En bici, por supuesto

Me acabo de dar cuenta de que llevo año y medio usando la bici como medio de transporte cotidiano en Lima y no había escrito nada al respecto. Hay una relación entre mi felicidad en dos ruedas y la falta de necesidad de escribir, supongo. Debe ser porque para mí, escribir es una afición de tiempo libre, y si tengo tiempo libre, me monto en la bici y paseo, aunque no haga falta porque todos mis tránsitos laborales los hago en bici.

Durante algunos años, entre 2004 y 2008, fui automovilista en Lima. Debe haber sido una de mis peores épocas a nivel de estrés y neurosis. Si manejas en el DF y crees que es el infierno, al llegar a Lima te das cuenta de que era sólo el primer círculo. Lima debe ser el cuarto o quinto, tomando en cuenta que probablemente sea peor manejar en Bangalore o en Jakarta.

Pero Lima tiene lo suyo. No sólo porque el reglamento de tránsito es muy limitado, lleno de vacíos (valga la simpática expresión) y asuntos sin resolver ni regular, sino porque, además, los conductores se lo pasan por debajo de olímpica manera. Cosas como, por ejemplo, el hecho de que en las avenidas de doble vía separadas por una berma o camellón del ancho que sea, el conductor que vira a la izquierda teniendo luz verde en la avenida, no tiene por qué respetar la luz roja de la calle a la cual va a ingresar. Se meterá, haciendo caso omiso del semáforo de esa calle, en el menor resquicio entre los automóviles que circulan por el carril contrario sin importarle si interrumpe el tránsito contrario; parecen decir “yo también tengo luz verde, y entre la mía y la tuya, tú te jodes”. ¿Esperar a que les pongan la luz verde a los de la calle que cruza? ¿En qué cabeza cabe semejante estupidez?

Otro ejemplo: sistemáticamente, el automovilista peruano, sea privado, taxista, chofer de combi, bus, camión o camioneta, considerará que la luz ámbar de los semáforos no es preventiva sino acelerativa. Y aplicando un criterio mínimo, que en segundos evalúa la cantidad de tránsito en las calles que cruzan las avenidas (o viceversa), cruzarán con luz roja entre uno y cinco autos cuando esta recién ha cambiado. Que se paren los idiotas, yo paso nomaś.

¿Vas a dar vuelta a la derecha en la próxima calle y circulas por el carril de la izquierda? No hay problema, te detienes, cierras el paso a los dos carriles y pasas. ¿Peatones, ciclistas? ¿Qué demonios es eso? Lo único que se ve son idiotas en dos piernas o dos ruedas que se tienen que esperar a que pase el mastodonte de acero o correr el riesgo de morir aplastados por él. Y claro, todo esto adornado con un concierto de bocinazos que haría temblar a John Cage.

En este contexto me desenvolví como conductor durante unos cuatro años. Tenía un lindo Peugot 406, viejito pero aguantador, y en él salía diariamente a la aventura automovilística. El humor se me agriaba inmediatamente y la mentadera de madres se me incorporaba como segunda naturaleza. Me aparecía un espíritu vengador cada vez que mi derecho a circular primero se veía afectado y a veces me costaba esfuerzo reprimir el deseo de asesinar al enemigo que invadía mi espacio. Durante ese tiempo, sobre todo al final, traté de observar las reglas con más rigor que mis colegas y me convertí en el gran nerd al volante. El idiota que no se pasa una luz ámbar. El absurdo que da el paso a una señora que cruza una avenida de la mano de su hijo. El inocente que no se mete en sentido contrario en cualquier calle. El atolondrado que soporta la parada de cuatro buses en el carril de la derecha porque va a virar en la siguiente calle, el tonto que busca estacionamiento hasta diez cuadras más allá del lugar de destino en lugar de, simplemente, pararse en doble fila y bajarse a hacer lo que tiene que hacer. Cuando algún limeño iba conmigo en el auto, tenía que soportar sus burlas y desesperación por mi necia obediencia a reglas que quién sabe si existían.

Pero el Peugot envejeció y cada vez era más caro repararlo, así que un buen día lo vendí y usé la plata para otras cosas: decidí no hacer el esfuerzo de comprar un nuevo auto. Nos acomodaríamos con las piernas, taxis y combis; a fin de cuentas todo nos queda cerca y bastaba con aumentar el cálculo de tiempo para los traslados para mantenernos puntuales en nuestras citas y compromisos. El taxi de la casa a la oficina no era más caro que el gasto en combustible del auto, y tenía la ventaja de que podía hacer la ruta conversando, si el taxista estaba de humor, o leyendo si no. Lo mismo el bus: la línea que tomaba inicia su recorrido a unas cuantas cuadras de mi casa, por lo que siempre encontraba asiento y leía, y me dejaba a unas diez cuadras de la oficina, dándome la oportunidad de caminar un poco antes de llegar. En todo caso era tiempo ganado que parecía perdido, y sobre todo, era la posibilidad de que alguien más se enfureciera y no yo.

Hasta que opté por volver a ser un trabajador independiente, renuncié a la mezquina empresa española y volví, gracias a la generosidad de los amigos y compañeros, a ETC Andes, la ONG con la que hoy colaboro en cosas que me parecen importantes y en un contexto muy agradable. A partir de septiembre de 2010 se acabaron para mí los horarios fijos, los jefes y los check-ins con tarjeta. Mis ingresos descendieron, sí, pero también lo hizo mi estrés y mi irritabilidad. En proporción, aumentó el tiempo pasado con mis hijos; por fin pude acompañarlos a sus entrenamientos de futbol y llevarlos al parque y jugar videojuegos con ellos. Y me dieron ganas de tener una bici otra vez.

De Miraflores a La Punta en bici

De Miraflores a La Punta en bici

La compré usada; muy barata, bastante caminada, pero es una buena bicicleta. Y empecé a usarla decidido a sacarle todo el provecho que pudiera. Al principio sólo la usaba para recorrer las nuevas (y absurdas) ciclovías del malecón de Miraflores, pintadas sobre la acera, pero rápidamente empecé a extender las distancias. Para diciembre de 2010, cuando ya el verano devolvía el sol y el calor a la ciudad, empecé a usarla para transportarme a citas y reuniones, donde fuera que estas se programaran. Recuperé la salud, la energía, la condición física y una deliciosa forma de bienestar psicológico debida al placer enorme de pedalear. Los sábados y los domingos empredía rutas largas por la ciudad, de hasta cuarenta kilómetros (lo sigo haciendo), y fui descubriendo que, de no ser por el peligroso tránsito motorizado, Lima es una ciudad que se presta como pocas a recorrerla en bicicleta.

Empecé a escribir este post sin saber que hoy es el “día mundial de la bicicleta”. Ahora que me entero a través de @el_tronc en tuiter, pues qué gusto. Por supuesto, en la prensa peruana, tan dada a aplaudir días del cebiche, el pisco o cualquier otra cosa, ni mención de la bicicleta. Pero aquí aprovecharemos el día para salir a pedalear cuando vuelvan los chicos del colegio. Prometo contar los avatares de ser un ciclista en Lima en otra ocasión, pues ahora ya me he extendido demasiado.

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