus designios de quienes se consideran independientes en la misma tarea, el libro de Omar es significativo. Me alegro de no haber firmado la carta de protesta, como tantos escritores que después de hacerlo subieron a los estrados y le hicieron el juego a la CPL. Me alegro de no haber cancelado mi participación en el evento de Omar y de haberlo aprovechado para proponer un libro diferente, un libro que trabaje para destrabar la mafia y la negrura del mundillo del libro en el Perú, poniendo poesía en la voz de la gente (lo que leí esa tarde y la notita que escribí para la solapa se pueden leer en la sección de Registros de este blog).

Élites y creación literaria

Me invitaron a ser jurado en un concurso de literatura muy privado y bastante simpático. Fuera de cualquier circuito literario “institucional”, se trata de una iniciativa “cultural” al interior de un club deportivo privado de “altísimo nivel” en el Perú, famoso por haber prohibido hasta hace poco tiempo que las mujeres pudieran ser asociadas a título personal. Durante años y años, sólo hombres gozaban de ese derecho, y hasta hoy, dentro sus filas se cuentan algunas de las familias más acaudaladas del Perú.

De la experiencia resaltan un montón de cosas, como por ejemplo, que no tengan presupuesto para pagar honorarios a los miembros del jurado, y que lo más que puedan hacer es ofrecer pasar un día en el club como si fuéramos socios. A mí no me entusiasma la posibilidad, pero he aceptado la propuesta porque me la ha hecho una autora que estimo y que se toma entre las manos la tarea de echar a andar actividades culturales dentro del club.

Lo más impresionante de la experiencia, sin embargo, es constatar que la calidad literaria de los manuscritos sometidos al concurso no es baja: ¡está ausente! No sólo no saben escribir (páginas plagadas de errores ortográficos, sintácticos, argumentales), sino que en sus manuscritos dejan traslucir los prejuicios con los que viven acerca de sí mismos como clase “dirigente”, y de los demás, de la cholada, la negrada y la indiada peruana. He tenido que leer supuestos relatos cortos llenos de racismo solapado, y machismo manifiesto; plagados de jerarquías domésticas no problematizadas y de miradas bucólicas sobre los Andes y otras provincias, que tienen como punto de vista solariegas casas-hacienda desde las que se ve al pueblo (sobre)vivir.

Debo estar equivocado, pero me sorprende ese nivel menos que básico en cuanto a conocimiento de la literatura y de manejo del lenguaje en las “creaciones” de un grupo de miembros de un club en cuyas huestes se cuenta lo más granado de la sociedad peruana: sus empresarios, sus profesionales, sus dirigentes económicos, sus gloriosos “emprendedores”; la vanguardia económica de un país que vive un supuesto boom de desarrollo. El crecimiento económico peruano, si esta experiencia sirviera de muestra de lo que sucede a nivel nacional, está en manos de personas para las que “literatura” y “cultura” son cualquier cosa, pero que no pararán de quejarse de los lastres educativos que tiene el país. Y eso explica en cierto modo que todo el discurso de la inclusión y la pluriculturalidad se mantenga al margen mientras el territorio nacional se entrega a las corporaciones mineras internacionales y se vende a precios puestos en el exterior.

¿Qué pagas cuando pagas un libro de texto escolar en el Perú?

Además de la coima para el colegio, en el precio del libro de texto también van los alquileres o costos de amortización de las superoficinas editoriales en San Isidro u otros distritos costosos; los salarios millonarios de sus gerentes y subgerentes, los almuerzos y desayunos y cenas diarias en restaurantes cinco estrellas para agasajar funcionarios gubernamentales o pactar negociados con sus representantes gremiales; los precios de los stands en las ferias en que se hacen publicidad, las membrecías a su “cámara”, los viajes nacionales e internacionales para perder el tiempo en congresitos, sus carros, combustibles y mantenimiento; los costos de eventos y conferencias con “especialistas” que cobran millonadas para “capacitar” maestros y maestras que asisten porque habrá lonchecito; los costos de los “regalitos” que les hacen a los directivos de los colegios a fin de año si se portaron bien y “compraron” (es decir, exigieron a los padres de familia) sus libros mal hechos; los costos de picado de libros no vendidos (para no hacerlos circular y sustituirlos por nuevas ediciones igualmente inútiles), los costos de importación y exportación, las cuentas de sus smartphones y sus iphones, de la luz de sus oficinazas, de sus sillas y escritorios de diseñador, de sus Macs y sus impresoras, y el agua y arbitrios y alarmas y mecanismos de seguridad; los costos del desperdicio ignominioso de papel y tinta en pruebas de corrección (que igual salen sin corregir).

También, aunque no pesan mucho, los salarios de hambre del personal de servicio que limpia sus oficnas y lava sus tazas y barre sus pisos y no puede pagar los libros que ayudan a fabricar; de los guachimanes que cuidan sus “activos”; los salarios de semihambre (de endeudamiento perenne de sus clases medias, editores, diseñadores correctores, capacitadores) que ganan muy por debajo de sus capacidades y currícula; los salarios y laptops y carros y gasolnas de sus “promotores comerciales” (o ¿debería llamarlos corruptores comerciales?). También va en el precio de los libros el IGV y otros impuestos que al final del ejercicio recuperan a través del mecanismo de proyecto editorial amparado por una ley del libro fallida y que solo los beneficia a ellos (y que cargan en el precio de los libros como si los pagaran), no a las editoriales pequeñas independientes ni a los autores y creadores, redactores y correctores, ilustradores, diseñadores diagramadores.

También van los costos del software (cuando lo pagan, y si no lo pagan igual lo cargan: Adobe, Apple, Microsoft, etc.) de procesos que podrían ser sustituidos por software libre. Y los sobreprecios de las imprentas chic, y los de los papeles supuestamente certificados. Y los honorarios de los estudios de abogados que “defienden” la “propiedad intelectual” haciendo lobby ante Indecopi en su “gesta” antipirata, entre otras mil tareas de leguleyo que cobran por hora en el teléfono. Y los costos de sus pantallazos en internet que sirven para nada más que impresionar maestros porque no apoyan en absoluto el contenido de sus pésimos libros y sirven sólo de marketing sin costo de minuto transmitido en radio o TV, pero lo cargan en los libros como si lo fueran. Y, por supuesto, van en el precio de los libros los “márgenes de ganancia” que “naturalmente” les corresponden a las empresas porque así lo quiso dios, de quien tanto hablan en sus libros; las utilidades que al final del ejercicio dicen no tener para no repartirlas como manda la ley. Y el estrés de todos esos empleados por salarios de supervivencia que tienen que obedecer órdenes de capataces más que de superiores.

Lo que no va en el precio de los libros son los miles de horas extra que trabajan esos profesionales de bajo rango y que no cobran; cuando mucho se los intercambian por horas libres o días de vacaciones; los impuestos laborales que no pagan a sus trabajadores “independientes” rompiendo la ley laboral que exige que los metan en planilla y no lo hacen; el déficit que cuelga en el hambre de artistas gráficos que cobran cualquier cosa por sus ilustraciones; no van las regalías de los autores que tienen que firmar contratos de exclusividad, clandestinidad y entrega, que no pueden ni acreditar el ser autores porque su trabajo es “propiedad de la editorial”; o las regalías de los autores de literatura que no venden porque “no son negocio” (sólo el libro de texto lo es en el contexto de la corrupción editorial-instituciones educativas, mercado cautivo, objeto de oligopolio); los costos del engaño, del plagio sistemático, del abuso con el pretexto de que “educan” y “hacen algo por el país”.

La educación en manos de ladrones sin escrúpulos, de cínicos tramposos, de corruptos abusivos. Ése es el mundo del libro en el Perú.