Generosidad de la cultura, crueldad de los mercados

Mi mamá volvía a casa cualquier sábado por la mañana con nuevos discos de Georges Moustaki o de Paco Ibáñez, sus favoritos en la década de 1970. Mientras mirábamos en la carátula al barbudo grecofrancés o al entonces flaco anarquista republicano, le preguntábamos a dónde había ido y ella respondía con una clara expresión de satisfacción, “A Margolín”. Eso era para nosotros buena noticia porque quería decir que había pasado también por la pastelería El Globo (lejos aún de convertirse en un corporativo panurbano) y que en la cocina había una bolsa de papel llena de polvorones y garibaldis. Nosotros nos íbamos a masticar el mejor pan dulce posible, mientras mi papá abría los discos nuevos frotando el borde del celofán con una franela hasta que esta cedía y procedía, inmediatamente, a grabar en caséts la primerísima reproducción del vinilo “porque así duran para siempre y no se rayan”, decía. Y escuchábamos a Moustaki declarar el estado de felicidad permanente y a Ibáñez disparar palabras cargadas de futuro.

Pero mamá no nos llevaba a Margolín. Era cosa de grandes, una tienda muy exclusiva y algo elegante, en la que todo estaba muy cuidado y los niños traviesos amenazaban con alterar el orden fabuloso de la cultura que desde ahí se distribuía con una generosidad sin barreras. Recuerdo alguna de esas mediatardes, esperando en el coche a que mamá saliera de Margolín con algún regalo para el cumpleaños de la tía Mariu o el tío Xavier. Desde el coche, las vitrinas de Margolín (o las de la librería El Ágora, otro símbolo del consumo cultural familiar en aquellos años), eran un misterio para mí.

Pasarían años hasta que por fin la visité, después de la adolescencia, del brazo del tío Enrique, melómano irremediable que sólo en Margolín podía saciar su inagotable necesidad de música. Yo tendría diecisiete años cuando, después de una de las tremendas cirugías que tuvieron que hacerle, el médico le recetó una semana de reposo casi total. Le prohibieron manejar, así que la familia decidió que durante mis vacaciones podría servirle de chofer y nos fuimos Enrique y yo a pasar una semana en la casa de Cuernavaca del tío Xavier, pero antes me pidió que nos detuviéramos en Margolín y compró varios discos mientras me explicaba la diferencia entre la naturalidad de Brahms y los celos de Bruckner. Los ojos se me iban por los estantes repletos de discos nunca antes vistos. Esa semana en Cuernavaca fue mi iniciación a la música clásica (más allá de lo que escuchaba en casa gracias a mi papá: básicamente musica para piano de Beethoven, Chopin, Debussy y Ravel), con los vinilos que habíamos comprado en Sala Margolín antes de salir a la carretera. Enrique me hizo escuchar el Zarathustra de Richard Strauss y me enseñó a aborrecer a Johan hijo. Me describió las razones por las cuales no le gustaba el barroco, y me contó la maldición según la cual, después de Beethoven, ningún compositor alcanzaría la gloria de una décima sinfonía. Después me hizo entender que no existen maldiciones de ningún tipo, haciéndome escuchar la fabulosa sinfonía 11, “1905”, de Shostakovich, mientras me explicaba cómo este atormentado compositor soviético había logrado conciliar su necesidad de expresión vanguardista con la severa censura estalinista en las sinfonías 5, 6 y, especialmente, la 7, “Leningrado”.

A partir de entonces, la Sala Margolín se convirtió en mi propio referente de lo grandioso, y la visitaría con frecuencia aunque fuera solamente para mirar las novedades.

Por la tarde de un 24 de diciembre, a mediados de la década de 1980, Enrique llegó a la casa de la abuela cargando una gran bolsa con más de diez discos nuevos en ella. Había pasado por Margolín antes de ir a la cena de Navidad, y había encontrado una rarísima remesa de discos de liturgia eslava y ortodoxa. Había pasado más de una hora seleccionando los que se llevaría. Por fin se acercó a la caja y el mismo dueño de casa, que estaba por cerrar ya la tienda, le hizo la abultada cuenta. Entonces Enrique metió la mano al bolsillo del pantalón y se dio cuenta de que había olvidado la billetera. Ni efectivo ni tarjetas de crédito ni chequera ni nada. Enrojeció de vergüenza y también de rabia, pues viajaría fuera de la ciudad al día siguiente y correría el riesgo de perder la oportunidad de adquirir todas esas joyas. El dueño de casa sonrió, cerró la caja registradora, tomó los diez discos, más otro par que Enrique había decidido no llevar, los metió a la bolsa y se los entregó. “Es un regalo. Feliz Navidad”.

Con esa misma generosidad, los propietarios y trabajadores de la Sala Margolín podían orientar a sus clientes en la tradición más hospitalaria de la discoteca o la librería. Ir a esa tienda era como asistir a un museo: entre la mirada propia y la información institucional, salías de ahí sabiendo más e ignorando más, como acicate para plantearte nuevas preguntas y volver y volver para tratar de responderlas. Es por eso que leer la noticia del inminente cierre de Sala Margolín en la ciudad de México, provoca una sensación de luto. Como si el corazón que anima a ese barrio lleno de simbolismo que es la colonia Roma, dejara de latir. O peor aún, como si fuera asesinado por la crueldad de los nuevos mercados, de las grandes superficies, de las inhospitalarias cadenas y la pérdida de diversidad en el gusto.

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