¡Hombre al agua!

El río Cañete

El río Cañete

Un punto en una línea sinuosa. El río serpentea entre imponentes murallas de desierto, secas, brillantes, doradas, filosas, altísimas. Más que un valle, es una cañada donde surge el verde a los costados del agua como milagro entre las rocas. Entre los valles andinos de la costa del Pacífico, el del río Cañete es espectacular: la verde culebra que desciende vertiginosa con la cola colgada de un glaciar, el cuerpo-oasis advirtiendo a las montañas que se aparten y las fauces abiertas en una especie de delta que se extiende ante el océano, produciendo la más rica agricultura de este desierto.

Entre viñedos, cañaverales, lucumares y maizales, el río y su valle de quinientos metros de ancho da luz a una vida imposible en el desierto. Los campos de cultivo y las casas se amontonan uno al lado de la otra y los poblados apenas alcanzan a tener una calle o ninguna, y nunca una plaza porque no hay lugar en su delgadez para nada que sea cuadrado o circular. El río desciende veloz; el caudal se crea por la sumatoria de la angosta cañada, la cercanía de las montañas que alcanzan cinco mil metros de altitud ahí nomás, la exagerada inclinación. Un  kilómetro río arriba equivale a cien metros más sobre el nivel del mar. El caudal con las aguas de las cumbres se precipita en violentos rápidos que pueden surcarse en botes de goma y que son la fama de Lunahuaná; más que su pisco puro de uvina, más que su arrope —el jugo de las uvas concentrado a punto de miel—, más que los voraces insectos que arremeten todo el día y dejan picaduras que siguen dando materia para rascar una semana después, y sus truchas y sus camarones de agua dulce; es el vértigo de los rápidos lo que atrae visitantes todo el año. Especialmente en enero y febrero, cuando el caudal es más violento.

Abordamos el bote en el embarcadero de Lunahuaná —si se le puede llamar así a ese playón de cantos rodados— después de que los remeros que organizan la actividad nos vistieran con apretados chalecos salvavidas y no tan apretados cascos de plástico. Algunos de nosotros estábamos nerviosos; nunca habíamos hecho canotaje en rápidos. Nos dieron a escoger dos rutas: la “tranquila”, río abajo, y la más “pesada”, río arriba. Elegimos la pesada. “Río, matagente”, cantan los Cimarrones en mi memoria mientras pregunto al piloto cuántos pasajeros se le caen en promedio por viaje. Casi nunca se cae nadie, dice, pero sonríe de un lado o echa una mirada a su compañero y no le creo, pero no importa, vamos ahí. Abordamos, pues, el bote. Me pongo adelante, pero el piloto me ve los brazos cortos y me pide que pase un lugar para atrás. Somos seis remeros (cinco hombres, una mujer) y el experto timonel que irá gritando ¡adelante!, ¡Alto!, ¡Atrás!, como únicas indicaciones a lo largo de la vertiginosa bajada sobre las aguas convulsas del río Cañete.

El primer rápido, remolino, hueco, nos baña por completo y brinda la prueba de por qué había que ir sin teléfonos ni cámaras ni sandalias ni nada más que el cuerpo propio. De mi lado, un temblor, un golpe del río, me hace entender que no sabré por dónde vendrá la ola que me sacará de la embarcación. Pasamos más rápidos; el bote avanza, pero de repente la proa está mirando río arriba; el timonel da indicaciones y remamos para volver al curso. El chico que nos sigue, como apoyo de seguridad, en un kayak, hace su show de volteretas. Nos estamos divirtiendo como nunca; estamos viviendo la fuerza del agua en su camino raudo hacia el mar.

Al dar la vuelta al meandro en el que tendríamos que sentir temor porque las aguas nos llevan demasiado cerca de la orilla sembrada de caña, las indicaciones del timonel se vuelven confusas y los remeros perdemos el ritmo, chocan los remos justo en el momento en que el bote cae en un hueco del agua. Es de goma; se dobla hacia adentro y, al volverse a abrir, como por un resorte, salimos despedidos seis de los siete tripulantes, incluido el timonel. Pero no nos dimos cuenta.

Por un segundo pensé que yo había sido el único hombre al agua. Por un segundo todo es oscuro y agua en los pulmones. Un segundo que se alarga, elástico como el bote en el que comenzó. Un segundo en el que algo me oprime la cabeza y no me deja salir a respirar. Será el bote sobre mí, una roca, otro compañero. No, es el agua, es solo el agua y es un segundo, por largo que parezca. Pronto asomo la cabeza al sol. El río me está arrastrando con una fuerza redoblada si la comparo con lo que sentía cuando iba a bordo. No he soltado mi remo, aún lo llevo en la mano y, al salir a la sperficie, contento de comprobar que, milagrosamente llevo aun los lentes puestos, veo a Sara cerca de mí, con la expresión del pánico en su rostro —no sabe nadar, dijo—. Le extiendo el remo que no alcanza; le extiendo palabras de calma que no escucha, pero entiendo que al verme se tranquiliza. Entonces recuerdo la “posición de seguridad” que explicó el timonel. El cuerpo mirando río abajo, las piernas elevadas. Si las piedras han de golpear tu humanidad, que sea en los glúteos. Viene a mi memoria otra canción “In the rapids”, de Genesis. Así, le doy la espalda a Sara, no puedo hacer otra cosa; ya los chicos en kayak irán a buscarla pronto. El río me arrastra; he recuperado la calma y ahora solo me dejo llevar. Por uno o dos minutos, soy presa del caudal del río Cañete, pero no tengo miedo: “When you’re racing in the rapids, there’s only one way, that’s to ride”. Lo disfruto. Es de una frescura y una fuerza abrazadoras. Que me lleve a donde quiera, que me lleve, que me arrastre el río.

Pero mi viaje alucinado termina pronto, nada más dejarme llevar, he alcanzado al bote, que ya ha recuperado a tres de los tripulantes. Extiendo el remo, Ángel lo hala, me acerca y me toma de las hombreras del chaleco para echarme dentro. Ahora somos cuatro y solo queda recuperar a los demás. Sara ha sido rescatada por el otro bote; Jaime se quedó prendido de un cañaveral en la orilla, tendremos que esperarlo mientras nos alcanza caminando descalzo entre yuyos y piedras. Alex aparece poco después acompañado de uno de los remeros en kayak. Pronto todos estamos a salvo y terminamos de surcar los rápidos hasta desembarcar en un playón del anexo Paullo, donde se encuentra nuestro hotel.

Lunahuaná, el río Cañete y la sensación loca de ser arrastrado por la fuerza de sus aguas.

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