Un adiós

Conversé con él en pocas ocasiones durante los siete u ocho años que lo conocí. El último año o año y medio ya no lo vi. Teresa evitaba invitarnos a su casa; él prefería no ver a nadie (o no permitir que lo vieran). La última vez que lo vi fue de casualidad. Iba en bicicleta por la avenida Pardo y me crucé con Martín que empujaba a su padre en una silla de ruedas. Martín alzó la mano para saludarme, pero dudo que Raimon se diera cuenta de mi paso. Quizás Martín le comentó, aunque él es de tan pocas palabras como su padre.

Años atrás, cuando comencé a trabajar con Teresa en el proyecto LEISA (Low External Imput Sustainable Agriculture), sobre difusión de conocimientos agroecológicos y de desarrollo sostenible para la pequeña agricultura en América Latina, empecé a visitar su departamento de Miraflores, apenas a unas cuadras de mi casa. Las conversaciones con Raimon versaban sobre política, sobre arte, sobre desarrollo y estrategias democráticas de lograrlo. Bastaban unas cuantas parrafadas en su cerrado acento catalán con peruanismos para darte cuenta de que estabas ante una inteligencia admirable. Era de una claridad política que ya no se ve en ninguna parte (apenas, quizá, comenzó a vislumbrarse entre los “indignados” del 2011, pero él mismo los veía con escepticismo, según me contaba Teresa).

En realidad fue —y espero que siga siendo— a través de Teresa que lo conocí más. Trabajar con esta mujer que bordea los 70 años y mantiene una energía de adolescente, es también mantener una conversación permanente sobre los temas más importantes de la actualidad política, de la teoría y la filosofía, del desarrollo científico, de la cultura, y especialmente de las opciones de organización que tienen los pobres del mundo para defenderse del capitalismo estúpido. Y en la conversación de Teresa, Raimon, su compañero durante medio siglo, está siempre presente. Me he enterado por ella —pues él jamás hablaría de sí mismo, de su trayectoria, de sus trabajos y creaciones— de cómo se conocieron durante el viaje que Teresa hizo a Europa, siendo ella una jovencita de “buena familia” limeña y él un anarquista catalán, republicano, exiliado en Escandinavia por el franquismo. Las anécdotas de Raimon vuelan todo el tiempo entre las palabras de Teresa. Ayer mismo, mientras velábamos su cuerpo en el último adiós, alrededor del cajón sobre el que yacían carísimas coronas de flores enviadas por quienes no saben que Raimon habría preferido una despedida sin flores ni aspavientos ni tristezas, Teresa me contaba de cuando, siendo montañista, Raimon solía quedarse a medio metro de la cumbre para no poner bandera alguna. Durante los días que pasó en el hospital después de una agresiva radioterapia, lo cuidó una enfermera religiosa que le informaba que Jesucristo había muerto por nosotros. “Yo lo hubiera preferido vivo”, contestó Raimon.

Sabio como pocos, este hombre tenía pocos libros. Unos cuantos antiguos sobre arte, otros menos viejos sobre política (es evidente su interés en el estudio de la composición de las tiranías), y destacados, los dos tomos de El capital. Elisenda, su hija, cuenta que su última alegría fue saber que Anonymous había hackeado al Vaticano.

Ayer le dijimos adiós a Raimon. Pero sé que seguiré admirándolo en la conversación de Teresa, en la que su presencia nunca faltará. El aprendizaje que he obtenido de esta pareja inigualable supera cualquier universidad. Sobre todo si por ella entendemos a los centros comerciales de la información cuadriculada en que se han convertido las universidades (y estoy seguro de que Raimon estaría de acuerdo conmigo en esta idea).

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