El gran día de campo, veinte años después

El gran día de campoEl 1° de enero de 1994, siendo presidente de México, por la vía del fraude, Carlos Salinas de Gortari, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Era una noticia feliz para quienes se beneficiarían de ese acuerdo desventajoso y peligroso. Pero la madrugada del nuevo año despertó con otro acontecimiento, uno inesperado, que brindaría claridad sobre el descontento que habitaba México, no sólo ante la puesta en marcha de ese tratado comercial de las cúpulas y las elites —diseñado para hacer feliz a una clase media sin memoria y sin pensamiento pero con algunos pesos en el bolsillo—, sino como denuncia de muchos otros equívocos que desde tiempo atrás (¿desde cuándo?) venían haciendo víctimas en la población trabajadora, indígena y campesina del país.

Un grupo de campesinos armados —muchos de ellos con rifles de palo—, en su mayoría indígenas tseltales de los altos y las selvas de Chiapas, tomaría aquella madrugada tres ciudades de ese estado, incluyendo la señorial San Cristóbal de las Casas, antigua capital colonial, y desde ahí daría nombre y espacio a un conflicto que no se ha resuelto veinte años después. Un conflicto armado con escasas batallas y mínimas bajas de ambos lados; una guerra que desde entonces se ha peleado en el plano de la información, el pensamiento y la organización social, pero guerra al fin, con dos ejércitos: el “constitucional”, y el beligerante Ejército Zapatista de Liberación Nacional —“guerrilla” o “grupo armado” para la prensa y el gobierno—.

Ocho meses más tarde, después de un primer momento de diálogo entre el gobierno y los zapatistas (envuelto en escándalo y cotilleo de la transición presidencial priísta), después de la firma de los Acuerdos de San Andrés que el gobierno no cumpliría, después del Cordón de la Paz y del asesinato del candidato presidencial del PRI por oscuras manos que permanecen incógnitas, el EZLN convocó a una Convención Nacional Democrática, que se llevaría a cabo durante la primera semana de agosto, en dos etapas: primero en San Cristóbal de Las Casas, y después en un lugar de la selva Lacandona preparado por los zapatistas para ese gran evento, bautizado “Aguascalientes” en memoria de la ciudad en donde se redactó la Constitución de 1917.

Fueron llamadas a esta convención todas las organizaciones sociales democráticas y progresistas de la nación; partidos políticos, grupos de estudiantes y artistas, sindicatos, uniones y colectivos sociales que compartían ideales e ideas con los lejanos indígenas levantados y que, hasta cierto punto, aceptaban su liderazgo en la lucha de una izquierda que aún buscaba un lugar sólido desde el cual actuar contra el avance arrollador y poderoso de la derecha, el neoliberalismo y la hipocresía gobernantes.

Después de un periodo en el que se realizaron asambleas por todas partes, cerca de seis mil personas se acreditaron para asistir a la Convención Nacional Democrática en calidad de delegados de organizaciones sociales, más los que pudimos acreditarnos como invitados y observadores o como periodistas. Ésta es una crónica de ese momento enclavado en una coyuntura política que al final no fue aprovechada. Hoy México perdió la guerra, la oportunidad y hasta el deseo que se representaba en aquel esfuerzo enloquecido. La llamada transición democrática que parecía iniciarse seis años después mostró pronto ser continuidad, hoy lo sufrimos.

Los años en México parecen ser la medida de la derrota. No hace mucho se celebraron cien de una Revolución traicionada. Hoy, desde un exilio voluntario en el Perú (tan parecido a México, tan igualmente equivocado), rememoro veinte años de otra derrota volviendo a publicar —como lo hice hace diez años— esta crónica, algo extensa, de un acontecimiento que me tocó presenciar y que me dejó marcado. Conmemoro las dos décadas transcurridas desde aquellos días en que la izquierda mexicana, casi unida, estuvo a punto de ser la cabeza de una transformación que hoy parece imposible. Aunque sea solo para recordar todo lo que quisimos hacer y no hicimos, la esperanza que dejamos morir.

Hace diez años, conmemorando una década de los hechos narrados, publiqué esta crónica en una versión que entonces me pareció necesario corregir (que se puede leer en Scribd y que incluye una presentación en la que está basado este post). Hoy devuelvo la versión original, sin modificar nada de lo que veinte años atrás escribí de un golpe, impulsado aún por lo que acababa de vivir y, quizá, por el vigor de mis treinta años de entonces. Espero que la disfrutes, lector, y que te ayude, como a mí, a recordar que hace veinte años estuvimos cerca, muy cerca, de cambiar el rumbo de la historia.

Descarga en PDF| Lectura en  Scribd

Aunque he incluido algunas de las fotos que tomé durante la Convención en el PDF, pondré más adelante la serie completa en Flickr o Facebook.

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