Breve semblanza telúrica personal

Roble

[Edificio El Roble, vacío durante veinte años]

I. México, D.F., 1985

Tenía 21 años en septiembre de 1985. Estudiaba segundo año de sociología en la universidad Iberoamericana, cuando aún estaba en la colonia Campestre Churubusco, conformada por “gallineros” de lámina y tablarroca que se instalaron provisionalmente luego de que el sismo de 1979 tumbara los edificios de aulas. Me preparaba para ir a clases aquel miércoles 19 de septiembre. El espejo del botiquín del baño, entreabierto para evitar el reflejo de la ventana, empezó su vaivén y terminó por cerrarse. “!Temblor!”, gritó mi mamá que veía la célebre transmisión del noticiero de Televisa, con una nerviosa Lourdes Guerrero luchando por mantener la calma hasta que la señal se fue por la caída de las antenas de la transmisora.

Vivíamos en Ciudad Satélite, lejano suburbio ajeno a los estragos telúricos por estar asentado en el terreno sólido de los llanos al noroeste de la ciudad de México. Hasta ese día, los temblores no me asustaban y hasta me parecían divertidos; me daba coraje cuando no los sentía. No tenían el efecto instantáneo que tienen hoy, el shot de adrenalina y angustia que te vacía el pecho. El frío de miedo.

Mi papá contaba entre risas una anécdota sobre el temblor de 1957, aquel en el que se cayó el Ángel: él y sus hermanos se levantaron de la cama y fueron a ver a la abuela que, del susto, estaba perdida entre las sábanas y no encontraba la forma de salir de la cama. En su disco Mi barrio, Chava Flores, compadre de mi papá, parodiaba al funcionario corrupto de todos los tiempos con un diálogo dramáticamente cómico situado a la mañana siguiente de aquel temblor (cito de memoria) “¡Licenciado, licenciado! ¡Se cayó el Ángel, licenciado!”, decía un burócrata al teléfono; “¿Cómo que se cayó el Ángel? ¿Y de qué lado se cayó?”, preguntaba el jefe; “¡Del lado derecho, licenciado!”, y el funcionario se lamentaba: “¡Virgen santa! ¡Mis gladiolas!”.

Mi mamá, por su lado, destacaba orgullosa que el único edificio de la Ibero que no había colapsado en marzo de 1979 (yo tenía 14 años entonces; la misma edad que tiene hoy mi hijo mayor), la biblioteca (falso: tampoco se vino abajo el de laboratorios, que se convertiría en oficinas de los departamentos académicos, mientras la biblioteca incólume le daba hospedaje a la rectoría), había sido construido por el consorcio de ingenieros para el que trabajaba como secretaria y recepcionista. Su oficina estaba en Reforma, justo frente al cine Roble, ese enorme bloque de concreto y cristal que después de aquel temblor quedaría condenado para siempre al silencio. Su acera, acordonada, fue durante años símbolo —uno que quizá nadie quiso ver con claridad—del riesgo sísmico de la ciudad de México: “no camines por ahí”, me decía mi mamá, cuando, para hacer tiempo en lo que daba su hora de salida, yo paseaba por aquellas calles de las colonias Juárez, Tabacalera y San Rafael que se habían convertido un poco en mi barrio. Pero, contra todo pronóstico, el cine Roble, con su marquesina rota y silente, se mantuvo en esa verticalidad precaria después de 1985; muchos años más tarde sería finalmente demolido para albergar a otro símbolo de nuestra destrucción: el Senado de la República.

Salí de casa sin sospechar la magnitud del daño. Frívolo, banal, no encendí el radio de mi viejo VolksWagen. Fue el tráfico mucho más pesado que de costumbre, lo que me dio indicios de que algo andaba mal. A medio camino recogí a Marco, mi compañero, que traía noticias frescas. Opinaba que no deberíamos seguir hasta Churubusco, que había que ir a Tlatelolco a empezar a levantar piedras y escombros como ya tantos de nosotros estaban haciendo. Yo quise seguir hasta la universidad pensando en que ahí podríamos organizar un albergue y centro de acopio. Otros de mis compañeros habían pensado lo mismo y, cuando llegamos a la universidad nos encontramos con que las autoridades se habían negado a abrir sus puertas para canalizar nuestra solidaridad. En el forcejeo tumbamos la malla ciclónica que rodeaba al edificio, pero nada de eso parecía estar ayudando a vivir a las víctimas, así que volvimos a abordar el VW y nos fuimos hacia el centro.

En los alrededores del edificio Nuevo León, una enfermera voluntaria nos aplicó la vacuna contra el tétano, nos dio tapabocas —y el consejo de remojar un algodón en vinagre y meterlo dentro como ayuda desinfectante—, y nos puso en la fila de los relevos para sacar escombros a mano. Ahí estuvimos hasta la tarde; luego, intentando aproximarnos nuevamente a Churubusco, fuimos a la avenida Chapultepec, donde pudimos colaborar en la búsqueda de más sobrevivientes. Ya anochecía cuando llegamos nuevamente a la Ibero a comprobar que nuestra escuela no se decidía a hacer algo por la ciudad; representantes estudiantiles y autoridades perdían el tiempo en discusiones mientras la ciudad derrumbada empezaba a renacer de las cenizas de su épica solidaridad.

Decidimos ir a la Cruz Roja de Polanco y ahí pasamos los siguientes días sin descansar ni un segundo. Me tocó apoyar el acopio y clasificación de medicamentos, para lo que recibí una capacitación instantánea de una farmacéutica: los medicamentos caducos, allá; los antibióticos acá, los analgésicos aquí, y así. En minutos sabía distinguir medicinas y lo que hacían; recitar posologías, advertir reacciones secundarias y armar botiquines de emergencia para despacharlos o llevarlos a donde hacían falta según los avisos de quienes iban y venían trayendo noticias. No había teléfonos móviles y, por supuesto, no había redes sociales que apoyaran la difusión de la información. Pusimos el VW al servicio de la ciudad. Con una cruz roja pintada con plumón sobre cartulina blanca lo disfrazamos de vehículo para la asistencia y llevamos botiquines, bidones de Electropura (aún no se imponía el agua embotellada) y tortas a las calles de López, en el centro; a la colonia Morelos, a Tepito y a Peralvillo, a Tlateloco y a la Roma. El más terrible de aquellos viajes fue el traslado de un paquete de bolsas negras para cadáveres que se necesitaba en el estadio de béisbol del Seguro Social, entonces convertido en improvisada y masiva morgue. No olvidaré jamás el olor de la muerte que nos penetró, cruzando tapabocas y vinagres, al ingresar al túnel de aquel lugar, hoy convertido en un nuevo templo del consumo.

El viernes 21, la más fuerte de las réplicas del sismo nos encontró en el estacionamiento que la Cruz Roja había habilitado como centro de acopio. El pánico fue instantáneo; todos corrimos hacia cualquier lugar, como el enjambre de avispas que se desmembra al ser destruido el panal. Pero muchos volvimos de inmediato; la tarea no estaba completa y seguimos trabajando.

Aunque éramos estudiantes de sociología, no podíamos ver todavía lo que estaba pasando, Sabíamos que la ciudad respiraba gracias a quienes habían desatado sus fuerzas en el voluntariado y el brigadeo; sabíamos que el gobierno no alcanzaba a reaccionar aunque para el viernes 21 los militares ya patrullaban la ciudad (e impedían el paso de las ayudas ciudadanas). La reacción del sistema político fue muy lenta, como sabemos, y al menos en su primera etapa no se orientó al alivio de la tragedia sino a impedir que quienes nos habíamos apropiado de las calles nos apropiáramos también de una voluntad transformadora que cabalgara sobre la crisis hacia la libertad.

A la semana siguiente, la Ibero por fin pareció despertar. Las autoridades no permitieron que se instalara un albergue para damnificados pero sí dejaron que los estudiantes organizaran un centro de acopio. Como experto en medicamentos, a partir del lunes 24 me sumé a la sección de botiquines del centro de acopio de la Ibero y ahí me quedé durante las tres semanas siguientes. Poco a poco las cosas fueron retornando a la “normalidad” (¿qué puede ser normal después de eso?). Nuestros maestros empezaron a explicar el espontáneo surgimiento de ese impulso de vida que fuimos los jóvenes de 1985, pero nosotros, algunos de nosotros, seguimos en la brigada por semanas. No parecía que retrocediera la necesidad de nuestras manos. Para desactivar nuestras acciones, la universidad ofreció que el tiempo que habíamos dedicado valiera como servicio social. Nos negamos y seguimos ahí por algunos días más.

Trabajábamos día y noche. Tomábamos descansos de una o dos horas, por lo general dormidos en el asiento trasero del VW, y volvíamos al trabajo. Hacíamos rápidas visitas a casa de algún compañero para darnos un baño y volver al centro de acopio. Recuerdo que en algún momento se sumó como voluntaria una chica del barrio que no era estudiante de la universidad. Recuerdo que trabajamos mano con mano, hombro con hombro en la sección de medicamentos y que, al paso de los días, al hacerse menos imperiosa la prisa y la necesidad, tomamos algún receso nocturno juntos, abrazados. Nunca nos dijimos nuestros nombres y un buen día ella ya no apareció. Había sido un fantasma del amor desbordado que brotaba de la ciudad de México.

Casi un mes después del terremoto, con los precarios planes de reconstrucción del gobierno a media marcha y la presencia amenazante de los militares en las calles; con los teléfonos públicos que seguirían dando servicio gratuito por años y con una experiencia de vida y muerte que se volvería indeleble, como lo serían los cientos de edificios marcados que ya nadie volvería a habitar pero que permanecerían ahí como mensajeros del desastre —como el viejo cine Roble—, volvimos a las aulas y a la rutina. Olvidé instantáneamente todo lo que sabía de farmacéutica; hoy no sabría decir para qué sirve una aspirina. Y aprendí que éramos la sociedad civil (sus jóvenes) y que, por un momento, por unos días, frente al dolor de la muerte, habíamos sido el verdadero Estado.

Por unos días, por unos minutos quizá, nos habíamos hecho con el poder.

 

II. Ciudad de México, 1999

Estaba a un mes de cumplir 35 años en junio de 1999. Acababa de haber sido rechazada mi solicitud de beca al Fonca para escribir una novela y trabajaba como editor y reportero de la página en internet del Gobierno del Distrito Federal, en el piso 11 de un edificio de 14 en Izazaga, centro, justo frente al Claustro de Sor Juana. Tenía pánico a los temblores pero eso no había sido obstáculo para ofrecerme como voluntario de protección civil de nuestro piso. Nos capacitaron en primeros auxilios y como facilitadores de evacuación; nos dieron un chaleco anaranjado, un casco, un silbato y una linterna que colgaban de la mampara que separaba mi “caballeriza” de las otras.

La alarma sísmica sonó oportuna; me puse casco y chaleco, hice sonar el silbato y corrí a abrir la puerta de las escaleras de emergencia mientras, tratando de aparentar una calma que en realidad no tenía, llamaba a mis compañeras y compañeros a salir en calma pero rapidito. Excepto por algún burócrata testarudo que se negó a hacerlo y cuyo destino hubiera sido mi responsabilidad de haber sido fatal, la evacuación de mi piso (ya habíamos hecho simulacros) fue rápida y efectiva. Cuando llegamos al suelo ¿firme? el temblor, que afectó duramente a la ciudad de Puebla, estaba en su momento más fuerte. Estábamos a salvo. Lo habíamos logrado.

Por fortuna no sucedió nada que lamentar. Después de presentar un rápido informe de la evacuación (con denuncia del burócrata suicida incluida), me enteré por Icq, el programa de mensajería que se usaba en el internet de aquel entonces, de que mis seres queridos estaban bien; mi amiga (y vecina) Patricia, me dijo por ahí que nuestro viejo edificio en el borde entre la Condesa y la Roma, en la avenida Veracruz, casi esquina con Mazatlán, había resistido y que mi perra Lua había ladrado un poco pero ya estaba tranquila. Me fui a casa a pie rememorando los lugares donde 1985 había dejado su marca terrible.

 

III. Miraflores, Lima, 2007

A los pocos meses de haber emigrado, en diciembre de 2001, Lima me contó sus temblores. Eran distintos a los de la ciudad de México. Aquí parecían ser más breves pero daban a la palabra “trepidatorio” un sentido mucho más claro: como si la tierra saltara, como si se encendiera un vibrador gigante en sus entrañas.

Tenía 43 años en agosto de 2007 y dos hijos de tres y cuatro años de edad. Vivíamos en un edificio de dos pisos en Miraflores, frente al mar. Pasadas las seis y media de la tarde (en pleno invierno austral, totalmente de noche) comenzó el temblor más fuerte que había sentido en mi vida; más que el de 1985. Ahora les tenía pánico a los sismos, pero era un chilango sobreviviente del 85; sabía qué hacer. En el momento en que comenzó el movimiento, mis hijos jugaban frente a la computadora. Tomé uno en cada brazo, le chiflé a Lua y le grité a Magaly, la mamá de mis hijos, para que salieran conmigo, y evacuamos el edificio. No paré hasta estar en el parquecito de a la vuelta y evité por intuición acercarme a los jardines del malecón; siempre me han dado nervios sus acantilados arcillosos porque temo que un día se desmoronarán. Aún temblaba cuando llegamos a la calle y, al chocar, las varillas del edificio en construcción de enfrente sacaban unos chispazos horribles. También pude ver ese destello de energía que se produce con los sismos en las ciudades.

Fuimos los primeros en ponernos a salvo en el parque. Poco a poco fueron saliendo los vecinos y ya no nos sentimos solos. Pasó sin pasar a mayores en Miraflores. La televisión e internet trajeron las noticias de la devastación en Pisco e Ica (y de los daños en la Lima pobre, la de las casonas de quincha y adobe). Mi fuero interno se preocupó de inmediato por la organización del apoyo, pero estaba solo en eso; nadie, al menos en Miraflores, se organizaría para acopiar, refugiar, alimentar, consolar.

Más tarde, días después, algunos de mis alumnos en la universidad —otra vez, jesuita— participarían en algunas acciones de ayuda en Pisco y Chincha coordinadas desde arriba por agencias católicas de caridad con espíritu misionero. Del mismo modo en que, año tras año, el Perú recurre a la caridad de sus católicos para enfrentar los estragos del “friaje” en el invierno serrano (el envío de mantas, ropa y alimentos), en lugar de trabajar para que las poblaciones locales estén preparadas para enfrentar un fenómeno tan recurrente que no se puede suponer que no sucederá. No hubo más espacio de participación que el donativo a una cuenta. Hoy, los habitantes de esos lugares, que ya eran damnificados antes del terremoto de 2007, siguen siendo damnificados permanentes.

 

IV. Santiago de Chile, 2010

Tenía 45 años en febrero de 2010 (apenas un mes después del terremoto que devastó Haití) y el destino o la casualidad quisieron que estuviera en Santiago de Chile el día del terremoto; esta vez sí, el más fuerte que he sentido en mi vida (el octavo más fuerte registrado por la humanidad, según Wikipedia). Había ido allá como coordinador del pequeño contingente de escritores, escritoras y agentes de animación a la lectura peruanos que asistía a un congreso de literatura infantil y juvenil organizado por la editorial española para la que trabajaba entonces. Habíamos llegado el día anterior; el encuentro se había inaugurado, y aquel sábado lo habíamos pasado entre conferencias y talleres. A medio día todos los asistentes al congreso, quizá doscientas personas o más, nos habíamos tomado una foto de grupo en las escalinatas del hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Por la noche, los editores de las distintas filiales latinoamericanas de la editorial nos habíamos ido a tomar un trago a algún lugar de la ciudad, así que me acosté cerca de la media noche con un par de vinos en el cuerpo, sin preocuparme por el grupo peruano del que era responsable.

En la habitación del tercer piso del hotel San Francisco, desperté sin razón alguna un par de minutos antes de que comenzara el sismo: me agarró despierto; tuve esa suerte. Había encendido un cigarro que apagué casi sin fumar en cuanto comenzó el movimiento. Las botellas promocionales de vino que estaban sobre una mesa se cayeron, los cuadros se vinieron abajo, los cajones fueron escupidos por el armario, las lámparas de los burós fueron a dar una a la cama, la otra al suelo. Me puse rápidamente un pantalón, salí de la habitación, descalzo, tropezando y chocando contra las paredes por la fuerza con que el movimiento me lanzaba contra ellas. Escuché un estruendo y alcancé a ver de reojo cómo caía el plafón del baño sobre la tina.

El pasillo estaba lleno de lo que me pareció que era humo. Pensé que esta vez no la iba a contar. A mi paso salió de su habitación una de las funcionarias españolas de la editorial, en camisón, en pánico, corriendo hacia el lado opuesto de la escalera. Tuve que retroceder para alcanzarla, tomarla de la mano e indicarle que teníamos que bajar por el lugar de donde parecía provenir el humo. Avanzamos hacia allá; otras dos personas se nos unieron. Cuando terminamos de bajar los tres pisos, el movimiento parecía amainar. Guié a las personas que me acompañaban hasta el camellón de la avenida O’Higgins. Lo que me había parecido humo era solo polvo de concreto que se había desprendido al moverse asimétricamente los dos cuerpos independientes pero pegados del edificio.

Algunas personas habían llegado a la calle antes que nosotros; poco a poco se sumaban los demás. En parte porque el contingente mexicano del congreso era de los más grandes, la mayoría de quienes salieron primero eran mexicanos. Pero todos sabemos también por qué.

Si bien muchas personas perdieron la vida en Santiago, especialmente en los barrios pobres, como para recordar que la tragedia tiene color político, la ciudad resistió esos 8,8 grados Richter. Es una ciudad a prueba de sismos; como debería ser México, como debería ser Lima. Tampoco aquí vi lo que un sismo representa para un chilango. El gobierno chileno respondió con celeridad, especialmente en las áreas del sur donde los daños fueron mayores; de sismo y tsunami.

El aeropuerto de Santiago, afectado por el sismo, cerró sin perspectivas de reanudar su servicio en breve. El congreso de literatura se suspendió. No había mucho qué hacer, no había brigadas que formar ni recursos que acopiar. Los amigos chilenos nos atendieron hasta hacernos sentir seguros, pero aun así, los congresistas ya no quisieron volver a sus habitaciones y armamos un divertido campamento en el lobby del hotel.

Pasé el domingo caminando por Santiago con Jorge Eslava, queridísimo amigo y uno de los escritores de mi contingente peruano. Vimos cristales rotos, mamposterías desprendidas, piedras desmoronadas, pero nada más. Excepto por las escalinatas del Museo de Arte Contemporáneo, donde nos habíamos tomado la foto el día anterior, que se habían venido completamente abajo.

El resto fue un compás de espera. No podríamos regresar en vuelo comercial a Lima, así que fui a la terminal de autobuses a buscar pasajes para mi contingente de seis o siete personas, pero mientras yo estaba ahí, Jorge había establecido contacto con la embajada del Perú —el propio Alan García, entonces presidente y amo absoluto de la más brutal demagogia había aterrizado en Santiago llevando dos aviones de ayuda—, y podríamos regresar en uno de los aviones de carga de la policía peruana. Los argentinos emprendieron el regreso hacia Córdoba por tierra y se llevaron a los españoles que volarían de regreso a Europa desde Buenos Aires. Colombia y Brasil pronto enviaron medios para repatriar a sus escritores y especialistas en lectura; los mexicanos, encabezados por Juan Villoro, se quedaron ahí varados, sin apoyo de nuestra nulidad de gobierno por no sé cuántos días más. En alguna entrevista televisada, Villoro mencionó mi caso como ejemplo de la ausencia de gobierno de nuestro país: “el único mexicano que ha podido salir de aquí ¡vive en Perú!”. Pero otros habían llegado a ayudar; en el aeropuerto me crucé —y experimenté un raro sentimiento de orgullo— con los Topos, los heroicos rescatistas mexicanos.

Aunque Alan mandó ayuda a Chile, las noticias de Lima tenían incluso un corte ¿humorístico?: ante la alerta de tsunami, la gente atiborró los malecones de Miraflores para ver llegar la gran ola desde los acantilados.

 

V. Desde Miraflores, Lima: CDMX, 2017

Tengo 53 años y sigo en Lima. El martes 19 de septiembre había pasado la mañana trabajando en la edición de un libro de cálculo. Soy pésimo para la matemática, así que esta labor exige el cien por ciento de mi atención, lo que significa que desde que inició el fatídico día me abstuve de ver la tele, oír el radio y abrir internet. Había intercambiado temprano algunos mensajes de texto con Michelle, por eso cuando poco después de medio día llegó su pregunta, “¿Tus papás están bien?”, no me podía imaginar el contexto que la provocaba y le respondí, tonto e iluso, sobre lo bien que llevaban sus ochenta y tantos años. Cuando me explicó lo sucedido y empecé a leer las noticias y los tuits, el mundo se me vino abajo y un hueco me invadió el pecho. El hueco del dolor que se agranda con la impotencia de la distancia.

Gracias al despertador aviso de Michelle me comuniqué, después de varios intentos, con mi mamá y mis hermanas por Whatsapp. Estaban bien, pero mi papá, de 84 años, había pasado el terremoto solo en su departamento, un sexto piso en la colonia Condesa. Una semana atrás, cuando sintieron el sismo de Chiapas que dejó serios daños en el Istmo y el sureste, mi papá no había querido evacuar el edificio. Ahora no sabíamos nada de él; por su sordera hace tiempo que dejó de contestar teléfonos. También por Whatsapp, conté esto a un grupo de amigos, mis compañeros de la primaria, hermanos y hermanas de toda la vida, literalmente. Ahí vi la siguiente muestra de esa respuesta que parece caracterizar a los mexicanos ante la catástrofe: uno de ellos, Enrique, me preguntó la dirección exacta y pidió a alguien que fuera a buscar a mi papá. Al mismo tiempo en que mi mamá por fin me avisaba que los vecinos habían acudido en su ayuda, Enrique me enviaba una foto de papá a salvo, fuera del edificio aunque visiblemente asustado. No se sabe aún si su edificio podrá ser salvado. Más tarde, mamá me contó que el viejo simplemente se había arrodillado junto a una columna y había esperado el final del sismo. O lo que tuviera que suceder. Me envió después las fotos que había tomado: su departamento muy afectado mostraba los muebles volteados por todas partes; ni un cuadro permaneció en su clavo, el refrigerador “caminó” hasta el fregadero y chocó con él. Luego, las grietas en los muros exteriores del edificio; algunas de ellas del tipo “peligroso”.

Desde esta distancia he acudido a la solidaridad que nuevamente han encarnado los jóvenes mexicanos, 32 años después de aquella experiencia que me cambió para siempre. Ya en Santiago, en 2010 había tenido la oportunidad de ver el comportamiento de las redes sociales en un caso de desastre. Había empezado a usar Twitter un año antes y, durante el compás de espera en Santiago, había podido aportar información a mi timeline que es básicamente mexicano. Esta vez, desde esta distancia, desde esta impotencia, y al lado de otros mexicanos y mexicanas que, como yo, optaron por la migración o el autoexilio, sólo pude tratar de ser hub cuidadoso de informaciones, dador de ánimo virtual a quien lo necesite y testigo asombrado del milagro que nuevamente y de forma tan similar —y a la vez tan nueva, tan mejor— sucede en las calles de mi ciudad, de mi barrio; en esos símbolos personales que representan para mí “ser mexicano” (soy radicalmente antinacionalista, así que estos sentimientos me confunden porque no los puedo ni quiero evitar pero tampoco puedo explicarlos). ¿Qué podría hacer? Sólo aportar, desde mi celular, cualquier cosa que pudiera ayudar a las víctimas, pero también a esas legiones de jóvenes que han salido a salvar vidas en el país que se ha hecho famoso por sus inexplicables y violentas muertes.

Porque esto es México y ojalá lo sea aún mañana, y la semana, el mes, el año, la década, el siglo que vienen: este cúmulo de diferencias que se vuelven energía de vida si la muerte acecha. Ojalá no suelten lo que han asido. Ojalá no se dejen quitar la solidaridad para convertirla en política por quienes gobiernan indignamente y manejan de modo espurio una realidad —mucho más que un pueblo, mucho más que una economía, una nación o una patria— que los excede infinitamente. Esa que somos nosotros.

Si algo en mi favor puedo decir, aun a riesgo de que sea mentira, de que se trate de algo que me digo para justificar mi apatía, es que nunca, desde el 19 de septiembre de 1985 hasta hoy, me dejé llevar por la vida comodina y clasemediera que quizá debí haber tenido. Que rechacé lo que me lastimaba y lastimaba a otros aunque fuera lo que hubiera tenido que hacer, lo que correspondía. En mi escala, pequeñísima y marginal, he querido seguir siendo siempre ese estudiante de sociología de 21 años de edad entregado a reconstruir y aquilatar la vida. Claro que me veo ridículo, con el pelo largo lleno de canas, con la ropa desarreglada y rota sobre este cuerpo que se avejenta, aunque se aferre a la juventud pedaleando una bicicleta o haciendo música con sus hijos. Es sólo que quiero estar con ustedes, jóvenes mexicanos; aprender de ustedes, apoyar su gesta, ser ustedes y sentirme menos inútil.

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Alfredo Gutiérrez y sus preguntas postelúricas, 1985

Tan grande ha sido la fuerza desatada sobre este hogar lacustre, [que la Muerte salió a festejar a los suyos]. “¡Que mueran los vivos!”, gritó, y se levantó víctima de un nuevo nacimiento.
Alfredo Gutiérrez Gómez, 1985

Solidaridad ante el sismo

[cartón de Rocha, La Jornada, 20/09/17]

Cito de memoria en el epígrafe la notita fotocopiada en una tira de papel y pegada por ahí por el maestro más entrañable que tuve en mi vida. No era exactamente así; he perdido el original y sólo de eso me acuerdo; lo que está entre corchetes lo he inventado sabiendo que traiciono la genialidad de Alfredo, su agudeza y su penetrante humor negro.

En su libro Deslimitación se conserva un par de textos en los que Alfredo abordó las impresiones que nos surgían a todos pero que él veía con mayor claridad (siempre disfrazada de duda y pregunta; ese era su método), luego del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Eran los días en que, fuera de las aulas y la currícula, nos reuníamos en los ESI (Encuentros con la Sociología Informal) para cuestionar la rigidez de nuestra “disciplina”, para darle la vuelta, para hacer “sociología sobre las rodillas”, abriendo sus limitadas fronteras a través del arte, la risa —y el llanto—, y las lúcidas ocurrencias del pensamiento alfrediano, el mismo que pronto entraría en contacto con la perspectiva de la complejidad de Edgar Morin, de la que se volvió emisario, agigantándola.

Como intento de aportar —ay, desde tan lejos; con mis propios padres entre quienes no pueden volver a su casa porque no se sabe si colapsará— de hacer algo junto al movimiento solidario que en estos momentos se traslada incansable de escombro en escombro, celebrando la vida, transcribo a continuación esos textos de Alfredo con las lágrimas memoriosas de haber estado ahí, con él, luego de haber trabajado un mes sin descanso, casi sin sueño, en los rescates y las provisiones. Transcribo y comparto las reflexiones de mi profesor porque tienen pistas importantísimas para nosotros, ahora que nuestra ciudad vuelve a verse arrasada por la naturaleza telúrica de su emplazamiento y se repara gracias a la casi extrahumana naturaleza de sus corazones entregados al rescate y el salvamento; al abrazo, al amor, a la vida. Pronto, dentro de algunos días, quizá ya ahora mismo, estaremos tratando de responder preguntas similares a las que Alfredo se hacía y nos hacía treinta y dos años atrás.

 


Los jóvenes y la tierra: 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

El temblor de 1985 devolvió el derecho de circulación sin sospechas al México mayoritario de la capital. Los jóvenes salieron de las catacumbas urbanas, de las casas de los pobres y de las mansiones de los ricos, y ejercieron su derecho a actuar sin etiquetas ideológicas ni membretes de clase. Se encontraron en la calle y bajo las banderas desgarradas de la destrucción; se dieron la mano y cruzaron las miradas por encima de quienes los separan y distinguen en los tiempos del tedio y la rutinización citadina; fuera del control de sus patrocinadores y administradores, de sus persecutores y represores, formaron un ensayo de sociedad de esas que sólo muy de vez en cuando asoman sus cimas ideales y utópicas, dejando a los realismos adultos en calidad de simples parajes desangelados, y convirtiendo en caricaturas grotescas a las burocracias y demás especialistas en chupar el tuétano y las energías a la sociedad.

No faltaron los que salieron a proclamar en sus periódicos y medios al alcance, que había nacido la nueva sociedad, el nuevo hombre y el nuevo México. Hubo otros desconfiados y más ariscos que sólo nos atrevimos a identificar a la sociedad de siempre, manifestada ahora con mayor espontaneidad y a través de muchos de sus mejores miembros, pero llena de sus rasgos más familiares, humanos y mexicanos: nuevos liderazgos, zonas de influencia, discursos, poses, poderes, abusos y manipulaciones; al lado de sacrificio, generosidad, colaboración, gestión renovada, iniciativas frescas, ideas diferentes y acuerdos útiles; todo esto y más, pero sin tutelas de oficinas, permisos, uniformados y héroes oficializados. El dolor se vivió más de cerca y se resolvió en carne viva, en la de muchos y en la de todos; no hubo por lo pronto quien capitalizara en su favor las voluntades libremente expresadas, las ganas que corrieron en su cauce natural. Este momento duró un parpadeo para los que aman su propia prueba de ser y compartir, y una eternidad para quienes se encargaron de controlar y aprovechar esos desprendimientos y juvenilizaciones sociales.

La sociedad no se descubrió a sí misma, ni alcanzó conciencia alguna de sus posibilidades autogestivas o de su inteligencia organizativa; no se encontró a sí misma como frente a una desconocida, no hubo revelación de algo que no hubiera estado siempre ahí, dispuesto a la sobrevivencia y la salvación mutua. Sólo que entonces lo hizo juntándose unos con otros, víctimas del miedo y la inseguridad, pero también como actores de la fuerza y la esperanza.

Era la misma sociedad que logró sobrevivir durante décadas a gobernantes y funcionarios, dirigentes y demagogos públicos y privados; a sus decisiones erróneas, a sus malos cálculos y peores artes; a sus abusos, discriminaciones y despojos. A esas habilidades para sobrepasar la desgracia económica, el fraude y el engaño político, la ineptitud administrativa, la ineficiencia y la rapiña institucional, sólo se agregó la emergencia del extremo peligro y del mayúsculo mal. La sociedad se desempeñó como lo que ya era, pero al margen y por sobre sus instituciones y representantes. Hubo momentos de purificación institucional, de descontaminación social que a veces pasan por el trance de las desgracias y otras por el éxtasis de la fiesta.

Después, los jóvenes fueron devueltos a sus estacionamientos, reclusorios, vecindades, rutas y horarios; sus expectativas y destinos fueron prronto recortados y alineados a la euforia de la construcción diaria de la vida propia y ajena. Se terminó la aventura y se impuso el nuevo orden.

El Estado de la sociedad y la Sociedad del Estado —la sociedad de los de arriba— recobraron su lugar y volvieron a ocuparse de esa tarea cada vez más frecuente y pesada de “recobrar la credibilidad”, tarea costosa y odiosa, si las hay, sabiendo todos lo que somos y lo que fuimos, obligando a los demás a tragarse la nueva versión, siempre adornada, de los que gobiernan nuestros pasos por la tierra, con nuestra cansada anuencia y nuestras privadas resistencias.

 


El segundo texto está relacionado con la preocupación por los límites de nuestra disciplina, la sociología, a la luz de la imposibilidad de explicar el milagro desatado por el terremoto; milagro que hoy vive una nueva encarnación, multiplicado por las redes sociales y las formas en que nos comunicamos, que en aquel entonces no existían:

 


El encuentro postelúrico: ESI, 26 de octubre de 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

Al pie de una invitación redactada con trazo inestable aparecía una florecita solitaria, de esas que, de tan inermes, vuelven a prender aun y si todo se ha venido abajo por enésima vez; representaba a nuestro México, este que suele resurgir de sus cenizas con tal frecuencia que nadie reparaba ya en su heroicidad sobreviviente, atribuyéndole estos milagros a los gobiernos e institucionees que nos salvan. Hasta que vino el temblor…

Al lado de esa tesonera y frágil plantita, una antigua leyenda: “mientras dure el mundo, no acabará la gloria de México Tenochtitlan”.

A las 9:00 de la mañana se leería la lista de nuestros ausentes, porque hubo algunos que ya no podrían acompañar los experimentos sabatinos. La tierra del México central se había movido demasiado y las construcciones, muchas de ellas edificaciones públicas, hijas de la corrupción que aún no reventaba, no resistieron la violencia natural, inocente, ni la humana, impune.

A las 12:00 nos tocaría entrar en un ejercicio de sociología informal, a la vez doloroso y aleccionador. Pero “el descubrimiento” nos alcanzó desde días antes. La fuerza pedagógica del desastre se nos había ofrecido sin pedirla. Ahí estaba la realidad no solicitada, la entrevista no contestada, sólo un griterío y un mutismo innombrables tratando de salir de nosotros y de los que se habían quedado abandonados ante las ruinas. No era necesario, por lo pronto, el investigador de lo humano; la gente se mostraba de por sí en lo que era y en lo que no alcanzaba a ser. Las limitaciones y las posibilidades se habían manifestado.

Los públicos y los privados mostraron sus adentros sin que nadie se los solicitara. Todos aparecimos, de pronto, expuestos, abiertos. El autoconocimiento de los defeños, una sociedad entre otras, no descansó, se agudizó y profundizó cuando todos estábamos a flor de piel, desnudados y exhibidos por la desgracia; a la ciencia, en cambio, le correspondía otro papel. Guardó prudentemente sus herramientas para no preguntar lo obvio. Observó y observó para no olvidar y hacer de su memoria ciencia, para después; aunque no todos fuimos buenos científicos.

Muchas hipótesis se dejaron comprobar dócilmente y sin mayores esfuerzos; una de ellas se confirmó sin agravios ni reclamos: el conocimiento (en alguna de sus formas) y el conocimiento científico pueden coexistir y completarse, tan simple como eeso. Otra, increíblemente olvidada: la sociedad existe, esa otra sociedad que no es el Estado, las clases sociales o los sujetos históricos, que no es la burocracia pública ni la famosa organización privada. Una tercera realidad apareció de entre las sombras intelectuales de su negación y las cenizas ideológicas de su anonimato, en medio del olvido y la desconceptualización general: la realidad toda, a pesar de las tipificaciones, selecciones y divisiones. La transubjetividad y la interaccionalidad abiertamente militantes desbordaron a la idea y a sus encargados.

Sí, teníamos enfrente lo que buscábamos, entre cuyas filas muchos de nosotros nos formábamos casi sin querer. Nos hallamos ahí. ¡Encuentro altamente enseñante! No programado ni pagado.

Descubrimos que la accidentalidad es materia pertinente a los intentos informales del conocer. El hecho único, la eventualidad, no puede quedar fuera de nuestra agenda de interrogantes y asombros. El caos se había impreso en las páginas de unos cuadernos deshabituados a registrarlo; burló las barreras de los textos y los índices de los programas. Nos arrojó varios años adelante de nuestras pisadas anteriores. Muchos descubrimos después que llegaría cualquier día en las ediciones foráneas del nuevo pensamiento. Nosotros, sin méritos ganados, lo vislumbramos desarmado en la cuna desgraciada de los hechos que nadie propuso en la víspera, porque la ciencia no sabe lo que va a pasar mañana, la política no tiene por qué adelantarse a los hechos y la religión aguarda lo que no puede impedir. Sólo el dolor duele oportunamente, cuando nadie lo quiere; y —dicen— “sólo el dolor sabe lo que de otro modo nunca se sabría…” ¿Qué habremos aprendido los mexicanos en esos días?

El ejercicio que teníamos programado realizar se llamaba “¡Agárrenlo entre todos!” (violencia interdisciplinar del quinto grado). Era un “taller efímero” y para participar se nos pedía que escribiéramos en una cuartilla, sobre las rodillas de preferencia, algo relacionado con los siguientes puntos:

1. Todas las ciencias que se ocupan del ser humano tienen un campo común de conocimiento (nosotros y ellos); sin embargo, la especialización entra en la realidad común en formas separadas por la profesionalización del conocimiento.

2. ¿Has sentido alguna vez que hay explicaciones que tu carrera o sus materias no alcanzan a dar acerca de algún hecho o fenómeno humano?

3. ¿Habrás experimentado en alguna ocasión la sensación de haber topado con los límites de tu formación profesional, más allá de los cuales otras disciplinas (quizá, ¿cómo saberlo?) podrían avanzar más y completar lo que tú sabes o lo que tu carrera y sus recursos permiten captar?

4. ¿En torno a qué hechos crees tú que otras disciplinas (y cuáles disciplinas) pueden completar o dar luz a lo que tu carrera ha alcanzado a eexplicar e interpretar de esa misma realidad que, se supone, a todos nos ocupa?

5. ¿En dónde o en qué tema o problemas buscarías la colaboración de los practicantes de otras ciencias y en dónde crees que tu carrera podría dar o ampliar la respuesta que las otras ciencias dan a un hecho humano?

Podríamos aprovechar las desgracias recientemente acontecidas para preguntarnos ¿cómo y de qué modo nuestro pasado individual, nuestra biografía, nos ha condicionado para vivir y conceptualizar de cierta manera el comportamiento social desatado ante ese fenómeno? ¿Cómo y de qué modo nuestra profesión nos permite captar cierta perspectiva, dimensión o valor en tales comportamientos sociales ante el desastre? ¿De qué forma nuestra posición social o la función que desempeñamos en estos días también marca y condiciona la versión que nos hacemos de los hechos?

 


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Alfredo Gutiérrez Gómez era un observador como nunca tuvieron las ciencias sociales. Sus preguntas —para él, “la respuesta es el rico de la inteligencia; preguntar es oficio de pobres”— nunca perdieron actualidad: hay que seguirlas haciendo, sobre todo ahora que quizá podamos extender este espontáneo y autoorganizado amor por la vida con que la ciudad de México, telúrica, responde a la tectónica catástrofe.

Fuente: Alfredo Gutiérrez Gómez, Deslimitación. El otro conocimiento y la sociología informal. Plaza y Valdés / UIA, México, 1996. “El encuentro postelúrico…” pp. 141-144; “Los jóvenes y la tierra…” pp. 330-332.

El conejo en el banquete de los leones

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[“León devorando a un conejo”, Éugene Delacroix]

Recibí por correo electrónico una amable invitación de un empleado del “área de prensa e imagen” de la Cámara Peruana del Libro para participar como ponente en un “conversatorio” (esa palabra, ay) titulado “¿Es necesario un estado editor?”. La actividad, que realizará en la Feria del Libro Ricardo Palma, se inserta dentro de la “campaña” “Perú, un país de lectores: por una política nacional del libro y la lectura” que esta institución emprende ahora (más bien es nombre nuevo para la misma campaña en la que está empeñada desde hace años, incluso cuando el Perú tuvo una política nacional del libro y la lectura).

Por supuesto que agradezco la deferencia, pero me llaman la atención varias cosas de esta invitación, empezando por el título de la actividad, que lleva la respuesta incorporada en la pregunta: “¿es necesario?” (pudo haber sido, por ejemplo, “análisis de la actividad editorial del Estado” o “perspectivas” de lo mismo). Me llama la atención también que me inviten a mí que no soy un especialista en el tema ni una personalidad reconocida en el ámbito, si bien he tenido que ver con él en distintos momentos de mi vida (sosteniendo siempre, claro está, la obligación del Estado de intervenir en cualquier ámbito que sea necesario para garantizar el derecho a la educación y al acceso a la información).

También me sorprende que sea la CPL quien me invita a hablar sobre este tema, siendo una institución que no ha dejado de combatir la actividad editorial del Estado porque representa “competencia desleal” ─así dicen ellos─ para los empresarios agremiados bajo su sombra. Me parece una trampa que la CPL busque al “enemigo” para dar la impresión de que está abierta al debate; me llama la atencón porque me invita a mí, un ilustre desconocido, en lugar de a algún funcionario de algún área del gobierno involucrada con la actividad editorial del Estado, y si lo ha hecho, la invitación que recibí no me lo informa.

La CPL, aunque mediante propaganda y publicidad se ha convertido en referente sui generis de diversos temas relacionados con la educación y la cultura, existe para representar los intereses de (algunos, la mayoría, los más poderosos) editores y libreros. Calculo que parte de su “campaña por una política nacional del libro y la lectura” incluye la prohibición expresa a la actividad editorial del Estado y su obligación de “ceder” a los empresarios del libro los recursos que pudiera destinar al área. Por ello, me parece que esta invitación que me hace la CPL es como decirle a un conejo “te invito a un banquete de leones para que desarrolles el tema de por qué los leones no deben almorzar conejos”, y todos los leones muy democráticos y dispuestos a debatir con su entremés. Quieren, tan simpáticos, que me ponga de blanco para recibir los tiros contra una perspectiva que aparece como simplemente ilógica al interior del dogma neoliberal con el que todos ellos están de acuerdo por obra de algo aún más fuerte que un principio explícito, algo que raya en el habitus como lo entendiera Bourdieu.

Si la invitación viniera de una institución que no tuviera tan evidentemente comprometidos sus intereses con los empresarios que la CPL representa, si fuera para una serie de charlas con maestros, o para un coloquio con instituciones académicas, educativas, de investigación y de desarrollo social, iría entusiasmado por el espacio de discusión abierto y con la certeza de que parte de los participantes encontraría plausibles los argumentos a favor no solo de la actividad editorial del Estado, sino a favor de la eliminación de todos los límites inventados para impedir que alguien acceda a la información, cualquiera que sea ese alguien y cualquiera que sea la información. Pero ir a hablar de la actividad editorial del Estado en un “conversatorio” de la CPL, sin saber quiénes son los otros participantes, ante un público acrítico y afín a las tesis de la CPL, en la fiesta de la CPL, me parece no sólo estúpido sino también inútil. Pero antes de negarme le pedí al remitente que me aclarara cuatro cosas: “1. No siendo un especialista en el tema al que me convoca ni una personalidad reconocida en el sector, ¿por qué yo? 2. ¿Cómo se articula el conversatorio al que me invita con la campaña que menciona en su correo? (no quisiera formar parte de una campaña que desconozco y con la que podría no estar de acuerdo). 3. ¿Con qué otros ponentes compartiría dicho conversatorio? y ¿qué acciones de sistematización, seguimiento y difusión se realizarán después? 4. Por último, pero no menos importante, ¿a cuánto ascienden los honorarios que la CPL me ofrece por mi trabajo?” Hace tres días que envié mis preguntas y, como no he recibido respuesta, me he decidido a publicar esta entrada.

La CPL ha hecho de la producción de los empresarios que agremia ─parte de la cual son libros y entre los cuales la tajada más importante es la del oneroso libro escolar, de texto y “plan lector”, cuya lógica hace de la educación rehén de estas empresas─ un símbolo de la vieja falacia aquella de que la educación trae desarrollo. Así, mientras hace lobby, se inventa pretextos para que sus empresarios engorden billeteras mientras abandona a los editores independientes (el elemento más importante, único efectivo, de la política del libro en el Perú ha sido la exoneración de impuestos), se ha vestido con el traje de “promotora de la lectura” que la ha convertido en referente cultural local. ¡Una agrupación de dueños de empresas! Si desde su entender se organizan acciones orientadas a mejorar la visualidad de la lectura en el imaginario colectivo, es en tanto estrategia de mercado para cumplir con su cometido oficial (legal, institucional), que es el de velar por los intereses (comerciales) de sus agremiados. Todos sabemos que al gran editor y al librero no le preocupa esencialmente que un libro se lea, excepto si prueba que esto acarrea más consumidores (de ahí su apoyo a los simpáticos booktubers; gracias a Mariana Castro por ponerme en la pista de este fenómeno); su labor termina con el libro vendido. Lo que haga con él el consumidor ya no es su problema, siempre que no se trate de copiarlo para, a su vez, redistribuirlo; ahí sí, la CPL desencadenará toda la fuerza legal y judicial a su alcance. La CPL y los editores que representa son incluso incapaces de distinguir la reproducción que hacen otros empresarios, los “piratas”, para lucrar con ella, de la que hacen los usuarios, los verdaderos lectores, para facilitar a alguien más el acceso al conocimiento. Para la CPL todo es piratería, incluso la actividad editorial del Estado.

Sería urgente que fuéramos capaces de desvincular de la CPL la idea de que “trabaja para nosotros” los lectores, los consumidores, los ciudadanos de a pie. No existe en el mundo una cámara de empresarios, una agrupación oficial de capitalistas, que haga semejante cosa. Sería urgente que pudiéramos desconectar nuestros intereses como lectores, como individuos libres e independientes, de los intereses de los empresarios del libro. Mientras creamos que queremos lo mismo que la CPL nos pide que queramos (que les exoneren los impuestos bajo el falso pretexto de que esto reduce el precio que tenemos que pagar por leer), seremos incapaces de ver el conflicto que yace entre sus intereses y los nuestros. Ellos quieren dinero, nosotros queremos acceso a la información. Y mientras el profit, la ganancia, el plusvalor (que ya sabemos de donde viene) se aparezca como un derecho (el de la libre empresa), el derecho a la información, que es un derecho humano, tenderá a ser visto como un delito. En la lucha del poderoso contra el débil, este artilugio es central: mi interés particular y doméstico se convierte, por arte de magia ideológica, en el derecho de todos. Y te friegas, compras lo que te venda, al precio que yo decida. Si no estás de acuerdo y decides reclamar tu derecho de acceder aquí y ahora a la información, a toda la información, y de garantizar a otros ese derecho, eres un terrorista, como me llamó una vez un funcionario de la CPL en facebook, cuando escribí algo por el estilo. Todo es terrorismo fuera de sus límites, y sus límites, como corresponde a todo aquello que se mueve según la dinámica del capital, tienden a extenderse infinitamente.

No, no aceptaré su invitación. No si me dejan en el silencio luego de plantearles mis dudas. Y mucho menos cuando la hacen sin ofrecerme honorarios, dando por sentado que trabajo gratis. Tan establecido como el dogma de la libre empresa y la no intervención del Estado en la economía está en ellos el de suponer que los conferencistas e investigadores libres no comemos, no pagamos alquiler ni colegiaturas, y por tanto no tenemos necesidad de cobrar por nuestro trabajo. Entiendo que estén acostumbrados a la vanidad y el hambre de foro que tienen los escritores y que les lleva a aceptar agradecidos cualquier espacio en el que puedan mostrar sus solemnes rostros, pero no es mi caso.

Moby Dick o el monopolio

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Grabado de Rockwell Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

De chico leí una adaptación en cómic de Moby Dick que se incorporó naturalmente a mi universo aventurero ya entonces poblado por Verne, Dumas y Salgari. El fantástico cachalote asesino y el obsesionado y oscuro capitán Ahab (“Ajab” escribía el traductor español de la adaptación) me desvelaban superando incluso las tormentas que el Corsario Negro había tenido que capear en sus asedios a Maracaibo, pero mis héroes eran Ishmael, el joven narrador que emprendía la aventura hacia lo desconocido y su exótico amigo —así lo presentaba Melville; no podía ser de otro modo a mediados del siglo XIX— el arponero polinesio Queequeg, que a pesar de ser un caníbal mostraba las cualidades más profundas del hombre solidario. Pero después de esa lectura infantil no volví nunca a la portentosa novela de Melville, postergando indefinidamente una lectura que desde chico sabía que debía completar aun cuando no me imaginaba siquiera la riqueza histórica, zoológica, filosófica, antropológica y hasta teológica que el adaptador había decidido ahorrarle a los jóvenes lectores de aquella novela gráfica de los años 70, en la que solo habia quedado “la acción”.

Pasaron cuarenta años. Mi curiosidad por Moby Dick fue renaciendo en Lima —una de las ciudades que aparecen en las anécdotas balleneras de la novela—, cuando internet permitió el acceso a la versión original ya libre de ese obstáculo para el conocimiento que llaman “derechos de autor”. Pero no lograba adentrarme en ella por la dificultad de un inglés lleno de términos y figuras complicadas que, además, tenía que leer en pantalla. Soy lector incansable de ebooks en kindles, tablets y computadoras, pero sigo prefiriendo los papeles encuadernados aunque cuesten más. Y Moby Dick se merecía ese tratamiento. Aun así no conseguía una edición impresa en su idioma original y prefería esquivar las ediciones populares españolas, tipo bolsillo aunque no cupieran en ninguno, más que nada por mi aguda desconfianza hacia los anquilosados traductores españoles que invaden bibliotecas y librerías latinoamericanas como si fuera su natural derecho.

Un día, en la librería El Virrey de Miraflores, encontré un fabuloso y enorme volumen en tapa dura de Moby Dick publicado por una editorial que yo suponía mexicana, Sexto Piso. El precio me pareció excesivo y lo tuve que dejar. Algunas semanas después, días antes de que iniciara la Feria Internacional del Libro de Lima, ese negocio disfrazado de cultura, un conjunto de editores independientes realizaron una “antiferia” en un local del centro de Lima. Entre las mesas de ediciones libres y contestatarias, no siempre con ofertas muy interesantes, había una de la librería El Virrey que había decidido solidarizarse con esa iniciativa alternativa, y en su mesa estaba el volumen de Moby Dick de Sexto Piso con un descuento sustancial que me decidió a comprarlo. Volví a casa feliz cargando el tabique que apenas cabía en mi mochila y empecé a leerlo de inmediato. “Nueva traducción”, decía, y presumía además las ilustraciones de un connotado artista mexicano.

“Llamadme Ismael”, comenzaba. ¿Qué? ¿“Llamadme”? Y la “h” de Ishmael, ¿dónde estaba? Mi sorpresa fue casi indignación cuando confirmé que el autor de la “nueva traducción” era español y que la edición había sido hecha de aquel lado del Atlántico. Confirmé que la medida del éxito para un editor latinoamericano es convertirse en español y que la colonización sempiterna cuenta con cómplices idiotas y felices de este lado. Entonces decidí leer el tabique al alimón con el original que ofrece gratuitamente el proyecto Gutenberg. La experiencia fue gratificante porque la traducción, deficientísima, me ayudó a entender lo que mi inglés limitado me oscurecía. Pero la indignación respecto a la edición en español de Sexto Piso crecía página tras página. Deficientísima, repito. Llena de errores de interpretación y salidas fáciles para la sólida complejidad de la inteligencia melvilleana, por no hablar de los errores gramaticales que se repiten cada cuatro o cinco páginas (¿editor?, ahí no hubo un editor) y las innumerables erratas que la ensuciaban por todas partes (corrector tampoco hubo).

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Portada de una edición rusa de 1968

El colmo quizás, fueron las ilustraciones. Sexto Piso contrató para el efecto a un artista premiado y reconocido que solo atinó a dibujar un personaje en el que se representaban todos; es decir, todos los personajes dibujados eran iguales, como retratos de Modigliani que han sido opacados por la ceniza de un incendio. Todo era oscuro, en una novela que es titánica por sus explosiones de color y visualidad. Había perdonado la carátula, en la que aparecía un estilizado Pequod sobre una gran ballena franca o azul aunque el tema central es la caza de cachalotes, bichos muy diferentes a esas ballenas dóciles que Ishmael no se cansa de despreciar a nombre de la industria ballenera de la primera mitad del siglo XIX. Lo más trágico de la experiencia visual en este librote (tal vez no más trágica que la literaria) no era la uniformidad de su ocre ausencia de color sino la aberrante decisión de no dibujar al personaje principal, al gigantesco cachalote blanco que Ahab persigue alrededor del planeta para irse con él al fondo del Pacífico. ¿En qué cabeza cabe? ¿Es así como Sexto Piso, la colonizada empresa mexicana transformada en española se acerca al más fabuloso Leviatán de todos los tiempos? ¿Así entienden la eufemística máxima de que la ilustración sugiera imágenes al lector? ¡¿Cómo puede un artista perderse la oportunidad de dibujar a Moby Dick?! Lo que me quedó al final es una especie de profundo desencanto de mi lectura de Moby Dick en español y la monición de que no, no he leído aún, como debiera, ese imprescindible cimiento de la literatura moderna. Habré de hacerlo alguna vez cuando pueda echarle mano a una buena edición estadounidense, completa e ilustrada (ojalá sea la ilustrada por Kent en 1930), de un libro al que los editores españoles le han escamoteado hasta el título —Moby Dick; Or, The Whale— durante un siglo y medio.

Estaría de más comentar las inconsistencias del traductor —que aporta notas al pie para aclarar lo que no es necesario y deja pasar lo que sí habría hecho falta—, y las negligencias del editor. Esta versión de Moby Dick en español no aporta nada nuevo respecto a las anteriores. Comparé algunos párrafos de la edición de Sexto Piso con alguna otra, anterior, también española, y no encontré ninguna diferencia significativa, nada que justificara hacerla otra vez. Excepto, claro está, las razones comerciales: el texto de Melville ya es de todos nosotros, ha sido devuelto al dominio público, al que pertenecen y le son robadas por los “derechos”, todas las obras de la inteligencia (también las tanto más numerosas de la estupidez) humana, y por lo tanto cualquier editor, cualquier persona, es libre de imprimir y vender lo impreso en el mercado. No así las traducciones que siguen tan celosamente guardadas bajo la llave de la falacia esa de la “propiedad intelectual”. La negligente Sexto Piso prefirió, entonces, pagar a un nuevo traductor (tan malo que seguramente es muy barato) que pagar los “derechos” de una traducción anterior. O quizá no quisieron “vendérselos” (“licenciárselos” diría la metáfora jurídica); quizá ni siquiera lo intentó (sin duda las traducciones anteriores siguen a la venta). Mercenarios comerciales, con comportamiento de minera, encuentran una veta explotable en aquellos clásicos que han tenido la “mala suerte” de “caer” en el dominio público, y lo demás es profit. (Yo pagué por el ejemplar, debí haberlo robado).

Moby Dick; Or, The Whale fue publicada en 1851. Su lenguaje, sin ser inglés antiguo, es difícil aun para el lector común de habla inglesa; es viejo, lleno de aliteraciones y fórmulas lingüísticas que “ya no se usan”, por lo que para un lector latinoamericano, los modos arcaicos que pueblan el español peninsular le quedan bien, son tolerables. “Llamadme” en lugar de “Llámame”, “fuisteis” en lugar de “fueron” y así, nos suenan a viejo, así que quizá las dejamos pasar en una novela del siglo antepasado. No así las traducciones de literatura contemporánea. Basta echar un ojo a cualquier edición de Anagrama de la obra de Bukowski para no querer volver a leerlo nunca más. Entre follones, pijas y coños, da la impresión de que el autor es como una especie de profeta bíblico (hasta la Biblia nos han traducido los españoles) poseído por Lucifer, con lo que perdemos la obra original en el laberinto del lenguaje que la traiciona letra por letra. Hace un par de años, cuando salió la más reciente novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah, leí el primer capítulo en su idioma original que su editor regaló como promoción. Estaba a punto de comprar la versión para Kindle cuando encontré la traducción en una librería y la compré. Espantosa experiencia para tan buena novela. Lo mismo me había pasado antes, por ejemplo, con libros de un autor que me fascina, Paul Auster. Alguien me regaló ediciones en inglés de su Leviathan y su New York Trilogy, y después de leerlas juré no volver a tocar una traducción de su obra mientras fuera hecha en España. Es algo que puedo hacer con la literatura escrita en inglés porque lo entiendo, y en ciertos casos en francés, que con dificultad mastico. Pero en cualquier otro idioma estoy fregado: a leer gilipollas (miento; prefiero leer traducciones al inglés siempre que puedo).

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Otro grabado de Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

Es un asunto de monopolios, mercados y colonización. Aunque parezca el mismo idioma, lo que hablamos en Latinoamérica tiene cada vez menos que ver con lo que hablan en España. Esto es clarísimo para las industrias cinematográfica y televisiva: nadie iría al cine si los doblajes y, en menor medida quizá, los subtitulados fueran hechos en España. Cuando compras una película reciente en el mercado pirata de Lima, en ocasiones los vándalos que las distribuyen han retirado la banda sonora original y dejado el doblaje ibérico: o la quitas, si es cualquier cosa, o a regañadientes te soplas los suspirados diálogos en español de España si es muy buena. ¿Han escuchado la voz de Homero Simpson en doblaje epañol? ¡Pierde toda su personalidad! (si ellos perciben lo mismo con los doblajes mexicanos, están en su absoluto derecho y razón; jamás pretenderíamos imponérselos). La industria ha entendido bien este problema y “cede derechos” de manera regional, de modo que las versiones son distintas en España, Argentina, México, Colombia. Los doblajes mexicanos solían distribuirse en buena parte de Latinoamérica presentando el mismo problema hasta que las empresas mismas de doblaje comenzaron a hacer versiones diferentes para el “mercado” mexicano y para el latinoamericano, aunque por ejemplo, al público peruano suele caerle muy simpático un doblaje mexicano mientras le aburre y disgusta uno español.

La industria editorial no debería ser diferente. La figura de cesión de derechos exclusivos para el “área idiomática de lengua española” debe desaparecer. Es una práctica monopólica y colonial que está detrás de la incapacidad que experimentan los sectores editoriales independientes latinoamericanos para crecer y desarrollarse. Su extremo está en que los salvajes monopolios españoles adquieren los derechos para traducir y distribuir en todo el continente americano, y además ¡en los idiomas de sus propias autonomías! Acabarán por restringir la posibilidad misma de que traduzcamos la literatura extranjera al quechua, al mixteco o al maya (idiomas que deberíamos aprender para alcanzar la descolonización que aún no tenemos). Los editores independientes y los traductores latinoamericanos deben organizarse en federaciones que sean capaces de presionar, por ejemplo en Frankfurt y otras ferias internacionales donde se negocian derechos, para que los editores de lenguas no españolas eviten entregar derechos idiomáticos (para un idioma supuestamente homogéneo que no es tal) exclusivos y globales. De este modo, para un libro escrito en alemán, en chino o en árabe habría traducciones que serían adecuadas regionalmente (como los doblajes de las películas) y que además competirían entre sí fortaleciendo las industrias editoriales locales y restringiendo el alcance de los monopolios españoles, último bastión de nuestra colonización, lucha aún pendiente por nuestra independencia.

Ecologistas y ecología

La ecología es una ciencia, quienes la practican son los ecólogos, biólogos o científicos de otras disciplinas especializados en la investigación de las relaciones entre los diversos componentes de los sistemas que comparten seres vivos y elementos inorgánicos. El ecologismo, en cambio, es una ideología, creen en ella los ecologistas. Como todas las ideologías, el ecologismo presenta un discurso casi siempre coherente en el que la imagen del mundo aparece como armoniosa, donde la naturaleza parece ser una fuerza “buena” que siempre tiene razón en todo lo que hace, y donde el ser humano representa la disfunción que pone en crisis ese equilibrio. Tiene bases en la ciencia de la ecología, pero como buena ideología, toma de ella aquello que resulta necesario para mantener su armonía y su coherencia internas e ignora u omite aquello que tiende a desequilibrar sus aseveraciones.

La ecología, por su parte, como todas las ciencias, es producto del proceso de investigación y contrastación metódico, y se construye sobre dudas y contradicciones entre perspectivas de investigación mientras trata de explicar los procesos y las relaciones entre diversos elementos de la naturaleza, incluidos los sociales y humanos. En la ciencia ecológica, por tanto, caben el conflicto, la contradicción y la apertura a aceptar las incoherencias interpretativas entre perspectivas que, a su vez, motivan el avance del conocimiento.

Lejos de esta multidisciplinariedad, el ecologismo opta por acercarse cada vez más al misticismo a través de aceptación de las visiones “holísticas”. Así, abre paso a la mezcla entre conocimientos con bases científicas parciales y postulados provenientes de distintas formas de esoterismo.

 

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[ Los activistas de Green Peace, en un caso muy sonado, invadieron el área intangible de las líneas de Nasca para dar a conocer su mensaje, afectando patrimonio de la humanidad. ]

 

La ecología genera una o muchas posiciones críticas, tanto hacia los discursos que confluyen en ella como hacia las políticas regionales, nacionales y globales que afectan procesos específicos. Como ciencia, puede guiar la acción política para el establecimiento de estrategias de desarrollo o protección. Si la conservación de determinados recursos es deseable para una comunidad específica, la ciencia puede determinar los elementos que intervienen en la existencia de esos recursos y recomendar estrategias que ayuden a mantenerlos o a modificarlos dentro de ciertos límites, a diferencia del ecologismo, que asume un moral, frecuentemente fundamentada en magia y misticismo, en lo que entiende como espiritualidad, y recoge cosmovisiones locales, las mezcla con otras orientales o de donde más le plazca, las fundamenta con aquellas bases científicas que le son convenientes y determina modos de proceder que son básicamente religiosos, y por tanto, sujetos de imposición entre sus seguidores, y objetos de desaprobación entre sus adversarios.

Un ejemplo muy común en nuestros días y nuestros entornos es el asunto del vegetarianismo y el veganismo, una moralidad que determina comportamientos sociales con bases pseudocientíficas que rara vez cuentan con sustento en la prueba empírica de la investigación científica. La metafísica zen que trasluce detrás del veganismo lleva a sus creyentes a condenar como si fueran criminales a quienes consumen productos de origen animal, así sean las únicas opciones alimentarias a su alcance. De más está comentar el mercado y la lógica de consumo elitista y especializada que el veganismo construye, pues para los veganos, en su certeza de superioridad, esta no existe.

Más importantes que esta polémica son las que tienen que ver con la producción de alimentos a gran escala en un contexto de carencia global (la ideología de la abundancia que hoy en día enarbolan algunos “comunitaristas” es tan falsa como decir que no hay guerras ni hambrunas en el planeta). De ahí que la condena que hacen los ecologistas del uso de fertilizantes, pesticidas, y más aún, de organismos genéticamente modificados o transgénicos, aunque esté fundada en ciertos descubrimientos de la ciencia, es más una cuestión de fe, un dogma “conservacionista” (y por lo tanto conservador). El debate sobre estos temas debería abrirse y desarrollarse más ampliamente para poder eliminar los elementos míticos y místicos de la polémica, tanto como aquellos que blanden la fe ciega ante el desarrollo tecnológico (nada es menos científico que la fe, especialmente cuando esta es ciega).

Si hasta el Vaticano se suma a la pseudoreligión ecologista (encícilica Laudato Si’), algo hay que preguntanos. Así que ya sabes, si te sientes “ecologista”, no eres muy diferente a un creyente acrítico de cualquier dogma religioso. Estás lejos de ser un científico y tu perspectiva de las cosas dista de ser la verdad. Para la ciencia no hay verdad: hay un proceso de conocimiento que se deja contradecir permanentemente para conocer el mundo.

Último adiós a Enrique Maza

Quique por RochaMi tío Enrique murió hace poco más de un mes. Se fue el jesuita crítico y rebelde, el escritor, el pilar que fue del periodismo libre, inteligente y asediado del México de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Como a las nueve y media de la noche del 23 de diciembre de 2015, el padre Carlos, encargado de la casa de reposo de los jesuitas en Coyoacán, llamaba a mi mamá para decirle que Enrique tenía una fuerte dificultad para seguir respirando. Fuimos a verlo, mi mamá, mi papá y yo que por suerte o casualidad estaba en la ciudad de México para acompañarlo. A eso de las 10:45, con 86 años de haber visto la primera luz —¡en El Paso, Texas!—, después de sufrir durante sus últimos años de un agresivo Alzheimer, el segundo hijo de Carmen y Carlos vivía su último momento.

Suerte, casualidad. Estar en México de vacaciones y poder verlo por última vez. Todavía tuve la desidia de no visitarlo el domingo anterior por querer hacer otras cosas, pensando, “lo puedo ir a ver después”. Esa noche iba a ser la última oportunidad. Me fui con mis papás a verlo y lo encontramos dando su último esfuerzo por permanecer aquí. La fortuna. O esa vaga y vanidosa sensación de que habrá querido esperarme —en el fondo, una esperanza—. Llegamos a su lado, le platicamos, le dijimos bromas, de esas bromas como las suyas siempre inteligentes que nunca nunca se aprovecharon de escarnios ni discriminaciones como gatillos de la risa fácil. “No te vas, compai, seguramente porque allá a donde vas ha de haber algunos que no quieres ver”, le decíamos mientras él batallaba con el aire que ya no quería entrar en su cuerpo ni con la ayuda de la máquina de oxígeno. No te vas, seguramente, porque te falta todavía una denuncia que hacer; porque no has terminado de desenmascarar a los poderosos y sus injusticias. Es una tarea que nunca se acaba, me enseñó, y que por eso mismo se tiene que seguir haciendo. No te vas porque queda mucho que escarbar para encontrar esa verdad evasiva con la que te empeñaste siempre.

No te preocupes, compai, vete tranquilo, le decía yo en silencio. Yo me quedo para seguir tu ejemplo como pueda, para hacer honor a tus enseñanzas, que son las del amor y la libertad sin restricciones y sin límites, como creo que lo he venido haciendo —flaqueando a veces—, desde que me enseñaste ese camino sin pedirme jamás que lo siguiera. Me quedo para que tu esfuerzo, tu corazón, tu compromiso con la verdad y la justicia, con el amor, sigan desenganchando las cadenas con las que quieren siempre encerrarlos. Yo aquí seguiré caminando por tu camino.

* * *

Enrique Maza fue un portento de trabajo, de investigación, de erudición y pensamiento. Fue uno de los más importantes pensadores del catolicismo crítico latinoamericano del siglo XX y del arranque del XXI. Junto con su primo Julio Scherer, Enrique demostró que existe el modo, a base de trabajo y sin concesión al cansancio, de hacerle frente a la mentira, a la hipocresía, a la injusticia. Su muerte provocó rápidos artículos y testimonios —la edición de Proceso que siguió a su muerte, por ejemplo, en cuya portada colocaron una no muy buena foto suya— que destacaron su trayectoria desde la Buena Prensa hasta su retiro de Proceso y la publicación de sus últimos libros. Pero pocos de esos textos hicieron un reconocimiento pleno, un agradecimiento silencioso al hombre que fue, más que la obra que dejó; una de las lecciones suyas que siempre se olvidan. Me lo dijo un día en Cuernavaca: “quien busca la trascendencia se la niega a sí mismo. Sólo la alcanza quien encara la verdad sin importarle el crédito”.

Para Enrique, la verdad no podía estar atada a ningún otro interés que a sí misma. Y la vía para buscarla, porque es inalcanzable, es el amor, el pensamiento apasionado, siempre alerta y dedicado a la búsqueda de su encarnación última. El amor, la libertad y la búsqueda de la verdad que son el espíritu de ese dios en el que Enrique creía y al que le brindó su vida. Nunca en voz de ningún periodista, de ningún teólogo, de ningún filósofo fue más cierta la máxima de Jesús que es alma de su Compañía, como lo fue en la vida y la obra de Enrique Maza: “La verdad nos hará libres”.

Por mi parte, no tengo sino agradecimiento para mi compai, como él me decía desde que me bautizó, un par de años después de ordenarse, en la época en que ya formado como periodista, comenzaba a escribir en Excélsior. Enrique Maza me formó en un proceso que ha durado 51 años hasta hoy: desde el día en que nací hasta ese momento en que nos despedimos. Y va a seguir siendo así. A partir de que aprendí a hablar y a caminar, la imagen poderosa y firme de mi tío Quique me acompaña. Las risas destempladas que me provocaba cuando estrechaba mi manita de niño y la agitaba zangoloteándome todo. Las sonrisas cómplices que nos sacaba cuando hacía rabiar a mi abuela en la mesa familiar de cada sábado con su preguntas tipo “¿De qué vamos a comer cadáver hoy?” o, cuando la abuela le preguntaba si quería más y él le contestaba juguetón “No, gracias, ya me llené”. “¡Niño! Así no se dice, ¡es de mala educación! Se dice estoy satisfecho”, se quejaba mi abuela y él seguía: “Pero no estoy satisfecho, yo seguiría comiendo, estoy lleno; la capacidad humana es limitada”.

En esas comidas, durante la sobremesa, Enrique nos contaba con esa forma suya de narrar —su voz a la vez suave y profunda— llena de suspenso y dramatismo, su dicción sin muletillas, fluida como un río, lo que estaba por salir en Excélsior o en Proceso. Teníamos la primicia de su boca y yo aprendía así, siendo apenas un niño, a reconocer los huecos de nuestra sociedad en los que se agazapaba la injusticia, la pobreza, la traición, el despojo, la crueldad, el odio. Aprendí —¡tan temprano!— de sus palabras a desconfiar de los políticos, de los poderes globales que apenas tomaban forma, de las tantas caras de la riqueza y la corrupción que se construían sobre la pobreza y el sufrimiento de los más. Cada sábado, de su voz, aprendí a conocer a mi tierra y a su gente. Luego, cuando ya era casi un universitario con vagas y fantasiosas ideas de izquierda, empecé a acercarme más a él y a aprender lo que más profundamente me ha formado como sociólogo, como escritor, como músico, como persona.

En la convalecencia de una de sus cirugías, a principios de los ochenta —yo tendría 18 ó 19; él 52, la edad que tengo yo ahora— nos fuimos Quique y yo durante varios días, a la casa de mi tío Xavier en Cuernavaca, para que él descansara y yo le ayudara manejando y en lo que hiciera falta. Ese fue el curso intensivo más importante de mi vida: de historia universal y mexicana, de historia del arte, de sociología y comunicación, de política y cine y música. Una semana decisiva en mi vida de la mano de Enrique, que me brindó su erudición y sus pasiones como ofrece el agua un manantial. Me hizo conocer el cine de Kubrick, las sinfonías de Shostakovich y las suites de Stravinsky, la razón por la que las pinturas de Van Gogh parecen moverse contando historias, el valor de las vanguardias latinoamericanas y las razones por las que la obra de Octavio Paz tenía que ser leída con cautela y cierta desconfianza. Esos días aprendí lecciones que hoy sigo transmitiendo a mis alumnos seguro de su verdad, su utilidad y su belleza.

Fue en gran medida gracias a la influencia de Quique que estudié sociología. Gracias a él sucedió que se me diera, aunque sea así de deficientemente, por escribir. Si mi oficio son los libros, en el fondo de todos los libros que he editado está ese par de ocasiones en que, siendo un niño pequeño que no alcanzaba a caminar tan rápido como Quique y mi papá, me llevó a conocer las galeras de Excélsior, a mirar la rotativa y maravillarme con el linotipo. Ahí detrás están las discusiones con la abuela sobre usos del lenguaje que me dieron más formación que todos los años de escuela. Más tarde me llevó a sumergirme en los archivos de Proceso y me enseñó a investigar, a buscar y construir la información y el texto que nos acercarían a la verdad sin llevarnos nunca a ella porque eso es imposible; es un trabajo que no puede terminar.

Ahora que se ha ido entiendo todo lo que le debo. Y le debo todo. No es casualidad que uno de mis hijos lleve su nombre, a la vez como un homenaje y una esperanza. Como no fue, quizá, casualidad —voy a permitirme creer ese juego de la vanidad que me hace sentir que fui importante para él— que la noche cuando estaba por partir, resistiera hasta que llegamos a su lado mi papá, mi mamá y yo, para sostener su mano por última vez, para acariciar su frente por última vez y, mientras me apretaba la mano suavemente con sus dedos cansados, verlo, sentirlo exhalar la última bocanada de aire coyoacanense. Ahí, con él, de su mano, estuvimos en representación de su querida Blanca, de mis primos, de mis hermanas —Adriana llegó casi inmediatamente—, de los amigos que lo conocieron, de los desconocidos que lo admiraron, de los políticos y los jerarcas eclesiásticos que lo temieron, de los oprimidos que hallaron esperanza en sus palabras, de mis hijos y mis sobrinos y de todos aquellos que tienen un minuto más, una sonrisa, un motivo de lucha porque Enrique Maza, periodista, jesuita, poeta, narrador infatigable, escritor inagotable, entrañable amigo, nos los dio con amor, con el amor que predicó toda su vida.

No fue casualidad, creo. Creo que me esperó, que quiso esperarme, que quería darme la oportunidad de despedirme de él, a mí que me alejé tanto en otro país y que lo vi apenas dos veces desde que se inició el proceso de su olvido involuntario. Esperó a que viniera de Lima a estrechar su mano y a ser —¡qué responsabilidad!— como un representante de tantos de nosotros. Y también, claro, me esperó para recordarme que la tarea que él me enseñó está bien lejos de haber terminado.

Periodismo macho (misoginia entre paréntesis)

Otro ejemplo de misoginia entre paréntesis

Empecé a escribir estas notas durante el mundial de futbol, cuando la opinión pública puso atención en el grito colectivo de los hinchas mexicanos contra los arqueros rivales de su selección. Pero lo dejé pendiente por no querer incorporarme al coro de un debate que, de repente, me pareció inútil. Ahí se quedó el archivo, en el escritorio de la computadora, como tarea pendiente hasta ahora que un nuevo debate me hizo volver a abrirlo: el “reportaje” principal del último número de la revista Emeequis; un terrible ejemplo de cómo la ortopedia machista se cuela incluso en los textos de un periodismo que se pretende consciente y moderno. Así que aquí va, completado a la luz de estos nuevos hallazgos.

 

1.

“Para ti, Chino”, le dice un comentarista de la televisión peruana al otro cuando la cámara del estadio encuadra a una mujer joven entre las tribunas. No es la primera vez que estos periodistas deportivos encargados de cubrir el Mundial para la TV peruana (en exclusiva, lo que impide al espectador escuchar a otros periodistas) sueltan un chistecito machista y misógino, una forma mediatizada e indirecta de acoso sexual para una audiencia de millones, justamente en los días en que la municipalidad de Lima lucha contra el acoso sexual en los medios de transporte, pan de todos los días, infiltrando agentes de policía vestidas de civil para detenerlo. Pero, ¿cómo abatirlo si los líderes de opinión lo protagonizan, divertidos y campechanos, durante las transmisiones con más público del mundo?

La irresponsabilidad de estos periodistas tiene alcances insospechados. Uno de ellos, Eddie Fleischman, se volvió blanco de burlas de cierta parte del público, específicamente desde las redes sociales, que anotaba sus desatinadas frases y frecuentes gazapos para burlarse de ellas en la página de facebook “Fleischmaneadas”. Pero ante esta reacción del público, la respuesta de Fleischman, respetado periodista deportivo, fue avisar en tuiter que cometería más errores, ahora intencionales: “Estén bien atentos hoy, voy a cometer errores para q tomen nota y puedan vacilarse. Ojo, q no se les pase ninguno, ah!”, escribió para indicar que se enganchaba con sus bullies a través del ejercicio irresponsable de su deber como informador. La reportera Patricia Salinas lo registró en un artículo de la revista Caretas con el objetivo de defender al comentarista deportivo convertido en víctima de una parte de la audiencia. Sí, en Caretas, el semanario político por excelencia en el Perú, que con toda su importancia y trayectoria no ha podido superar la necesidad de incluir entre las últimas páginas de todas sus ediciones una “calata” (“encuerada” en el argot local) para el “deleite” macho.

El grito “¡Eeeeeeh putoooo!” que profería la fanaticada mexicana contra el arquero de Camerún, fue traducido por Fleischman para el televidente peruano como “¡Burrooo!”, entre risas de simpatía por la manifestación folclórica de la república hermana (“gemela”, habría dicho Miguel León Portilla en el discurso de recepción del doctorado honoris causa que le otorgó la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2003). Para estos periodistas el insulto en cuestión no es extraño ni extremo, ni queda claro si efectivamente son tan inocentes para no entender que lo que grita la tribuna es “puto” y no “burro” tomando en cuenta que en el Perú, “puto” tiene exactamente las mismas connotaciones que en México o si lo que hacen es censurar a la tribuna y autocensurarse, esperando que su audiencia sea tan estúpida como para no ver por sí misma que se trata de un insulto homofóbico, por lo demás muy natural en tierras incas.

Estos mismos periodistas pueden darse la oportunidad de usar expresiones misóginas (al “dedicarse” las imágenes de chicas en las tribunas) y racistas (al bromear sobre los nombres de jugadores de países donde se hablan idiomas diferentes o enfatizar la presencia de jugadores “de color oscuro” en alguna selección europea que sólo entienden como caracterizada por personas que no son “de color oscuro”). Comentaristas que ejercen su vocación machista cada cinco minutos cuando, en la emoción de una jugada peligrosa, subrayan su pobre narración con un sonoro “¡señores!”.

Porque en su visión de la vida y de su trabajo, su audiencia está conformada exclusivamente por señores. Si hay niños, niñas, señoras, jóvenes o ancianas entre el público que mira un partido del mundial, es irrelevante, accidental. Se habla para los señores porque solamente ellos importan, sólo ellos tienen algo qué decir, sólo ellos pueden comprender el deporte de los machos, el deporte de los “verdaderos” hombres, el deporte de los señores y, a partir de ahí, jugar a ofrecerse a las mujeres del público que la cámara, también machista, enfoca, o decidir mentir intencionalmente a su audiencia para “picar” a quienes los contradicen.

 

2.

Para muchos peruanos, como para muchos mexicanos (de hecho para la mayoría de ellos), la principal experiencia cultural es la televisión (si internet, específicamente facebook, hoy alimenta parte de su mundo simbólico, es a través y alrededor de la propia TV). De ella obtienen las claves para interpretar el mundo, de ella viene buena parte del universo simbólico que se les impone y al que retroalimentan con una complicidad que no se reconoce a sí misma. Complicidad compartida, por supuesto, con la prensa escrita, para la cual parece que sólo lo que aparece en la pantalla es noticia. Las acciones contra el machismo (y la misoginia, y las llamadas de atención sobre el feminicidio y la discriminación por opción sexual o por raza o por lo que sea…) que se toman desde las políticas públicas, no son nunca noticia; a lo más, notas de relleno. En las primeras y últimas planas de los diarios populares aparece siempre una imagen misógina y machista (modelos “mostrando sus atributos”) y las noticias son siempre sobre lo que dijo algún futbolista o una estrella de TV en el programa de ayer por la noche. Que una de las secciones periodísticas más vistas del Perú sea “Las malcriadas” del Trome, es solo un ejemplo.

Cabría esperar que la otra prensa, la que se dice seria, aunque sea muchísimo menos leída que la prensa popular (“chicha” en el Perú), estuviera exenta de estos vicios, pero ya vimos que no con el ejemplo de Caretas, una revista de referencia para la política en el Perú como lo es Proceso en México. Cabría esperar que los periodistas más profesionales, “conscientes y comprometidos” con el deber de informar imparcialmente a la sociedad, fueran capaces de analizar lo que escriben y detectar el lugar en el que se asientan los prejuicios de la ortosemiótica machista. Que fueran capaces de entender que el asesinato de una mujer, el feminicidio, no tiene sus causas en el comportamiento de la víctima ni en su forma de vestir ni en sus costumbres sexuales ni en sus adicciones ni en sus conflictos sentimentales o en el grado de “desintegración” de la familia de la que procede, o de descomposición social de su barrio. Que el feminicidio tiene su origen en las manos de un asesino para el que el valor de la vida de una mujer es irrelevante porque es un macho, señores.

 

3.

La misoginia y el machismo son monstruos de mil cabezas. Un nuevo ejemplo nos abofetea desde las páginas de una revista respetable, profesional, moderna y consciente, la revista mexicana Emeequis que, al verse obligada a responder ante las críticas de lectores que denuncian el machismo y la misoginia de su historia central en la edición de septiembre de 2014, nos dice que tiene una experiencia de ocho años (una barbaridad de tiempo, pues) durante los cuales no se ha cansado de denunciar el feminicidio, etcétera, etcétera, etcétera (de hecho enumera tópicos de los derechos humanos de la misma manera que un discurso de poĺitico del PRI: de memoria y según receta). Después de “agradecer los comentarios” nos dicen: “Lamentamos mucho que esa sea una de las lecturas que se desprenden del texto mencionado”. No sin habilidad, el editor aparece, por fin (porque no estuvo presente antes de cerrar la edición), para valerse de una pretendida polisemia que le permita asegurar que la lectura misógina es responsabilidad del lector, no del autor (un periodista profesional e independiente que ha recibido el Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter, que no es alemán sino mexicano). Es decir, que soy yo el machista, el misógino porque soy yo el que ha dado esa interpretación al texto. Yo soy el culpable, en última instancia, porque mi parcial visión quiere justificar la “vida disoluta” de Sandra, la mujer asesinada que, como se desprende de la narración, sin duda merecía ese final. A diferencia del asesino, el pobre muchacho tan brillante y talentoso que vio su carrera truncada por culpa de esta mujer terrible a la que tuvo que asesinar asfixiándola, luego descuartizar, embolsar y repartir para esconderla y, finalmente, huir para salvarse de ser castigado por el crimen que con toda justicia ha cometido.

Yo soy el culpable de esta lectura porque dice Emeequis que hay otras y que la avalan ocho años de experiencia y compromiso.

Sin embargo, no hubo editor que viera “esa lectura” del artículo de portada en la revista. Y estoy seguro de que no hubo editor porque sería comprensible que un editor dejara pasar el artículo sin darse cuenta de su misoginia pero no, al menos, sin corregir los errores narrativos, sintácticos y hasta ortográficos del texto; no sin cuestionar al autor el uso de un recurso literario como el de las historias cruzadas a través del cual dota al asesino de dos identidades (ambas caracterizadas por su nobleza y carisma), y cuyo uso aleja al texto del reportaje y lo coloca definitivamente en el ámbito de la ficción. Querer pasar un texto de ficción, por más que esté fundamentado en hechos que realmente sucedieron, como periodismo es un error doloso, es engaño manifiesto.

No me dentendré a analizar detalles del texto porque ya lo ha hecho Catalina Ruiz-Navarro con admirable certeza. El texto con que comienza el artículo, probablemente no es del autor sino de esa ausencia que podemos suponer editor de Emeequis: Ya desde ahí el asesino es un chico “amable, educado, talentoso [que] se transformó en alguien que no era él” (¿un vampiro, un hombre lobo, un zombi, una víctima de posesión diabólica?), mientras que la víctima es apenas “un cuerpo sin vida” en el que este chico “que no era él”, “terminó por encajar un cuchillo”. Aun antes de esta introducción, en el título mismo impreso en la carátula de la revista, y por lo tanto entendido como argumento de venta, sabemos que se trataba de “El joven que tocaba el piano”, y como subtítulo, en letras más pequeñas (puesto, además, entre paréntesis, con lo que se minimiza doblemente el asunto central del artículo y se consigue un recurso gráfico y de estilo que mueve a la lectura desde el morbo), la frase “(y descuartizó a su novia)”. Inmediatamente después nos enteraremos de que Sandra no era “novia” del asesino, sino alguien con quien se encontraba por primera vez. “Novia” es, entonces, ficción, y es de la revista, no del articulista. Él, por su parte, en su descontrolada necesidad de escribir bonito, no atina a presentar a los captores del asesino como agentes policiales: son “¡hombres, unos hombres!” que, además, están maltratando al pobre chico como lo haría cualquier criminal en una escena típica de “levantón”. En este momento de la narración, la fiscal Claudia Cañizo es sólo “una mujer de jeans”; pasarán largos párrafos y una persistente confusión entre los dos personajes paralelos que son el mismo asesino para descubrir que se trata de la autoridad encargada del proceso criminal. El autor no se detendrá en su intento por dibujar la calidad de víctima del verdugo hasta el grado de mostrar que incluso su captora, la fiscal Cañizo, confiesa que le gustaría tener un hijo como él. Un asesino. Un feminicida.

 

4.

La indignación ante este artículo porque justifica, defiende y realiza una apología del feminicidio mediante un conjunto de recursos pseudoliterarios que tergiversan la posición del asesino y estereotipifican, desde prejuicios machistas profundamente arraigados, la de la víctima, provocó acciones de protesta. Muchos firmamos una carta que pide la retractación pública del autor (no el retiro del texto, como se dijo por ahí), una disculpa para la familia de Sandra Camacho y la capacitación de la plana editorial de Emeequis en temas de género y discriminación. Es lo menos; que se formen como editores periodísticos responsables y aprendan a detectar los prejuicios de sus autores que llevan a la distorisión de la realidad sobre la cual informan.

Pero es tan profundo el arraigo del machismo y la misoginia entre nosotros, que pronto se nos acusó, a los abajofirmantes de esta carta, de “minoría de linchadores” y de “histeriquitos” que quieren decidir “qué se publica en el país”. Otros, con brillo argumental superior al del autor del texto, aprovecharon para citar, por ejemplo, algún cuento misógino de Arreola e ironizar que tendríamos que pedir al FCE el retiro de sus ejemplares del mercado, con lo que no solo justifican la misoginia del texto Alejandro Sánchez González en Emeequis, sino que aplauden la ficcionalización de los hechos en un contexto periodístico y ponen la arrogancia pseudoliteraria del articulista a la altura de la maestría del clásico. Que nos importa el discurso, la forma de decir y no los hechos. ¡Censura!, dicen que queremos (mientras nos censuran). Y quizá tengan razón aunque pienso que lo que demandamos es responsabilidad periodística. Es demasiado pedir. Es imposible aunque parezca poco.