Un cuento de ciclistas

Ciclovía del malecón

Ciclovía del malecón

Pepe se levanta sin despertador a las 5:30 am. Se lava la cara, se pone su ropa de trabajo: el pantalón y la camisa de lona, los zapatos bajos, el cinturón de cuero. Mete las botas de hule a la bolsa donde pondrá también sus herramientas, y se sienta ante la mesita junto a la cama de una plaza en la que aún duerme su esposa. Ha puesto a calentar un poco de agua en la olla sobre la hornilla eléctrica para hacer un café soluble con el que acompañará el pedazo de pan que queda de ayer. Al terminar su desayuno besa a su esposa que ya abre los ojos y sale del cuarto de madera, cartón y lámina que alquilan, anexo a una casa derruida en La Perla, desde donde camina hasta el cobertizo en que guarda su bicicleta y sus herramientas. Ajusta la podadora, le pone combustible de una lata que está al costado, recordando cuando, no hace mucho, tenía que cargar la cortadora mecánica, mucho más pesada y estorbosa. Esta nueva podadora motorizada (desbrozadora-desmalezadora, decía el manual) ha sido la mejor inversión de su vida. El combustible es barato y los alambres flexibles que al girar cortan parejo el pasto, sólo debe cambiarlos cada tres meses. Cuando la podadora mecánica se oxidó y se rompió, el cambio de las hojas hubiese costado tanto como costó la nueva. La ajusta a la parrilla trasera de la bicicleta junto con el resto de las herramientas y monta rumbo a la avenida La Paz, desde donde cruzará San Miguel, Magdalena y san Isidro, doce kilómetros hasta Miraflores, para empezar a trabajar antes de las 8 de la mañana en los pocos jardines que quedan en las casas que rodean el óvalo de las calles Madrid y Bolognesi, sustituidas rápidamente por modernos edificios de departamentos en los que el trabajo (y la ganancia) se reduce al mantenimiento de unas cuantas jardineras.

El despertador electrónico de Diego suena a las 6:30. Da un par de manotazos a la mesita de noche antes de localizar el botón que lo apagará por diez minutos. Durante ese tiempo, hasta que el aparato vuelva a sonar, va ahuyentando la modorra. A las 6:40 por fin se levanta, tratando de no despertar a su esposa, aunque sabe que también ha escuchado el despertador. Camina hasta la cocina, al otro extremo del departamento y, en el trayecto, al cruzar la sala y el comedor, echa un vistazo al balcón desde donde se ve que la neblina del día anterior se ha despejado y hoy el Pacífico llena la vista. En la cocina, abre el refrigerador y saca una botella de jugo de naranja que anuncia la ausencia de conservadores en la etiqueta. Prefiere no sacar un vaso y bebe directamente de la botella tres tragos largos. Vuelve a la habitación, donde su esposa ya está despierta aunque sigue en la cama. Se dan los buenos días sonriendo. Diego se dirige al baño, orina, se lava la cara y las manos, entra al vestidor. Toma el culotte de licra negra que está encima de un montón de prendas similares (demasiado calor para el thermodress, piensa) y un maillot del mismo material pero en tonos vivos naranjas y amarillos: todo el mundo sabe que al andar en bici hay que hacerse ver con colores llamativos, por seguridad. Se pone unas medias con punta y talón reforzados y las zapatillas de andar en bici. Luego instala el iPhone en su brazo, con el que controlará el pulso, el ritmo, la velocidad y la distancia y va hacia la puerta del ascensor. Baja los once pisos y entra a la zona del estacionamiento que la administración ha destinado para bicicletas y motocicletas. Abre el candado de su casillero y saca los guantes y el casco nuevo (lo ha comprado recién ayer en la tienda de bicicletas de Av. Santa Cruz, en San Isidro). Piensa que tal vez, el viejo casco se lo podría regalar al portero, pero no sabe si usa bicicleta. Hace unas cuantas flexiones para precalentar los músculos y toma la bicicleta de ruta, colocada entre la de montaña y la de paseo de Alejandra. Hace sonar el timbre eléctrico que ha instalado en la bici para que el portero le abra la puerta del garage y sale sin preocuparse por cerrarla. Son las 7 en punto.

Pepe circula ya por la Avenida del Ejército, a la altura del deportivo de Miraflores, donde virará para seguir por el malecón de La Marina. A paso tranquilo, la vieja bicicleta y su tripulante se confunden con el oscuro asfalto, el jardinero transita casi invisible, dejando que autos y combis lo pasen rosando, sin inmutarse, porque sabe que al mantenerse a menos de medio metro de la acera les permitirá abrirse y rebasarlo en un segundo. Desde siempre, aprendió que se circula por la calzada (los peatones en las aceras son más impredecibles que los autos, sobre todo ahora que caminan con audífonos y absortos en las pantallitas de sus teléfonos) y en la dirección del tránsito; nunca en sentido contrario porque es más peligroso, los automovilistas tienen menos tiempo para esquivar al estorboso ciclista. El despintado cuadro de la bicicleta sin piñones múltiples que en la rueda delantera aún conserva los antiguos frenos accionados por un sistema de tubitos metálicos, ha ido tomando ese color, al igual que los rayos y los aros, cuyo ocre oxidado los ha oscurecido hasta confundirlos con la llanta. El mismo Pepe, con la ropa oscura de trabajo, parece no notarse entre el tráfico que a esa hora empieza a aumentar. Al llegar al malecón decide subirse por fin a la acera donde hace un par de años el alcalde mandó pintar un carril, primero verde, ahora rojo, exclusivo para ciclistas. No suele hacerlo; está tan acostumbrado a circular por la calzada, que por lo general la prefiere. La ciclovía del malecón no es muy respetada por los montones de corredores matutinos que pasan por ahí a esas horas, pero hoy demasiados carros han tomado el malecón (quizá hay algún cierre en la avenida del Ejército), así que sube a la acera y sigue su camino cargando en la parrilla trasera los diez o doce kilos de sus herramientas de trabajo; falta apenas un par de kilómetros para llegar a su destino.

Diego decide tomar la ciclovía del malecón desde su inicio, en el puente Villena. Para llegar ahí cruza una cuadra de la avenida Bolognesi en sentido contrario, por la acera. Escucha una sirena avisando que se abrirá un portón eléctrico adelante; baja de la vereda y ve venir un bus por la avenida, pero con un rápido movimiento deja atrás la puerta amenazante y sube de nuevo a la acera esquivando al bus. Piensa en esos choferes que no tienen respeto por nada y son capaces de pasarle a cualquiera por encima. Ha planeado dar dos vueltas a la ciclovía, del puente al deportivo y de regreso, lo que sumará poco más de diez kilómetros. Calcula que le tomará 40 minutos; quisiera dedicarle más tiempo al ejercicio, pero sólo así llegará a casa con tiempo para ducharse, vestirse y desayunar, e irse temprano a la oficina en San Isidro por si hay demasiado tráfico. Fuera de los corredores matutinos, aún no hay mucha gente. Es una delicia pedalear con seguridad gracias a esa oportuna idea del alcalde para incentivar el uso de la bicicleta. Comienza a acelerar, hay que sudar para que valga la pena. Mueve la perilla de los cambios para endurecer el pedaleo y ganar velocidad; pronto está en el faro, si sigue a ese ritmo quizá tenga suficiente tiempo para dar la tercera vuelta. Hace sonar su timbre al rodear la curva de las canchas de tenis, cuyas rejas impiden ver si viene alguien en sentido contrario, para avisar que va a pasar. Hay corredores pero no invaden la ciclovía, de todos modos acciona brevemente el mecanismo trasero de frenos de disco de la bici, por si acaso; pasa la segunda curva y vuelve a acelerar. Casi sin sentirlo ha pasado el skate park y ha llegado al parque María Reiche. Piensa que si hubiera sacado la bici de montaña podría haber bajado por el jardín para hacer un poco más de esfuerzo, sobre todo en la subida; lo hará mañana, ahora sigue veloz por el carril rojo de las bicicletas, pintado en la acera del malecón.

Al llegar a las canchas deportivas que anuncian su proximidad con el deportivo, ve que dos mujeres caminan sobre el carril rojo en el mismo sentido que él. A lo lejos, otro ciclista, oscuro, se aproxima en sentido contrario. Diego toca su timbre, pero las mujeres no lo escuchan o no lo reconocen, o no se esperan que haya algún tipo de peligro. No quiere reducir la velocidad, está haciendo un buen esfuerzo, pronto está casi encima de ellas, siente un fuerte enojo por la invasión de que es objeto la ciclovía y grita enérgicamente “¡Ciclovía! ¡Salgan de la ciclovía!”, cuando ya está casi encima de ellas. La reacción de las mujeres es indecisa, se detienen, no aciertan a hacerse a un lado y obligan a Diego a aplicar con fuerza los frenos de disco al mismo tiempo que vira a la izquierda. Casi se cae al pasarlas. Reclama con rabia a las mujeres por invadir el carril exclusivo para las bicicletas y piensa en lo estúpida e ignorante que puede ser la gente. Ellas, sorprendidas, solo sonríen nerviosamente, cuando descubren que ahora hay que aplicar las mismas precauciones en la acera que en los cruces y las calles.

Pepe ha visto todo desde lejos. Cuando llega a las canchas ve que el ciclista con casco y polo de colores, en la bici brillante, sigue mirando hacia atrás y haciendo señas. Aprovecha el terraplén del espacio de estacionamiento de las canchas para cruzar frente a él y volver a la calzada, evitándolo. Diego pasa a su lado sin mirarlo y llega por fin al deportivo, da la vuelta y emprende el regreso ya sin ganas de completar las dos vueltas que había planeado. Vuelve a cruzarse con las mujeres que no lo ven porque están sentadas, de espaldas a él, de frente al mar, en una de las bancas del parque. Quiere volver a decirles algo pero, ¿ya para qué? Acelera y rebasa a Pepe sin mirarlo. Pepe sigue pedaleando con su ritmo lento y firme y ve a Diego de colores alejarse sobre la roja ciclovía pintada en la acera.

“La gente no aprende a vivir civilizadamente”, le dice a Alejandra cuando entra al departamento del piso 11. “Invaden la ciclovía sin importarles nada, carajo. Casi me rompo la cabeza por culpa de dos estúpidas…”. Se mete al baño y poco después sale, anudándose la corbata, a compartir con Alejandra lo que ha preparado la empleada para el desayuno. Luego vuelve a bajar los once pisos en el ascensor, y sale del estacionamiento en su camioneta 4×4 sin mirar si tiene vía libre. Escucha el claxonazo de un taxista que pasa a toda velocidad y frena abruptamente. Entonces ve a Pepe que está encadenando su bici a un poste y descargando las herramientas con que podará los arbustos de la jardinera que adorna el edificio donde vive Diego. No se reconocen, ¿cómo podrían? Diego enciende la radio y escucha las noticias durante los treinta minutos que tarda en recorrer los cinco kilómetros y medio que lo separan de su oficina en la zona corporativa de San Isidro; hay un tráfico espantoso. Ni siquiera se le ocurre pensar que haría menos tiempo si se fuera al trabajo en bicicleta.

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