Cuatro Pessoas

Pessoa

Hace algún tiempo, alguien entrañable me pidió que seleccionara algunos poemas de Fernando Pessoa. La solicitud me entusiasmó, naturalmente; leo a este poeta gigantesco, una y otra vez, desde hace casi treinta años. Es uno de mis poetas favoritos. Un grupo de poetas favoritos, más bien, pues como todos sabemos, desenredó su interminable obra en heterónimos. Ayer, revisando archivos en mi computadora, encontré la selección, la releí y pensé que estaba buena para el blog que nunca se actualiza, así que, aquí está.

Me he atrevido a revisar las traducciones al español de los poemas seleccionados a la luz de los originales. La obra de Pessoa y sus heterónimos ha sido ya devuelta al dominio público, es de todos nosotros, y es posible acceder gratuitamente por internet a ediciones bien hechas. No vayan a creer que son traducciones autorizadas; qué van a decir los verdaderos traductores cuando se enteren de que he “intervenido” su trabajo (que sí está “protegido” por el derecho de autor). Pero entiendo el portugués y me parece que las traducciones al español que tengo a mi alcance dejan qué desear, así que me animé a proponer versiones o, en algún caso —en aquel cuya versión original es inglesa—, a traducir from scratch.

 


Fernando Pessoa nació en Lisboa en 1888 y murió 47 años después, en 1935, en la misma ciudad, la más occidental de Europa, desbocada sobre el ancho Atlántico. Su nombre completo era Fernando António Nogueira Pessoa y al usar su segundo apellido como nombre de escritor hacía también un acto de despersonalización pues pessoa además de “persona” quiere decir también, como en francés, “nadie”. Le gustaba escribir de pie; lo imagino asomado a una ventana desde la que se ven la Baixa (la parte baja de Lisboa) y el mar. Días después de su muerte, habiendo publicado no demasiado (considerando el volumen de su obra) y casi siempre en revistas, se halló en su casa un arcón con más de 25 mil papeles. Ese cúmulo de escritos fue declarado patrimonio nacional de Portugal y aún hoy filólogos y eruditos siguen ordenando y descubriendo a quién pertenecen los escritos de entre la multitud de heterónimos que creó el poeta.

 


1. Fernando Pessoa

Mensagem

Mensagem es un poema dedicado a la histórica vocación marítima y descubridora, aventurera —pero también imperialista— de Portugal; una especie de homenaje a su bravura y, al mismo tiempo, de canto doloroso por sus derrotas, por su incapacidad de realizar el sueño renacentista de dominar la Tierra. La antología traducida por José Antonio Llardent que he utilizado incluye sólo unos cuantos de los poemas de Mensagem. Hace años, una amiga que viajó a Brasil me trajo un disco homenaje a Mensagem, donde encontré más poemas que los que incluye mi vieja antología, en versiones musicalizadas por André Luiz Oliveira e interpretadas por algunos de los artistas de Tropicalia como Caetano Veloso, Ney Matogrosso, Gal Costa y Gilberto Gil. “O Infante”, interpretada por Elba Ramalho, es una de las mejores canciones del disquito.

El personaje a quien homenajea el poeta es Enrique el Navegante, el infante Don Henrique, nacido en Oporto, primero en el mundo en fletar carabelas descubridoras en el temprano siglo XV para llevar a los portugueses hacia el sur, más allá del límite sahariano. De Mensagem, 2a parte, “Mar Português”, “Canto sexto, Possessio Maris”, el primer poema “O Infante” (con base en la traducción de Llardent, he modificado algunos versos):

El Infante

Dios quiere, el hombre sueña, la obra nace.
Dios quiso que la tierra fuese toda una,
que el mar uniese, que ya no separase.
Te ungió y fuiste desvendando espuma,

y la blanca insignia fue de isla en continente,
brilló, corriendo, hasta el fin del mundo,
y vio a la tierra entera, de repente,
surgir, redonda, del azul profundo.

El que te ungió te hizo portugués.
Del mar, de nos, en ti nos dio señal.
Se cumplió el Mar; el Imperio ya no es.
¡Señor, falta que se cumpla Portugal!

Antinous

Pessoa pasó sus años de infancia y adolescencia en Durban, Sudáfrica, donde fue formado por monjas irlandesas y ahí alcanzó el dominio del inglés. Parte de su obra ortónima fue escrita en ese idioma y no suele incluirse en las antologías portuguesas (y españolas) que, así, se pierden, por ejemplo, esta joya de su poética que es Antinous, un largo poema dedicado al dolor de Adriano por la muerte del joven efebo. Se dice que Antinoo se sacrificó —antes de cumplir los dieciocho años— tirándose a las aguas del Nilo para, según contaban las leyendas de quienes morían en ellas, alcanzar la inmortalidad. La tristeza de Adriano por la muerte de su joven amante fue tal que generó toda una estética, una arquitectura e incluso la deificación del hermoso muchacho: Antinoo sería el último dios del panteón romano.

El poema de Pessoa se centra en el sufrimiento del inconsolable emperador ante el cuerpo yerto del amante. Es un largo texto sin divisiones ni subtítulos, a ratos en voz de un narrador, a ratos, entrecomillado, expresión del doliente Adriano, como un intenso lamento que se resiste a la muerte; un duelo profundo y desgarrador que se elabora en la construcción del mito déico. De esta maravilla extraje estrofas en las que el dolor traduce la grandeza del amor; corresponden a los versos 275-311 (en voz de Adriano) de un total de 362 (en este caso la traducción es mía. Pido disculpas si se siente muy forzada pues intenté conservar una métrica similar a la del poema original, aunque esta es decasilábica y en mi traducción opté por el endecasílabo).

“Cuando te halló, también encontró mi amor
su cuerpo real, su apariencia genuina.
Por eso, cuando evoco tu recuerdo,
hecho un dios donde los dioses, traslado
tu forma a la columna de la muerte,
para que sea la imagen del amor”.

“¡Oh amor, mi amor, llévate mi voluntad
de amar hasta el Olimpo, vuélvete allá
el nuevo dios de pelo color miel, que
sólo ojos divinos pueden ver como es!
En el cielo encárnate, ve a caminar,
prisionero del gozo en ese hogar
de viejos dioses, mientras en la tierra
levanto una estatua a tu inmortalidad”.

“Ese monumento eterno que alzaré
no será de piedra sino del dolor
de perder la eternidad de nuestro amor.
De un lado tú como te ven los dioses,
del otro tu recuerdo, el que fuiste aquí.
Dolor que te hará dios para los hombres,
tendrá tu nudo recuerdo un mirador
con vista hacia los mares del porvenir.
Y dirán que nuestro amor fue transgresión,
en nuestros nombres se aguzará el puñal
de su odio a la belleza de lo hermoso.
Nuestros nombres apilados barrerán
injuriando los de nuestros hermanos.
Mas nuestro existir, en fijo amanecer,
volverá la hora de la Belleza;
alumbrando de la Fuente del Amor,
a dioses nuevos, en un mundo huero”.

“Todo lo que ahora eres somos tú y yo.
Nuestra doble presencia tiene unidad
en el cuerpo perfecto en el que mi amor,
amándolo, fue real, y de la vida
se hizo, en calma, divino, y remontó
pugnas terrenas, caprichosa pasión.

 

Cancionero

He seleccionado varios poemas de este libro en el que hay mucho de lo más característico del Pessoa ortónimo: sus juegos de palabras, su ligero y a la vez profundo humorismo, su total entrega a la belleza del lenguaje. (Las traducciones son esencialmente las de Llardent con algunas variaciones mías en algunos versos).

Las horas por la alameda

Las horas por la alameda
arrastran vestes de seda,

vestes de seda soñada
por la alameda alejada

al azular del luar…
Se oye en el aire espirar

Espirar mas nunca expira
una flauta que delira.

Que es más la idea de oírla
que oírla casi tranquila

en el aire ondear e ir…
Silencio en leve fulgir.

 

A lo lejos, al luar

A lo lejos, al luar,
En el río una vela,
Serena al pasar,
¿Qué me revela?

No sé, mas mi ser
se me volvió extraño
Y sueño sin ver
lo que tengo: sueños

¿La angustia me encanta?
¿El amor no se explica?
Es la vela que pasa
En la noche continua.

 

Autopsicografía

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.

Y quienes leen lo que escribe
al leerlos sienten bien
no los dos que el poeta vive
sino el que de ellos no es.

Y así por los rieles rueda
y entretiene a la razón
el trenecito de cuerda
que se llama corazón.

 


2. Alberto Caeiro

En algún momento, temprano en su trayectoria literaria, Pessoa desmembró su personalidad poética, primero en tres, luego en ¡72! escritores (quizá más; queda obra por revisar) que no sólo se diferenciaron claramente unos de otros sino que mantuvieron debates, diálogos y críticas entre sí y con su creador. La crítica, ese señor, ve en esta actitud del poeta un ejemplo de “deconstrucción”, pero tal concepto está tan venido a menos, de tanto ser tuiteado (sin saber que está siendo usado como sinónimo simple de “problematización”), que habría que buscar otra descripción: yo digo que Pessoa es, simplemente, una multitud, la principal protagonista del siglo XX (si seguimos las teorías de Michael Hardt y Antonio Negri).

Todos los heterónimos e incluso Pessoa consideraban a Alberto Caeiro su maestro. Era un naturalista, pero no en el sentido maupassantiano (esa literatura decimonónica que quiso representar la realidad sin juzgarla) sino en un sentido bucólico y panteísta: enemigo de toda filosofía, adversario de cualquier metafísica, Caeiro quiere creer que las cosas sólo son, que no significan. Toda significación es no sólo innecesaria sino de origen humano y, por lo tanto, enferma. Fue el único de la multitud pessoana que no escribió prosa, convencido de que sólo la poesía sería capaz de acercarse a esa no-significación que anhelaba. Las siguientes traducciones, nuevamente, son de Llardent con variaciones hechas por mí sin permiso.

El guardador de rebaños

II

Mi mirar es nítido como un girasol.
Tengo la costumbre de andar por las calzadas
mirando a la derecha y a la izquierda,
y de vez en cuando mirando hacia atrás…
Y lo que veo a cada momento
es lo que nunca antes había visto,
y puedo darme cuenta de eso muy bien
Sé alcanzar el pasmo esencial
que tendría un niño si al nacer
advirtiese que nació de veras…
Me siento nacido a cada momento
a la eterna novedad del Mundo…
Creo en el mundo como en una caléndula
porque lo veo. Mas no pienso en él
porque pensar es no comprender…
El Mundo no se hizo para que pensaramos en él
(pensar es estar enfermo de los ojos)
sino para que lo miremos y estemos de acuerdo…
No tengo filosofía: tengo sentidos…
Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa qué es
sino porque la amo, y la amo por eso,
porque quien ama nunca sabe lo que ama,
ni sabe por qué ama, ni qué es amar…
Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia, no pensar.

 

XXXIII

Pobres de las flores en los arriates de los jardines regulares.
Parecen temerosas de la policía…
Pero tan buenas son que florecen del mismo modo
y tienen la misma sonrisa antigua
que tuvieron para el primer mirar del primer hombre
que las vio recién aparecidas y las tocó levemente
para ver si ellas hablaban.

 

El pastor amoroso

V

El amor es una compañía.
Ya no sé andar solo por los caminos,
porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible me hace andar más aprisa
y ver menos, y al mismo tiempo disfrutar de ir viendo todo.
Hasta la ausencia de ella es una cosa que está conmigo.
Y tanto ella me gusta que ya no sé cómo desearla.
Si no la veo la imagino, y soy fuerte como los árboles altos,
mas si la veo tiemblo, no sé qué he hecho con lo que siento en su ausencia.
Todo yo soy como una fuerza que me abandona.
Toda la realidad me mira como un girasol con su rostro en el centro.

 


3. Ricardo Reis

Otro de los heterónimos principales fue Ricardo Reis. Quizá el más fiel de los discípulos de Caeiro, su poesía es también bucólica y pagana pero tiene una búsqueda filosófica que el maestro no hubiera aprobado. En sus poemas, casi todos odas al estilo clásico, están presentes los dioses del panteón grecorromano y nunca le falta el cuestionamiento del dios cristiano y sus santos, a quienes ve como nuevos dioses, muy menores con respecto a los clásicos.

Saramago le dedicó a este heterónimo de Pessoa una de sus mejores novelas, El año de la muerte de Ricardo Reis, en la que ficciona a partir de los detalles biográficos que le dio su creador: único de la multitud de espíritu aventurero, Reis estuvo años trabajando en Brasil y volvió a Lisboa para pasar el último año de su vida, que es el tiempo que Saramago narra fabulosamente. En este no he intervenido casi nada la traducción de Llardent.

 

Odas

Yace el mar

Yace el mar; gimen en secreto los vientos
de Eolo cautivos;
sólo con las puntas del tridente las vastas
aguas frunce Neptuno;
y la playa es alba, y llena de pequeños
brillos al sol claro.
Inútilmente parecemos grandes.
Nada, en el ajeno mundo,
nuestra visible grandeza reconoce
o con razón nos sirve.
Si aquí de un manso mar mi hondo indicio
tres olas lo apagan,
¿Qué me hará el mar que en la playa tenebrosa
es Eco de Saturno?

 


4. Alvaro de Campos

Uno de los heterónimos más interesantes es Alvaro de Campos. Viviendo en plena época de vanguardias, a principios del siglo XX, no podía faltar en la multitud pessoana un poeta vanguardista, aunque a Pessoa —y a sus heterónimos en general— no le llamaban la atención los movimientos de la era. Denostaba al futurismo italiano que encabezaba Marinetti, se oponía a constructivismos, ultraísmos y surrealismos (Francia, España, los latinoamericanos) y amaba a Walt Whitman. Sin embargo, De Campos se inventó su propia vanguardia, el sensacionismo, y acuñó una poesía casi tan vanguardista como la del propio Huidobro. Hay un ejemplo aquí, en la última estrofa de la portentosa Oda marítima, un poema vanguardista tremendo que no deja de recordar a Altazor. En este caso, la traducción es de Miguel Ángel Flores, a quien no me atrevo a corregirle ni una coma.

Aléjate, lento vapor, aléjate y no te quedes…
Aléjate de mí, aléjate de mi vista,
Aléjate de mi corazón,
Piérdete en la lejanía, en la lejanía, bruma de Dios,
Piérdete, sigue tu destino y déjame…
¿Quién soy yo para que llore y pregunte?
¿Y quién soy para que te hable y te ame?
¿Y quién soy para que me perturbe el verte?
Zarpa de los muelles, crece el sol, se yergue dorado,
Relucen los tejados de los edificios del muelle,
Toda esta parte de la ciudad brilla
Zarpa, déjame, conviértete
Primero en barco a mitad del río, destacado y nítido,
Después en barco camino a la barra, pequeño y oscuro,
Después en un punto vago en el horizonte (¡oh, angustia mía!),
Punto cada vez más vago en el horizonte…
Y luego nada, y sólo yo y mi tristeza,
Y la gran ciudad ahora llena de sol
Y la hora real y desnuda como un muelle ya sin barcos,
Y el giro lento de la grúa que como un compás gira,
Traza un semicírculo de no sé qué emoción
En el silencio conmovido de mi alma…

 


Fuentes

Excepto la de Antinous, tomé las versiones originales de las ediciones digitales que se pueden descargar en el portal www.luso-livros.net.

  • Fernando Pessoa, Poesía. Alianza Editorial, Madrid, 1983 (reimpresión 1989); selección, traducción y notas de José Antonio Llardent. Incluye poemas del ortónimo y de los heterónimos Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Alvaro de Campos y Coelho Pacheco. Mi ejemplar, amarillento y desgajado, tiene escrito en la primera página “octubre, 1990”. Desde entonces leo a Pessoa y aunque me parece que las traducciones de Llardent no son muy buenas, es un libro entrañable.
  • Fernando Pessoa, Antinoo. Ácrono, México, 1999; versión de Cayetano Cantú y José Férez Kuri. Edición bilingüe, inglés-español. Este libro me lo prestó una queridísima amiga y nunca se lo devolví aun cuando ella fue enfática en que lo hiciera. Lo lamento pero no me arrepiento (¡Te lo devolveré, Pecs!)
  • Fernando Pessoa, Poesía completa de Álvaro de Campos I. Verdehalago, México, 2003; traducción y presentación de Miguel Ángel Flores. La noche que murió mi tío Enrique, una vez que se llevaron su cuerpo, me quedé en su habitación mirando los libros que ahí tenía aunque ya hacía unos años que no les podía poner atención. Recordando un poco entre sollozos aquella ocasión cuando, teniendo yo alrededor de 20 años, me paseó por su biblioteca poniendo en mis manos cantidad de libros que me serían útiles y a él ya no, tomé los que me parecían más importantes —para él y para mí— y me los traje a Lima. Este es uno de ellos, una herencia como ninguna.
  • André Luiz Oliveira, Mensagem de Fernando Pessoa. Selección de poemas de Mensagem musicalizados e interpretados por artistas brasileños. Eldorado, Manaus, 1997. El dibujo de hasta arriba viene en el cuadernillo.
Anuncios

Breve tratado sobre el óxido

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

a M.

1. Humedad

Lima, paradoja si las hay, es una ciudad asentada en un desierto —la segunda más grande del mundo, después de El Cairo—, con una humedad relativa que promedia noventa por ciento, lo que la vuelve, se podría decir, absoluta. Miraflores, al centro de la extensa bahía que abre su boca al Pacífico, cruzado por la helada corriente de Humboldt, ofrece sus acantilados al agua de tal manera que la humedad relativa del barrio supera a la del resto de la ciudad. Luis Rey de Castro, escritor arequipeño asentado en Miraflores por décadas, dice que los niños del barrio desarrollan agallas a la par que pulmones: respirar este aire requiere de filtros para poder asimilar el agua que viene con él. En invierno la humedad recrudece. Una extensa nube que viene desde el océano se estaciona sobre la costa y permite, entre otras cosas, el crecimiento de cactos, helechos y plantas trepadoras. Los hermosos jardines de Lima deben su existencia al saqueo del agua andina: no tendrían que existir ni podrían sin la infraestructura de riego que canaliza el agua desde las alturas de los Andes. Los vetustos edificios de los barrios céntricos exhiben costras de polvo endurecidas por la humedad, resaltando la farsa de los jardines con sus fachadas sucias, percudidas por las olas de smog que se petrifica sobre sus irregularidades. Cuando ves la nube desde el aire, al aterrizar o al despegar del aeropuerto Jorge Chávez del Callao en invierno, parece un océano blanco que baña las costas del continente, solo que bajo esas aguas de espuma estalla de vida una ciudad de diez millones de habitantes, a la que le está vedado el sol durante casi nueve meses del año: Lima, cielo color panza de burro, Lima fría, Lima la horrible.

A veces, los limeños la llaman lluvia, pero es apenas una llovizna o menos que eso (tengo la sospecha de que es solo un avatar de la nube): el agua que flota permanente en el ambiente se condensa hasta alcanzar a ser una gotita mínima, pero suficiente para mojarlo todo. Los taxistas nunca tienen limpiaparabrisas nuevos y avanzan con la mano izquierda afuera del carro, secando el triangulito de vidrio que les permitirá conducirse en sus cotidianos safaris. A veces “llueve” hasta anegar los vados del pavimento y formar charcos sucios en los techos de las casas, que no están preparados para el agua. El juego de los automovilistas de pasar sobre las esquinas inundadas para mojar a los peatones es en Lima más jubiloso, por raro, que en las ciudades acostumbradas a las tormentas, como México, Buenos Aires o Bogotá.

No hay un sistema de drenaje para estas aguas invernales. Apenas unas discretas acequias a los lados de las veredas (como llaman en Lima a las banquetas) y ningún techo impermeabilizado. El verdadero nombre de esta forma de llover es como un pedazo de poema salido de las páginas de Martín Adán o de Vallejo: es la garúa. “La fina garúa de junio”, cantaba, romántica, Chabuca Granda en uno de sus valses, que como lluvia mojatontos, se extiende desde junio hasta setiembre (así, sin “p”; el español del Perú tiene menos arcaísmos que otros y ha logrado sintetizar el nombre de ese mes eliminándole un poco más de inútil herencia latina) u octubre.

En un desierto y en latitud tropical. A diferencia de otros desiertos, bucólicos, que por su sequedad son más brillantes, como los de Sonora y Baja California, el del Perú central es opaco, como si se viera a través de un filtro gris. Arranca unas centenas de kilómetros al sur de la frontera con Ecuador y cubre la costa peruana adquiriendo brillo al acercarse al sur para adentrarse en Chile. El de Atacama, el desierto más seco, dicen, remata esa sed geográfica con una luminosidad que se puede ver hasta de noche, cuando centellean millones de estrellas enormes; la galaxia entera mostrándose como una mancha de luz que permite ver el perfil negro de los cerros recortándose contra ella. Conforme se acerca a Lima, por el norte o por el sur, la costa de este Mar de Grau se fortalece en humedad. Y todo parece indicar que su epicentro es Miraflores.

La latitud tropical en que se encuentra el Perú debería hacer de su costa un lugar cálido, frondoso, como son sus selvas al otro lado de la cordillera. Pero los Andes, celosos, altísimos, imponentes, franquean la posibilidad de que ocurra un intercambio climático con el Amazonas, que, díscolo, concentra casi toda el agua para sí y la desborda en el lejanísimo Atlántico. Así, este desierto se tiene que conformar con algunos delgados ríos andinos que vierten sus aguas hacia el Pacífico, con las gotas de garúa y con la humedad alimentada por la fría corriente oceánica que sube con vigor desde la Antártida hasta las Galápagos. Nadar en las playas peruanas es un reto contra el frío. Son aguas heladas. Un peruano acostumbrado a ellas, al sumergirse en las playas de cualquier paraíso turístico caribeño, siente que es ingrediente de una extraña sopa azulina. Concentrada sobre Lima, esta combinación de variables engaña a la temperatura tropical con un impacto que llaman sensación térmica. La temperatura real, la que miden los termómetros, rara vez baja a menos de dieciséis grados centígrados en invierno ni sube a más de veinticinco en verano, con raros momentos de cercanos a los treinta. Pero la humedad hace que se sientan el doble: en invierno tienes que abrigarte como para soportar fríos noruegos y en verano nunca terminas de quitarte prendas y buscar brisas para espantar el calor. Todo gracias a la humedad “relativa”.

El verano, hay que decir, es cosa aparte. Los efectos invisibles de la humedad se manifiestan en la acumulación de polvo y smog que se sigue endureciendo sobre las paredes de los edificios; en la bruma casi invisible pero permanente que solo descubres cuando miras al cielo nocturno y puedes contar apenas unas cuantas estrellas, en el halo de la Luna. La ropa tendida, milagro, se seca, y las enamoradas de los tablistas los acompañan por fin en su desafío de las olas, aprovechando para broncearse echadas sobre las playas grises, de gruesos cantos rodados. La ropa de invierno, prisionera al fondo de los cajones o en maletas que aguardan el frío en la parte superior de los roperos, va acumulando el olor de la humedad, penetrante, sospechoso portador de hongos y ácaros terribles, que no se irá sino a la tercera lavada. Hay que comenzar a sacarla, orearla, lavarla y volverla a orear apenas el otoño deje pasar las primeras neblinas desde el mar. De otro modo, andarás por ahí oliendo a humedad, sintiendo su pegajosidad. Los materiales sufren también con la humedad. Los ladrillos se desmoronan y las viejas casonas de quincha —la pared de caña y adobe con que están construidas— empiezan a dejar ver sus entrañas. Los marcos de madera de ventanas y puertas se hinchan, de modo que tienes que llamar al carpintero cada año para que les dé una cepillada y las vuelva al quicio al que pertenecen. Y, lo peor, quizás: las cosas de metal, el óxido.

 

2. Corrosión

Si te estableces en Lima después de vivir toda tu vida en parajes menos húmedos, no te esperas estas sorpresas. México DF no es precisamente un desierto. Todos los chilangos conocemos los estragos de la humedad: los lluviosos veranos nos premian con la ropa que no se seca y que, después de la segunda mojada quedará con el característico olor al trapo que llamamos jerga. Desconozco el promedio de humedad relativa de mi ciudad natal, pero calculo que, en tiempo de aguas, será cercano al ochenta por ciento. No así en el invierno, mucho más seco. Allá se vive en oleadas de agua y sequía. Lo común es quejarse, bien del calor en abril o de los aguaceros de julio. Se vive esperando que por fin lleguen las lluvias para reducir los sofocos, y esperando que por fin terminen para salir de las inundaciones.

Lima es mucho más estable, al menos en su temperatura, que varía tan poco. Hay un contraste fabuloso con la llegada del verano, en diciembre, pues ahuyenta por fin a la nube y permite el paso de un sol esplendoroso. Vivir en Lima en verano es gozar día a día lo que los habitantes de las capitales serranas de América solo pueden encontrar cuando viajan a las costas: esas puestas de sol acapulqueñas de las que todos tenemos una foto entre nuestros recuerdos. Acá, entre diciembre y abril, es diario. Puedes ver la parábola que describe la Tierra, cuando cada día compruebas que el sol se ha metido un poquito más a la derecha (o al norponiente, para ser más exacto). Las primeras puestas de sol las trae la primavera en noviembre, dejando ver su caída en el centro de la bahía si miras desde Miraflores. Cada día, el sol se va aproximando al Callao, el puerto que cierra la parte norte del abra. Durante enero y febrero, se ocultará sobre los cerros de la isla San Lorenzo; en marzo caerá entre el extremo norte de la isla y La Punta, el cabo que se extiende sobre las aguas del Mar de Grau dando a Lima el único barrio en que las casas están sobre la misma playa. Pero La Punta ya no es Lima, es parte de la Provincia Constitucional del Callao, y aunque es la misma urbe, goza de esa excepcionalidad política porque es el puerto más importante del país y su envergadura económica rebasa la de cualquier otro departamento. Los “chalacos”, como se conoce a los nacidos en el Callao, tienen también una identidad propia, diferente a la de un limeño o a la de cualquier peruano procedente de los Andes. Es la gente más alegre, más quitada de la pena; la más salsera (hay siempre saludos al Callao en las canciones de Rubén Blades y Lavoe aparece en graffitis por todas sus calles).

Pero El Callao es también el reino del óxido. El crecimiento del puerto, la ampliación de atracaderos y embarcaderos, la expansión de los barracones donde viven sus trabajadores, la sustitución paulatina de tecnologías de estiba y almacenamiento de bienes procedentes de todo el mundo (del extremo Oriente —De Bali a Seúl—; de todo el Pacífico americano incluyendo Valparaíso, Panamá, Manzanillo, Oakland, Seattle y Vancouver, y del Caribe y el Atlántico a través del Canal), todo esto va dejando un rastro rojizo de metales abandonados que pronto son carcomidos por el óxido y el salitre. Pocos de esos desperdicios metálicos pueden ser reciclados porque los costos de la separación del óxido son demasiado altos. Los mismos recursos minerales de los Andes costeños se apartan del interés minero porque los metales valiosos se encuentran debajo de gigantescas vetas de óxido de hierro que carece por completo de valor.

Con excepción de los viejos ricos que siguen viviendo en San Isidro y en algunas zonas de Miraflores (cerca de San Isidro), los nuevos ricos y la creciente clase media limeña han optado por acercarse a las alturas para salvarse de la humedad, el salitre y el óxido. Los nuevos barrios pudientes y medianos se van colocando en las cañadas de los Andes, arriba de los doscientos o trescientos metros sobre el nivel del mar, porque el clima es ahí un poco más seco que en la costa. En las partes más altas se salvan incluso de la nube invernal y gozan de un clima tan diferente que parece imposible a tan solo cuarenta minutos de la Avenida Larco, la más famosa de Miraflores. Y en Miraflores nos instalamos aquellos que tenemos la voluntad marina, que podemos arrostrar sus incomodidades a cambio de su belleza porque somos extranjeros o estamos medio locos.

Hasta los años cincuenta o sesenta del siglo pasado, antes del “desborde popular” que trajo la migración andina, estos barrios costeños eran conocidos como “balnearios”. Chorrillos, que solía ser un pueblito de pescadores, cerraba el extremo sur de la bahía, y de ahí, corriendo hacia el norte, Barranco, Miraflores, San Isidro, Magdalena del Mar y San Miguel —fronterizo con El Callao y con acantilados más bajos—, tenían grandes casas de verano propiedad de adinerados terratenientes que vivían aún en los céntricos barrios de Pueblo Libre, La Breña, El Rímac, La Victoria y El Cercado, y que solo venían al mar durante los meses de calor, cruzando chacras y huertas donde hoy se alzan grises galpones y edificios de departamentos. La distancia de apenas diez kilómetros entre la costa y la ciudad, estaba cubierta de fincas agrícolas y ganaderas, especialmente en las riberas de los ríos Rímac, Chillón y Lurín, cuyas aguas andinas permitían siembras y abrevaderos y producían, entre otras maravillas, unos choclos de granos tan grandes y dulces que la única forma de comerlos es en su misma mazorca, y una fruta peculiar, la más delicada de cuantas existen: la lúcuma. Pero la expansión urbana de la segunda mitad del siglo XX se fue extendiendo hacia los balnearios y los fue poblando hasta el hacinamiento. San Miguel y El Callao, donde había grandes fincas y elegantes cascos y malecones de verano, se tugurizaron sin remedio, al grado de que hoy ni siquiera puedes internarte en ellos sin correr riesgos innecesarios. Magdalena del Mar se conserva mejor que otros barrios, con casonas de madera o quincha salpicando el terreno entre multifamiliares y vecindades, pero el boom inmobiliario las condena a la extinción y nadie hace nada. Barranco, el único de los balnearios (quizá por ser el más antiguo) que conserva su arquitectura colonial y republicana casi intacta, se transformó en un centro turístico de la ciudad en el que aún se puede ver el último tramo del viejo tranvía que alguna vez lo unió con el Cercado. Cabe decir que los barranquinos se empeñan en defender su barrio tanto como pueden, aunque a veces la corrupción y el interés económico se los salte.

Miraflores, que alcanzó fama mundial gracias a las primeras novelas de Vargas Llosa, va perdiendo rápidamente sus casonas. Toda su línea costera, de una extensión de cerca de diez kilómetros, está plagada de modernos y muy altos edificios de departamentos (alguno de oficinas y dos o tres grandes hoteles, entre los que destaca el horroroso Marriott y no destaca el discreto Miraflores Park, de la cadena Orient Express), que insisten en ser pintados de blanco aunque la garúa insista, a su vez, en agrisarlos siempre. Entre esos gigantes de la modernidad al estilo Miami (Lima está decidida a terminar con su patrimonio material pero no se decide entre parecerse a Miami o a Malibú), quedan unas cuantas viejas casonas de quincha y madera que hablan en secreto de un Miraflores ya perdido. Hay más de esas viejas casonas entre las estrechas calles del barrio que se alejan de la costa; quintas siempre subdivididas en departamentos cada vez más pequeños que comparten fugas de agua, cortocircuitos y desmoronamientos producto de la corrosión.

 

3. Herrumbre

Si vas a redecorar tu casa, a colgar nuevos cuadros o poner nuevas repisas, tienes que comprar los clavos y tornillos necesarios la víspera porque, si los dejas en la caja de herramientas por tres días, ya no van a servir. A menos que estés dispuesto a retar el tétano. Me ha pasado que saco la engrapadora del cajón en el que ha dormido un mes pues necesito mantener unida una resma de papeles y al presionarla se atasca en la grapa que se ha hinchado y enrojecido. El clavo que quedó puesto en la pared a la espera del cuadro que demoró en llegar ha dejado una aureola ladrillosa sobre el yeso o la pintura y, si es delgado, se trozará, corroído, con el peso que pretenda soportar. Desde que los ventanales de aluminio o acero “inoxidable” estuvieron disponibles, los arquitectos, constructores y remodeladores los empezaron a preferir sobre hierros y maderas: la herrería de las ventanas las hace correr el riesgo de dejar de abatir en un solo invierno y las de madera, como ya decía, no vuelven nunca a encajar en sus marcos si las abres o se cancelan para siempre si las dejas cerradas. Pero el aluminio y el acero “inoxidable” también se atascan. Aquí no hay milagros tecnológicos: esos metales igual se ensalitran, pierden ductibilidad y acaban por trozarse. Una ventana corrediza no lo será después de dos inviernos; se convertirá en cancel o se romperá.

Durante siete u ocho años viví con mi familia en un departamento que tenía vista al mar por un capricho del malecón que, justo frente al edificio, se adentra haciendo un meandro, se come una manzana y convierte en costera solamente esa cuadra de aquella calle. El departamento no tenía más que una puerta de madera para protegernos del peligroso afuera, así que decidimos poner encima de ella y de la del balcón, sendas rejas de hierro que nos cuidaran mejor. Las pintamos de rojo ladrillo, quizás previendo que adquirirían ese tono por las buenas o por las otras. Como era invierno, la reja del balcón se mantuvo cerrada tres meses. Cuando la quise abrir, al amanecer de la siguiente primavera, se negó rotundamente. Tuve que emplear una paciente estrategia de engrasado y pequeños empujoncitos que poco a poco la fueron haciendo ceder. Dos semanas después podía sacar una silla al balcón para sentarme a mirar la puesta del sol entre cables de luz y televisión y ramas de árboles del parque. Logré abatir la puerta en su ángulo máximo, de noventa grados, hasta juntarla con la baranda derecha del balcón. Cuando quise cerrarla de nuevo, gritó mucho más fuerte que un rechinido. Era como un ruido industrial, un traca-traca tan sonoro que provocó que la vecina de arriba se asomara entre sorprendida y asustada. La reja permaneció abierta durante los años que viví ahí, a noventa grados, inamovible y oxidada. La otra reja, la de la puerta principal, sufrió similares avatares, aunque con ella fui más insistente, después de todo era la que nos protegería del, reitero, peligroso afuera. Parecía peligroso porque los vecinos de la planta baja a ambos lados del edificio habían colocado de esas alambradas que amenazan a los ladrones con morir electrocutados en caso de que pudieran sobrevivir a la primera barrera de lanzas y puntas metálicas, tanto más amenazantes por lo oxidadas. Infección segura, severas incisiones, electrocutación, eran el mensaje que los vecinos daban a los extraños, así que supuse que se trataba de un barrio inseguro y había que asegurarse. Tenía entonces una bicicleta que me había regalado un conocido, pero no la usaba mucho, apenas para salir a pasear con mis hijos cuando habían aprendido a andar en las suyas. Pero les dábamos entonces poca importancia y menos cuidado (yo no había optado aún por la bici como medio de transporte en general): las guardábamos abajo, en la cochera, sin darnos cuenta del deterioro vertiginoso al que las estábamos exponiendo. El día que las tomábamos por fin para salir a jugar con ellas no podían moverse las cadenas, pegadas en óxido a los engranes del piñón y el plato, inmóviles varas inarticuladas que conservaban apenas el recuerdo de que habían sido metales eslabonados y no soldados. Un buen día se las llevaron. Los ladrones saltaron el alto portón de madera de la cochera, lo abrieron desde dentro y se fueron con las bicicletas. En eso consistió, no más, el peligro del barrio. Me hice de otra bicicleta de segunda mano y luego llegaron nuevas para mis hijos. Decidí guardarlas dentro del departamento, más para evitar el robo que la corrosión. A aquella bicicleta de segunda tuve que cambiarle los rayos de las dos ruedas pues una vez, en plena ruta, se empezaron a romper, carcomidos por el óxido ferroso. Y la reja de hierro se quedó permanentemente abierta: no gana uno para aceite y a veces ni con aceite cede el resultado de la reacción química del metal y el oxígeno. La última vez que la quise cerrar, antes que el gozne cedió la bisagra que mantenía ajustado el marco de la reja al marco de madera de la puerta interior. Casi la arranqué de cuajo, por lo que opté por dejarla ahí en un afán experimental: a ver hasta dónde llega el óxido y su deterioro. Como en los documentales de History Channel que juegan con la idea de “un mundo sin humanos”.

Es increíble la cantidad de cosas que dejan de funcionar por culpa del óxido. Las guitarras, por ejemplo. Compras cuerdas nuevas hoy, tienes alambres oxidados en siete días. No solo pierden su hermosa sonoridad sino que te quedan las yemas de los dedos coloradas, sucias de herrumbre y, otra vez, ¡no gana uno para cuerdas! He optado por limpiarlas con lija en lugar de trapo, pensando que se puede raspar la herrumbre, pero no. A comprar cuerdas nuevas. Otros ejemplos son las instalaciones eléctricas y las tuberías de agua y drenaje. Se calcula que el agua potable que Lima pierde en fugas por el mal estado de las tuberías en las viejas casonas y barrios, alcanzaría para abastecer barrios nuevos. Caminas por las calles y de repente te encuentras con enormes charcos, imposibles, si ni siquiera ha “llovido” ni hay parques cercanos desde los cuales pueda haberse desviado el agua de riego: son las tuberías rotas, estalladas, que indican el estado en que se encuentran las viejas instalaciones. Luego, estas van y se cruzan con cables mal conectados o que han quedado aparentes tras los desmoronamientos paulatinos de la quincha y los ladrillos y provocan cortos circuitos, y estos, a su vez, incendios. Tan mal están las instalaciones eléctricas de las viejas edificaciones que para conectar un enchufe al sóquet tienes que ponerte calcetas y botas mineras o correr el riesgo de un corrientazo de 220 voltios, que es la carga a la que funcionan las cosas en casi toda Sudamérica. Y los cables de guitarras, bocinas, equipos de sonido, televisores, lavadoras, lámparas, refris, etcétera; todos acaban por perder. Las pilas se chorrean más pronto, los cajones se atoran, los clósets se clausuran, las bisagras de todas las puertas se anquilosan y hasta los cierres de los pantalones se niegan a subir. Grapas y clips adquieren su ordinario orín dentro de la caja o pintan los papeles que soportan dejándoles su huella eterna. Para los detectives sería fácil conocer la edad de un documento por el tamaño de la sombra roja que ha dejado la grapa.

Cuando llegué a vivir al departamento aquel, los parques del malecón de Miraflores estaban recién remodelados. En uno de ellos habían puesto juegos infantiles de tubería de hierro y pronto fuimos a divertirnos con ellos. Había una de esas calabazas-volantín en la que te sentabas y, tomando con fuerza el timón sujeto al piso, hacías girar la calabaza sobre su eje. Era muy divertido. La semana siguiente fuimos otra vez, pero la calabaza ya no giraba: la herrumbre la había soldado a su parte fija. No funcionaría más. Lo arreglaron una vez desarmándolo, engrasándolo y volviéndolo a montar, pero corrió de inmediato la misma suerte. Dos años después el alcalde mandaría sacar toda esa chatarra metálica ante las quejas de madres y padres que denunciaban el riesgo de soltar a sus hijos por un tobogán oxidado, con los bordes descascarados y una que otra navaja herrumbrosa en la parte de la lámina más socorrida por los pies de los niños. Hoy los juegos son de madera, los columpios de correa y se ha optado por redes y escaleras en lugar de piezas móviles de metal.

Estas son las tierras del óxido. No queda más que acostumbrarse a él; prevenir lo posible y cuidar lo valioso, para poder disfrutar de esta vida al borde del mar en Miraflores.

Breve semblanza telúrica personal

Roble

[Edificio El Roble, vacío durante veinte años]

I. México, D.F., 1985

Tenía 21 años en septiembre de 1985. Estudiaba segundo año de sociología en la universidad Iberoamericana, cuando aún estaba en la colonia Campestre Churubusco, conformada por “gallineros” de lámina y tablarroca que se instalaron provisionalmente luego de que el sismo de 1979 tumbara los edificios de aulas. Me preparaba para ir a clases aquel miércoles 19 de septiembre. El espejo del botiquín del baño, entreabierto para evitar el reflejo de la ventana, empezó su vaivén y terminó por cerrarse. “!Temblor!”, gritó mi mamá que veía la célebre transmisión del noticiero de Televisa, con una nerviosa Lourdes Guerrero luchando por mantener la calma hasta que la señal se fue por la caída de las antenas de la transmisora.

Vivíamos en Ciudad Satélite, lejano suburbio ajeno a los estragos telúricos por estar asentado en el terreno sólido de los llanos al noroeste de la ciudad de México. Hasta ese día, los temblores no me asustaban y hasta me parecían divertidos; me daba coraje cuando no los sentía. No tenían el efecto instantáneo que tienen hoy, el shot de adrenalina y angustia que te vacía el pecho. El frío de miedo.

Mi papá contaba entre risas una anécdota sobre el temblor de 1957, aquel en el que se cayó el Ángel: él y sus hermanos se levantaron de la cama y fueron a ver a la abuela que, del susto, estaba perdida entre las sábanas y no encontraba la forma de salir de la cama. En su disco Mi barrio, Chava Flores, compadre de mi papá, parodiaba al funcionario corrupto de todos los tiempos con un diálogo dramáticamente cómico situado a la mañana siguiente de aquel temblor (cito de memoria) “¡Licenciado, licenciado! ¡Se cayó el Ángel, licenciado!”, decía un burócrata al teléfono; “¿Cómo que se cayó el Ángel? ¿Y de qué lado se cayó?”, preguntaba el jefe; “¡Del lado derecho, licenciado!”, y el funcionario se lamentaba: “¡Virgen santa! ¡Mis gladiolas!”.

Mi mamá, por su lado, destacaba orgullosa que el único edificio de la Ibero que no había colapsado en marzo de 1979 (yo tenía 14 años entonces; la misma edad que tiene hoy mi hijo mayor), la biblioteca (falso: tampoco se vino abajo el de laboratorios, que se convertiría en oficinas de los departamentos académicos, mientras la biblioteca incólume le daba hospedaje a la rectoría), había sido construido por el consorcio de ingenieros para el que trabajaba como secretaria y recepcionista. Su oficina estaba en Reforma, justo frente al cine Roble, ese enorme bloque de concreto y cristal que después de aquel temblor quedaría condenado para siempre al silencio. Su acera, acordonada, fue durante años símbolo —uno que quizá nadie quiso ver con claridad—del riesgo sísmico de la ciudad de México: “no camines por ahí”, me decía mi mamá, cuando, para hacer tiempo en lo que daba su hora de salida, yo paseaba por aquellas calles de las colonias Juárez, Tabacalera y San Rafael que se habían convertido un poco en mi barrio. Pero, contra todo pronóstico, el cine Roble, con su marquesina rota y silente, se mantuvo en esa verticalidad precaria después de 1985; muchos años más tarde sería finalmente demolido para albergar a otro símbolo de nuestra destrucción: el Senado de la República.

Salí de casa sin sospechar la magnitud del daño. Frívolo, banal, no encendí el radio de mi viejo VolksWagen. Fue el tráfico mucho más pesado que de costumbre, lo que me dio indicios de que algo andaba mal. A medio camino recogí a Marco, mi compañero, que traía noticias frescas. Opinaba que no deberíamos seguir hasta Churubusco, que había que ir a Tlatelolco a empezar a levantar piedras y escombros como ya tantos de nosotros estaban haciendo. Yo quise seguir hasta la universidad pensando en que ahí podríamos organizar un albergue y centro de acopio. Otros de mis compañeros habían pensado lo mismo y, cuando llegamos a la universidad nos encontramos con que las autoridades se habían negado a abrir sus puertas para canalizar nuestra solidaridad. En el forcejeo tumbamos la malla ciclónica que rodeaba al edificio, pero nada de eso parecía estar ayudando a vivir a las víctimas, así que volvimos a abordar el VW y nos fuimos hacia el centro.

En los alrededores del edificio Nuevo León, una enfermera voluntaria nos aplicó la vacuna contra el tétano, nos dio tapabocas —y el consejo de remojar un algodón en vinagre y meterlo dentro como ayuda desinfectante—, y nos puso en la fila de los relevos para sacar escombros a mano. Ahí estuvimos hasta la tarde; luego, intentando aproximarnos nuevamente a Churubusco, fuimos a la avenida Chapultepec, donde pudimos colaborar en la búsqueda de más sobrevivientes. Ya anochecía cuando llegamos nuevamente a la Ibero a comprobar que nuestra escuela no se decidía a hacer algo por la ciudad; representantes estudiantiles y autoridades perdían el tiempo en discusiones mientras la ciudad derrumbada empezaba a renacer de las cenizas de su épica solidaridad.

Decidimos ir a la Cruz Roja de Polanco y ahí pasamos los siguientes días sin descansar ni un segundo. Me tocó apoyar el acopio y clasificación de medicamentos, para lo que recibí una capacitación instantánea de una farmacéutica: los medicamentos caducos, allá; los antibióticos acá, los analgésicos aquí, y así. En minutos sabía distinguir medicinas y lo que hacían; recitar posologías, advertir reacciones secundarias y armar botiquines de emergencia para despacharlos o llevarlos a donde hacían falta según los avisos de quienes iban y venían trayendo noticias. No había teléfonos móviles y, por supuesto, no había redes sociales que apoyaran la difusión de la información. Pusimos el VW al servicio de la ciudad. Con una cruz roja pintada con plumón sobre cartulina blanca lo disfrazamos de vehículo para la asistencia y llevamos botiquines, bidones de Electropura (aún no se imponía el agua embotellada) y tortas a las calles de López, en el centro; a la colonia Morelos, a Tepito y a Peralvillo, a Tlateloco y a la Roma. El más terrible de aquellos viajes fue el traslado de un paquete de bolsas negras para cadáveres que se necesitaba en el estadio de béisbol del Seguro Social, entonces convertido en improvisada y masiva morgue. No olvidaré jamás el olor de la muerte que nos penetró, cruzando tapabocas y vinagres, al ingresar al túnel de aquel lugar, hoy convertido en un nuevo templo del consumo.

El viernes 21, la más fuerte de las réplicas del sismo nos encontró en el estacionamiento que la Cruz Roja había habilitado como centro de acopio. El pánico fue instantáneo; todos corrimos hacia cualquier lugar, como el enjambre de avispas que se desmembra al ser destruido el panal. Pero muchos volvimos de inmediato; la tarea no estaba completa y seguimos trabajando.

Aunque éramos estudiantes de sociología, no podíamos ver todavía lo que estaba pasando, Sabíamos que la ciudad respiraba gracias a quienes habían desatado sus fuerzas en el voluntariado y el brigadeo; sabíamos que el gobierno no alcanzaba a reaccionar aunque para el viernes 21 los militares ya patrullaban la ciudad (e impedían el paso de las ayudas ciudadanas). La reacción del sistema político fue muy lenta, como sabemos, y al menos en su primera etapa no se orientó al alivio de la tragedia sino a impedir que quienes nos habíamos apropiado de las calles nos apropiáramos también de una voluntad transformadora que cabalgara sobre la crisis hacia la libertad.

A la semana siguiente, la Ibero por fin pareció despertar. Las autoridades no permitieron que se instalara un albergue para damnificados pero sí dejaron que los estudiantes organizaran un centro de acopio. Como experto en medicamentos, a partir del lunes 24 me sumé a la sección de botiquines del centro de acopio de la Ibero y ahí me quedé durante las tres semanas siguientes. Poco a poco las cosas fueron retornando a la “normalidad” (¿qué puede ser normal después de eso?). Nuestros maestros empezaron a explicar el espontáneo surgimiento de ese impulso de vida que fuimos los jóvenes de 1985, pero nosotros, algunos de nosotros, seguimos en la brigada por semanas. No parecía que retrocediera la necesidad de nuestras manos. Para desactivar nuestras acciones, la universidad ofreció que el tiempo que habíamos dedicado valiera como servicio social. Nos negamos y seguimos ahí por algunos días más.

Trabajábamos día y noche. Tomábamos descansos de una o dos horas, por lo general dormidos en el asiento trasero del VW, y volvíamos al trabajo. Hacíamos rápidas visitas a casa de algún compañero para darnos un baño y volver al centro de acopio. Recuerdo que en algún momento se sumó como voluntaria una chica del barrio que no era estudiante de la universidad. Recuerdo que trabajamos mano con mano, hombro con hombro en la sección de medicamentos y que, al paso de los días, al hacerse menos imperiosa la prisa y la necesidad, tomamos algún receso nocturno juntos, abrazados. Nunca nos dijimos nuestros nombres y un buen día ella ya no apareció. Había sido un fantasma del amor desbordado que brotaba de la ciudad de México.

Casi un mes después del terremoto, con los precarios planes de reconstrucción del gobierno a media marcha y la presencia amenazante de los militares en las calles; con los teléfonos públicos que seguirían dando servicio gratuito por años y con una experiencia de vida y muerte que se volvería indeleble, como lo serían los cientos de edificios marcados que ya nadie volvería a habitar pero que permanecerían ahí como mensajeros del desastre —como el viejo cine Roble—, volvimos a las aulas y a la rutina. Olvidé instantáneamente todo lo que sabía de farmacéutica; hoy no sabría decir para qué sirve una aspirina. Y aprendí que éramos la sociedad civil (sus jóvenes) y que, por un momento, por unos días, frente al dolor de la muerte, habíamos sido el verdadero Estado.

Por unos días, por unos minutos quizá, nos habíamos hecho con el poder.

 

II. Ciudad de México, 1999

Estaba a un mes de cumplir 35 años en junio de 1999. Acababa de haber sido rechazada mi solicitud de beca al Fonca para escribir una novela y trabajaba como editor y reportero de la página en internet del Gobierno del Distrito Federal, en el piso 11 de un edificio de 14 en Izazaga, centro, justo frente al Claustro de Sor Juana. Tenía pánico a los temblores pero eso no había sido obstáculo para ofrecerme como voluntario de protección civil de nuestro piso. Nos capacitaron en primeros auxilios y como facilitadores de evacuación; nos dieron un chaleco anaranjado, un casco, un silbato y una linterna que colgaban de la mampara que separaba mi “caballeriza” de las otras.

La alarma sísmica sonó oportuna; me puse casco y chaleco, hice sonar el silbato y corrí a abrir la puerta de las escaleras de emergencia mientras, tratando de aparentar una calma que en realidad no tenía, llamaba a mis compañeras y compañeros a salir en calma pero rapidito. Excepto por algún burócrata testarudo que se negó a hacerlo y cuyo destino hubiera sido mi responsabilidad de haber sido fatal, la evacuación de mi piso (ya habíamos hecho simulacros) fue rápida y efectiva. Cuando llegamos al suelo ¿firme? el temblor, que afectó duramente a la ciudad de Puebla, estaba en su momento más fuerte. Estábamos a salvo. Lo habíamos logrado.

Por fortuna no sucedió nada que lamentar. Después de presentar un rápido informe de la evacuación (con denuncia del burócrata suicida incluida), me enteré por Icq, el programa de mensajería que se usaba en el internet de aquel entonces, de que mis seres queridos estaban bien; mi amiga (y vecina) Patricia, me dijo por ahí que nuestro viejo edificio en el borde entre la Condesa y la Roma, en la avenida Veracruz, casi esquina con Mazatlán, había resistido y que mi perra Lua había ladrado un poco pero ya estaba tranquila. Me fui a casa a pie rememorando los lugares donde 1985 había dejado su marca terrible.

 

III. Miraflores, Lima, 2007

A los pocos meses de haber emigrado, en diciembre de 2001, Lima me contó sus temblores. Eran distintos a los de la ciudad de México. Aquí parecían ser más breves pero daban a la palabra “trepidatorio” un sentido mucho más claro: como si la tierra saltara, como si se encendiera un vibrador gigante en sus entrañas.

Tenía 43 años en agosto de 2007 y dos hijos de tres y cuatro años de edad. Vivíamos en un edificio de dos pisos en Miraflores, frente al mar. Pasadas las seis y media de la tarde (en pleno invierno austral, totalmente de noche) comenzó el temblor más fuerte que había sentido en mi vida; más que el de 1985. Ahora les tenía pánico a los sismos, pero era un chilango sobreviviente del 85; sabía qué hacer. En el momento en que comenzó el movimiento, mis hijos jugaban frente a la computadora. Tomé uno en cada brazo, le chiflé a Lua y le grité a Magaly, la mamá de mis hijos, para que salieran conmigo, y evacuamos el edificio. No paré hasta estar en el parquecito de a la vuelta y evité por intuición acercarme a los jardines del malecón; siempre me han dado nervios sus acantilados arcillosos porque temo que un día se desmoronarán. Aún temblaba cuando llegamos a la calle y, al chocar, las varillas del edificio en construcción de enfrente sacaban unos chispazos horribles. También pude ver ese destello de energía que se produce con los sismos en las ciudades.

Fuimos los primeros en ponernos a salvo en el parque. Poco a poco fueron saliendo los vecinos y ya no nos sentimos solos. Pasó sin pasar a mayores en Miraflores. La televisión e internet trajeron las noticias de la devastación en Pisco e Ica (y de los daños en la Lima pobre, la de las casonas de quincha y adobe). Mi fuero interno se preocupó de inmediato por la organización del apoyo, pero estaba solo en eso; nadie, al menos en Miraflores, se organizaría para acopiar, refugiar, alimentar, consolar.

Más tarde, días después, algunos de mis alumnos en la universidad —otra vez, jesuita— participarían en algunas acciones de ayuda en Pisco y Chincha coordinadas desde arriba por agencias católicas de caridad con espíritu misionero. Del mismo modo en que, año tras año, el Perú recurre a la caridad de sus católicos para enfrentar los estragos del “friaje” en el invierno serrano (el envío de mantas, ropa y alimentos), en lugar de trabajar para que las poblaciones locales estén preparadas para enfrentar un fenómeno tan recurrente que no se puede suponer que no sucederá. No hubo más espacio de participación que el donativo a una cuenta. Hoy, los habitantes de esos lugares, que ya eran damnificados antes del terremoto de 2007, siguen siendo damnificados permanentes.

 

IV. Santiago de Chile, 2010

Tenía 45 años en febrero de 2010 (apenas un mes después del terremoto que devastó Haití) y el destino o la casualidad quisieron que estuviera en Santiago de Chile el día del terremoto; esta vez sí, el más fuerte que he sentido en mi vida (el octavo más fuerte registrado por la humanidad, según Wikipedia). Había ido allá como coordinador del pequeño contingente de escritores, escritoras y agentes de animación a la lectura peruanos que asistía a un congreso de literatura infantil y juvenil organizado por la editorial española para la que trabajaba entonces. Habíamos llegado el día anterior; el encuentro se había inaugurado, y aquel sábado lo habíamos pasado entre conferencias y talleres. A medio día todos los asistentes al congreso, quizá doscientas personas o más, nos habíamos tomado una foto de grupo en las escalinatas del hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Por la noche, los editores de las distintas filiales latinoamericanas de la editorial nos habíamos ido a tomar un trago a algún lugar de la ciudad, así que me acosté cerca de la media noche con un par de vinos en el cuerpo, sin preocuparme por el grupo peruano del que era responsable.

En la habitación del tercer piso del hotel San Francisco, desperté sin razón alguna un par de minutos antes de que comenzara el sismo: me agarró despierto; tuve esa suerte. Había encendido un cigarro que apagué casi sin fumar en cuanto comenzó el movimiento. Las botellas promocionales de vino que estaban sobre una mesa se cayeron, los cuadros se vinieron abajo, los cajones fueron escupidos por el armario, las lámparas de los burós fueron a dar una a la cama, la otra al suelo. Me puse rápidamente un pantalón, salí de la habitación, descalzo, tropezando y chocando contra las paredes por la fuerza con que el movimiento me lanzaba contra ellas. Escuché un estruendo y alcancé a ver de reojo cómo caía el plafón del baño sobre la tina.

El pasillo estaba lleno de lo que me pareció que era humo. Pensé que esta vez no la iba a contar. A mi paso salió de su habitación una de las funcionarias españolas de la editorial, en camisón, en pánico, corriendo hacia el lado opuesto de la escalera. Tuve que retroceder para alcanzarla, tomarla de la mano e indicarle que teníamos que bajar por el lugar de donde parecía provenir el humo. Avanzamos hacia allá; otras dos personas se nos unieron. Cuando terminamos de bajar los tres pisos, el movimiento parecía amainar. Guié a las personas que me acompañaban hasta el camellón de la avenida O’Higgins. Lo que me había parecido humo era solo polvo de concreto que se había desprendido al moverse asimétricamente los dos cuerpos independientes pero pegados del edificio.

Algunas personas habían llegado a la calle antes que nosotros; poco a poco se sumaban los demás. En parte porque el contingente mexicano del congreso era de los más grandes, la mayoría de quienes salieron primero eran mexicanos. Pero todos sabemos también por qué.

Si bien muchas personas perdieron la vida en Santiago, especialmente en los barrios pobres, como para recordar que la tragedia tiene color político, la ciudad resistió esos 8,8 grados Richter. Es una ciudad a prueba de sismos; como debería ser México, como debería ser Lima. Tampoco aquí vi lo que un sismo representa para un chilango. El gobierno chileno respondió con celeridad, especialmente en las áreas del sur donde los daños fueron mayores; de sismo y tsunami.

El aeropuerto de Santiago, afectado por el sismo, cerró sin perspectivas de reanudar su servicio en breve. El congreso de literatura se suspendió. No había mucho qué hacer, no había brigadas que formar ni recursos que acopiar. Los amigos chilenos nos atendieron hasta hacernos sentir seguros, pero aun así, los congresistas ya no quisieron volver a sus habitaciones y armamos un divertido campamento en el lobby del hotel.

Pasé el domingo caminando por Santiago con Jorge Eslava, queridísimo amigo y uno de los escritores de mi contingente peruano. Vimos cristales rotos, mamposterías desprendidas, piedras desmoronadas, pero nada más. Excepto por las escalinatas del Museo de Arte Contemporáneo, donde nos habíamos tomado la foto el día anterior, que se habían venido completamente abajo.

El resto fue un compás de espera. No podríamos regresar en vuelo comercial a Lima, así que fui a la terminal de autobuses a buscar pasajes para mi contingente de seis o siete personas, pero mientras yo estaba ahí, Jorge había establecido contacto con la embajada del Perú —el propio Alan García, entonces presidente y amo absoluto de la más brutal demagogia había aterrizado en Santiago llevando dos aviones de ayuda—, y podríamos regresar en uno de los aviones de carga de la policía peruana. Los argentinos emprendieron el regreso hacia Córdoba por tierra y se llevaron a los españoles que volarían de regreso a Europa desde Buenos Aires. Colombia y Brasil pronto enviaron medios para repatriar a sus escritores y especialistas en lectura; los mexicanos, encabezados por Juan Villoro, se quedaron ahí varados, sin apoyo de nuestra nulidad de gobierno por no sé cuántos días más. En alguna entrevista televisada, Villoro mencionó mi caso como ejemplo de la ausencia de gobierno de nuestro país: “el único mexicano que ha podido salir de aquí ¡vive en Perú!”. Pero otros habían llegado a ayudar; en el aeropuerto me crucé —y experimenté un raro sentimiento de orgullo— con los Topos, los heroicos rescatistas mexicanos.

Aunque Alan mandó ayuda a Chile, las noticias de Lima tenían incluso un corte ¿humorístico?: ante la alerta de tsunami, la gente atiborró los malecones de Miraflores para ver llegar la gran ola desde los acantilados.

 

V. Desde Miraflores, Lima: CDMX, 2017

Tengo 53 años y sigo en Lima. El martes 19 de septiembre había pasado la mañana trabajando en la edición de un libro de cálculo. Soy pésimo para la matemática, así que esta labor exige el cien por ciento de mi atención, lo que significa que desde que inició el fatídico día me abstuve de ver la tele, oír el radio y abrir internet. Había intercambiado temprano algunos mensajes de texto con Michelle, por eso cuando poco después de medio día llegó su pregunta, “¿Tus papás están bien?”, no me podía imaginar el contexto que la provocaba y le respondí, tonto e iluso, sobre lo bien que llevaban sus ochenta y tantos años. Cuando me explicó lo sucedido y empecé a leer las noticias y los tuits, el mundo se me vino abajo y un hueco me invadió el pecho. El hueco del dolor que se agranda con la impotencia de la distancia.

Gracias al despertador aviso de Michelle me comuniqué, después de varios intentos, con mi mamá y mis hermanas por Whatsapp. Estaban bien, pero mi papá, de 84 años, había pasado el terremoto solo en su departamento, un sexto piso en la colonia Condesa. Una semana atrás, cuando sintieron el sismo de Chiapas que dejó serios daños en el Istmo y el sureste, mi papá no había querido evacuar el edificio. Ahora no sabíamos nada de él; por su sordera hace tiempo que dejó de contestar teléfonos. También por Whatsapp, conté esto a un grupo de amigos, mis compañeros de la primaria, hermanos y hermanas de toda la vida, literalmente. Ahí vi la siguiente muestra de esa respuesta que parece caracterizar a los mexicanos ante la catástrofe: uno de ellos, Enrique, me preguntó la dirección exacta y pidió a alguien que fuera a buscar a mi papá. Al mismo tiempo en que mi mamá por fin me avisaba que los vecinos habían acudido en su ayuda, Enrique me enviaba una foto de papá a salvo, fuera del edificio aunque visiblemente asustado. No se sabe aún si su edificio podrá ser salvado. Más tarde, mamá me contó que el viejo simplemente se había arrodillado junto a una columna y había esperado el final del sismo. O lo que tuviera que suceder. Me envió después las fotos que había tomado: su departamento muy afectado mostraba los muebles volteados por todas partes; ni un cuadro permaneció en su clavo, el refrigerador “caminó” hasta el fregadero y chocó con él. Luego, las grietas en los muros exteriores del edificio; algunas de ellas del tipo “peligroso”.

Desde esta distancia he acudido a la solidaridad que nuevamente han encarnado los jóvenes mexicanos, 32 años después de aquella experiencia que me cambió para siempre. Ya en Santiago, en 2010 había tenido la oportunidad de ver el comportamiento de las redes sociales en un caso de desastre. Había empezado a usar Twitter un año antes y, durante el compás de espera en Santiago, había podido aportar información a mi timeline que es básicamente mexicano. Esta vez, desde esta distancia, desde esta impotencia, y al lado de otros mexicanos y mexicanas que, como yo, optaron por la migración o el autoexilio, sólo pude tratar de ser hub cuidadoso de informaciones, dador de ánimo virtual a quien lo necesite y testigo asombrado del milagro que nuevamente y de forma tan similar —y a la vez tan nueva, tan mejor— sucede en las calles de mi ciudad, de mi barrio; en esos símbolos personales que representan para mí “ser mexicano” (soy radicalmente antinacionalista, así que estos sentimientos me confunden porque no los puedo ni quiero evitar pero tampoco puedo explicarlos). ¿Qué podría hacer? Sólo aportar, desde mi celular, cualquier cosa que pudiera ayudar a las víctimas, pero también a esas legiones de jóvenes que han salido a salvar vidas en el país que se ha hecho famoso por sus inexplicables y violentas muertes.

Porque esto es México y ojalá lo sea aún mañana, y la semana, el mes, el año, la década, el siglo que vienen: este cúmulo de diferencias que se vuelven energía de vida si la muerte acecha. Ojalá no suelten lo que han asido. Ojalá no se dejen quitar la solidaridad para convertirla en política por quienes gobiernan indignamente y manejan de modo espurio una realidad —mucho más que un pueblo, mucho más que una economía, una nación o una patria— que los excede infinitamente. Esa que somos nosotros.

Si algo en mi favor puedo decir, aun a riesgo de que sea mentira, de que se trate de algo que me digo para justificar mi apatía, es que nunca, desde el 19 de septiembre de 1985 hasta hoy, me dejé llevar por la vida comodina y clasemediera que quizá debí haber tenido. Que rechacé lo que me lastimaba y lastimaba a otros aunque fuera lo que hubiera tenido que hacer, lo que correspondía. En mi escala, pequeñísima y marginal, he querido seguir siendo siempre ese estudiante de sociología de 21 años de edad entregado a reconstruir y aquilatar la vida. Claro que me veo ridículo, con el pelo largo lleno de canas, con la ropa desarreglada y rota sobre este cuerpo que se avejenta, aunque se aferre a la juventud pedaleando una bicicleta o haciendo música con sus hijos. Es sólo que quiero estar con ustedes, jóvenes mexicanos; aprender de ustedes, apoyar su gesta, ser ustedes y sentirme menos inútil.

Alfredo Gutiérrez y sus preguntas postelúricas, 1985

Tan grande ha sido la fuerza desatada sobre este hogar lacustre, [que la Muerte salió a festejar a los suyos]. “¡Que mueran los vivos!”, gritó, y se levantó víctima de un nuevo nacimiento.
Alfredo Gutiérrez Gómez, 1985

Solidaridad ante el sismo

[cartón de Rocha, La Jornada, 20/09/17]

Cito de memoria en el epígrafe la notita fotocopiada en una tira de papel y pegada por ahí por el maestro más entrañable que tuve en mi vida. No era exactamente así; he perdido el original y sólo de eso me acuerdo; lo que está entre corchetes lo he inventado sabiendo que traiciono la genialidad de Alfredo, su agudeza y su penetrante humor negro.

En su libro Deslimitación se conserva un par de textos en los que Alfredo abordó las impresiones que nos surgían a todos pero que él veía con mayor claridad (siempre disfrazada de duda y pregunta; ese era su método), luego del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Eran los días en que, fuera de las aulas y la currícula, nos reuníamos en los ESI (Encuentros con la Sociología Informal) para cuestionar la rigidez de nuestra “disciplina”, para darle la vuelta, para hacer “sociología sobre las rodillas”, abriendo sus limitadas fronteras a través del arte, la risa —y el llanto—, y las lúcidas ocurrencias del pensamiento alfrediano, el mismo que pronto entraría en contacto con la perspectiva de la complejidad de Edgar Morin, de la que se volvió emisario, agigantándola.

Como intento de aportar —ay, desde tan lejos; con mis propios padres entre quienes no pueden volver a su casa porque no se sabe si colapsará— de hacer algo junto al movimiento solidario que en estos momentos se traslada incansable de escombro en escombro, celebrando la vida, transcribo a continuación esos textos de Alfredo con las lágrimas memoriosas de haber estado ahí, con él, luego de haber trabajado un mes sin descanso, casi sin sueño, en los rescates y las provisiones. Transcribo y comparto las reflexiones de mi profesor porque tienen pistas importantísimas para nosotros, ahora que nuestra ciudad vuelve a verse arrasada por la naturaleza telúrica de su emplazamiento y se repara gracias a la casi extrahumana naturaleza de sus corazones entregados al rescate y el salvamento; al abrazo, al amor, a la vida. Pronto, dentro de algunos días, quizá ya ahora mismo, estaremos tratando de responder preguntas similares a las que Alfredo se hacía y nos hacía treinta y dos años atrás.

 


Los jóvenes y la tierra: 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

El temblor de 1985 devolvió el derecho de circulación sin sospechas al México mayoritario de la capital. Los jóvenes salieron de las catacumbas urbanas, de las casas de los pobres y de las mansiones de los ricos, y ejercieron su derecho a actuar sin etiquetas ideológicas ni membretes de clase. Se encontraron en la calle y bajo las banderas desgarradas de la destrucción; se dieron la mano y cruzaron las miradas por encima de quienes los separan y distinguen en los tiempos del tedio y la rutinización citadina; fuera del control de sus patrocinadores y administradores, de sus persecutores y represores, formaron un ensayo de sociedad de esas que sólo muy de vez en cuando asoman sus cimas ideales y utópicas, dejando a los realismos adultos en calidad de simples parajes desangelados, y convirtiendo en caricaturas grotescas a las burocracias y demás especialistas en chupar el tuétano y las energías a la sociedad.

No faltaron los que salieron a proclamar en sus periódicos y medios al alcance, que había nacido la nueva sociedad, el nuevo hombre y el nuevo México. Hubo otros desconfiados y más ariscos que sólo nos atrevimos a identificar a la sociedad de siempre, manifestada ahora con mayor espontaneidad y a través de muchos de sus mejores miembros, pero llena de sus rasgos más familiares, humanos y mexicanos: nuevos liderazgos, zonas de influencia, discursos, poses, poderes, abusos y manipulaciones; al lado de sacrificio, generosidad, colaboración, gestión renovada, iniciativas frescas, ideas diferentes y acuerdos útiles; todo esto y más, pero sin tutelas de oficinas, permisos, uniformados y héroes oficializados. El dolor se vivió más de cerca y se resolvió en carne viva, en la de muchos y en la de todos; no hubo por lo pronto quien capitalizara en su favor las voluntades libremente expresadas, las ganas que corrieron en su cauce natural. Este momento duró un parpadeo para los que aman su propia prueba de ser y compartir, y una eternidad para quienes se encargaron de controlar y aprovechar esos desprendimientos y juvenilizaciones sociales.

La sociedad no se descubrió a sí misma, ni alcanzó conciencia alguna de sus posibilidades autogestivas o de su inteligencia organizativa; no se encontró a sí misma como frente a una desconocida, no hubo revelación de algo que no hubiera estado siempre ahí, dispuesto a la sobrevivencia y la salvación mutua. Sólo que entonces lo hizo juntándose unos con otros, víctimas del miedo y la inseguridad, pero también como actores de la fuerza y la esperanza.

Era la misma sociedad que logró sobrevivir durante décadas a gobernantes y funcionarios, dirigentes y demagogos públicos y privados; a sus decisiones erróneas, a sus malos cálculos y peores artes; a sus abusos, discriminaciones y despojos. A esas habilidades para sobrepasar la desgracia económica, el fraude y el engaño político, la ineptitud administrativa, la ineficiencia y la rapiña institucional, sólo se agregó la emergencia del extremo peligro y del mayúsculo mal. La sociedad se desempeñó como lo que ya era, pero al margen y por sobre sus instituciones y representantes. Hubo momentos de purificación institucional, de descontaminación social que a veces pasan por el trance de las desgracias y otras por el éxtasis de la fiesta.

Después, los jóvenes fueron devueltos a sus estacionamientos, reclusorios, vecindades, rutas y horarios; sus expectativas y destinos fueron prronto recortados y alineados a la euforia de la construcción diaria de la vida propia y ajena. Se terminó la aventura y se impuso el nuevo orden.

El Estado de la sociedad y la Sociedad del Estado —la sociedad de los de arriba— recobraron su lugar y volvieron a ocuparse de esa tarea cada vez más frecuente y pesada de “recobrar la credibilidad”, tarea costosa y odiosa, si las hay, sabiendo todos lo que somos y lo que fuimos, obligando a los demás a tragarse la nueva versión, siempre adornada, de los que gobiernan nuestros pasos por la tierra, con nuestra cansada anuencia y nuestras privadas resistencias.

 


El segundo texto está relacionado con la preocupación por los límites de nuestra disciplina, la sociología, a la luz de la imposibilidad de explicar el milagro desatado por el terremoto; milagro que hoy vive una nueva encarnación, multiplicado por las redes sociales y las formas en que nos comunicamos, que en aquel entonces no existían:

 


El encuentro postelúrico: ESI, 26 de octubre de 1985
Por Alfredo Gutiérrez Gómez

Al pie de una invitación redactada con trazo inestable aparecía una florecita solitaria, de esas que, de tan inermes, vuelven a prender aun y si todo se ha venido abajo por enésima vez; representaba a nuestro México, este que suele resurgir de sus cenizas con tal frecuencia que nadie reparaba ya en su heroicidad sobreviviente, atribuyéndole estos milagros a los gobiernos e institucionees que nos salvan. Hasta que vino el temblor…

Al lado de esa tesonera y frágil plantita, una antigua leyenda: “mientras dure el mundo, no acabará la gloria de México Tenochtitlan”.

A las 9:00 de la mañana se leería la lista de nuestros ausentes, porque hubo algunos que ya no podrían acompañar los experimentos sabatinos. La tierra del México central se había movido demasiado y las construcciones, muchas de ellas edificaciones públicas, hijas de la corrupción que aún no reventaba, no resistieron la violencia natural, inocente, ni la humana, impune.

A las 12:00 nos tocaría entrar en un ejercicio de sociología informal, a la vez doloroso y aleccionador. Pero “el descubrimiento” nos alcanzó desde días antes. La fuerza pedagógica del desastre se nos había ofrecido sin pedirla. Ahí estaba la realidad no solicitada, la entrevista no contestada, sólo un griterío y un mutismo innombrables tratando de salir de nosotros y de los que se habían quedado abandonados ante las ruinas. No era necesario, por lo pronto, el investigador de lo humano; la gente se mostraba de por sí en lo que era y en lo que no alcanzaba a ser. Las limitaciones y las posibilidades se habían manifestado.

Los públicos y los privados mostraron sus adentros sin que nadie se los solicitara. Todos aparecimos, de pronto, expuestos, abiertos. El autoconocimiento de los defeños, una sociedad entre otras, no descansó, se agudizó y profundizó cuando todos estábamos a flor de piel, desnudados y exhibidos por la desgracia; a la ciencia, en cambio, le correspondía otro papel. Guardó prudentemente sus herramientas para no preguntar lo obvio. Observó y observó para no olvidar y hacer de su memoria ciencia, para después; aunque no todos fuimos buenos científicos.

Muchas hipótesis se dejaron comprobar dócilmente y sin mayores esfuerzos; una de ellas se confirmó sin agravios ni reclamos: el conocimiento (en alguna de sus formas) y el conocimiento científico pueden coexistir y completarse, tan simple como eeso. Otra, increíblemente olvidada: la sociedad existe, esa otra sociedad que no es el Estado, las clases sociales o los sujetos históricos, que no es la burocracia pública ni la famosa organización privada. Una tercera realidad apareció de entre las sombras intelectuales de su negación y las cenizas ideológicas de su anonimato, en medio del olvido y la desconceptualización general: la realidad toda, a pesar de las tipificaciones, selecciones y divisiones. La transubjetividad y la interaccionalidad abiertamente militantes desbordaron a la idea y a sus encargados.

Sí, teníamos enfrente lo que buscábamos, entre cuyas filas muchos de nosotros nos formábamos casi sin querer. Nos hallamos ahí. ¡Encuentro altamente enseñante! No programado ni pagado.

Descubrimos que la accidentalidad es materia pertinente a los intentos informales del conocer. El hecho único, la eventualidad, no puede quedar fuera de nuestra agenda de interrogantes y asombros. El caos se había impreso en las páginas de unos cuadernos deshabituados a registrarlo; burló las barreras de los textos y los índices de los programas. Nos arrojó varios años adelante de nuestras pisadas anteriores. Muchos descubrimos después que llegaría cualquier día en las ediciones foráneas del nuevo pensamiento. Nosotros, sin méritos ganados, lo vislumbramos desarmado en la cuna desgraciada de los hechos que nadie propuso en la víspera, porque la ciencia no sabe lo que va a pasar mañana, la política no tiene por qué adelantarse a los hechos y la religión aguarda lo que no puede impedir. Sólo el dolor duele oportunamente, cuando nadie lo quiere; y —dicen— “sólo el dolor sabe lo que de otro modo nunca se sabría…” ¿Qué habremos aprendido los mexicanos en esos días?

El ejercicio que teníamos programado realizar se llamaba “¡Agárrenlo entre todos!” (violencia interdisciplinar del quinto grado). Era un “taller efímero” y para participar se nos pedía que escribiéramos en una cuartilla, sobre las rodillas de preferencia, algo relacionado con los siguientes puntos:

1. Todas las ciencias que se ocupan del ser humano tienen un campo común de conocimiento (nosotros y ellos); sin embargo, la especialización entra en la realidad común en formas separadas por la profesionalización del conocimiento.

2. ¿Has sentido alguna vez que hay explicaciones que tu carrera o sus materias no alcanzan a dar acerca de algún hecho o fenómeno humano?

3. ¿Habrás experimentado en alguna ocasión la sensación de haber topado con los límites de tu formación profesional, más allá de los cuales otras disciplinas (quizá, ¿cómo saberlo?) podrían avanzar más y completar lo que tú sabes o lo que tu carrera y sus recursos permiten captar?

4. ¿En torno a qué hechos crees tú que otras disciplinas (y cuáles disciplinas) pueden completar o dar luz a lo que tu carrera ha alcanzado a eexplicar e interpretar de esa misma realidad que, se supone, a todos nos ocupa?

5. ¿En dónde o en qué tema o problemas buscarías la colaboración de los practicantes de otras ciencias y en dónde crees que tu carrera podría dar o ampliar la respuesta que las otras ciencias dan a un hecho humano?

Podríamos aprovechar las desgracias recientemente acontecidas para preguntarnos ¿cómo y de qué modo nuestro pasado individual, nuestra biografía, nos ha condicionado para vivir y conceptualizar de cierta manera el comportamiento social desatado ante ese fenómeno? ¿Cómo y de qué modo nuestra profesión nos permite captar cierta perspectiva, dimensión o valor en tales comportamientos sociales ante el desastre? ¿De qué forma nuestra posición social o la función que desempeñamos en estos días también marca y condiciona la versión que nos hacemos de los hechos?

 


alfredo-deslimit

Alfredo Gutiérrez Gómez era un observador como nunca tuvieron las ciencias sociales. Sus preguntas —para él, “la respuesta es el rico de la inteligencia; preguntar es oficio de pobres”— nunca perdieron actualidad: hay que seguirlas haciendo, sobre todo ahora que quizá podamos extender este espontáneo y autoorganizado amor por la vida con que la ciudad de México, telúrica, responde a la tectónica catástrofe.

Fuente: Alfredo Gutiérrez Gómez, Deslimitación. El otro conocimiento y la sociología informal. Plaza y Valdés / UIA, México, 1996. “El encuentro postelúrico…” pp. 141-144; “Los jóvenes y la tierra…” pp. 330-332.

El conejo en el banquete de los leones

eugene-delacroix-le-n-devorando-un-conejo

[“León devorando a un conejo”, Éugene Delacroix]

Recibí por correo electrónico una amable invitación de un empleado del “área de prensa e imagen” de la Cámara Peruana del Libro para participar como ponente en un “conversatorio” (esa palabra, ay) titulado “¿Es necesario un estado editor?”. La actividad, que realizará en la Feria del Libro Ricardo Palma, se inserta dentro de la “campaña” “Perú, un país de lectores: por una política nacional del libro y la lectura” que esta institución emprende ahora (más bien es nombre nuevo para la misma campaña en la que está empeñada desde hace años, incluso cuando el Perú tuvo una política nacional del libro y la lectura).

Por supuesto que agradezco la deferencia, pero me llaman la atención varias cosas de esta invitación, empezando por el título de la actividad, que lleva la respuesta incorporada en la pregunta: “¿es necesario?” (pudo haber sido, por ejemplo, “análisis de la actividad editorial del Estado” o “perspectivas” de lo mismo). Me llama la atención también que me inviten a mí que no soy un especialista en el tema ni una personalidad reconocida en el ámbito, si bien he tenido que ver con él en distintos momentos de mi vida (sosteniendo siempre, claro está, la obligación del Estado de intervenir en cualquier ámbito que sea necesario para garantizar el derecho a la educación y al acceso a la información).

También me sorprende que sea la CPL quien me invita a hablar sobre este tema, siendo una institución que no ha dejado de combatir la actividad editorial del Estado porque representa “competencia desleal” ─así dicen ellos─ para los empresarios agremiados bajo su sombra. Me parece una trampa que la CPL busque al “enemigo” para dar la impresión de que está abierta al debate; me llama la atencón porque me invita a mí, un ilustre desconocido, en lugar de a algún funcionario de algún área del gobierno involucrada con la actividad editorial del Estado, y si lo ha hecho, la invitación que recibí no me lo informa.

La CPL, aunque mediante propaganda y publicidad se ha convertido en referente sui generis de diversos temas relacionados con la educación y la cultura, existe para representar los intereses de (algunos, la mayoría, los más poderosos) editores y libreros. Calculo que parte de su “campaña por una política nacional del libro y la lectura” incluye la prohibición expresa a la actividad editorial del Estado y su obligación de “ceder” a los empresarios del libro los recursos que pudiera destinar al área. Por ello, me parece que esta invitación que me hace la CPL es como decirle a un conejo “te invito a un banquete de leones para que desarrolles el tema de por qué los leones no deben almorzar conejos”, y todos los leones muy democráticos y dispuestos a debatir con su entremés. Quieren, tan simpáticos, que me ponga de blanco para recibir los tiros contra una perspectiva que aparece como simplemente ilógica al interior del dogma neoliberal con el que todos ellos están de acuerdo por obra de algo aún más fuerte que un principio explícito, algo que raya en el habitus como lo entendiera Bourdieu.

Si la invitación viniera de una institución que no tuviera tan evidentemente comprometidos sus intereses con los empresarios que la CPL representa, si fuera para una serie de charlas con maestros, o para un coloquio con instituciones académicas, educativas, de investigación y de desarrollo social, iría entusiasmado por el espacio de discusión abierto y con la certeza de que parte de los participantes encontraría plausibles los argumentos a favor no solo de la actividad editorial del Estado, sino a favor de la eliminación de todos los límites inventados para impedir que alguien acceda a la información, cualquiera que sea ese alguien y cualquiera que sea la información. Pero ir a hablar de la actividad editorial del Estado en un “conversatorio” de la CPL, sin saber quiénes son los otros participantes, ante un público acrítico y afín a las tesis de la CPL, en la fiesta de la CPL, me parece no sólo estúpido sino también inútil. Pero antes de negarme le pedí al remitente que me aclarara cuatro cosas: “1. No siendo un especialista en el tema al que me convoca ni una personalidad reconocida en el sector, ¿por qué yo? 2. ¿Cómo se articula el conversatorio al que me invita con la campaña que menciona en su correo? (no quisiera formar parte de una campaña que desconozco y con la que podría no estar de acuerdo). 3. ¿Con qué otros ponentes compartiría dicho conversatorio? y ¿qué acciones de sistematización, seguimiento y difusión se realizarán después? 4. Por último, pero no menos importante, ¿a cuánto ascienden los honorarios que la CPL me ofrece por mi trabajo?” Hace tres días que envié mis preguntas y, como no he recibido respuesta, me he decidido a publicar esta entrada.

La CPL ha hecho de la producción de los empresarios que agremia ─parte de la cual son libros y entre los cuales la tajada más importante es la del oneroso libro escolar, de texto y “plan lector”, cuya lógica hace de la educación rehén de estas empresas─ un símbolo de la vieja falacia aquella de que la educación trae desarrollo. Así, mientras hace lobby, se inventa pretextos para que sus empresarios engorden billeteras mientras abandona a los editores independientes (el elemento más importante, único efectivo, de la política del libro en el Perú ha sido la exoneración de impuestos), se ha vestido con el traje de “promotora de la lectura” que la ha convertido en referente cultural local. ¡Una agrupación de dueños de empresas! Si desde su entender se organizan acciones orientadas a mejorar la visualidad de la lectura en el imaginario colectivo, es en tanto estrategia de mercado para cumplir con su cometido oficial (legal, institucional), que es el de velar por los intereses (comerciales) de sus agremiados. Todos sabemos que al gran editor y al librero no le preocupa esencialmente que un libro se lea, excepto si prueba que esto acarrea más consumidores (de ahí su apoyo a los simpáticos booktubers; gracias a Mariana Castro por ponerme en la pista de este fenómeno); su labor termina con el libro vendido. Lo que haga con él el consumidor ya no es su problema, siempre que no se trate de copiarlo para, a su vez, redistribuirlo; ahí sí, la CPL desencadenará toda la fuerza legal y judicial a su alcance. La CPL y los editores que representa son incluso incapaces de distinguir la reproducción que hacen otros empresarios, los “piratas”, para lucrar con ella, de la que hacen los usuarios, los verdaderos lectores, para facilitar a alguien más el acceso al conocimiento. Para la CPL todo es piratería, incluso la actividad editorial del Estado.

Sería urgente que fuéramos capaces de desvincular de la CPL la idea de que “trabaja para nosotros” los lectores, los consumidores, los ciudadanos de a pie. No existe en el mundo una cámara de empresarios, una agrupación oficial de capitalistas, que haga semejante cosa. Sería urgente que pudiéramos desconectar nuestros intereses como lectores, como individuos libres e independientes, de los intereses de los empresarios del libro. Mientras creamos que queremos lo mismo que la CPL nos pide que queramos (que les exoneren los impuestos bajo el falso pretexto de que esto reduce el precio que tenemos que pagar por leer), seremos incapaces de ver el conflicto que yace entre sus intereses y los nuestros. Ellos quieren dinero, nosotros queremos acceso a la información. Y mientras el profit, la ganancia, el plusvalor (que ya sabemos de donde viene) se aparezca como un derecho (el de la libre empresa), el derecho a la información, que es un derecho humano, tenderá a ser visto como un delito. En la lucha del poderoso contra el débil, este artilugio es central: mi interés particular y doméstico se convierte, por arte de magia ideológica, en el derecho de todos. Y te friegas, compras lo que te venda, al precio que yo decida. Si no estás de acuerdo y decides reclamar tu derecho de acceder aquí y ahora a la información, a toda la información, y de garantizar a otros ese derecho, eres un terrorista, como me llamó una vez un funcionario de la CPL en facebook, cuando escribí algo por el estilo. Todo es terrorismo fuera de sus límites, y sus límites, como corresponde a todo aquello que se mueve según la dinámica del capital, tienden a extenderse infinitamente.

No, no aceptaré su invitación. No si me dejan en el silencio luego de plantearles mis dudas. Y mucho menos cuando la hacen sin ofrecerme honorarios, dando por sentado que trabajo gratis. Tan establecido como el dogma de la libre empresa y la no intervención del Estado en la economía está en ellos el de suponer que los conferencistas e investigadores libres no comemos, no pagamos alquiler ni colegiaturas, y por tanto no tenemos necesidad de cobrar por nuestro trabajo. Entiendo que estén acostumbrados a la vanidad y el hambre de foro que tienen los escritores y que les lleva a aceptar agradecidos cualquier espacio en el que puedan mostrar sus solemnes rostros, pero no es mi caso.

Moby Dick o el monopolio

md_213
Grabado de Rockwell Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

De chico leí una adaptación en cómic de Moby Dick que se incorporó naturalmente a mi universo aventurero ya entonces poblado por Verne, Dumas y Salgari. El fantástico cachalote asesino y el obsesionado y oscuro capitán Ahab (“Ajab” escribía el traductor español de la adaptación) me desvelaban superando incluso las tormentas que el Corsario Negro había tenido que capear en sus asedios a Maracaibo, pero mis héroes eran Ishmael, el joven narrador que emprendía la aventura hacia lo desconocido y su exótico amigo —así lo presentaba Melville; no podía ser de otro modo a mediados del siglo XIX— el arponero polinesio Queequeg, que a pesar de ser un caníbal mostraba las cualidades más profundas del hombre solidario. Pero después de esa lectura infantil no volví nunca a la portentosa novela de Melville, postergando indefinidamente una lectura que desde chico sabía que debía completar aun cuando no me imaginaba siquiera la riqueza histórica, zoológica, filosófica, antropológica y hasta teológica que el adaptador había decidido ahorrarle a los jóvenes lectores de aquella novela gráfica de los años 70, en la que solo habia quedado “la acción”.

Pasaron cuarenta años. Mi curiosidad por Moby Dick fue renaciendo en Lima —una de las ciudades que aparecen en las anécdotas balleneras de la novela—, cuando internet permitió el acceso a la versión original ya libre de ese obstáculo para el conocimiento que llaman “derechos de autor”. Pero no lograba adentrarme en ella por la dificultad de un inglés lleno de términos y figuras complicadas que, además, tenía que leer en pantalla. Soy lector incansable de ebooks en kindles, tablets y computadoras, pero sigo prefiriendo los papeles encuadernados aunque cuesten más. Y Moby Dick se merecía ese tratamiento. Aun así no conseguía una edición impresa en su idioma original y prefería esquivar las ediciones populares españolas, tipo bolsillo aunque no cupieran en ninguno, más que nada por mi aguda desconfianza hacia los anquilosados traductores españoles que invaden bibliotecas y librerías latinoamericanas como si fuera su natural derecho.

Un día, en la librería El Virrey de Miraflores, encontré un fabuloso y enorme volumen en tapa dura de Moby Dick publicado por una editorial que yo suponía mexicana, Sexto Piso. El precio me pareció excesivo y lo tuve que dejar. Algunas semanas después, días antes de que iniciara la Feria Internacional del Libro de Lima, ese negocio disfrazado de cultura, un conjunto de editores independientes realizaron una “antiferia” en un local del centro de Lima. Entre las mesas de ediciones libres y contestatarias, no siempre con ofertas muy interesantes, había una de la librería El Virrey que había decidido solidarizarse con esa iniciativa alternativa, y en su mesa estaba el volumen de Moby Dick de Sexto Piso con un descuento sustancial que me decidió a comprarlo. Volví a casa feliz cargando el tabique que apenas cabía en mi mochila y empecé a leerlo de inmediato. “Nueva traducción”, decía, y presumía además las ilustraciones de un connotado artista mexicano.

“Llamadme Ismael”, comenzaba. ¿Qué? ¿“Llamadme”? Y la “h” de Ishmael, ¿dónde estaba? Mi sorpresa fue casi indignación cuando confirmé que el autor de la “nueva traducción” era español y que la edición había sido hecha de aquel lado del Atlántico. Confirmé que la medida del éxito para un editor latinoamericano es convertirse en español y que la colonización sempiterna cuenta con cómplices idiotas y felices de este lado. Entonces decidí leer el tabique al alimón con el original que ofrece gratuitamente el proyecto Gutenberg. La experiencia fue gratificante porque la traducción, deficientísima, me ayudó a entender lo que mi inglés limitado me oscurecía. Pero la indignación respecto a la edición en español de Sexto Piso crecía página tras página. Deficientísima, repito. Llena de errores de interpretación y salidas fáciles para la sólida complejidad de la inteligencia melvilleana, por no hablar de los errores gramaticales que se repiten cada cuatro o cinco páginas (¿editor?, ahí no hubo un editor) y las innumerables erratas que la ensuciaban por todas partes (corrector tampoco hubo).

mobydickrussia1968phelps
Portada de una edición rusa de 1968

El colmo quizás, fueron las ilustraciones. Sexto Piso contrató para el efecto a un artista premiado y reconocido que solo atinó a dibujar un personaje en el que se representaban todos; es decir, todos los personajes dibujados eran iguales, como retratos de Modigliani que han sido opacados por la ceniza de un incendio. Todo era oscuro, en una novela que es titánica por sus explosiones de color y visualidad. Había perdonado la carátula, en la que aparecía un estilizado Pequod sobre una gran ballena franca o azul aunque el tema central es la caza de cachalotes, bichos muy diferentes a esas ballenas dóciles que Ishmael no se cansa de despreciar a nombre de la industria ballenera de la primera mitad del siglo XIX. Lo más trágico de la experiencia visual en este librote (tal vez no más trágica que la literaria) no era la uniformidad de su ocre ausencia de color sino la aberrante decisión de no dibujar al personaje principal, al gigantesco cachalote blanco que Ahab persigue alrededor del planeta para irse con él al fondo del Pacífico. ¿En qué cabeza cabe? ¿Es así como Sexto Piso, la colonizada empresa mexicana transformada en española se acerca al más fabuloso Leviatán de todos los tiempos? ¿Así entienden la eufemística máxima de que la ilustración sugiera imágenes al lector? ¡¿Cómo puede un artista perderse la oportunidad de dibujar a Moby Dick?! Lo que me quedó al final es una especie de profundo desencanto de mi lectura de Moby Dick en español y la monición de que no, no he leído aún, como debiera, ese imprescindible cimiento de la literatura moderna. Habré de hacerlo alguna vez cuando pueda echarle mano a una buena edición estadounidense, completa e ilustrada (ojalá sea la ilustrada por Kent en 1930), de un libro al que los editores españoles le han escamoteado hasta el título —Moby Dick; Or, The Whale— durante un siglo y medio.

Estaría de más comentar las inconsistencias del traductor —que aporta notas al pie para aclarar lo que no es necesario y deja pasar lo que sí habría hecho falta—, y las negligencias del editor. Esta versión de Moby Dick en español no aporta nada nuevo respecto a las anteriores. Comparé algunos párrafos de la edición de Sexto Piso con alguna otra, anterior, también española, y no encontré ninguna diferencia significativa, nada que justificara hacerla otra vez. Excepto, claro está, las razones comerciales: el texto de Melville ya es de todos nosotros, ha sido devuelto al dominio público, al que pertenecen y le son robadas por los “derechos”, todas las obras de la inteligencia (también las tanto más numerosas de la estupidez) humana, y por lo tanto cualquier editor, cualquier persona, es libre de imprimir y vender lo impreso en el mercado. No así las traducciones que siguen tan celosamente guardadas bajo la llave de la falacia esa de la “propiedad intelectual”. La negligente Sexto Piso prefirió, entonces, pagar a un nuevo traductor (tan malo que seguramente es muy barato) que pagar los “derechos” de una traducción anterior. O quizá no quisieron “vendérselos” (“licenciárselos” diría la metáfora jurídica); quizá ni siquiera lo intentó (sin duda las traducciones anteriores siguen a la venta). Mercenarios comerciales, con comportamiento de minera, encuentran una veta explotable en aquellos clásicos que han tenido la “mala suerte” de “caer” en el dominio público, y lo demás es profit. (Yo pagué por el ejemplar, debí haberlo robado).

Moby Dick; Or, The Whale fue publicada en 1851. Su lenguaje, sin ser inglés antiguo, es difícil aun para el lector común de habla inglesa; es viejo, lleno de aliteraciones y fórmulas lingüísticas que “ya no se usan”, por lo que para un lector latinoamericano, los modos arcaicos que pueblan el español peninsular le quedan bien, son tolerables. “Llamadme” en lugar de “Llámame”, “fuisteis” en lugar de “fueron” y así, nos suenan a viejo, así que quizá las dejamos pasar en una novela del siglo antepasado. No así las traducciones de literatura contemporánea. Basta echar un ojo a cualquier edición de Anagrama de la obra de Bukowski para no querer volver a leerlo nunca más. Entre follones, pijas y coños, da la impresión de que el autor es como una especie de profeta bíblico (hasta la Biblia nos han traducido los españoles) poseído por Lucifer, con lo que perdemos la obra original en el laberinto del lenguaje que la traiciona letra por letra. Hace un par de años, cuando salió la más reciente novela de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah, leí el primer capítulo en su idioma original que su editor regaló como promoción. Estaba a punto de comprar la versión para Kindle cuando encontré la traducción en una librería y la compré. Espantosa experiencia para tan buena novela. Lo mismo me había pasado antes, por ejemplo, con libros de un autor que me fascina, Paul Auster. Alguien me regaló ediciones en inglés de su Leviathan y su New York Trilogy, y después de leerlas juré no volver a tocar una traducción de su obra mientras fuera hecha en España. Es algo que puedo hacer con la literatura escrita en inglés porque lo entiendo, y en ciertos casos en francés, que con dificultad mastico. Pero en cualquier otro idioma estoy fregado: a leer gilipollas (miento; prefiero leer traducciones al inglés siempre que puedo).

0 R

Otro grabado de Kent, Moby Dick; Or The Whale, 1930

 

Es un asunto de monopolios, mercados y colonización. Aunque parezca el mismo idioma, lo que hablamos en Latinoamérica tiene cada vez menos que ver con lo que hablan en España. Esto es clarísimo para las industrias cinematográfica y televisiva: nadie iría al cine si los doblajes y, en menor medida quizá, los subtitulados fueran hechos en España. Cuando compras una película reciente en el mercado pirata de Lima, en ocasiones los vándalos que las distribuyen han retirado la banda sonora original y dejado el doblaje ibérico: o la quitas, si es cualquier cosa, o a regañadientes te soplas los suspirados diálogos en español de España si es muy buena. ¿Han escuchado la voz de Homero Simpson en doblaje epañol? ¡Pierde toda su personalidad! (si ellos perciben lo mismo con los doblajes mexicanos, están en su absoluto derecho y razón; jamás pretenderíamos imponérselos). La industria ha entendido bien este problema y “cede derechos” de manera regional, de modo que las versiones son distintas en España, Argentina, México, Colombia. Los doblajes mexicanos solían distribuirse en buena parte de Latinoamérica presentando el mismo problema hasta que las empresas mismas de doblaje comenzaron a hacer versiones diferentes para el “mercado” mexicano y para el latinoamericano, aunque por ejemplo, al público peruano suele caerle muy simpático un doblaje mexicano mientras le aburre y disgusta uno español.

La industria editorial no debería ser diferente. La figura de cesión de derechos exclusivos para el “área idiomática de lengua española” debe desaparecer. Es una práctica monopólica y colonial que está detrás de la incapacidad que experimentan los sectores editoriales independientes latinoamericanos para crecer y desarrollarse. Su extremo está en que los salvajes monopolios españoles adquieren los derechos para traducir y distribuir en todo el continente americano, y además ¡en los idiomas de sus propias autonomías! Acabarán por restringir la posibilidad misma de que traduzcamos la literatura extranjera al quechua, al mixteco o al maya (idiomas que deberíamos aprender para alcanzar la descolonización que aún no tenemos). Los editores independientes y los traductores latinoamericanos deben organizarse en federaciones que sean capaces de presionar, por ejemplo en Frankfurt y otras ferias internacionales donde se negocian derechos, para que los editores de lenguas no españolas eviten entregar derechos idiomáticos (para un idioma supuestamente homogéneo que no es tal) exclusivos y globales. De este modo, para un libro escrito en alemán, en chino o en árabe habría traducciones que serían adecuadas regionalmente (como los doblajes de las películas) y que además competirían entre sí fortaleciendo las industrias editoriales locales y restringiendo el alcance de los monopolios españoles, último bastión de nuestra colonización, lucha aún pendiente por nuestra independencia.

Ecologistas y ecología

La ecología es una ciencia, quienes la practican son los ecólogos, biólogos o científicos de otras disciplinas especializados en la investigación de las relaciones entre los diversos componentes de los sistemas que comparten seres vivos y elementos inorgánicos. El ecologismo, en cambio, es una ideología, creen en ella los ecologistas. Como todas las ideologías, el ecologismo presenta un discurso casi siempre coherente en el que la imagen del mundo aparece como armoniosa, donde la naturaleza parece ser una fuerza “buena” que siempre tiene razón en todo lo que hace, y donde el ser humano representa la disfunción que pone en crisis ese equilibrio. Tiene bases en la ciencia de la ecología, pero como buena ideología, toma de ella aquello que resulta necesario para mantener su armonía y su coherencia internas e ignora u omite aquello que tiende a desequilibrar sus aseveraciones.

La ecología, por su parte, como todas las ciencias, es producto del proceso de investigación y contrastación metódico, y se construye sobre dudas y contradicciones entre perspectivas de investigación mientras trata de explicar los procesos y las relaciones entre diversos elementos de la naturaleza, incluidos los sociales y humanos. En la ciencia ecológica, por tanto, caben el conflicto, la contradicción y la apertura a aceptar las incoherencias interpretativas entre perspectivas que, a su vez, motivan el avance del conocimiento.

Lejos de esta multidisciplinariedad, el ecologismo opta por acercarse cada vez más al misticismo a través de aceptación de las visiones “holísticas”. Así, abre paso a la mezcla entre conocimientos con bases científicas parciales y postulados provenientes de distintas formas de esoterismo.

 

timefor
[ Los activistas de Green Peace, en un caso muy sonado, invadieron el área intangible de las líneas de Nasca para dar a conocer su mensaje, afectando patrimonio de la humanidad. ]

 

La ecología genera una o muchas posiciones críticas, tanto hacia los discursos que confluyen en ella como hacia las políticas regionales, nacionales y globales que afectan procesos específicos. Como ciencia, puede guiar la acción política para el establecimiento de estrategias de desarrollo o protección. Si la conservación de determinados recursos es deseable para una comunidad específica, la ciencia puede determinar los elementos que intervienen en la existencia de esos recursos y recomendar estrategias que ayuden a mantenerlos o a modificarlos dentro de ciertos límites, a diferencia del ecologismo, que asume un moral, frecuentemente fundamentada en magia y misticismo, en lo que entiende como espiritualidad, y recoge cosmovisiones locales, las mezcla con otras orientales o de donde más le plazca, las fundamenta con aquellas bases científicas que le son convenientes y determina modos de proceder que son básicamente religiosos, y por tanto, sujetos de imposición entre sus seguidores, y objetos de desaprobación entre sus adversarios.

Un ejemplo muy común en nuestros días y nuestros entornos es el asunto del vegetarianismo y el veganismo, una moralidad que determina comportamientos sociales con bases pseudocientíficas que rara vez cuentan con sustento en la prueba empírica de la investigación científica. La metafísica zen que trasluce detrás del veganismo lleva a sus creyentes a condenar como si fueran criminales a quienes consumen productos de origen animal, así sean las únicas opciones alimentarias a su alcance. De más está comentar el mercado y la lógica de consumo elitista y especializada que el veganismo construye, pues para los veganos, en su certeza de superioridad, esta no existe.

Más importantes que esta polémica son las que tienen que ver con la producción de alimentos a gran escala en un contexto de carencia global (la ideología de la abundancia que hoy en día enarbolan algunos “comunitaristas” es tan falsa como decir que no hay guerras ni hambrunas en el planeta). De ahí que la condena que hacen los ecologistas del uso de fertilizantes, pesticidas, y más aún, de organismos genéticamente modificados o transgénicos, aunque esté fundada en ciertos descubrimientos de la ciencia, es más una cuestión de fe, un dogma “conservacionista” (y por lo tanto conservador). El debate sobre estos temas debería abrirse y desarrollarse más ampliamente para poder eliminar los elementos míticos y místicos de la polémica, tanto como aquellos que blanden la fe ciega ante el desarrollo tecnológico (nada es menos científico que la fe, especialmente cuando esta es ciega).

Si hasta el Vaticano se suma a la pseudoreligión ecologista (encícilica Laudato Si’), algo hay que preguntanos. Así que ya sabes, si te sientes “ecologista”, no eres muy diferente a un creyente acrítico de cualquier dogma religioso. Estás lejos de ser un científico y tu perspectiva de las cosas dista de ser la verdad. Para la ciencia no hay verdad: hay un proceso de conocimiento que se deja contradecir permanentemente para conocer el mundo.